Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 32 – Me muero
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32 – Me muero

Los finales felices son solo el comienzo de nuevos, aterradores y maravillosos capítulos de la vida

—¡Vaya, vaya! —exclamó la voz burlona de mi hermano pequeño detrás de nosotros. Cerré los ojos conteniendo una maldición—. Y yo que pensaba que la única de la familia que había salido del armario era Diana. ¡Qué sorpresa, Em!

Me di la vuelta y me fijé en su sonrisa astuta.

—Guille, no es lo que pare… —empecé a decir, pero Jaime me agarró la mano y me detuve al ser consciente de que no nos salvarían las excusas.

El dueño del apartamento se recostó de manera despreocupada en una de las puertas del mismo armario donde yo había estado frotándome con Jaime hasta estallar en un orgasmo silencioso.

—Relájate, hermanita. No diré nada. Ayer por mí, hoy por ti, ¿no? —dijo con una sonrisa juguetona, disfrutando del momento.

Jaime carraspeó detrás de mí mientras yo buscaba una manera de salir airosa de esa incómoda situación.

—Gracias.

—No hay de qué, es lo menos que se merece mi hermana preferida.

—Jaime y yo nos observamos cuando Guille se apartó y comenzó a darse la vuelta—.

Si necesitáis que os preste mi trocito de Edén en algún otro momento solo tenéis que decírmelo, pero avisad con tiempo para cambiar las sábanas, estaréis más cómodos que ahí dentro.

Mi vista se desvió con cierta aprensión al enorme colchón que ocupaba casi todo el espacio de la habitación. Miré a Guille de nuevo y me di cuenta de que ya no nos prestaba atención.

¿De verdad iba a ser tan fácil?

Sin embargo, cuando unos minutos después salimos al jardín portando dos bandejas llenas de postres caseros variados, supe que nuestra ausencia no había pasado desapercibida.

Las miradas inquisitivas de mi padre y mis tíos, Leo y Adriel, nos siguieron desde la puerta hasta la mesa. Me sentí un poco culpable, pero me obligué a no flaquear.

—Aquí estamos —anuncié con una sonrisa, tratando de restarle importancia a la situación.

Mi madre arqueó una ceja, aunque no dijo nada. En cambio, mi tía Alicia se encargó de desviar la atención de todos hacia las bandejas.

—¡El tiramisú es todo mío! —canturreó recibiendo quejas y abucheos.

Dirigí mi vista a ella cuando nos sentamos y le di las gracias en silencio, a lo que me respondió con un guiño de ojos. No obstante, volví a tensarme cuando Guille se acercó a la reunión con una expresión satisfecha. Por suerte, se sentó al lado de África y nos ignoró.

—Espero que hayas dejado algo de espacio después de tanta comida, cuñada —dijo haciendo hincapié en las últimas palabras y lanzándole un vistazo de soslayo.

Por supuesto, ella no se amilanó y le sonrió con descaro.

—Ah, no te preocupes, chiquitín… Para dulces y frutas maduras siempre tengo espacio.

Abrí los ojos con consternación y giré la cabeza hacia Jaime. Le dirigí una disculpa silenciosa, pues ambos habíamos captado el doble sentido de aquellas palabras, pero él me sonrió, me agarró la mano, besó el dorso, y yo me relajé de inmediato.

A partir de ese momento decidí que no iba a preocuparme de nadie más que de mí y de Jaime durante esos diez días, y él debió de llegar a la misma conclusión, ya que durante toda la semana, cada vez que mi familia hacía algún comentario que me ponía en alerta, Jaime respondía con naturalidad e incluso se llegó a atrever a usar el humor en alguna ocasión, ganándose un poco más el corazón de todos.

Una tarde estábamos jugando a las cartas en la terraza. La mesa estaba llena de migajas de galletas y tazas vacías de café. Yo había abandonado la partida hacía rato y me dedicaba a observar cómo interactuaba Jaime con parte de mi familia.

—A ver si esta vez tenéis más suerte —dijo mi abuela esbozando una sonrisa pícara mientras acomodaba sus cartas—. Ya tengo media despensa en mi lado de la mesa.

—Abu, no te nos pongas chulita —le rebatió Guille estudiando las cartas que le habían tocado y arqueando una ceja—. Subo la apuesta a cinco galletas más.

—Las veo y subo tres más —añadió Alana tras intercambiar una sonrisa cómplice con Hans con el que compartía juego.

Zahara, con sus temidos catorce años recién cumplidos, se puso en pie con teatralidad.

—Si os creéis que me vais a asustar la lleváis clara. —Empujó su apuesta al centro de la mesa—. Voy con todo.

Jaime contempló a mi hermana pequeña, asintió con determinación y dijo:

—Igualo.

Zahara soltó una risa nerviosa tras la ronda de apuestas, y mi abuela fue la primera en mostrar sus cartas.

—Pareja de reinas.

—Pareja de ochos —refunfuñó Guille tirando las cartas a la mesa y echándose hacia atrás en la silla.

Alana y Hans sonrieron antes de revelar su jugada.

— Full —anunciaron al unísono.

Zahara mostró su mano con una sonrisa enorme.

—Escalera de color. ¡Os gané, chavales!

Se puso a bailotear alrededor de la mesa, pero entonces Jaime me miró con una sonrisa embriagadora y puso los naipes boca abajo con seguridad sobre la mesa.

—Me temo que no, « shavala » —imitó nuestro acento y le dio la vuelta a sus cartas—. Escalera real.

La abuela Toñi rio con alegría, Hans le palmeó la espalda, y Guille le lanzó una galleta a Zahara a la cabeza. Jaime recibió las felicitaciones con modestia, pero un comentario de mi cuñado Hans me agrió el momento.

—Qué bien te sienta el acento, Jaime. Unos meses más aquí y nadie diría que no eres serenero.

La idea de que eso fuera posible, de que Jaime se quedase en Costa Serena, me gustó y dolió a partes iguales, pues sabía que no era una posibilidad.

Él tenía un trabajo estable en el laboratorio, una carrera que le apasionaba y en la que estaba avanzando a pasos agigantados, y no podía pedirle que lo dejara todo por mí, máxime cuando yo podía buscar trabajo en cualquier lugar; sin embargo, la idea de dejar a mi familia me desgarraba el alma.

Mis padres, mis hermanos, abuelos, tíos y sobrinos, todos formaban parte esencial de mi vida, y estar lejos de ellos…

No podía ni pensarlo. Perderme esos pequeños momentos cotidianos, las primeras palabras de los gemelos, sus primeros pasos, las travesuras de Kay y Abril…

Cada vez que imaginaba no estar allí para ellos se me apretaba un poco más el nudo en el estómago, por lo que procuraba apartar esos pensamientos de mi mente y vivir el presente.

Y no era fácil, porque cada minuto con Jaime me dejaba más claro que lo que sentía por él era algo duradero y fuerte, pero a la vez no me permitía explorar del todo mis sentimientos por miedo a tener que reconocer cosas incómodas de nuestra relación como la distancia.

La noche del domingo, la última que pasaríamos juntos hasta que volviésemos a encontrarnos, me colé de nuevo en la habitación que ocupaba, antiguo dormitorio de mi hermano Bruno, pero el encuentro me resultó muy diferente a las anteriores noches.

Fue todo más suave, más dulce y lento. Nos tomamos nuestro tiempo para memorizar cada trozo de piel, cada marca y peca, cada sonrisa y gemido. No hicieron falta las palabras, pues el lenguaje de nuestro cuerpo iba más allá.

Cuando nos abrazamos satisfechos nos mantuvimos en silencio y dormí un escaso par de horas sobre su pecho, abrazada a él y aspirando el olor de aquel cuerpo que tanto iba a echar de menos.

Nos despertamos antes del amanecer y, sin pronunciar palabra, nos vestimos y salimos de la casa con sigilo.

No hablamos porque, si lo hacíamos, tendríamos que enfrentar el hecho de que se nos acababa el tiempo.

Jaime regresaría a Barcelona en unas pocas horas, y yo me quedaría sola tachando días en el calendario hasta el nuevo encuentro.

Sola en el mismo trozo de tierra que se había convertido en nuestro refugio temporal.

Sola con sus recuerdos en cada esquina.

Pero debía aferrarme a lo que sí tendría: los recuerdos.

Había disfrutado de cada segundo juntos, y guardaría como mis más preciados tesoros los momentos más especiales junto a él, desde los atardeceres en la playa hablando sobre nuestro pasado entre risas y miradas cómplices, hasta los amaneceres silenciosos a su lado, con su boca entreabierta apoyada en mi sien y mi mano en su cadera.

Aquella tarde en la que decidimos explorar el antiguo faro en el extremo norte de la isla y, al subir las escaleras, nos quedamos mudos al contemplar el océano extendiéndose hacia el infinito bajo un cielo de tonos rosados y dorados.

La forma en la que me había rodeado con un brazo mientras observábamos desde la arena cómo el cálido sol del Mediterráneo se hundía lentamente en el mar, creando un espectáculo de colores que parecía pintado por un talentoso artista.

O esa otra mañana en la que nos aventuramos por uno de los senderos junto a los acantilados y llegamos a una cala minúscula y desierta, donde terminamos haciendo el amor sumergidos en el agua.

Y, aunque todos esos recuerdos eran tan recientes, parecían estar impregnados de una dulce melancolía, pues el momento de la despedida estaba cada vez más cerca y no me atrevía a preguntarle a Jaime qué pasaría con nosotros a largo plazo.

Me daba demasiado miedo darles voz a mis dudas más profundas. Porque sí, nos queríamos, ambos lo sabíamos, a pesar de que no lo hubiésemos verbalizado, ya que nos lo habíamos gritado tanto con nuestro cuerpo como con nuestros actos.

Sin embargo, habernos demostrado nuestros sentimientos no cambiaba en absoluto todo lo demás y no borraba la distancia que se interponía entre los dos.

Así que decidí aferrarme a aquel último momento a su lado con la misma intensidad con la que un músico abraza su último concierto, consciente de lo efímero y precioso del tiempo.

Acabábamos de llegar al mirador del vigía, una zona en lo alto de un acantilado que en su día había servido para la vigilancia costera, cuando escuché a Jaime suspirar profundamente por tercera vez.

—¿Estás bien? —le pregunté con cariño.

Él se recompuso y me sonrió con los ojos hinchados. Maldición, ya lo echaba de menos y aún lo tenía allí, a mi lado.

—Lo siento. —Me acerqué a él y le rodeé la cintura con los brazos—. Tengo la hormona glucocorticoide disparada.

Fruncí el ceño con diversión.

—¿Eso es una forma científica de decir que me vas a echar de menos? —le pregunté con una sonrisa cómplice.

Jaime me devolvió el gesto con un brillo de culpabilidad en la mirada y dejó caer la cabeza a un lado.

—Claro que te voy a echar de menos, pero en realidad significa que estoy nervioso —sintetizó y salvó la distancia para darme un casto beso en los labios—. Ojalá no tuviera que irme, Emma.

Lo miré a los ojos y me apreté contra él.

—Antes de que nos demos cuenta estaremos otra vez juntos —añadí con positividad tratando de disipar la tensión.

Estoy segura de que Jaime podría haber refutado mi afirmación sobre el paso del tiempo con datos superespecíficos y exactos, pero, en lugar de eso, me besó con delicadeza y devoción, expresando con gestos lo que las palabras no podían capturar en su totalidad.

La brisa marina acarició nuestros rostros al tiempo que las luces del pueblo brillaban en la distancia como testigos silenciosos de nuestra despedida. Jaime se separó apenas lo suficiente para mirarme a los ojos y ver el reflejo de sus sentimientos en los míos.

—¿Sabes una cosa? —me preguntó con voz afectada y continuó sin esperar respuesta—.

Mientras leía los libros románticos de mi madre y de mi tía pensaba que lo que hacían sus escritoras no era del todo lícito.

Insinuar que sus personajes se morían de amor por otra persona es algo científicamente imposible.

La muerte no es una consecuencia directa ni probable relacionada con un sentimiento amoroso, no hay evidencia científica de ello.

A aquellas alturas la sonrisa me ocupaba toda la cara.

—Eres todo un romántico —respondí con diversión.

Jaime pareció ignorar mi comentario y reanudó su discurso.

—Está claro que se trata de una expresión poética sin base en hechos comprobados, carente de fundamentos biológicos y físicos sólidos. Pero he estado recabando información sobre las complejidades neuroquímicas asociadas con el amor…

—Seguro que lo has hecho —murmuré enternecida en la pausa que hizo para coger aire.

—Y he llegado a la conclusión de que el amor no se puede medir con precisión como un experimento de laboratorio.

—Y eso te tiene loco, ¿verdad?

Jaime asintió con una pequeña sonrisa.

—Un poco —reconoció—. Aunque por experiencia propia puedo afirmar que su impacto es innegable, y tan profundo que transforma y conecta a las personas de una manera inexplicable y asombrosa.

Me quedé mirándolo, fascinada y emocionada por cómo me había dicho que me quería de una forma tan rigurosa, tan propia de él… Mi Sheldon…

—Espero que no hayas utilizado otro conejillo de indias para tus estudios en la materia —bromeé acariciando su espalda en mi abrazo.

Él soltó una carcajada y me besó la punta de la nariz con dulzura.

—Nunca —dijo con firmeza—. Eres el único sujeto del experimento de mi vida.

Lo observé tratando de contener la avalancha que se estaba desatando en mi interior, donde mis sentimientos amenazaban con acabar conmigo. Ese «nunca» retumbó con cada latido desbocado de mi corazón, confirmando lo que ya sabía: estaba profundamente enamorada de él.

No pude contener más mis emociones.

—Te amo, Jaime —susurré dejando escapar las palabras que llevaban quemándome en el corazón desde hacía mucho tiempo.

Él me sonrió con ternura y me acarició la mejilla con el dorso de la mano, recogiendo una lágrima que se había escapado de manera furtiva de mi ojo izquierdo.

—Yo también te amo, Emma —respondió con una intensidad que desató mis lágrimas—. Y no tengo ninguna duda de que, si tuviese que morir de amor por alguien, sería por ti.

Al acabar su discurso, me besó y lo hizo como toda chica quiere ser besada alguna vez en su vida: con reverencia y entrega absoluta.

Con una pasión que me hizo olvidar cualquier preocupación y con tal sentimiento que consiguió reajustar mi corazón para que latiera al mismo ritmo que el suyo.

Su beso me elevó, me hizo sentir como si flotara en el aire y me dejó claro que, pese a la distancia física que nos separaba, siempre estaríamos unidos por ese vínculo indescriptible que solo el amor verdadero puede crear.

Lo demás, la solución a esa distancia o lo que tardaríamos en volver a estar juntos, solo el tiempo lo diría. Lo que sí supe en ese mismo instante fue que, morir por su amor, sería el precio justo para alcanzar mi libertad y lo pagaría gustosa por y para él.

Una condena que recibiría gustosa por y para él.