29 – Vínculo #2
¿Cómo podía haberme hecho aquello? Sabía cuánto significaba ese trabajo para mí, por mucho que fuera temporal. Le había hablado de Rachel, debía de recordar que era la única persona que se mostraba amable conmigo desde que había llegado…
Me tomé un momento más antes de salir de allí. Tenía que recoger mis cosas de la sala de profesores, pero no sabía cómo enfrentar a Rachel con lo que ahora sabía. No antes de hablar con Diana.
Y, como caída del cielo, la puerta se abrió y Paqui, la maestra de Educación Física, irrumpió en mi escondite.
—¡Hola! —me saludó sin detenerse—. Perdona, no me aguanto.
Se precipitó dentro de uno de los cubículos y cerró la puerta con un golpe. A los pocos segundos, un suspiro de placer seguido del característico tintineo del líquido dentro del retrete llegó hasta mí.
Y yo me quedé allí, esperándola mientras hacía sus cosas, porque, aunque normalmente no me detenía a charlar demasiado con ella, ahora me parecía la oportunidad perfecta para evitar a Rachel.
Paqui me miró sorprendida cuando salió al mismo tiempo que se anudaba el pantalón deportivo.
—¿Qué tal te encuentras? —curioseó acercándose a mi posición para lavarse las manos—. Los de tercero han dicho que estabas muy enferma y que te habían tenido ingresada dos días en cuidados intensivos. ¿Ya estás bien?
Alcé ambas cejas. Paqui y sus cotilleos siempre tan exagerados.
Me obligué a sonreír, intentando disimular mi verdadero estado.
—No fue nada grave, ya estoy mucho mejor —respondí escueta.
Ella asintió con gesto comprensivo y luego bajó la voz, como si estuviera a punto de revelarme un secreto jugoso.
—¿Te has enterado de lo del director? —murmuró en lo que se secaba las manos con un trozo de papel. Decidí seguirle la corriente.
—No… ¿Me lo cuentas mientras vamos a la sala de profesores? —le dije con una sonrisa amistosa, suplicando que no tuviera que irse a preparar la siguiente clase.
Paqui asintió emocionada y comenzó a explicarme con entusiasmo el último escándalo que había circulado por el colegio.
Apreté la mandíbula al ser consciente de que yo podía ser parte de ese inventario de descabellados chismes si se llegaba a saber lo que había ocurrido hacía un momento entre Rachel y yo.
Continué asintiendo y forzando muecas conforme caminábamos por los pasillos, hasta que, juntas, entramos en la sala.
Rachel seguía allí, por supuesto. Me miró con sorpresa y a la vez desaprobación al verme llegar con la de gimnasia, y me encogí de hombros cuando interpreté su gesto como un «¿Qué demonios haces con ella?».
Traté de mantener la compostura y la atención puesta en Paqui, quien continuaba explayándose en detalles increíbles.
Por suerte, la jefa de estudios entró y se acercó a Rachel para consultarle algo sobre un alumno.
Aprovechando la oportunidad, me disculpé con la de gimnasia, dejándola con la palabra en la boca, recogí mis cosas sin establecer contacto visual con nadie y me escabullí fuera de allí.
Me escondí hasta la siguiente clase, con la mente aún turbada por lo sucedido. Entré en el aula y opté por un método de enseñanza que no solía utilizar, pero que era la única clase de formación que podía permitirme en aquel momento: una película sobre la vida de Chaplin.
Apagué las luces del aula, me senté en mi escritorio e intenté mantener la calma y la compostura durante una eterna hora.
Cuando sonó la campana que anunciaba el final de la clase, ya tenía recogidas mis cosas. Me despedí rápidamente y salí del aula y del edificio sin perder un segundo. Llegué a la facultad de Diana en menos tiempo del que indicaba el GPS.
Ella ya me esperaba en el lado derecho de la puerta principal cuando aparqué. Me bajé del coche y se acercó a mí en un silencio tenso. Juntas nos dirigimos a un pequeño parque cercano donde podríamos hablar sin ser interrumpidas.
—¿Estás liada con Rachel? —le solté sin preámbulos.
—Sí —respondió sin rodeos.
Me volví hacia ella y la miré fijamente. Las manos me hormigueaban.
—¿Haciéndote pasar por mí?
Vi cómo soltaba el aire antes de responder, como si supiera que solo las palabras adecuadas podrían tener cabida, a pesar del impacto que causarían al pronunciarlas.
—Sí —me dijo sin rehuirme la mirada.
Una oleada de dolor y traición me invadió, como si lo poco que quedaba en pie entre nosotras se desmoronara de un plumazo.
—Me prometiste que no ibas a volver a cruzar esa línea —le recriminé con la voz entrecortada, luchando por no mostrarme débil.
—En realidad, lo que te prometí fue que no volvería a pedirte que te hicieras pasar por mí —se excusó y debió de ver algo en mi expresión porque dio un paso atrás—. No fue premeditado, Em.
Solté una risa amarga y me giré hacia un lado. Un segundo después, la encaré de nuevo y señalé hacia algún lugar a mi derecha.
—Premeditado o no, te has liado con ella haciéndole creer que eras yo —le dije con resentimiento.
Ella intentó explicarse más seria de lo habitual:
—No pasó exactamente así —aclaró—. Sí que ha habido algo entre nosotras, pero…
No. No iba a permitir más excusas.
La interrumpí furiosa.
—Pero ¡nada, joder! ¡Me ha besado! ¡Me ha besado creyendo que la que estuvo ayer por la noche en su casa fui yo!
—exclamé sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con salir una vez más—.
¿Cómo se supone que voy a poder mirarla a la cara cuando sepa la verdad?
¿Otra vez me toca a mí arreglar tus problemas?
¿De nuevo la idiota de tu hermana tiene que salir al rescate y tapar tus meteduras de pata?
Hubo un silencio tenso entre nosotras. La conocía lo suficiente como para saber que no esperaba esa reacción por mi parte, sin embargo, esta vez no estaba dispuesta a dejarlo pasar. Ya no.
La observé fijamente y percibí que en su mente trataba de dar con una salida para escapar ilesa de la situación, pero yo ya no era la misma de antes y no iba a permitírselo.
—Lo siento —fue todo lo que dijo.
¿Sería posible que no recordase la última vez que mi hermana había pronunciado esas palabras? Negué con vehemencia, muerta de rabia y tristeza.
—No, Diana. Esto no puede seguir así —le dije con todo el aplomo que logré reunir—. No puedo más.
Diana parecía arrepentida.
—Em…
No la dejé continuar.
—No volveré a confiar en ti después de todo esto. —Mis palabras resonaron a nuestro alrededor y tuve que tragar saliva para continuar—. El hecho de que seas mi hermana no te da derechos sobre mí, aunque así haya parecido en el pasado. Busca la manera de arreglarlo, Diana.
Ella me miró y asintió con la mandíbula apretada.
—De acuerdo.
Pese a estar aceptando mi sentencia, su tono demostraba que aún luchaba internamente para rebelarse. Moví la cabeza en señal de negación. Era alucinante, y no en el buen sentido de la palabra.
Me giré para marcharme, pero una oscuridad profunda y fea se adueñó de mí. Necesité dejarla salir, pese a ser consciente de que mis palabras le harían daño.
No me miró cuando me volví hacia ella.
—No voy a consentir que entorpezcas mi vida y mi felicidad otra vez. —Me detuve, tomé aire y mi barbilla tembló—. A partir de ahora, tú y yo estamos mejor separadas.
No respondió ni intentó detenerme. Y yo tampoco traté de frenar las lágrimas que corrieron por mi rostro cuando me alejé de ella y de los pedazos rotos del vínculo que compartíamos, que habían quedado desperdigados hechos añicos.
Cuando arranqué el coche supe que las cosas nunca volverían a ser como antes.