31 – Postre #2
—Emma, ¿por qué no vas con Jaime a por los postres en lo que nosotros despejamos un poco la mesa?
Asentí y, tras levantarme sin perder un segundo, tiré de la mano de Jaime para sacarlo de allí.
—Claro.
Él me siguió en silencio hasta dentro de la casa, aunque no me detuve al llegar a la cocina. Si iba a mandarme a paseo, al menos necesitaba besarlo antes con todas las ganas que tenía acumuladas.
Continué hasta la puerta que conectaba con el apartamento de mi hermano Guille, la abrí, lo tomé del brazo para arrastrarlo conmigo y cerré rápidamente tras nosotros.
Jaime me miró con el ceño fruncido.
—¿Qué pa…?
No lo dejé terminar. Le rodeé el cuello con los brazos y me dejé llevar en un beso profundo y apasionado. Lo había echado tanto de menos…
Él tardó unos segundos en reaccionar, pero cuando lo hizo me levantó en sus brazos, y yo gemí al sentir el bulto de su pantalón en el punto justo.
Con mis piernas alrededor de su cintura, caminó un par de pasos y mi espalda chocó contra una de las baldas del armario abierto. Solté un quejido por el impacto.
—Lo siento —se disculpó entre besos.
—No… Ahh… Es igual… —le resté importancia con la respiración entrecortada.
Por nada del mundo iba a desperdiciar esos segundos a solas con él.
¿Tendríamos tiempo de…? No pude terminar de formularme la pregunta, pues escuché cómo la puerta principal se abría de golpe y alguien entraba antes de que tuviéramos tiempo de reaccionar.
Jaime levantó la cabeza, interrumpiendo el delicioso contacto de su boca en mi cuello.
—¿Qué…?
—Shh… —le contesté apremiándolo para que me dejara en el suelo—. No hagas ruido.
Aunque el apartamento era diáfano, una cortina dividía la habitación y, por suerte, estaba corrida. Tanteé a mi espalda hasta encontrar el hueco del armario sin cajoneras e hice un gesto a Jaime para que me siguiera.
—¡Auch! —se quejó una voz femenina que me resultó muy familiar en algún lugar del apartamento. Tiré de Jaime hacia mí y nos mimetizamos con la ropa colgada de mi hermano Guille—. Me has hecho papilla el dedo michi , Capullito.
Se escuchó una risa que había oído cientos de veces en mi vida, pero que pronto fue sustituida por un gemido.
—Joder, Áfri… Más despa… Uhm… Joder…
—Mierda —murmuré muerta de vergüenza.
Era un hecho, íbamos a estar allí escondidos un buen rato. Cerré los ojos y dejé caer la cabeza en el pecho de Jaime. Sentí la vibración de su risa silenciosa y también el calor de sus manos en mi cintura.
—¿Estás bien?
Asentí y elevé la cabeza hasta encontrarme con su sonrisa de medio lado que tanto me gustaba y que me dejó aturdida unos segundos. Un escalofrío me recorrió la columna cuando me acarició el costado en sentido ascendente y luego agarró la parte posterior de mi cabeza.
Jamás había visto ese deseo voraz en su mirada, ni siquiera cuando nos reencontramos en su apartamento y decidimos darnos una oportunidad.
—¿Bruno y África? —susurró, y yo asentí—. Se lo están montando en el salón.
Repetí el gesto. Los sonidos amortiguados que nos llegaban desde allí no dejaban lugar a dudas.
—Bienvenido a la famil… —No me dejó terminar.
Me agarró el culo con ambas manos, me mordió el labio inferior y me elevó para estar a su altura.
Las perchas sobre mi cabeza se movieron cuando nos fundimos en un beso que se volvió más intenso conforme nuestras lenguas tomaron protagonismo.
Las respiraciones aceleradas de ambos fueron llenando el pequeño espacio a nuestro alrededor, y dejé de prestar atención a todo lo demás cuando Jaime comenzó a emitir unos sonidos sumamente eróticos y embriagadoramente graves cada vez que me apretaba y rozaba contra él.
Aumentó la cadencia, encontró el lugar exacto, y le mordí el hombro cuando estallé en un orgasmo rápido e inesperado. Elevé la cabeza con la respiración entrecortada, lo observé en la penumbra de nuestro escondite, y él me sonrió y me besó con ansia, retomando el vaivén de mis caderas.
Pero entonces, entre la nebulosa de respiraciones entrecortadas y sollozos de placer, un grito repentino resonó por encima de todo.
Jaime y yo nos separamos en el acto y nos miramos con los ojos más abiertos de lo normal.
—Puaj… ¡Qué puto asco, bro ! —gruñó otra voz. Sin duda la de mi hermano Guille.
Maldición. Los acababa de pillar con las manos en la masa y temí correr el mismo destino.
—Mierda.
—¡Joder! —maldijo Bruno y, al agudizar el oído, deduje que se estaban esforzando por recobrar la dignidad perdida—. Cuando no son los niños, son los doscientos miembros que tiene esta familia… Oye, ¿podrías dejar de mirarla?
—¿Y tú podrías dejar de refregar los huevos por mi cojín? Dios, voy a vomitar —anunció imitando el sonido de una arcada—. Ponía la puta cabeza en ese cojín para dormir la siesta, ¿sabes? Era muy cómodo, tío, y ahora voy a tener que quemarlo.
La risa de África se hizo escuchar por encima de las voces.
—No exageres… —le dijo Bruno.
—¿Que no? ¿Desde cuándo no te pasas la cuchilla? —le preguntó el otro con voz asqueada—. Menuda mata de pelo, tío. Qué puto asco.
—Ya sabes, cuando seas padre… —canturreó África divertida.
—Cosa que no va a ocurrir nunca —añadió Guille.
Continuaron hablando, pero yo me concentré en la punta de mis orejas, que las sentía arder.
Acababa de correrme entre la ropa de mi hermano pequeño, mientras mi hermano mayor y su novia hacían de todo en el salón…
Si hubiéramos estado en otro lugar habría disimulado la vergüenza ajena que me producía todo aquello dándome la vuelta o evitando el contacto visual con Jaime, sin embargo, estábamos emparedados en un armario y las posibilidades eran bastante reducidas, al igual que el tamaño.
—Que se vayan ya, por favor —murmuré, y Jaime soltó una risa silenciosa.
Me mordí los labios para no echarme a reír y le di un suave empujón que le hizo soltar el aire en un amago de carcajada.
Le tapé la boca con rapidez y lo contemplé con horror.
Por nada del mundo quería que nos encontrasen allí escondidos, sabía cómo eran mis hermanos y aquello sería el tema del año.
Pasaron unos minutos de tensa espera antes de que los murmullos del salón se desvanecieran. Cuando reinó el silencio en el exterior, nos miramos con expectación y deduje que estábamos solos.
—Creo que se han marchado —susurró Jaime con los labios húmedos y la cara enrojecida por el esfuerzo y su necesidad insatisfecha.
Yo me recompuse la ropa y el pelo, tratando de disimular cualquier señal evidente de lo que acabábamos de hacer. Con un asentimiento me armé de valor para salir. Asomé la cabeza con cuidado para asegurarme de que no hubiera nadie cerca y exhalé aliviada.
—Vamos.
Agarré la mano de mi chico y, justo cuando nos faltaba un solo paso para poder llegar a la puerta, una voz me detuvo en seco y el cuerpo de Jaime me desestabilizó al chocar desde atrás con el mío.
No. No estábamos solos. Alguien nos acababa de pillar.