Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 30 – Hace calor #2
86%

30 – Hace calor #2

—Él era ese «algo importante» que tenía que decirte —le aclaré, y frunció el ceño—. Mi coche no arrancaba y se ha ofrecido a traerme porque sabe que no me atrevo a conducir este tanque…

—Ayer te sentiste indispuesta —añadió obcecado con su teoría.

—Ya… —La vergüenza se apoderó de mí al darme cuenta de que había llegado a una conclusión totalmente equivocada.

A ver cómo le decía de una manera discreta que lo que me había sucedido se había solucionado con un par de largas visitas al baño y una dieta blanda—.

Fueron las tortitas del desayuno, cada vez que me las como me ocurre.

Debe de ser algún tipo de intolerancia a la harina o algo así.

—¿Estás segura?

Asentí con insistencia y observé cómo se le destensaban los hombros. Soltó una larga exhalación y se relajó en el asiento. Me mordí el interior de las mejillas para impedir que mi labio superior se elevase, pues parecía haberlo pasado realmente mal.

—Madre mía. Tengo las pulsaciones disparadas —murmuró llevándose la mano a la muñeca contraria y cerrando los ojos.

No pude contenerme por más tiempo. Me acerqué a él sonriendo y le envolví el brazo con los míos.

—Apuesto lo que sea a que te has visualizado volviendo a casa y anunciándole a tus padres que los ibas a hacer abuelos, ¿me equivoco? —Intenté aligerar el ambiente con una broma, pero me amonestó con una mirada tierna—. Me estoy imaginando el momento, Javier te habría acribillado a bromas.

—Muy graciosa.

Le agarré la mano, deteniendo su conteo de pulsaciones, y la coloqué sobre mi regazo.

Cuando nuestros ojos se encontraron, compartimos una sonrisa cómplice y me entraron unas ganas locas de besarlo.

Por suerte, pude contenerme, pues había pillado un par de veces a mi padre mirando por el espejo retrovisor.

Por mucho que hubiera cambiado algunos aspectos de mi comportamiento, la exposición de mi intimidad no era uno de ellos.

El trayecto duró unos veinte minutos. Papá aparcó en el camino de entrada a la casa familiar y detuvo el motor; él se bajó primero, y un agradable silencio invadió el interior del coche.

—¿Estás bien? —susurré.

Él apretó el agarre de nuestra mano.

—Sí, pero ahora sí que tengo mucho calor. —Le dediqué una mirada de «te lo dije»—. Siento lo de antes.

Negué restándole importancia.

— Hakuna matata . —Una carcajada seguida de un sonido nasal se me escapó al fijarme en su cara de desconcierto.

Agarré el pomo de mi puerta y, antes de abrir para bajar, le puse una mano en el muslo y lo miré cómplice—.

Tenemos un montón de trabajo que hacer antes de que mis niveles de golondrinas crónicas pasen de cien.

Vamos a tener que dejar los videomaratones de Netflix y meternos en un intensivo de Disney.

—Gonadotropina coriónica… —me corrigió como el cerebrito que era—. Y sé lo que significa Hakuna matata , listilla.

Aún estaba riéndome cuando nos bajamos del coche. Mi padre seguía allí, revisando superconcentrado unas ramitas desordenadas del seto a nuestra izquierda.

Al acercarnos, se giró y nos sonrió.

—Bienvenido a casa, Jaime. —Se frotó los dedos eliminando los restos de la planta y señaló a su espalda—. Voy a ir preparando la barbacoa, que se me echa el tiempo encima.

—Vale, papá. —Le sonreí—. Y gracias por hacernos de chófer.

—Gracias, señor —añadió Jaime.

Mi padre se llevó la mano al corazón.

—Nada de «señor», por lo que más quieras —le pidió exagerando un gesto de dolor—. Solo tengo cincuenta años. Mejor deja eso para cuando llegue a los setenta, al menos.

—Lo siento —se excusó Jaime, y yo envolví mi mano en su brazo. Le sonreí y asentí cuando me dirigió una breve mirada—. Gracias, Fede.

Mi padre se dio por satisfecho y, al fin, desapareció. Agradecí al cosmos que no le hubiese pedido que lo llamase «papá».

Giré mi cuerpo hacia Jaime, poniéndome frente a él, y aproveché el momento para agarrarle el bajo del jersey y subírselo por el torso.

Esa vez no opuso resistencia alguna, por lo que me recreé en el movimiento y salivé al fijarme en el trozo de piel que quedó expuesto cuando la camiseta se le subió, dejando a la vista su abdomen.

—Relájate —le pedí, cuando en realidad la que debía hacerlo era yo si no quería montar un escándalo en el vecindario.

— Hakuna matata —se burló, y me fijé en el dibujo de su camiseta, donde un monigote agarraba un cerebro y debajo de él rezaba el mensaje «plz use it».

Sonreí de nuevo y me centré en su bonita y pecosa cara.

—Mi familia tiene unos niveles de intensidad elevados, ya lo has podido comprobar en algunas de nuestras videollamadas.

—No pasa nada.

—Al principio puede resultar abrumador, pero no me cabe duda de que lo superarás con nota.

Jaime esbozó una de sus bonitas sonrisas, y no pude contenerme más; lo besé.

Aunque compuse una mueca triste cuando no me permitió ir más allá de un contacto superficial, que, por supuesto, me supo a poco.

Traté de consolarme pensando que tendríamos tiempo de sobra, ya que iba a quedarse la friolera de diez días en Costa Serena.

Se había pedido parte de sus vacaciones en Semana Santa y las había sumado al lunes de Pascua, que era festivo en su ciudad.

—He estudiado y estoy preparado para el examen.

Reí y nos volteé para hacerle frente a la casa.

Traté de verla con sus ojos y supe que para él no sería más que una estructura funcional de tres plantas, con una fachada blanca y limpia y enredaderas que la cubrían en algunos puntos; ese detalle a mí me resultaba encantador, pero a él, en el mejor de los casos, le parecería una decoración más.

Los juguetes infantiles esparcidos por el césped, y que a mí me hablaban de la vida de la casa, probablemente él solo los vería como desorden.

Y el apartamento del garaje, con su entrada independiente, sería únicamente una extensión práctica de la casa, una solución útil, sin más.

Sin embargo, para mí ese lugar representaba mucho más que un simple espacio físico. Era el epicentro de nuestro universo familiar, el refugio donde las risas resonaban por las paredes y los abrazos eran abundantes.

Cada rincón guardaba recuerdos entrañables: las cenas compartidas alrededor de la mesa grande de madera, las charlas interminables en el porche trasero durante las noches de verano o el olor a carne de barbacoa flotando en el ambiente mientras nos bañábamos en la piscina, eludiendo la petición de los adultos para poner la mesa.

Quería que Jaime experimentara eso mismo al entrar: el calor del hogar, la familiaridad reconfortante de cada detalle y la sensación de pertenencia que se respiraba en el ambiente. Pero a la vez temía cómo se sentiría estando allí, cómo lo acogerían y qué pensaría de mi familia o ellos de él.

Y solo había un modo de averiguarlo…

Inspiré hondo, le hice un gesto con la mano libre para que comenzase a caminar y le dije:

—Adelante. Estás en tu casa.