Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) Prólogo #2
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Prólogo #2

—Para empezar, sí. Pero ¿quién sabe? Quizá me anime a pedirte algo más —respondió y me mordió el lóbulo de la oreja hasta hacerme gemir de dolor—. Estoy seguro de que sabes hacer muchas cosas con esa boquita tan sucia.

Lo haría. Haría cualquier cosa y no sería nada que no hubiese hecho ya, sin embargo, no aceptaría sin hacerle pagar por lo que me proponía.

Dejé de resistirme, y él notó el cambio en mi cuerpo. Pensando que había ganado, me dio la vuelta y me colocó de frente a él. Sus manos aún estaban firmes alrededor de mis muñecas, pero yo tenía un plan y mostrarme dócil era el primer paso que tenía que dar para conseguirlo.

Cuando lo tuve de frente, lo miré a los ojos, memoricé la verdadera cara de aquel niñato y rebusqué en cada detalle de su rostro para tratar de descifrar cada uno de los secretos que parecía tener.

—Qué engañados nos has tenido a todos desde que llegaste —le dije y me forcé a sonreír con interés.

—¿Verdad? —Me devolvió el gesto con suficiencia—. Es lo bueno de ser el nuevo en un sitio como este, que puedes inventarte una personalidad totalmente diferente y empezar de cero.

Sus palabras: «La gente ve lo que tú quieras hacerle creer, te lo digo por experiencia», se repitieron en mi mente.

La verdadera clave para salir de ese lío era descubrir quién era Manu en realidad, detrás de aquel tipo amable y servicial que siempre estaba dispuesto a ofrecer consejo y una sonrisa.

Desde el principio había sabido que no era oro todo lo que relucía. Aquello era todo fachada y su actitud solo me lo estaba confirmando. Tenía que ganar tiempo y encontrar una manera de darle la vuelta a la situación.

—¿No te gusta Costa Serena? —pregunté con renovado interés al darme cuenta de su tono—. ¿Qué te trae por aquí entonces?

—Nada —murmuró con voz irritada—. No es asunto tuyo.

Mientras aquella babosa hablaba, ordené mis pensamientos a la vez que decidía mi siguiente movimiento. No me interesaba tenerlo cabreado, así que me acerqué a su cara y le rocé con el labio la mejilla, hasta llegar a la oreja.

—Está bien —acepté y me contoneé contra su cuerpo—. No te enfades…

—No me toques los huevos —me advirtió, y yo solté una risita absurda.

—Pensaba que eso era justo lo que querías que hiciera. —Apreté de nuevo mis caderas y su erección se me clavó con renovado interés en el vientre. Compuse mi gesto más virginal—. ¿Es que lo he entendido mal?

Su sonrisa lobuna me revolvió el estómago y me puse de rodillas cuando, con sus manos, me obligó a descender.

—No —dijo con una mueca de satisfacción a la vez que se desabrochaba el botón del pantalón—. Lo has entendido a la perfección.

Inspiré hondo varias veces en los segundos que él tardó en bajarse hasta los muslos el vaquero y los calzoncillos. Cuando su polla aflautada saltó ante mí, recurrí a todo mi autocontrol para no vomitarle encima.

«No es Manu. No es Manu. No es Manu», me obligué a pensar para poder hacer aquello. Debía actuar con calma y astucia e imaginarme que estaba con cualquier otro tío en vez de con él, pues tenía que parecer convincente mientras estábamos juntos.

—Ella no puede saber nada de esto —le dije melosa mirándolo desde abajo al tiempo que me lamía los labios.

Él soltó una risita triunfante a la vez que se agarraba la erección y la acercaba a mí.

Idiota…

—Claro, rubia —aceptó.

—Esto no ha ocurrido —continué alargando el momento. Él se envaró, y lamí la punta de su glande antes de susurrar—. Yo he venido hasta aquí, me he hecho pasar por mi hermana, he cortado contigo, y a todos los efectos tú te lo has creído y ya no eres su novio.

Gruñó con frustración y me agarró la mandíbula con fuerza para metérmela en la boca.

Lo hizo con tanto ímpetu que me sobrevino una arcada.

Me mantuve receptiva cuando me contempló desde su posición, con mi boca libre de nuevo.

Los ojos se le desviaron hasta el movimiento de la lengua alrededor de mis labios.

—¿Me quieres solo para ti? —Me miró con entusiasmo.

—Sí —mentí—. Y yo seré solo para ti si me prometes que nadie lo sabrá.

Sonrió con una mueca triunfante.

—Vale —aceptó como la sucia rata que era, y yo besé su pubis lleno de rizos negros—. Solo tú y yo sabremos lo que pasa entre nosotros… Siempre que me mantengas contento, claro.

—Créeme, estarás muy contento —le aseguré y no tuvo que obligarme a metérmela de nuevo en la boca.

Respiré hondo cuando su sabor invadió mis papilas gustativas y me obligué a no arrancarle de un bocado su repulsiva polla.

Ahora más que nunca debía mantener mis emociones bajo control y, cada vez que aquel imbécil bajara la guardia, debía actuar.

Me había dejado claro que su llegada a Costa Serena fue en contra de su voluntad, pero algo me decía que detrás de esa decisión había algo turbio que olía a chamusquina. Tal vez algo en su pasado lograra exponerlo y así podría darle la vuelta a la situación.

Pero para descubrirlo necesitaba tiempo. Tiempo para orquestar un plan y no dejar ningún cabo suelto. Tiempo en el que me aseguraría de reunir la suficiente información para hundirlo hasta lo más hondo cuando llegase el momento.

Juré que acabaría con él mientras embestía una y otra vez dentro de mi boca con su ridícula polla flaca y, aunque en el fondo estaba asustada, no lo demostré.

Unos minutos después, cuando lo hice correrse en mi boca, me miró satisfecho y murmuró:

—Me parece que he salido ganando con el cambio de hermana.

Sonreí.

«Eres niñato muerto».

Se vistió con la seguridad de quien ha ganado la partida, con la tranquilidad de saber que tenía la sartén por el mango. Y sí, la tenía… Sin embargo, pronto se daría cuenta de que, al final, el fuego descontrolado siempre quema al que sostiene la sartén.

Ese día se despertó la peor versión de mí misma.

Horas después, mientras lloraba y me refregaba el cepillo por los dientes hasta sangrar, me hice a mí misma un juramento. No sabía cómo ni de qué manera, pero iba a hacerle pagar por todo aquello en algún momento.

Manu no sabía con quién se había metido.

No era solo una cuestión de proteger a Emma, era justicia.

Y aquel despojo humano, tarde o temprano, se daría cuenta de que había jugado con las hermanas equivocadas.