29 – Vínculo
Un mundo de promesas rotas y palabras que duelen
El jueves siguiente empezó a torcerse en el momento en el que abrí los ojos y me di cuenta de que me había quedado dormida.
Me lamenté mientras me vestía a toda prisa, pero en el fondo sentía que había merecido la pena trasnochar, ya que Jaime y yo habíamos visto La guerra de las galaxias en la cama hasta altas horas de la madrugada.
Vale, técnicamente no estuvimos juntos, pues cada uno la vio tumbado en la cama de su propia habitación, aunque sí que compartimos el momento gracias a una larga videollamada que nos permitió ver las reacciones y escuchar los comentarios del otro.
La imagen de su rostro iluminado por la luz de la pantalla seguía fresca en mi mente.
Llegué tarde al aula de tercero y me disculpé en lo que dejaba mis cosas en la mesa y recuperaba el aliento.
Quería haber hablado con Rachel antes de empezar; porque, entre mi ausencia la semana anterior y los horarios de nuestras clases durante esos tres días, apenas habíamos intercambiado breves saludos en los pasillos.
Sin embargo, no coincidí con ella hasta media mañana.
Ambas teníamos el recreo libre y nos encontramos en la sala de profesores.
—Buenos días —murmuré al entrar.
Recibí la respuesta de varios compañeros que me saludaron con educación y que siguieron a lo suyo, y me acerqué a la mesa donde estaba sentada mi amiga.
Le sonreí cuando levantó la cabeza de la pila de exámenes que estaba corrigiendo.
—Hola, Emma. —Me miró de reojo mientras me sentaba a su lado.
—Hola. —Suspiré cuando dejé caer la carpeta sobre la mesa.
Unos segundos después, ante su mutismo, giré la cabeza y la observé con atención. Algo en su expresión me hizo fruncir el ceño: su mirada fija en mí y esa amplia sonrisa no eran habituales en ella.
—¿Algo que celebrar? —le susurré, y ella se encogió de hombros.
—La vida —contestó escueta con su acento francés. Acto seguido se puso a corregir sin dejar de sonreír.
No dejé de observarla un tanto extrañada.
Me alegraba verla tan feliz, pero a la vez me resultaba desconcertante, ya que mi amiga no era precisamente unas castañuelas en su día a día.
Por algo la llamaban «la Guillotina». Deduje que me había perdido algo, y esperaba que pronto me sacara de dudas, aunque perdí temporalmente el interés cuando mi teléfono vibró sobre la mesa.
Revisé la notificación. Era un mensaje de Jaime que me hizo sonreír de inmediato.
Jaime:
Mi profesora de música tenía un inquietante y poblado bigote y olía a tabaco negro. Esos chicos no saben la suerte que tienen de contar con una jedi del pentagrama como tú.
Emma:
Gracias por el cumplido, Padawan.
Espero estar a la altura.
Jaime:
Que la fuerza esté contigo…
Le envié un gif muy mono del maestro Yoda y, mientras lo hacía, sentí un cosquilleo extraño en la nuca. Levanté la vista, un poco desubicada. Fue entonces cuando me di cuenta de que Rachel y yo nos habíamos quedado solas en la sala y que ella estaba demasiado cerca de mí.
Me miraba de una manera extraña, como con intensidad y urgencia.
—¿Qué ocurre? —le pregunté confundida tratando de descifrar su expresión.
Antes de que pudiera reaccionar, Rachel cerró la distancia entre nosotras y sus labios impactaron contra los míos en un beso repentino que me pilló absolutamente desprevenida.
Me quedé petrificada y al parecer mis neuronas también, pues sentí que el cerebro no me reaccionaba como debía y no enviaba la orden necesaria para moverme.
Traté de pensar con frialdad, como lo haría mi científico favorito.
No parecía ser un problema de riego sanguíneo, el corazón me latía desbocado en el pecho, pero mi mente debía de estar sufriendo un cortocircuito general y se negaba a procesar aquella extraña presión, consecuencia de unos labios fríos y desconocidos que trataban de abrirse paso en mi boca.
¿Era posible que el cerebro se cortocircuitara?
Un estornudo en el pasillo me hizo volver en mí y me separé de forma abrupta de ella, muerta de vergüenza y desconcierto.
—¿Qué…? —Mi voz sonó más aguda de lo normal—. ¿Qué estás haciendo?
A pesar del shock , la antigua Emma emergió para reflexionar sobre si su reacción podría ser de alguna manera culpa mía.
Quizá sin darme cuenta le había enviado señales contradictorias durante esas últimas semanas.
Tal vez mi intento de ser amigable cuando nadie más parecía serlo con ella, y de no renunciar a nuestra amistad, había cruzado algún límite desconocido, y esa idea me hizo sentir culpable.
Rachel suspiró y se recostó hacia atrás en su silla. Los ojos le brillaban con un batiburrillo de emociones, pero la más dominante era la de fastidio.
—Ya… Lo sé —murmuró con resignación.
Alcé una ceja, confundida.
—¿Qué?
—Sé que no debemos hacerlo aquí, soy consciente.
—¿Qué? —repetí, aún sin comprender del todo lo que estaba ocurriendo.
Mi amiga, o el extraño ser que parecía haberla poseído, se incorporó de nuevo y se acercó a mí. Instintivamente, eché la cabeza hacia atrás todo lo que pude, con las pulsaciones a mil. Cuando respondió, lo hizo muy cerca de mi rostro.
—Emma, ma chatte , tranquila, no volverá a repetirse. Actuaremos como siempre, sé que estamos en el colegio y no sería aceptable ni conveniente que nadie sospeche. Sans problème, d’accord?
— D’accord —repetí de forma automática, todavía aturdida.
Rachel llevó una mano hasta el lateral de mi cara y me acarició el pelo con suavidad antes de metérmelo por detrás de la oreja. Sus gestos delicados, pero decididos, me seguían desconcertando, aunque lo que más me descolocó fue la forma en la que me miró y se mordió el labio inferior.
—Rachel…
— Je ne peux pas m’empêcher de penser à hier soir —susurró sin dejar de observarme la boca.
—¿Qué? —pregunté en un alarde de locuacidad.
Ella soltó una risita baja, demasiado íntima como para no ponerme en alerta.
—¿Ya no quieres que te hable en francés? —preguntó sin dejar de sonreír y acarició mi cuello al separar la mano—. Está bien… Decía que no puedo dejar de pensar en lo de anoche y por eso no he podido aguantarme las ganas.
Elevé las cejas, pues no había estado más alucinada en mi vida. ¿Qué se suponía que…?
Algo hizo clic en mi cerebro, el mismo que momentos antes parecía haberse bloqueado y que de repente ataba cabos a una velocidad vertiginosa. Un nombre apareció en letras gigantes ante mí: Diana.
Mi gemela había llegado la noche anterior cuando todos estábamos ya acostados. Me crucé con ella de camino al baño después de ver la película, por lo que serían pasadas las dos de la madrugada.
¿Era posible que ella y Rachel…?
Rogué mentalmente para que mis sospechas no fueran ciertas. La idea de que Diana se hubiera hecho pasar por mí y pudiera haber entablado algún tipo de relación íntima con Rachel destrozaría lo poco que quedaba de nuestra ya frágil relación de hermanas.
—Anoche… —comencé con la mente enredada en mil pensamientos—. ¿Te refieres a…?
Rachel negó con extrañeza, y traté de mantener la compostura.
—¿Te estás haciendo la tonta, ma chatte ? —me preguntó con un levantamiento de ceja antes de tomar el bolígrafo rojo—. Relájate, no hace falta que te pongas así… No hay nadie aquí.
Colocó una mano en mi muslo e intentó acercarse de nuevo. Hice una rápida inclinación hacia un lado para esquivarla, y ella me observó contrariada.
—Emma…
—Lo siento. Necesito ir al baño.
Agarré el teléfono y me levanté de manera apresurada sin darle opción a réplica. Sentí sus ojos en mi espalda mientras me alejaba hacia la puerta, pero salí de la sala de profesores sin mirar atrás y con la respiración entrecortada.
Me dirigí al baño. Una vez allí, cerré la puerta tras de mí y dejé caer la espalda sobre ella. Me concentré en soltar el aire lentamente en un intento por calmarme.
—¿Qué acaba de ocurrir? —susurré y contemplé el teléfono.
Me tembló la mano cuando toqué la pantalla en busca de un contacto que se había desplazado más abajo de lo habitual. Pulsé sobre él y, tras varios tonos, la llamada se cortó.
Algo oscuro y viscoso se apoderó de mí.
Abrí la aplicación de mensajería y le escribí una simple frase: «Cógeme el teléfono ahora mismo». Cerré los ojos, inhalé y exhalé varias veces con lentitud y luego volví a llamarla.
Esta vez descolgó tras un par de tonos.
—¿Qué pasa? —susurró—. Estoy en clase.
—Sal —le dije con voz firme.
—Em, no pue…
—¡Sal ahora mismo, Diana!
Sentí las lágrimas asomándose a mis ojos. El aire que me entraba en los pulmones era denso y difícil de manejar, y mientras el sonido al otro lado iba cambiando, subiendo y bajando de intensidad conforme mi hermana se movía, recé para que mis suposiciones no fueran ciertas.
«No. No puedes haberlo hecho otra vez».
—Estoy fuera —anunció—. ¿Estás bien?
—¡No! —La desesperación se filtró en mi tono y dejé de resistirme a la tormenta—.
No estoy bien. No estoy en absoluto bien, Diana.
¿Y sabes por qué? Porque mi compañera de trabajo, una de las pocas personas que me ayudan en el colegio y a la que consideraba una buena amiga, me ha comido la boca en la sala de profesores y me ha dado a entender que anoche hicimos algo juntas que no ha podido olvidar.
Dime que no tienes nada que ver en esto. Dímelo, Diana.
Ella permaneció callada un par de segundos más, en los que la ira y la traición burbujeaban en mi interior.
—No puedo —admitió al fin—, pero puedo explicártelo.
Solté una risa incrédula.
—Ya, claro que puedes. Y lo vas a hacer. Nos vemos en tu facultad en hora y media, y no quiero ni una sola excusa más.
Colgué antes de que pudiera responder e hice el amago de lanzar el teléfono hacia el lavabo, aunque en el último segundo recapacité y no llegué a hacerlo.
Lo que sí hice fue cerrar los ojos, gruñir de frustración y apoyar la cabeza contra el frío espejo del baño para tratar de calmar el barullo de emociones que hervía en mi estómago.