Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 28 – Conmigo #2
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28 – Conmigo #2

—Perdona —se disculpó y rehuyó mi mirada—. Escuché ruido aquí dentro y me resultó extraño. No sabía que habías vuelto de Barcelona.

—Pues… sí —contesté vacilante—. Aquí estoy.

Hubo un silencio incómodo entre nosotras hasta que Diana asintió con la cabeza.

—Ya veo. Te dejo continuar con la llamada, adiós.

Murmuró una disculpa apenas audible y se marchó con la misma rapidez con la que había aparecido.

Me quedé mirando la puerta cerrada con los labios apretados y un picor bastante molesto en los ojos. Me costó enfocarme de nuevo en la voz lejana y amortiguada de Jaime, que vibraba contra mi pecho.

—¿Emma…? ¿Estás ahí?

Me llevé el teléfono a la oreja.

—Sí, lo siento. —Tragué saliva e inspiré hondo a la vez que me volvía a tumbar en la cama—. Era Diana. Está… No estamos demasiado bien.

Me quedé callada unos segundos, sintiendo cómo las palabras se agolpaban en mi garganta, pues no quería enturbiar la primera conversación con Jaime tras mi vuelta a casa.

—¿Por lo del Montseny? —preguntó con voz comprensiva, y yo emití un sonido indeciso con los labios cerrados.

Él ya era conocedor de que las cosas entre nosotras no estaban pasando por su mejor momento.

Durante el fin de semana habíamos hablado durante horas de todo lo que nos había ocurrido desde que nos conocimos.

Habíamos desnudado nuestras almas y dejado salir toda la verdad.

Ambos éramos conscientes de que necesitábamos entendernos y empezar a confiar en el otro, y debíamos estar seguros de que no habría más mentiras o secretos a nuestro alrededor si queríamos dejar atrás esos lastres y construir una relación de futuro.

Por ese motivo, cuando fue mi turno, me abrí en canal ante él.

Le expliqué por qué no me había sincerado en la masía hasta que fue demasiado tarde. Al principio, había tratado de ignorar la conexión que sentí con él desde ese primer instante juntos. Pero, conforme ese vínculo crecía, se me hacía cada vez más difícil encontrar una solución.

Le confesé que intentar ocultarle la verdad debido a mi miedo irracional de perder algo que ni siquiera tenía había sido un error terrible. Además, ironías de la vida, ese miedo me había hecho perder mucho más de lo que jamás imaginé.

Le reconocí que sabía que tenía que ser más valiente y sincera, incluso cuando las cosas se pusieran difíciles, porque no quería defraudarme más ni vivir con ese peso en el corazón.

Mis labios temblaron de emoción al recordar cómo Jaime me había escuchado en silencio, comprendiendo mis motivos y procesándolo todo con su habitual calma. Y, pese a que sabía que recuperar su confianza sería un proceso largo, estaba decidida a recorrerlo.

Sin embargo, había evitado abordar los motivos que me llevaron a hacerme pasar por Diana y mi relación actual con ella. Hasta ese momento.

Había llegado la hora de enfrentar este tema, aunque resultara incómodo y aunque me doliese el pecho por la ansiedad y la tristeza.

Llevé una mano al punto exacto donde la opresión se hacía insoportable e inspiré profundamente para aliviar la sensación de falta de aire que me ahogaba.

—El viaje ha sido la gota que ha colmado el vaso y que me ha hecho abrir los ojos —dije armándome de valor para continuar—.

Diana y yo siempre hemos estado muy unidas, pero en la adolescencia las cosas empezaron a cambiar y no para bien.

Siento que me utiliza cada vez más para sus propios fines, sin importarle lo que yo quiera o necesite.

Siempre he sido la hermana que estaba ahí para ella, la que la apoyaba en todo y le cubría las espaldas.

Nunca me he quejado, ni siquiera cuando he asumido la culpa por cosas que no he hecho.

Solo es que ya he llegado a mi límite, ¿sabes?

—Ya me lo imagino…

—Siempre son sus dramas, sus problemas y sus movidas —continué como si me hubieran dado cuerda—. En nuestra relación no hay espacio para mí, Jaime. Y no puedo más. Estoy cansada de ser su sombra, la que siempre cede y se adapta.

—No lo hagas más —añadió.

—No lo haré, de verdad que no, pero siento que al tomar esa decisión se ha abierto una enorme brecha entre nosotras que no sé si quiero cerrar.

No estoy dispuesta a perderme a mí misma en el intento de saltar una vez más y caer al vacío.

Al mismo tiempo me parte el alma sentirla tan lejos, tan distante…

—Limpié con un manotazo una lágrima que se atrevió a escaparse de mis ojos y miré al techo, soltando el aire lentamente por la boca—. Es una mierda.

—¿Has llegado a hablar con ella de esto? —me preguntó con suavidad. Emití un sonido que él debió de interpretar como una negación—. Emma, tienes todo el derecho del mundo a ser escuchada y a poner límites.

—Lo sé. —Se me quebró la voz.

—Quizá es el momento de hacerle entender que tú también necesitas tu espacio y que tus sentimientos también importan.

Me hice daño al morderme los labios para evitar dejar salir un sollozo.

—Quizá…

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea antes de que respondiera.

—Me encantaría estar allí contigo —me dijo, y ya no pude contenerme más—. No llores, por favor. Siento que se me parte el corazón, a pesar de saber que es algo físicamente imposible si no se sufre una miocardiopatía de Takotsubo o un traumatismo cardiaco…

Se me escapó una risa en medio del llanto.

—Te quiero. —Abrí los ojos de forma desorbitada cuando procesé lo que acababa de salir por mi boca.

Se me cortaron las lágrimas en el acto e intenté arreglarlo añadiendo—: Aquí conmigo…

Tuviste una buena idea cuadrando la próxima vez que nos veríamos, porque así podemos hacer la cuenta atrás, ¿verdad?

Maldición. Había metido la pata hasta el fondo.

—Sí, claro —titubeó.

Escuché voces en la planta baja y deduje que ya habrían regresado todos del centro comercial.

—Ha llegado mi familia. ¿Hablamos mañana? —Apreté los párpados temiendo su respuesta.

Jaime era demasiado listo como para no darse cuenta de mi patético intento por arreglar la metedura de pata.

—Tengo turno doble, debo recuperar las horas de la semana pasada —me informó, y quise creer que no estaba intentando buscar una excusa para distanciarse—. Vamos hablando por mensaje cuando tengamos un momento, ¿vale?

—Claro —titubeé, y él no añadió nada más—. Hasta mañana entonces.

—Emma…

—Dime.

Carraspeó.

—Yo también te quiero aquí conmigo. —Sentí la sonrisa en su voz y mis labios se curvaron en respuesta—. Hasta mañana.

—Hasta mañana, Jaime.

Cuando colgué me quedé mirando el techo para dejar que mis emociones se calmaran poco a poco. Me sentía más ligera, como si al compartir mi dolor con Jaime hubiera liberado parte de la carga que llevaba encima.

Sí, me sentía afortunada por tenerlo a mi lado. No en el sentido literal de la frase, claro, pero la distancia física no era más que un contratiempo; nuestra conexión seguía siendo fuerte y especial.

Sí, también sabía que tenía mucho que arreglar con Diana y que no sería fácil. Sin embargo, él llevaba razón: tenía todo el derecho del mundo a ser escuchada y a establecer límites.

Y no, no podía permitir que mi vida girase en torno a ella y a sus caprichos. Necesitaba aprender a ponerme a mí misma en primer lugar. Por lo que, haciendo uso de esa premisa y escuchando a mis emociones, decidí que, de momento, no hablaría con ella.

Porque, del mismo modo que ella había sido egoísta tantas otras veces, ahora me tocaba a mí decidir cuándo cruzar ese puente y no iba a ser en ese momento.

Lo que sí hice fue bajar al salón para sumergirme en el caos que parecía reinar allí.

Como me dijo el padre de Jaime, la locura también era parte de la convivencia con nuestras familias.

A pesar de que a veces sintiéramos como si nos hubiese pasado un tornado por encima.

A pesar de las voces. A pesar de la falta de silencio, no cambiaría esa medicina familiar por nada del mundo.

Con un poco de suerte podría esquivar mi dosis de Diana.