Epílogo
Diana
Abrí los ojos y una descarga de luz blanca me atravesó como una lanza al rojo vivo. Cerré los párpados de nuevo, pero la maldita claridad seguía colándose entre mis pestañas y pintaba manchas de colores irreales en mi visión.
Traté de ubicarme, aunque sin mucho éxito. El mundo giraba a mi alrededor sin un eje fijo, como si un niño malvado y retorcido le diera vueltas a aquella pelota azul y verde llamada tierra y se partiera de risa en cada giro.
Al intentar mover la cabeza, solté un gemido y me detuve en seco.
Cada mínimo movimiento desataba una oleada de mareo que hacía tambalear aún más mi frágil estabilidad mental.
Sin poder ver ni moverme, traté de afinar el oído, pero lo único que escuché fue un zumbido que solo aumentó mi dolor de cabeza; el maldito estaba empeñado en borrarme del mapa.
—¿Hola? —farfullé con la voz rasposa, como si llevara días sin hablar.
Nadie contestó.
Me armé de valor y abrí de nuevo los párpados. Lo hice poco a poco, adaptándome a la molesta claridad y, cuando por fin pude enfocar a través de las lágrimas que mis ojos habían creado como defensa, fruncí el ceño.
¿Qué coño hacía en esa casa?
Un fogonazo de recuerdos me golpeó de repente: la bronca en el bar con aquel imbécil, las risas y las lágrimas mientras vagaba borracha por el pueblo y, al final, la imagen de una cancela abierta de un bloque de pisos moderno y mi cuerpo acurrucado frente a una puerta de madera clara que nunca debí haber cruzado.
—Joder —maldije y me aclaré la voz—. ¿Rachel?
Nada. Una vez más me respondió un enorme y acojonante silencio.
Decidí que no iba a quedarme allí ni un minuto más.
Me levanté despacio, sintiendo cada músculo protestar como si hubiese corrido una maratón, y miré el reloj en la estantería.
Con un poco de suerte, aún podía refugiarme en la clase de Contabilidad Financiera y dormir un rato antes de volver.
Ni de coña iba a ir directa a casa; no estaba tan loca ni tenía las fuerzas necesarias como para enfrentarme a un interrogatorio mañanero de mis padres.
Dormité en el autobús y, por supuesto, una vez en clase no presté atención a ni una sola de las palabras del profesor. Mi cuerpo estaba ahí, pero mi mente andaba a kilómetros de distancia. Tanto fue así que en algún momento me quedé dormida y acabé babeando la mesa.
Me despertó el ruido de la gente recogiendo sus cosas. Traté de recomponerme como si no hubiera pasado nada, como si mi vida no fuera un puto caos y no se estuviera desmoronando como uno de esos castillos de naipes que mi primo Aliel se empeñaba en hacer a todas horas.
Un pellizco en el estómago, no supe si de hambre o de nostalgia, me puso en marcha y pasé el resto del día deambulando sin rumbo por el pueblo.
Evité volver a casa como si fuera zona de guerra y me dejé envolver por el ruido del tráfico, las prisas de la gente y las terrazas llenas de conversaciones ajenas.
Todo se mezclaba en mi cabeza en una especie de torbellino que me mantenía distraída de mis pensamientos más oscuros, aunque sabía que no podría huir de ellos para siempre, pues cada vez los sentía más cerca, respirándome en la nuca y esperando a colarse por cualquier recoveco que dejase abierto.
Porque la vida es muy hija de puta y tiene una forma extraña y retorcida de obligarte a enfrentarte a ti misma.
Siempre había creído que mi coraza era impenetrable, que los muros que me pasé media vida construyendo y reforzando eran inquebrantables.
Ilusa de mí, confié en que nada ni nadie podría atravesarlos, que jamás podrían dañar lo que había escondido tan hondo dentro de mí.
Pero, con el tiempo, las grietas se hacían cada vez más grandes y el muro comenzaba a venirse abajo a pasos agigantados.
No podía permitírmelo, porque desde muy joven aprendí que solo los fuertes sobreviven. Por supuesto, yo me empeñé en convertirme en la puta roca más dura del universo, la que nadie podría mover o romper, la que jamás mostraría sus debilidades…
Hasta que la conocí a ella.
Como todo en esta maldita vida, las corazas tienen sus debilidades, y la mía tenía los ojos rasgados, un maldito y tentador hoyuelo y un atractivo acento francés.
Y ya estaba cansada. Agotada de deambular sin rumbo, de sentirme perdida y sola.
Harta de esconder cosas, de ser egoísta y de cagarla una y otra vez.
Estaba cansada de mi vida.
Cuando el sol comenzó a ponerse decidí volver a casa, con un poco de suerte me las arreglaría para esquivar las preguntas de mis padres e irme a mi hab…
Mi mente y mi cuerpo frenaron en seco cuando una imagen me desgarró las entrañas y me arrastró de vuelta al pasado, a un pasado que jamás debería haber sucedido.
Aquella pareja besándose contra un árbol reventó todas mis defensas y aniquiló cualquier intento de mantenerme a flote.
Me ahogaba.
Me estaba ahogando y no podía hacer nada por impedirlo…
8 años atrás
Cuando llegué al parque que mi hermana me había dicho, él ya estaba allí.
Mientras caminaba en su dirección lo observé bien.
Su ropa, su pose, todo en él gritaba chulería.
Llevaba una camiseta ajustada y unos vaqueros desgastados, y estaba recostado en el banco con una pierna apoyada sobre el respaldo y la otra colgando de forma indiferente, como si el mundo entero le perteneciera o estuviera a sus pies.
Tuve que contener una mueca de desagrado para no delatarme cuando se fijó en mí y me sonrió de una manera babosa.
—Hola, Princesa.
—Ey —fue todo lo que pude contestar.
Manu me miró con interés y a la vez desdén, y se levantó del banco con una lentitud que me puso los vellos de punta.
—¿No me das un beso?
Al escuchar su voz de encantador de serpientes e imaginar su boca contra la mía estuve a punto de vomitar. Dios, qué grima de niñato. ¿Qué demonios había visto Emma en semejante pringado?
Menos mal que la historia acabaría pronto.
—No —respondí rotunda.
Frunció el ceño y me observó con desconfianza. Tardó unos cuantos segundos en evaluarme y luego dijo con su acento pijo:
—¿Qué te pasa, Princesa? Estás muy rara desde esta mañana.
Detuve su avance con un paso atrás.
—He venido a hablar.
Él soltó una risita absurda y se metió las manos en los bolsillos.
—¿Solo hablar?
«Si por mí fuera también te pateaba esa cara de palurdo de ciudad que tienes», pensé, pero en su lugar dije:
—Quiero cortar —solté a bocajarro y me mordí la lengua cuando un «gilipollas» estuvo a punto de salirme por la boca. Emma, yo era Emma, no Diana; no lo debía olvidar—. No podemos seguir juntos.
Él, como si mis palabras no valiesen nada, se dejó caer en el banco y puso los ojos en blanco a la vez que resoplaba. La imagen de un cerdo gordo y seboso de granja justo antes de ir al matadero se me vino a la mente y se me escapó una sonrisa.
Me obligué a mostrarme seria cuando me miró.
—¿Otra vez con eso? —preguntó con tono cansado—. Ya lo hemos hablado antes, y siempre que lo dices terminas dándote cuenta de lo bien que estamos y de lo mucho que me quieres.
¿Cuántos años de reformatorio me caerían si le cortaba el pito y se lo daba de comer al perro de la vecina?
—Mira…
—Sabes que estamos enamorados, Princesa —me interrumpió, y alcé una ceja.
«Este tío es tonto». Apreté la mandíbula—.
¿Por qué no dejas de hacerte de rogar? Me tienes a tus pies, ¿no lo ves?
—Se levantó del banco y se acercó de nuevo a mí con renovado interés.
No retrocedí ni agaché la cabeza, no pensaba darle el gusto de quedar por encima—.
¿O es que quizá te gusta que vaya detrás de ti e insista? Es eso, ¿verdad?
Necesité reunir toda mi escasa paciencia para no estamparle mi bota en su arrogante cara salpicada de heridas por el afeitado de sus cuatro pelos. Qué patético era, de verdad. ¿Cómo podía haber causado tanto revuelo en el instituto? Por el amor de Dios…
—Estoy hablando en serio —repetí y le sostuve la mirada—. No voy a seguir contigo, y será mejor que lo respetes y lo asumas.
Eso es, Diana. Diplomacia y educación ante todo...
Mis buenas intenciones se fueron a la mierda cuando me puso una mano en el brazo y lo apretó con más fuerza de la normal. Me iban a estallar los dientes de apretarlos al contenerme.
—¿Sabes qué, «Princesa»? —dijo con retintín. Parecía muy cabreado y deduje que no estaba acostumbrado a que mi hermana le plantase cara. Mala suerte para él—. Estoy harto de tus jueguecitos. Eres una calientapollas.
«No vayas por ahí…».
—Suéltame —le advertí con tono gélido.
Él dejó ir una carcajada maliciosa que resonó en el parque vacío y su risa se perdió entre los árboles.
—¿O qué? —preguntó con desprecio inclinándose aún más. Tanto que pude ver lo podrido que estaba por dentro. Su aliento olía a tabaco—. ¿Vas a sacar las uñas y arañarme? —susurró con burla.
Lo miré fijamente con la adrenalina burbujeando en mi cuerpo.
Un rastro de miedo intentó abrirse camino en mi mente, pero no iba a dejar que él lo viera.
En su lugar, recordé las clases que mi padre se había empeñado en darnos a Emma y a mí cuando cumplimos trece, y di gracias mentalmente porque hubiera insistido hasta conseguir arrastrarme a su gimnasio.
—No quieras saber de lo que soy capaz —lo amenacé con una furia que pocas veces había sentido—. Suéltame.
Su sonrisa se ensanchó, y a mí se me revolvió el estómago.
Me apretó el brazo con más fuerza y sentí sus dedos como tornillos clavándoseme en la piel.
No me permití apartar la mirada, porque, aunque Manu pensara que lo tenía todo bajo control, yo no iba a dejar que se saliera con la suya.
Solo debía esperar el momento justo para demostrarle de lo que era capaz.
Por un instante su cara cambió y me pareció ver una sombra de inseguridad en sus ojos, pero desapareció casi al instante y su sonrisa regresó, más oscura y retorcida esta vez.