Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 27 – Gracias
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27 – Gracias

Agradecida, emocionada… Solamente puedo decir: gracias por venir

Aquel había sido el primero de muchos besos.

Los siguientes llegaron bajo la luz del atardecer, mientras paseábamos por un parque cercano sumergidos en una conversación banal donde saqué mi lado más despreocupado.

No tardé en llegar a la conclusión de que Jaime no solo era un hombre increíblemente inteligente y trabajador, sino también alguien con quien podía ser yo misma, sin miedo al juicio o a la decepción, sin tener que pensar en las consecuencias de dejarme llevar.

Y aquella sensación de libertad se extendió a su familia, ya que, por supuesto, conocí oficialmente a sus padres cuando nos invitaron a comer al día siguiente en la casa familiar.

La noche anterior había sido increíble, por lo que, aún borrachos de placer, entramos en la vivienda con las manos entrelazadas y las miradas hablando por sí solas.

Mentiría si dijese que no temí que sus padres pudieran darse cuenta de algún modo de la cantidad de veces que había gemido el nombre de su hijo mayor y recé porque nuestros rostros, aún radiantes por la pasión compartida, no delatasen lo que habíamos vivido en la intimidad de su apartamento.

El reencuentro con Rebeca y Santi tuvo un regusto a ese sentimiento que se tiene al volver a casa después de estar fuera durante mucho tiempo.

Rebeca me recibió con un abrazo afectuoso, y la conexión que sentí con ella en la masía se intensificó en el momento en el que envolvió a su hijo en sus brazos y me sonrió con gratitud.

En contraste, su marido era mucho más tranquilo y reservado, rasgo que, sin duda, Jaime había heredado de él.

A pesar de su aparente sobriedad, sus ojos reflejaban un profundo orgullo por su familia, y podía percibir el amor y la dedicación que sentía por ellos.

Observé cómo se complementaban a la perfección y me maravillé de la armonía que irradiaban juntos y de la forma en la que se miraban el uno al otro, muy parecida a la de mis padres.

No podía dejar de sentir un rubor persistente en las mejillas y me costaba mantener la compostura ante ellos cuando descubría a Jaime estudiándome fijamente.

Si me despistaba iba a terminar convirtiéndome en una especie de masa derretida bajo sus pies, así que me concentré en lo que había a mi alrededor con el fin de distraerme y observé aquella acogedora vivienda en la que el aroma a comida casera flotaba en el aire.

Se trataba de una casa de dos plantas con una decoración sencilla, pero elegante, que emanaba vida en cada rincón.

Todos los detalles, desde los sencillos adornos de cristal que reflejaban la luz natural del mediodía, hasta los cojines y mantas que adornaban el sofá, hablaban de una familia que valoraba los pequeños placeres y la comodidad.

Era un hogar lleno de amor, historias y recuerdos, y me sentí afortunada de ser bienvenida en él.

Caminé hasta la librería. Allí, decorando las baldas repletas de libros, había imágenes de bodas, vacaciones en la playa y celebraciones navideñas.

Incluso tenían enmarcado un recorte de periódico que mostraba a un Jaime niño recibiendo un premio en lo que imaginé que sería su escuela.

Lo agarré y sonreí con ternura, mi chico tenía la misma expresión seria y formal que en la actualidad.

Al devolverlo a su sitio, uno de los cuadros colgados en la pared lateral captó mi atención, por lo que me acerqué. Me fijé en el numeroso grupo de personas que posaba sonriente ante la cámara y descubrí, con una sonrisa, a una versión mucho más joven de Rebeca y Santi.

—Ese día mi tía se puso de parto allí mismo y la tuvieron que recoger en helicóptero para llevarla al hospital. —Reconocí su voz a mi espalda y me giré hacia él. Tenía la mirada fija en la misma foto que yo había estado observando—. La masía siempre ha sido especial para mi familia.

Giré el cuello y examiné de nuevo la instantánea.

—¡Es verdad! Es la casa del Montseny.

Jaime asintió y sonrió, y yo cubrí la poca distancia que nos separaba para abrazarme a su cintura. Tardó unos segundos en reaccionar, pero cuando lo hizo me devolvió el abrazo.

—La comida ya está lista —murmuró. Noté que depositaba un beso sobre mi pelo—. ¿Estás cómoda aquí? Si quieres podemos marcharnos en cuanto acabemos de comer.

Moví la cabeza arriba y abajo e inspiré hondo recreándome en su fascinante olor.

—Estoy muy bien, no te pre…

No pude terminar la frase, ya que Jaime me cubrió la boca con la suya. La sincera y espontánea muestra de afecto me pilló por sorpresa, por lo que fui incapaz de cerrar los ojos durante el beso. No obstante, antes de poder profundizar en él, se separó.

—¿Vamos?

Al ver que no respondía, porque me encontraba absorta en escanear esos labios que obraban maravillas en mi sistema nervioso central y que se encontraban ligeramente curvados en aquel momento, me tendió una mano. Al tomarla, entrelazamos los dedos y compartimos una sonrisa.

«¿Qué tendrá tu bonita boca?», pensé.

O eso creía hasta que la respuesta de Jaime me dejó claro que la pregunta no se había quedado en mi mente.

—Pues once músculos, unas ciento cincuenta terminaciones nerviosas por milímetro cuadrado, alrededor de diez mil papilas gustativas, treinta dientes…

Solté una carcajada ante su expresión solemne, y el hoyuelo en su mejilla hizo acto de presencia.

—Eres increíble.

—Y tú, adorablemente curiosa —replicó él y el gesto se le aniñó cuando me sacó la lengua.

El almuerzo transcurrió con tranquilidad, aunque pillé a Rebeca en un par de ocasiones observándonos con una sonrisa cómplice.

En un momento dado el nombre de Thiago apareció en la conversación y mi espalda se tensó de forma instantánea.

Miré a Jaime cuando posó la mano sobre mi muslo y la pequeña sonrisa que me dedicó me relajó de inmediato.

—Ya se ha marchado —comentó Santi, y Rebeca le acarició la nuca.

—Sí —añadió ella—. Ha hecho un viaje muy exprés.

Rebeca me miró con intención y di por hecho que sabía que Thiago había venido para acompañarme a sacar a Jaime de su cueva. Sin embargo, yo seguía sin entender por qué el pequeño de la familia se encontraba en Costa Serena y no pude contenerme al preguntar:

—¿Tenéis familia allí?

—No, qué va —contestó Jaime—. Lo que ocurre es que necesitaba un cambio de aires para enfocarse, y mis padres decidieron mandarlo a trabajar con el equipo que está investigando y extrayendo muestras allí. Tenéis una biodiversidad marina fascinante.

«Es que Costa Serena es fascinante».

—Thiago necesita encontrar su camino —confirmó el cabeza de familia con expresión circunspecta—. Esperemos que el mar le ofrezca esa oportunidad.

Rebeca añadió en tono jocoso:

—El plan B sería hablar con mi jefe y encerrarlo en los archivos del periódico para organizar y catalogar todos los artículos desde 1989. Seguro que después de eso cualquier cosa le parecería más atractiva.

Nos echamos a reír y la tensión se disipó hasta que llegó la hora del café, en la que se nos unieron más personas.

Javier, el chico que había confundido con la pareja de Jaime y que resultó ser su primo, entró riendo de forma estruendosa junto a un matrimonio que deduje que eran sus padres, pues el parecido con ambos era extraordinario.

Al verme, se acercó a mí y me dio dos efusivos besos que me dejaron algo descolocada.

—Pero ¡si está aquí Emma! —dijo a voz en grito y me dedicó una exuberante sonrisa.

Joder, tenía una boca enorme. Bonita a la par que exagerada.

—¿Sí? ¿No me digas? No nos habíamos dado cuenta, sobrino —bromeó Rebeca a la vez que le daba un beso a la mujer recién llegada.

—Ellos son mis tíos: Rubén y Valentina. Los padres de Javier —me explicó Jaime, y asentí un poco cohibida.

El bullicio de la bienvenida llenó el ambiente durante unos minutos, y Javier, con una energía contagiosa, no tardó en bromear con su primo.

Me quedé observando la escena, disfrutando de la camaradería y la evidente complicidad entre los dos. La risa de Javier resonó en el aire tras decirle algo al oído a Jaime, que negó con la cabeza y contuvo una sonrisa muy similar a la que lucían mis labios.

—Lo siento, no he podido contenerlos. Querían conocerte —se disculpó Santi poniéndose a mi lado.

Sentí una oleada de tranquilidad al tenerlo cerca y me maravilló que su presencia pudiera calmar el caos que nos rodeaba.

—No te preo… —Carraspeé—. No pasa nada, son encantadores.

—La locura forma parte de la vida con esta familia —añadió con una leve sonrisa que le devolví al escuchar la estruendosa risa de Javier—. A veces puede parecer que te ha pasado un tornado por encima, pero no lo cambiaría por nada del mundo.

Supe exactamente a qué se estaba refiriendo.

—La verdad es que no me molesta, más bien me hace sentir como en casa.

—Emma tiene siete hermanos. —Me sobresalté al escuchar la aclaración de Jaime, pues no me había dado cuenta de que se había desplazado hasta ponerse detrás de nosotros.

Al girarme, me di cuenta de que todos nos prestaban atención gracias a su anuncio y cogí aire temiéndome lo que vendría a continuación. ¿Cuál sería la primera pregunta?, ¿la del equipo de fútbol?, ¿o tal vez sería la de nuestra orientación religiosa?

—¿En serio? —Rebeca me miró con curiosidad, y asentí tratando de mantener la sonrisa—. ¡Qué maravilla!

—No me puedo imaginar aguantando a seis más como tú —le dijo Rubén a Rebeca, pasándole el brazo alrededor de los hombros para terminar dándole un beso en la sien.

Ella lo empujó con cariño, y ambos sonrieron al mirarse.

—Ahora me siento culpable por haberme quejado cuando el mío era pequeño —añadió Valentina mientras señalaba con la cabeza a Javier.

—Es que yo valgo por veinte, mamá —rebatió él inflando el pecho con orgullo.

—Eso es por lo pesadito que eres, primo —bromeó Jaime.

De forma abrupta, se hizo el silencio. Sentí la tensión en el aire, el desconcierto en los rostros de los demás y fruncí el ceño con la expresión congelada justo antes de que estallasen en carcajadas.

Reí más bien por compromiso, porque tampoco es que la broma hubiera sido para tanto, ¿no?

En aquel momento no supe el motivo, pero el comentario de Jaime parecía haber roto algún tipo de norma no escrita que los había sorprendido a todos.

Me fijé en que mi chico parecía incómodo bajo la atención repentina de toda su familia; sin embargo, antes de poder decir algo que calmase la ilógica algarabía, Rebeca se me adelantó y besó la mejilla de su primogénito.

—Pues llevas toda la razón, hijo.

—Eh… —se quejó Javier en una actitud algo infantil.

—Emma, acompáñanos a Valentina y a mí a preparar el café, ¿vale? —me pidió Rebeca ignorando la queja de su sobrino y enroscó el brazo alrededor del mío sin darme opción a réplica.

Mientras nos dirigíamos hacia el pasillo, una sensación de curiosidad y nerviosismo se arremolinó en mi interior. La expresión que Jaime me había dedicado antes de abandonar el salón me había dejado inquieta y, aunque le había rogado con la mirada que me rescatase, fue en vano.

«No te adelantes a los acontecimientos, Emma», me dije intentando calmarme.

Decidí concentrarme en el alivio que había sentido un momento antes, justo al darme cuenta de lo equivocada que había estado al esperar ciertos comentarios sobre mi familia que no se habían producido. Así que, aferrándome a ese escaso consuelo, entré tras ellas en la estancia.

Ambas mujeres comenzaron a sacar tazas y platillos de los armarios, y yo me quedé a un lado sin saber qué hacer para sentirme útil.

No me pasó desapercibido cómo me miraba de reojo la tía de Jaime y me dirigía una sonrisa cálida, por lo que comencé a relajarme.

Aunque, cuando Rebeca se giró hacia mí con una expresión solemne, el nerviosismo volvió multiplicado por diez.

Se acercó hasta tomarme de las manos, y la pesada manada de elefantes regresó a mi estómago en estampida, haciéndose notar con fuerza. La calidez y la firmeza en el agarre de Rebeca me hizo tragar saliva con dificultad.

—Emma, quiero darte las gracias.

—¿Por qué? —le pregunté descolocada.

Los ojos de la mujer brillaban con gratitud y también con algo más profundo que no supe identificar.

La pausa que siguió a mi pregunta se me antojó interminable y me di cuenta de que estaba conteniendo el aliento cuando esbozó una sonrisa que suavizó las pequeñas arrugas de preocupación de su rostro.

—Por hacerlo feliz.

Me quedé sin palabras por un momento, y ambas lo notaron. Valentina tomó el testigo y añadió con dulzura:

—Jaime es un chico reservado y a veces es difícil llegar a él.

—Has conseguido sacarlo de esa madriguera que tiene por apartamento y solo por eso ya te debo la vida. Además, no ha parado de sonreír durante toda la comida, parece integrado y hasta ha bromeado. Es evidente que el motivo eres tú —expuso Rebeca con vehemencia.

—Nada de eso es habitual en él —añadió la morena corroborando cada palabra.

Parpadeé repetidas veces y negué con la cabeza, sorprendida por la intensidad de sus palabras. La realidad era que no creía que mi presencia pudiera tener un impacto tan significativo en Jaime y así se lo hice saber.

—No tenéis nada que agradecerme, todo el mérito es suyo —respondí y el nudo que llevaba horas afincado en mi garganta se comprimió un poquito más. Miré a Rebeca—. Tienes un hijo maravilloso.

La pelirroja asintió y me apretó las manos un poco más fuerte. La expresión se le tornó más cálida y emocionada.

—Lo sé. —Sonrió—. Sabemos que lo es. Pero lo conozco y por eso sé que tú eres exactamente lo que él necesita, al igual que en su día supe que Santi era la única persona capaz de sanarme a mí, y no me equivoqué.

Esas palabras, susurradas con tanta convicción, encendieron un fuego cálido en mi pecho que me resultó abrumador y reconfortante a la vez. La gratitud y el amor en sus ojos me hicieron sentir parte de algo grande, algo significativo y verdadero.

Rebeca me acababa de hacer sentir parte de su familia.

—Gracias a ti —murmuré y mi voz fue tan solo un suspiro.

Me abrazó de nuevo, esta vez con más sentimiento, y supe que ese instante quedaría grabado en mi memoria para siempre como una pieza vital en el rompecabezas de mi vida con Jaime.

Un viaje que apenas acababa de comenzar, pero que prometía ser increíble.

Y así, con una sonrisa en los labios, los ojos vidriosos y el alma llena de gratitud, regresé al lado de mi cerebrito.

Estaba más que dispuesta a superar cada momento, disfrutar de cada risa y aprender de cada lágrima, porque sabía que la verdadera suerte era estar a su lado. Y ese lugar, junto a él, sin importar dónde ni cómo, era exactamente donde quería estar.

El único inconveniente eran esos cientos de kilómetros que se interponían en nuestro camino.