Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 31 – Postre
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31 – Postre

Deberle un favor a un hermano es como adoptar un gremlin: parece inofensivo al principio, pero siempre temerás las consecuencias

Caminamos juntos y, al entrar, el bullicio y las voces familiares nos envolvieron de inmediato.

La cocina estaba abarrotada de gente, con mi madre y mi tía dirigiendo la orquesta de preparativos. Algunos de mis hermanos charlaban entre ellos, sin duda alguna tratando de escabullirse de sus tareas mientras mis sobrinos correteaban por el salón jugando y riendo.

Inspiré hondo y me santigüé mentalmente.

—Bienvenido al nada silencioso hogar de los Remo Delgado.

—¡Tata Em! —gritó Abril con su vocecilla infantil al vernos.

Me agaché para recibirla y me erguí con ella en brazos.

—Hola, princesa. ¿A qué jugáis?

—Al ezconrite —explicó, y le di un beso en el moflete. Fue entonces cuando la pequeña reparó en la figura a mi lado—. Como titi Leo.

Me eché a reír.

—Sí, Jaime tiene el pelo naranja, como el titi Leo. —Miré a mi chico, que nos observaba con curiosidad—. Aunque te voy a contar un secreto: él es mucho más listo que el titi Le…

—¡Oye! —se quejó una voz a nuestra espalda—. ¿Me acabas de llamar tonto por toda la cara?

—Abu, ¡titi ha richo tonto! —se chivó mi sobrina.

Me giré y la sonrisa se me amplió al ver al aludido y a su mujer, Leire, que acababan de llegar de Alicante para pasar los días de Semana Santa en Costa Serena.

Los saludé a ambos y les presenté a Jaime.

—Leo, remángate la camisa. ¡Me hacen falta manos por aquí! —dijo mi padre agarrando una bandeja llena de útiles para la barbacoa.

Comencé a caminar hacia la cocina sin soltar a Jaime.

—Por aquí tengo dos manitas muy bien dispuestas —respondió África—. ¿Dónde las necesitas exactamente? Me sacrificaré en lo que haga falta por mi suegro favorito.

—Ya empezamos —se quejó mi hermano exagerando un gesto de fastidio.

—Capullito, ve pidiendo hora para mi nombramiento como mártir, que luego todo son prisas.

Bruno puso los ojos en blanco y le tiró una aceituna que se le coló en pleno canalillo.

—¡Qué puntería! —coreó Adriel, el marido de mi tía Alicia.

Esta le dirigió una mirada admonitoria, señalando con la cabeza a su hijo como si todavía fuera un niño inocente del que debían cuidar, en lugar de un preadolescente de doce años que ya se había metido en más de un lío.

Me giré hacia Jaime y le dirigí una sonrisa tensa.

—¡Em! —Mi hermana se acercó a nosotros y observó a mi acompañante con cariño—. Y tú debes de ser Jaime, ¿verdad? Encantada, soy Alana.

—La mayor. —Escuché que decía él después de darle los dos besos de rigor. Sonreí para mis adentros porque parecía haberse aprendido el árbol genealógico que me había pedido la semana anterior—. Es un placer conocerte.

Ella asintió y lo observó durante unos segundos más antes de establecer contacto visual conmigo y dedicarme una sonrisa de apreciación. Hans se acercó a nosotros y besó en el pelo a Alana.

—Espero que tengáis hambre, porque han preparado todo un festín. Encantado, soy Hans. —El novio de mi hermana le tendió la mano a Jaime y, tras la presentación, le pasó un brazo por los hombros a su chica.

Kay envolvió una de las piernas de su padre en un abrazo temeroso y se escondió tras él.

Hans lo animó a saludar y, cuando me fijé en cómo los observaba Jaime, me enternecí.

Su gesto era de cariño, emoción y añoranza, y le acaricié la espalda con disimulo.

Más tarde, esa misma noche, me contaría que la rizada cabecita de mi sobrino y el tono oscuro de su piel le habían recordado a su abuela, y eso lo había llenado de una repentina y profunda nostalgia.

El resto de mis hermanos no tardaron en acercarse a nosotros, uniéndose al momento de presentaciones y abrazos. En medio de la algarabía, mi madre se puso a mi lado y me sonrió.

—Es muy… educado —murmuró.

Me eché a reír.

—Sí que lo es.

—Y guapo —añadió con disimulo mi tía Alicia, que se había aproximado a nosotras.

Asentí a su comentario y sentí un ligero rubor en las mejillas.

Observé la escena que se daba a pocos metros de nosotras y sonreí.

Ese fue el instante exacto en el que me di cuenta de lo afortunada que era por tener a mi familia y a Jaime congregados en el mismo lugar.

Sin embargo, a pesar de la calidez y alegría del momento, una sombra acechaba en una esquina de mi mente: la falta de mi gemela.

Mentiría si dijese que no me había aliviado en parte ver que no estaba cuando llegamos, pero la realidad era que su ausencia me afectaba más de lo esperado.

Inspiré hondo y le susurré a mi madre:

—¿Dónde está?

Ella tardó un par de segundos en contestarme, y, cuando lo hizo, su rostro se ensombreció.

—Se fue a Sevilla a primera hora —respondió tratando de mantener la compostura a pesar del evidente dolor en sus ojos.

Me sentí mal. Sabía que Diana nos estaba evitando y, aunque de alguna manera agradecía que se hubiera ido con mi hermana Carolina, que vivía fuera desde que había comenzado su residencia en Medicina en la capital andaluza, no podía ignorar que aquella situación era el resultado de la distancia que se había creado entre nosotras.

Era evidente que esto no solo nos estaba afectando a las dos, sino también a nuestra familia.

—Cielo… —le dijo mi padre a unos metros de distancia.

Ambos compartieron una de sus miradas, de las que hablaban sin necesidad de palabras, y mi madre negó con la cabeza como si quisiera quitarse de encima el desconsuelo que sentía por nuestra situación.

Haciendo un esfuerzo por mantener el ambiente festivo, carraspeó, compuso una sonrisa algo forzada y elevó la voz.

—¡Venga, todos a la mesa!

—Rescata a ese muchacho o se te echa a correr de vuelta al avión —bromeó Leo al pasar por mi lado.

Sonreí, a pesar de que en el fondo temía que algo así ocurriera. Busqué a Jaime con la mirada, ya que nos habíamos alejado unos metros, y distinguí su pelo anaranjado entre una multitud de cabezas de diferentes alturas.

Se le notaba claramente incómodo, aunque intentaba mantener la sonrisa y la compostura. Cuando nuestros ojos se encontraron, los suyos se iluminaron, y eso fue todo lo que necesité para acercarme a él y disolver la reunión.

—He escuchado que el último que llegue a la mesa limpia después la parrilla.

La pequeña mentira fue muy efectiva. Se desató una estampida hacia la puerta del jardín, con una breve lucha por salir primero como colofón.

—Gracias —murmuró Jaime una vez a solas.

—No es nada. —Le pasé las manos por detrás de la cintura, abrazándolo, y elevé la cabeza para mirarlo a la cara—. ¿Cómo va tu nivel de aguante a la intensidad?

—Dentro de los límites tolerables.

—Sorprendente —admití aliviada. Decidí bromear un poco para calmar los nervios de ambos—. Créeme, es todo un logro. El último chico que traje a casa aún sigue corriendo en dirección contraria. Lo han avistado hace poco, de hecho.

Jaime dejó escapar una risa nasal y me apretó más contra él.

—Pues el último chico que espero que traigas a casa necesita algo más que una docena de personas para separarlo de ti.

—Oh… —murmuré emocionada y me puse de puntillas para besarlo—. Eso ha sido muy dulce.

Él salvó el poco espacio que nos separaba sin dejar de sonreír y, en el último momento, se desvió y besó mi sien, dejándome con todas las ganas.

—Menos mal que mis arduos estudios han servido de algo —me dijo al oído, y lo miré intrigada—. Cuando les devuelva a mi madre y a mi tía el arsenal de novelas románticas que me prestaron hace un par de semanas les tendré que dar las gracias.

Confirmado: adoraba a Jaime con todo mi ser.

Me separé de él sin dejar de sonreír y lo agarré de la mano.

—¿Te he dicho ya cuánto me gustas?

—El oído humano está biológicamente adaptado para procesar esas palabras aproximadamente trescientas cincuenta y siete mil veces a lo largo de una vida humana promedio.

Solté una carcajada.

—Eso te lo acabas de inventar.

Él me guiñó un ojo con complicidad y tiró de mi mano para echar a andar hacia la ruidosa reunión del exterior. Y durante toda la comida traté de obviar la nube negra que se empeñaba en enturbiar el momento y me centré en ver cómo todos disfrutaban del festín y de la compañía.

—¿De verdad tienes un cociente intelectual de ciento sesenta y seis? —preguntó Zahara con tono escéptico un rato después, mientras se comía un trozo de pan mojado en salsa.

Ya apenas quedaba comida sobre la mesa y ahora llegaba la parte favorita de todos: la sobremesa. En mi caso estaba deseando escaparme con Jaime, pues las miradas significativas y los roces de nuestras rodillas habían sido un preludio demasiado prometedor para lo que compartiría con él en privado.

—Como Lady Gaga —añadió África.

Apreté el agarré de la mano que mantenía unida a la de Jaime bajo la mesa y lo contemplé con una disculpa. Él me dedicó un gesto tranquilizador antes de responder.

—Sí, es cierto —contestó con tono humilde.

—¿Y puedes recordar todo lo que ves? —indagó Fabiola con su habitual tono suave y amable.

—Bueno, no exactamente. Eso es memoria eidética, que funciona como si se estableciese una imagen mental y se recordasen muchos detalles sin necesidad de…

—Se detuvo al darse cuenta de cómo lo examinaban y corrigió su discurso con un tono mucho menos formal—.

No, qué va. No recuerdo todo lo que veo, aunque sería bastante útil.

—¿Y sabes resolver un cubo de Rubik? —preguntó mi primo Aliel con los ojos muy abiertos por la emoción. Jaime asintió—. Mamá, voy a casa a coger el que me regaló el abuelo.

Mi tía Alicia le sonrió algo tensa.

—Mejor después, cariño. Jaime estará cansado del viaje.

—¿Qué tal con los idiomas? —Fue el turno de Guille—. Tengo una amiga alemana y me vendría genial aprender algunas palabras para impresionar.

—Solo hablo inglés, catalán, francés y castellano —dijo Jaime encogiéndose de hombros.

«Solo…».

Miré a mi madre en busca de algo de ayuda mientras mi chico continuaba respondiendo a aquel interrogatorio con paciencia. Ella captó mi silenciosa petición e intervino dirigiéndome una sonrisa cómplice.