Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) Prólogo
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Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5)

Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5)

Por Maca Ferreira

© inepub.com

Prólogo

Cuando llegué al parque que mi hermana me había dicho, él ya estaba allí.

Mientras caminaba en su dirección lo observé bien.

Su ropa, su pose, todo en él gritaba chulería.

Llevaba una camiseta ajustada y unos vaqueros desgastados, y estaba recostado en el banco con una pierna apoyada sobre el respaldo y la otra colgando de forma indiferente, como si el mundo entero le perteneciera o estuviera a sus pies.

Tuve que contener una mueca de desagrado para no delatarme cuando se fijó en mí y me sonrió de una manera babosa.

—Hola, Princesa.

—Ey —fue todo lo que pude contestar.

Manu me miró con interés y a la vez desdén, y se levantó del banco con una lentitud que me puso los vellos de punta.

—¿No me das un beso?

Al escuchar su voz de encantador de serpientes e imaginar su boca contra la mía estuve a punto de vomitar. Dios, qué grima de niñato. ¿Qué demonios había visto Emma en semejante pringado?

Menos mal que la historia acabaría pronto.

—No —respondí rotunda.

Frunció el ceño y me observó con desconfianza. Tardó unos cuantos segundos en evaluarme y luego dijo con su acento pijo:

—¿Qué te pasa, Princesa? Estás muy rara desde esta mañana.

Detuve su avance con un paso atrás.

—He venido a hablar.

Él soltó una risita absurda y se metió las manos en los bolsillos.

—¿Solo hablar?

«Si por mí fuera también te pateaba esa cara de palurdo de ciudad que tienes», pensé, pero en su lugar dije:

—Quiero cortar —solté a bocajarro y me mordí la lengua cuando un «gilipollas» estuvo a punto de salirme por la boca. Emma, yo era Emma, no Diana; no lo debía olvidar—. No podemos seguir juntos.

Él, como si mis palabras no valiesen nada, se dejó caer en el banco y puso los ojos en blanco a la vez que resoplaba. La imagen de un cerdo gordo y seboso de granja justo antes de ir al matadero se me vino a la mente y se me escapó una sonrisa.

Me obligué a mostrarme seria cuando me miró.

—¿Otra vez con eso? —preguntó con tono cansado—. Ya lo hemos hablado antes, y siempre que lo dices terminas dándote cuenta de lo bien que estamos y de lo mucho que me quieres.

¿Cuántos años de reformatorio me caerían si le cortaba el pito y se lo daba de comer al perro de la vecina?

—Mira…

—Sabes que estamos enamorados, Princesa —me interrumpió, y alcé una ceja.

«Este tío es tonto». Apreté la mandíbula—.

¿Por qué no dejas de hacerte de rogar? Me tienes a tus pies, ¿no lo ves?

—Se levantó del banco y se acercó de nuevo a mí con renovado interés.

No retrocedí ni agaché la cabeza, no pensaba darle el gusto de quedar por encima—.

¿O es que quizá te gusta que vaya detrás de ti e insista? Es eso, ¿verdad?

Necesité reunir toda mi escasa paciencia para no estamparle mi bota en su arrogante cara salpicada de heridas por el afeitado de sus cuatro pelos. Qué patético era, de verdad. ¿Cómo podía haber causado tanto revuelo en el instituto? Por el amor de Dios…

—Estoy hablando en serio —repetí y le sostuve la mirada—. No voy a seguir contigo, y será mejor que lo respetes y lo asumas.

Eso es, Diana. Diplomacia y educación ante todo...

Mis buenas intenciones se fueron a la mierda cuando me puso una mano en el brazo y lo apretó con más fuerza de la normal. Me iban a estallar los dientes de apretarlos al contenerme.

—¿Sabes qué, «Princesa»? —dijo con retintín. Parecía muy cabreado y deduje que no estaba acostumbrado a que mi hermana le plantase cara. Mala suerte para él—. Estoy harto de tus jueguecitos. Eres una calientapollas.

«No vayas por ahí…».

—Suéltame —le advertí con tono gélido.

Él dejó ir una carcajada maliciosa que resonó en el parque vacío y su risa se perdió entre los árboles.

—¿O qué? —preguntó con desprecio inclinándose aún más. Tanto que pude ver lo podrido que estaba por dentro. Su aliento olía a tabaco—. ¿Vas a sacar las uñas y arañarme? —susurró con burla.

Lo miré fijamente con la adrenalina burbujeando en mi cuerpo.

Un rastro de miedo intentó abrirse camino en mi mente, pero no iba a dejar que él lo viera.

En su lugar, recordé las clases que mi padre se había empeñado en darnos a Emma y a mí cuando cumplimos trece, y di gracias mentalmente porque hubiera insistido hasta conseguir arrastrarme a su gimnasio.

—No quieras saber de lo que soy capaz —lo amenacé con una furia que pocas veces había sentido—. Suéltame.

Su sonrisa se ensanchó, y a mí se me revolvió el estómago.

Me apretó el brazo con más fuerza y sentí sus dedos como tornillos clavándoseme en la piel.

No me permití apartar la mirada, porque, aunque Manu pensara que lo tenía todo bajo control, yo no iba a dejar que se saliera con la suya.

Solo debía esperar el momento justo para demostrarle de lo que era capaz.

Por un instante su cara cambió y me pareció ver una sombra de inseguridad en sus ojos, pero desapareció casi al instante y su sonrisa regresó, más oscura y retorcida esta vez.

—Ya entiendo… Te gustó ser mi gatita salvaje ayer en casa de Julio, ¿verdad? Eso que hiciste para mí… —Se me acercó a la cara y me susurró cerca de la oreja—. ¿Te va el rollo duro, Princesa? ¿No eres tan mojigata como aparentas?

Caí en su trampa.

Cegada por la furia olvidé por completo que Emma había estado conmigo todo el día anterior, que no fue a casa de Julio y que era imposible que ella hubiera hecho lo que él decía.

Cuando me di cuenta de mi error, decidí actuar.

Mi cuerpo respondió al instinto e intenté golpearle la pierna con la rodilla para desestabilizarlo, pero Manu me interceptó antes de que pudiera ejecutar el golpe.

Con un rápido movimiento, detuvo mi avance y nos movió hasta colocarme de frente contra el tronco del árbol más cercano.

Me elevó las manos sobre la cabeza y estuve a punto de darle un cabezazo para tratar de escapar.

Sin embargo, sus palabras me detuvieron en el acto.

—Yo no haría eso, Diana. —Jadeé con la respiración acelerada. Mierda, me había descubierto—. Sí, sé que eres tú, ¿o es que crees que no me doy cuenta de las diferencias entre tú y la dulce Emma?

—Suéltame, gilipollas —siseé.

Se apretó contra mí y refregó su asqueroso paquete por mi culo. Intenté mantener la calma, pero sentía que todo a mi alrededor se volvía de un color rojo vivo.

—Me parece que no estás en posición de pedir nada —canturreó como la vil serpiente que era—. Te tengo bien pillada, cuñadita.

Repitió el movimiento y tragué saliva. No, no iba a vomitar.

—Si no me sueltas, voy a gritar.

—No, no… No lo harás —negó con seguridad—. ¿Y sabes por qué? Porque, si lo haces, un pequeño secretito tuyo va a dejar de serlo y puede que le afecte a alguien que quieres mucho.

Se me secó la boca. ¿Qué demonios…?

No. Se estaba marcando un farol, seguro.

—¿De qué mierdas hablas? —Me revolví, pero él me retuvo.

Cuando rio se me movió el pelo por su aliento fétido. Sentí su pecho más cerca y el susurro en mi oído me puso los pelos de punta.

—Tengo unas fotos muy inspiradoras en las que salís tú y el profesor de música en unas posturas muy interesantes. —Apreté la mandíbula. No, no iba de farol—. Ya sabes… Ese joven y guapo profesor con el que has follado en los baños de la última planta.

—¿Y qué? —respondí con chulería.

—Que tienes una gemela, ¿recuerdas? Cualquiera podría confundiros con la coartada adecuada… ¿Te imaginas el escándalo?

La sangre empezó a burbujearme en las venas.

—No serías capaz.

—Tal vez sí, tal vez no… Pero ¿vas a arriesgarte a descubrirlo? —Dudé, y él lo supo—. La gente ve lo que tú quieras hacerle creer, te lo digo por experiencia. Los rumores son muy poderosos.

—Eres un cerdo —escupí con la voz temblando de rabia.

—Música es la asignatura favorita de Emma, ¿verdad? —dijo y pude sentir su sonrisa maliciosa a través de sus palabras—. Qué oportuno que el profesor la tenga en tan alta estima y la haya elegido como representante del instituto para el concurso regional de guitarra, ¿no?

Un escalofrío me recorrió la espalda. Sabía lo duro que mi hermana había trabajado para ser seleccionada y ahora Manu pretendía usar eso en su contra.

Necesitaba encontrar una salida.

—No puedes…

—Piénsalo, en realidad tiene mucho sentido —me interrumpió—. «Alumna compra su participación y su excelente nota final con una gloriosa mamada». ¡Qué escándalo! —fingió asombrarse—. ¿Qué pensará la familia Remo Delgado, tan querida en este pueblo, de que una de sus niñas haya hecho algo así?

Se me revolvió el estómago ante la idea de que las mentiras de Manu pudieran destruir la reputación de mi hermana y lamenté haberle hecho el favor de ir hasta allí para cortar con él en su nombre.

De haberme negado, nada de eso estaría ocurriendo.

De no haber sido Emma tan cegata al salir con él, no estaríamos metidas ahora en semejante movida las dos.

—Eres despreciable.

—Es posible. —Se encogió de hombros—. Pero la cuestión es que ahora yo tengo el control.

No. No permitiría que algo así sucediera y que mi familia se viese involucrada. Tenía que protegerlos de mis errores a toda costa.

—¿Qué es lo que quieres?

—Que colabores. —Fruncí el ceño—. Tú mejor que nadie sabes lo fácil que sería arruinar la reputación de Emma.

Me sentí atrapada y sin salida. Sabía que una vez que el escándalo saliera a la luz sería muy complicado frenar sus consecuencias. Traté de mantener la compostura.

—¿Qué demonios quieres? —repetí rechinando los dientes.

—Es simple, rubia. —Afianzó el agarre de mis manos con una de las suyas y la otra se coló entre el árbol y mi cuerpo, subiendo por mi abdomen hasta llegar a una de mis tetas—.

Todos en el instituto saben cómo te las gastas con los tíos.

Tienes una interesante reputación y sería absurdo pensar que voy a desvirgarte, como pretendía hacer con tu gemela… , aunque podría hacer la vista gorda.

—¿Quieres follar?, ¿es eso? —pregunté intentando entender hasta dónde quería llegar.

Hasta dónde tenía yo que llegar.