28 – Conmigo
Cómo decir «te echo de menos» utilizando la ciencia a tu favor
Contuve el aliento al meter la llave en la cerradura de casa y me extrañé al darme cuenta de que estaba cerrada con dos vueltas.
Eso solo podía significar una cosa: no había nadie, lo cual era un acontecimiento curioso a la par que inusual, y no supe si me alegraba por ello o me sentía un poco triste.
Era cierto que la casa familiar no estaba tan superpoblada como unos años atrás.
Mis tres hermanos mayores ya se habían independizado, por lo que tan solo quedaban mis padres; mis hermanas, Diana, Fabiola, Zahara, y yo, ya que Guille ocupaba el apartamento del garaje, pese a las quejas de mi madre por estar aún a medio reformar.
Y justo fue con este último con quien me crucé cuando me adentré en la vivienda.
—¡Me has asustado! —exclamé llevándome una mano al pecho, a la altura del corazón—. Pensé que no había nadie.
Aún recuperándome de la sorpresa, alcé ambas cejas al verlo descender las escaleras con prisa y poca ropa, no porque en Costa Serena hiciera demasiado frío, por algo ostenta el título de ser la zona con más sol al año del país, pero estábamos en febrero y el clima aún no era como para andar en calzoncillos, descalzo y sin camiseta, la verdad.
—¡Ey! —dijo eufórico al reparar en mí.
Terminó de bajar las escaleras trotando y se me acercó con una sonrisa.
Sí que se alegraba de verme, sí.
—¿Dónde están todos?
—En el centro comercial, la enana tenía una cita en el cine.
Me apuesto lo que quieras a que papá va a meterse en la misma sala en lo que mamá compra con Fabiola.
A mí me lo hicieron varias veces a su edad —explicó, y contuve una sonrisa, ya que dijo «a su edad» como si desde sus catorce hubieran pasado eones, cuando en realidad habían transcurrido poco más de tres años.
Se acercó al mueble de la televisión y revolvió en los cajones. Sentí que mi frente se fruncía involuntariamente mientras lo observaba.
—¿Qué haces?
Se giró y la expresión pícara y a la vez desamparada de su rostro me hizo temer su respuesta.
No dudé ni por un segundo que esa misma mirada, junto con ese cuerpo trabajado gracias a la escalada y a la natación que practicaba, serían sus armas para conquistar a las chicas, pues por todos era sabido el éxito de mi hermano entre las «nenas», como él solía llamarlas.
—Necesito un favor, Em. Un inmenso favor.
Puse los ojos en blanco. Ya me extrañaba a mí que aquella actitud no tuviera un porqué.
—Si es ilegal no cuentes conmigo —repliqué, y él se encorvó para besarme la mejilla con zalamería.
¿Era posible que hubiese crecido un poco más en esos últimos días? Maldición, si le llevaba seis años, aún le quedaban más de tres de crecimiento y ya me sacaba una cabeza.
—Dime que sabes dónde guarda papá ahora los condones.
Compuse una mueca a medio camino entre el rechazo y el asombro.
—¿«Ahora»?, ¿es que sabías dónde los guardaba antes?
Resopló dándose de nuevo la vuelta.
—Obvio. —Rebuscó en otro cajón y lo cerró con fuerza—. Con la cantidad de gomitas que compran, por el pánico absoluto de mamá a traer al mundo otra boca más que alimentar, no se dan ni cuenta si les quitas alguno. —Repitió la operación con otro cajón—. De nada por la información, por cierto.
Obvié su consejo cuando el letrero «xtra large» se materializó en mi mente. Apreté los labios para no sonreír. No, no necesitaba robarles profilácticos a mis padres, tan solo nos servirían a Jaime y a mí para hacer guerra de globos.
—¿Has mirado en su baño?
Se giró y me fijé en su gesto contrariado.
—En el suyo, en las mesillas, en los cajones y en los demás baños.
Solo encuentro compresas, horquillas y tampones…
Qué putada ser minoría en esta casa, ¿eh?
—Cuando se dio cuenta de mi expresión, suavizó la suya y se acercó de nuevo a mí.
Me retiré de él de forma instintiva al sentir en el hombro el calor de su piel pegajosa por el sudor—.
Alégrame la vida y dime que tienes unos cuantos, por favor.
Si las hago esperar más se me fugan del apartamento.
Abrí los ojos más de lo normal, perpleja ante su comentario.
—¿«Las hago»? —Lo observé con incredulidad—. ¿Hay más de una chica en tu apartamento esperándote, Guille?
—No preguntes detalles de algo que no quieras saber en realidad, hermanita.
Me guiñó un ojo, y pensé que, a su edad, yo apenas me atrevía a hablar con chicos, mientras que él tenía un séquito esperándolo en el garaje.
—Ven conmigo, anda. —Subimos las escaleras y nos colamos en la habitación de Diana—. Esto no ha ocurrido, ¿vale?
Él hizo el gesto de cerrarse una cremallera sobre los labios ante mi advertencia.
—Soy una tumba.
—Sí, ya. Lo que eres es un caso perdido.
—Más bien un disfrutón —admitió al tenderle dos envoltorios. Los elevó como si se tratasen de un trofeo—. Gracias. Los aprovecharé y estiraré como si fueran los últimos sobre la faz de la tierra… Te debo una, Em. Que sepas que eres mi hermana favorita.
Me dio un nuevo beso rápido en la mejilla antes de salir corriendo, y negué resignada.
—¡Pórtate bien! —le grité.
—Siempre —respondió desde algún lugar de las escaleras.
Me quedé allí parada durante un momento, tratando de borrar de mi mente los últimos minutos, sin embargo, al darme cuenta de dónde me encontraba, me apresuré a salir y me refugié en mi propio dormitorio.
Me entretuve deshaciendo el escaso equipaje que había llevado a Barcelona, me di una ducha que me supo a gloria y finalmente me tumbé sobre la cama, agotada.
Antes de caer rendida en los brazos de Morfeo, decidí llamar a Jaime.
Lo echaba de menos y de algún modo me había vuelto adicta a escuchar su voz mientras me vencía el sueño.
Jaime solía hablarme en susurros de cosas científicas relacionadas con su trabajo o con cualquier curiosidad que lo apasionara, y a mí me encantaba escuchar cómo su voz relucía al explicar esos conceptos tan complejos que apenas entendía y acariciar su torso sin llegar a cruzar la línea de su ombligo, pues ya sabía que era un límite infranqueable para él.
Desde el momento en que pulsé su nombre en la pantalla, una sonrisa tonta se instaló en mi cara. Contestó casi de inmediato.
—Hola.
—Hola —respondí sorprendida—. ¿Tenías el teléfono en la mano?
—Iba a mandarte un mensaje.
Sentí un cosquilleo en el estómago.
—Oh… ¿En serio? Y ¿qué ibas a decirme?
Él se mantuvo en silencio un par de segundos en los que mi sonrisa no decayó.
—Bueno… Llevo desde que regresé al apartamento pensando en Stargate y en esa puerta estelar que utilizan para transportar a las personas a planetas lejanos en un instante —me explicó, y me mordí el labio inferior ante su tono algo inseguro—.
Y después he estado divagando sobre los agujeros de gusano y cómo podrían ser factibles en la vida real, pues no dejan de ser soluciones teóricas a las ecuaciones de la Teoría General de la Relatividad de Einstein.
Ya sabes… Eso de que el espacio es flexible y puede doblarse, torcerse y deformarse…
Me resultó sencillo discernir lo que realmente quería decirme detrás de todas esas explicaciones tan complejas. Se me curvaron los labios en un gesto tierno y sentí un cálido cosquilleo en el pecho.
—Yo también te echo de menos, Jaime.
Lo escuché soltar el aire de manera lenta y controlada, y no tuve duda de que se estaba pasando la mano por la nuca a la vez que la comisura derecha del labio superior se le elevaba.
Me fascinaba ese gesto tan suyo y tras verlo en repetidas ocasiones durante las últimas horas no me resultó difícil recrearlo en mi mente.
Compartimos varias respiraciones y cerré los ojos.
La letra de una conocida canción se me vino a la mente y durante unos segundos me dejé llevar y susurré unas cuantas estrofas. Jaime se mantuvo en silencio hasta que di por terminado mi concierto.
—Precioso.
—Gracias —le dije algo cohibida—. Te lo prometí.
Silencio durante uno, dos, tres segundos…
—Una pena que no lo hicieras estando aquí. Te habría besado al acabar de cantar.
Gemí con lástima.
—La próxima vez que nos veamos, quizá… —me comprometí.
—Quizá —convino—. ¿Qué tal el regreso?
—Tranquilo. —Suspiré—. Primero me fui a casa de mi hermana Alana y le invadí la hamaca del jardín.
Necesitaba ordenar un poco mis emociones antes de enfrentarme al séptimo de caballería, pero podría habérmelo ahorrado, porque al llegar aquí no había nadie.
Bueno, eso no es del todo cierto. Estaba mi hermano Guille, que me ha regalado un recibimiento de lo más perturbador.
—¿Guille es el mayor? —preguntó vacilante.
—No, el que cumple dieciocho en unos seis meses —le aclaré—. Luego te paso todos los datos para que te hagas el mapa mental y no te pierdas entre tanta gente.
Supe que sonreía.
—¿Y por qué ha sido perturbador?
Apreté los labios conteniendo una sonrisa.
—Buscaba preservativos mientras se paseaba por la casa en calzoncillos —resumí, divertida—. Parecía un pelín desesperado por las chicas que tenía en su apartamento esperándolo.
Jaime se quedó callado un instante y, por un momento, temí lo que pudiera estar pensando sobre mi familia. Sin embargo, sus siguientes palabras volaron por los aires aquel miedo.
—¿La propensión a la promiscuidad es un rasgo inherente que les viene de serie a los hermanos pequeños? —preguntó, y sonreí—. Tendré que abrir una exhaustiva línea de investigación al respecto, ya que este fenómeno no parece ajustarse a los parámetros del comportamiento normativo.
Me eché a reír, y él me acompañó.
De repente, un movimiento por el rabillo del ojo llamó mi atención y giré rápidamente la cabeza hacia la puerta, que se acababa de abrir.
La sonrisa se me congeló en la cara al ver que allí, observándome con seriedad, estaba mi hermana Diana, la última persona con la que quería cruzarme.
—Dame un segundo, por favor —le pedí a Jaime. Sin esperar respuesta, apoyé el teléfono contra mi pecho y me incorporé para observar a mi gemela—. Dime.
Diana me escrutó con una expresión que no logré descifrar, su rostro estaba frío y distante.