Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 1 - Adiós
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1 - Adiós

Tú a Barcelona, y yo a Costa Serena

Apreté las manos en el volante y eché un vistazo a mi derecha. Emma había vuelto a cambiar de postura en el asiento del copiloto y, en silencio, observaba a través de la ventanilla. Sabía que estaba nerviosa, yo también lo estaba por la misma razón, aunque nuestras motivaciones eran muy diferentes.

Me detuve a un lado del área de bajada de pasajeros y no paré el motor. Ella se giró hacia mí y me observó entre asustada e implorante.

—Recuerda, cuando te subas a ese avión dejarás de ser Emma —le hablé procurando mantener un tono relajado, pero firme—.

Olvídate de la compasión y la empatía, tan solo quédate con lo justo de ambas para cuando hables con él.

Debes comportarte como yo, respirar como lo haría yo, reír cuando reiría yo, moverte como me muevo yo.

En definitiva: deberás ser yo; excepto por lo de dejar que se meta entre tus piernas, claro.

Emma sonrió tratando de ocultar la inseguridad que sentía. Siempre había sido así, se escondía tras una máscara de serenidad, sin embargo, yo sabía que debajo de toda esa calma, en algún recóndito e inaccesible lugar, debía de haber algo más, solo que aún no había salido a la luz.

—Esto es una locura —repitió por enésima vez.

—No te dejes embaucar —le advertí—. Thiago es un zalamero y siempre consigue lo que quiere.

—No sé de qué me suena…

Me acerqué a ella y la besé en la mejilla.

—Eres la mejor.

—Sí, ya. —Agarró la mochila y pude verle la mano temblar—. Te llamaré cuando llegue.

Asentí y salió del coche. La observé colocarse la mochila en la espalda y bajé la ventanilla un segundo antes de que comenzara a andar.

—Em… —Se volvió y me observó con los ojos más abiertos de lo normal—. Te quiero.

Sonrió.

—Yo también, para mi desgracia.

Le saqué la lengua, ella comenzó a andar hacia el interior de la terminal y algo se retorció dentro de mí.

Desde pequeñas, Emma era el equilibrio, el punto tranquilo en medio de la tormenta, mientras que yo era el huracán más descontrolado. Su fragilidad sacaba mi lado protector, aun así, la verdad era que muchas veces la metía en mis líos y acabábamos las dos compartiendo castigo.

Siempre sentí que su bienestar dependía de mi capacidad para cuidarla y eso me empujaba a actuar sin pensar.

Sin embargo, cuando cumplí dieciséis, juré que no volvería a hacerlo.

En parte, porque ya empezaba a sentir cierto resentimiento hacia ella por lo que pasó con la asquerosa rata de Manu.

La idílica historia del primer amor de Emma no había acabado como un cuento de hadas, donde el chico y la chica viven felices y comen perdices.

No, fue una maldita pesadilla, y me la tragué yo solita durante semanas.

Aunque pude darle su merecido a aquel desgraciado, era incapaz de olvidar que todo comenzó porque ella no quiso ver más allá del espejismo y no supo imponerse.

Y, como nunca me he caracterizado por mi reflexión y raciocinio, mientras me ocultaba tras mi endurecida máscara se me presentó la oportunidad de usarla como escudo humano con Thiago y no la desaproveché.

El sonido del claxon de un vehículo detrás de mí me hizo bajar a la tierra y observé por el espejo retrovisor con el ceño fruncido.

Un señor con una oscura barba poblada hacía aspavientos en mi dirección, y yo me limité a sacar la mano por la ventanilla y dedicarle un bonito y bien alzado dedo corazón justo antes de avanzar.

—Capullo impaciente —chillé soltando adrenalina.

Al incorporarme a la carretera, aceleré a fondo con la intención de desprenderme de parte de lo que bullía en mí mientras sorteaba con impaciencia a los vehículos más lentos.

Siempre había encontrado algo liberador en ser una rebelde sin causa, aunque en aquella ocasión no solo era por lo de aquel tipo impaciente e irritado del aeropuerto, sino por el combo de ansia y culpabilidad que sentía por lo que le había pedido a Emma.

Cada kilómetro que me separaba de ella parecía despertar mi conciencia y hacerme dudar de algo que había tenido tan claro.

Es irónico, casi patético, cómo la vida da vueltas y vueltas, obligándonos a enfrentar las partes más oscuras de nosotros mismos.

La petición a mi hermana no solo había sido cuestión de egoísmo puro y desmedido, en realidad también era una prueba más de lo rota que estaba y del miedo que aún vivía dentro de mí; emoción que, pese a esforzarme por mandar a la mierda, siempre encontraba la manera de salir a flote.

Y Thiago, con su insistencia y cualidades, me había puesto en alerta.

Quería más de la relación de lo que yo estaba dispuesta a ofrecer, que no era más que mi cuerpo.

Mis intentos de cortar con él habían sido un fracaso porque no me había mostrado lo suficientemente contundente ni creíble y, aunque sabía lo que necesitaba para romper de manera definitiva, mostrarme vulnerable ante Thiago significaba abrir una puerta que prefería mantener cerrada.

Porque la idea de cruzar al otro lado de mi adorado muro, ese que me permitía mantener las cosas bajo control, era impensable.

¿Cuál era mi suerte? Que tenía una gemela y sabía cómo usarla.

Enviar a Emma en mi lugar no solo evitaba el mal trago de enfrentarme a él, sino que me permitía mantener el control desde la distancia.

Emma, con su diplomacia y sensibilidad, era la solución perfecta para lidiar con aquel lío emocional sin tener que sumergirme en él.

Sabía que pedirle aquello podía parecer insensible, aun así, también era una manera de saldar una deuda: una que ella no conocía, pero que a mí me pesaba como una losa.

En mi mente, aquella forma de compensar el daño del pasado tenía sentido.

Además, no estaba enviándola al matadero.

A pesar de que Thiago era intenso e inmaduro, no era Manu, por lo que no corría ningún peligro real, salvo quizá el riesgo de toparse con las fotos de un buen rabo en su máximo esplendor.

Aparqué el coche en el camino de entrada a la casa de mis padres, paré el motor y agarré el teléfono de mi hermana.

La pantalla se desbloqueó al reconocer mi rostro, idéntico al suyo, y abrí la aplicación de mensajería.

Emma había enviado un mensaje hacía unos minutos diciendo que acababan de embarcar, así que le respondí con un escueto «Buen vuelo, Diana» y un emoji de un guiño, y me bajé del coche.

Mi hermana menor, Zahara, estaba en el patio delantero compitiendo con mi primo Aliel al baloncesto; ambos estaban concentrados, pero, al moverme, Zahara alzó la vista y me dirigió una mirada de aviso.

—Hay marejada —anunció e hizo un quiebro para que Aliel no le quitase el balón. Le sonrió con suficiencia y volvió a dirigirse a mí—. Yo que tú no entraba.

Puse los ojos en blanco y me limité a ignorar su advertencia; no obstante, al abrir la puerta, un coro de llantos y chillidos infantiles me llegó desde el salón y lamenté mi decisión.

Mi madre estaba de pie, con Kay, el hijo de cuatro años de mi hermana Alana, en brazos.

Mi sobrino lloraba con fuerza mientras la abuela trataba de calmarlo acariciándole la espalda.

Mi padre estaba arrodillado en el suelo, intentando domar a la fiera de mi sobrina Abril, que lucía un bonito manchurrón en la frente y chillaba con toda la capacidad de sus pequeños, pero potentes, pulmoncitos.

Además, los gemelos de un año, Salva y Brunito, berreaban y gimoteaban desde el parque infantil, reclamando atención de algún adulto que tuviera a bien sacarlos de aquel lugar que odiaban.

Traté de dar un paso atrás, decidida a irme y dejar que el caos siguiera su curso, pero justo en ese momento mi padre se dio cuenta de mi presencia. Sus ojos se iluminaron con un brillo de esperanza y levantó una mano en un gesto de alivio.

—¡Hija! —exclamó, como si yo fuera la salvación a todos sus problemas y no uno de ellos—. Necesitamos un par de manos extra.

No pude evitar maldecir por lo bajo mientras me adentraba en la estancia.

—Qué pena no ser manca —murmuré.

—Te hemos oído —anunció mi madre por encima del llanto de Kay—. Brunito necesita un cambio de pañal.

Antes de que pudiera quejarme por la tarea, Abril corrió hacia mí con los brazos extendidos.

—¡Tata Di! —chilló con un alarido que casi me perfora los tímpanos—. ¡Kay malo!

Agarré a la niña cuando llegó hasta mí y la levanté.

—¿Qué le habrás hecho esta vez, mi pequeña sucesora? —Observé con una mueca de aprensión los restos de témpera que le surcaban la frente y actué por inercia al llevarla hasta la cocina y acercarnos al fregadero para limpiar el estropicio.

Podía imaginarme el panorama, pues los restos de pintura y los materiales sobre la mesa del salón me dejaron claro que el momento artístico se les había ido de las manos.

Después de un par de horas de caos, la casa finalmente se calmó.

Abril se había dormido en el sofá junto a mi padre, que la había acunado hasta que sus ojos se cerraron.

Los gemelos, exhaustos tras sus llantos y juegos, estaban gloriosamente rendidos en el carrito gemelar, y Kay, una vez más, se había quedado frito en el suelo frente a la tele.

—No hay duda de que nos hacemos viejos —dijo mi madre masajeándose las sienes—. No sé cómo lo hacíamos hace unos años.

Observé la escena cuando se dejó caer en el sofá con un suspiro agotado. Papá, con una sonrisa resignada y los ojos somnolientos, abrió el brazo libre en una invitación para que se cobijara en él. Y yo decidí que había tenido suficiente.

—Me voy a mi cuarto. El turno de tarde es vuestro —anuncié.

Mi padre soltó una risa suave.

—Ve a descansar, hija. Te lo has ganado.

Asentí y me escabullí escaleras arriba. Cuando entré en mi dormitorio, la cama mullida me llamó como el canto de una sirena y me desplomé sobre ella. Cerré los ojos un momento, pero, antes de poder acomodarme, el sonido del teléfono rompió el tan ansiado silencio.