30 – Hace calor
«Ella tiene la receta para estar mucho mejor. Sin truco, sin prisa, me entrega su sonrisa como una sacerdotisa del amor»
—Hace un calor espantoso, ¿verdad? —me dijo una señora con acento del norte a mi lado mientras me abanicaba con un folleto publicitario. La observé y asentí con una sonrisa—. ¿Cuál es el tuyo?
—Barcelona —le contesté escueta y miré una vez más el panel colgado en la pared—. Viene con retraso.
La mujer hizo una mueca comprensiva con los labios y, un momento después, se despidió de mí dejándome sola. O todo lo sola que se puede estar en la terminal de llegadas de un aeropuerto a mediodía, claro.
Los nervios burbujeaban en mi estómago con cada segundo de espera. Habían sido los treinta y cuatro días, tres horas y diecisiete minutos más largos de toda mi vida, pero esos últimos segundos me estaban resultando agónicos.
Habían cambiado muchas cosas en ese tiempo, como la casi inexistente relación con mi hermana gemela, la forma en la que se había enfriado mi amistad con Rachel o el hecho de que mi contrato de sustitución en el colegio había finalizado al incorporarse el casi jubilado profesor de música y llevaba doce días engrosando las listas del paro.
Pero lo que no había cambiado eran las ganas que tenía de abrazar, oler y besar a mi Sheldon particular.
Comprobé el reloj por enésima vez y, al levantar la vista, el corazón me dio un vuelco. Jaime estaba allí, al otro lado de la puerta automática, detenido y observándome mientras los demás viajeros lo sorteaban para salir.
Se le curvaron los labios en una sonrisa nerviosa.
Los míos dibujaron la misma línea vacilante.
Comenzó a caminar hacia mí. Me eché a correr hacia él.
Y, cuando al fin pude sentir su cuerpo junto al mío, su olor, su presencia…
, fue como si el tiempo y la distancia no hubieran existido.
Como si toda la espera hubiera sido el preludio de una sinfonía perfecta en la que cada día había actuado de nota sostenida para llevarnos justo a este momento.
Nos detuvimos el tiempo exacto para mirarnos a los ojos antes de que nuestros labios se encontraran en un beso cargado de emociones reprimidas.
—Hola —susurró contra mi boca.
—Un poquito más —me quejé cuando se separó y me bebí el eco de su risa al apropiarme de nuevo de sus labios.
Cuando me di temporalmente por satisfecha, dejé libre su boca y le sonreí. Jaime escrutó a nuestro alrededor con las mejillas encendidas y los labios brillantes, y a mí me pareció que estaba todavía más guapo que un mes atrás.
—La gente nos está observando.
—¿Qué más da? —respondí con una sonrisa bobalicona. Supe que podría pasarme horas mirándolo sin llegar a cansarme—. Deja que se mueran de envidia porque el chico más guapo y listo de toda Barcelona ha venido a visitarme a mí.
Jaime negó con diversión.
—Te sienta muy bien esa morfogénesis.
Fruncí el ceño, y él se rio al ver mi expresión de total desconcierto.
—Espero que no me estés insultando… —le advertí, divertida.
—¿Ontogénesis? —Negué con la cabeza, aún más perdida, lo que provocó que su sonrisa se ensanchara y me apretase más fuerte en su abrazo—. Te he echado de menos.
Me dejé abrazar, pero, al ver que no pensaba traducir, me separé lo justo para mirarlo a los ojos.
—¿No piensas decirme qué significa? —insistí.
Él besó la punta de mi nariz.
—Que te sienta muy bien esa metamorfosis y despreocupación.
Sonreí.
—¿Ves? Mucho mejor. Solo te ha costado un cortocircuito neuronal encontrar una palabra que pueda entender el pueblo llano. —Él hizo un gesto de falsa ofensa y me hizo cosquillas en el costado—. Para… Para o te toco el ombligo.
Se detuvo en el acto, y yo solté una carcajada.
—Muy graciosa.
—¿A que sí? —respondí haciendo una pose coqueta—. Pues déjame decirte que a ti la espontaneidad te favorece un montón.
Me atrajo de nuevo hacia él, entrelazó las manos en mi espalda, y cerré los ojos al sentir que besaba mi cabello. Fue entonces cuando me di cuenta de que llevaba un jersey demasiado grueso para la temperatura que hacía.
—¿Qué…? ¿Qué haces? —me preguntó alucinado cuando comencé a subirle la prenda por la cintura—. No os habréis cambiado otra vez y serás Diana, ¿no?
Alcé una ceja, y él se disculpó con un gesto. Conocía todos los detalles de la situación actual con mi hermana, por lo que era consciente de que el comentario había estado fuera de lugar.
—Te vas a morir de calor —me limité a decirle y lo agarré de la mano para salir del edificio.
Caminamos hasta el parking en silencio, pero a mitad de camino me detuve, lo que obligó a Jaime a frenar a mi lado.
Me observó con gesto serio, y evité el contacto visual.
Sabía que no podía esperar más para explicarle un detalle que no había sabido cómo abordar al verlo y que me tenía de los nervios.
Era consciente de que, por más que quisiera evitarlo, en cuestión de segundos se daría cuenta por sí mismo.
Respiré hondo y alcé la vista para encontrarme con sus ojos, y él se me adelantó.
—Emma, siento lo de antes —se disculpó malinterpretando mi gesto serio—. La broma ha sido de muy mal gusto.
—No pasa nada. Solo quería que no te diese una lipotimia al salir.
—Estoy bien, de verdad.
—Jaime. Tengo algo que contarte —le anuncié, circunspecta, mientras me frotaba los brazos. Su mirada confundida se desvió al movimiento de mis manos—. Debería habértelo dicho nada más verte y espero que no te enfades, pero te prometo que no ha sido premeditado ni…
—¿Cariño? —interrumpió una voz a mi espalda.
Cerré los ojos consternada durante un par de segundos y solté el aire de manera pausada. Al abrirlos de nuevo, vi que Jaime estaba observando algún punto por encima de mi cabeza con la espalda envarada. Noté cómo su expresión había cambiado y ahora tenía los labios tensos y parecía preocupado.
—¿Emma? —murmuró con un tono que intentaba ser neutral, pero que no ocultaba del todo su incomodidad.
Suspiré y me mordí el labio inferior.
—¿Estás viendo a un hombre rubio, con barba, una camiseta celeste y pantalones cortos beige ? —le pregunté.
Él asintió una sola vez sin dejar de estudiar el lugar desde donde había llegado la voz.
«Mira que le dije que esperase en el coche…».
Me giré.
—Jaime… —Señalé al recién llegado con una mano—. Te presento a mi padre, Fede. Papá, él es mi… Mi… Jaime.
Maldición. ¿Había sonado demasiado patética?
—Encantado, «su Jaime» —le dijo mi padre. Lo amonesté con los ojos abiertos de par en par, y él contuvo una sonrisa—. ¿Qué tal ha ido el vuelo?
Acto seguido le tendió la mano, y Jaime se la estrechó con una mueca tensa.
—Bien, señor. Encantado de conocerlo y gracias por preguntar.
Tras la presentación breve y demasiado formal por parte de mi chico. Mi padre se disculpó un momento, me tendió la llave del coche y se acercó a validar el ticket .
Agarré la mano de Jaime, fría, a pesar de la temperatura de final de marzo y de su atuendo, y con algo de preocupación por su estado lo guie hasta nuestra plaza de aparcamiento.
—¿Te encuentras bien? —le pregunté al abrir el maletero—. Pareces un poco pálido. Al final te va a dar una lipotimia de verdad…
—Emma, ¿qué te…?
—¡Ya estoy! —anunció mi padre llegando al trote e interrumpiendo el susurro de Jaime, que se calló de inmediato—. Acabo de avisar a mamá de que salimos para allá. Estaban esperando para empezar a poner la mesa.
—Vale —murmuré en respuesta.
No me pasó desapercibido su amago de sonrisa al vernos ocupar la parte más alejada de la cabina del conductor. Se trataba de un monovolumen de nueve plazas que nunca me había atrevido a conducir por su tamaño y que nos otorgaba cierta privacidad si nos sentábamos en los últimos asientos.
Eso fue justo lo que hicimos.
El susurro de Jaime en mi oído me hizo mirarlo al terminar de abrocharme el cinturón de seguridad.
—Emma… ¿Has notado algo extraño últimamente en tu cuerpo? —me preguntó con la vista puesta al frente, pero acercando de forma sutil su cabeza a la mía—. ¿Podrías tener alterados los niveles de onadotropina coriónica?
—¿Qué? —mascullé, y él me instó a que bajase la voz—. ¿Estás tratando de hacerme otro cumplido científico?
—No…
—¿Entonces? —insistí y le acaricié la barbilla para que me mirase. Por suerte, lo hizo, y lo que vi en sus ojos me confundió—. ¿Qué estás preguntándome?
—Yo… —empezó, pero luego se quedó en silencio.
Elevé ambas cejas, expectante, y él inhaló con fuerza a la vez que se pasaba la mano por la nuca.
Cuando volvió a hablar, me dio la impresión de que estaba a kilómetros de distancia, más concretamente en su laboratorio, delante de datos que a mí me sonaban a chino—.
Lo determinante sería saber si el índice está a menos de cien miliunidades por centímetro cúbico o se han disparado y…
Le puse una mano en el muslo y se detuvo. Me miró como si hubiese salido de un trance.
—Jaime. En mi idioma, por favor —le rogué.
—¿Estás…? —Carraspeó y las siguientes palabras le salieron atropelladas—. ¿Estás embarazada?
El cuerpo se me desplazó unos cuantos centímetros hacia delante cuando el vehículo frenó con más intensidad de la esperada. Me percaté de que Jaime observó mi barriga con preocupación.
—Mierda —murmuró mi padre y no me cupo ninguna duda de que ese hombre amigable y comprensivo, que se desvivía por su familia y que conocía a la perfección técnicas para dejar noqueados a pelirrojos catalanes adoradores de la ciencia, había espiado nuestra extraña conversación.
—¿Qué? No… No estoy embarazada… —le aclaré y repetí la información a un volumen más alto para que el conductor de oído fino se diera por enterado.
Miré a Jaime sin entender cómo había llegado a esa conclusión—.
¿A qué viene esa pregunta? Quizá he engordado un poco desde la última vez que nos vimos, pero no tanto como para que llegues a esa conclusión.
—Dijiste que tenías algo importante que decirme —se excusó visiblemente avergonzado.
Sus mejillas adquirieron un ligero tono rosado.
Señalé hacia delante e hice un gesto de obviedad.