26 – Nubes
Las flores que crecen en las condiciones más difíciles son las más excepcionales y hermosas
¿Está mal vivir rememorando un momento o espacio de tiempo determinado de tu vida? Esperaba que no, porque desde que me había separado de Jaime, cuatro horas atrás, era a lo que me estaba dedicando en cuerpo y alma.
Un coro de risas y voces me llegó desde el interior de la casa de mi hermana Alana y sonreí de forma automática.
Al aterrizar en Costa Serena había sentido la imperiosa necesidad de buscar refugio en algún lugar tranquilo para ordenar mis pensamientos y emociones y, aunque me supo mal interrumpir la sobremesa con sus amigas, África y Alba, y sus respectivas familias —donde se incluía a mi hermano Bruno y a mis sobrinos—, ninguno de ellos había dado muestras de que le hubiese molestado mi intromisión y tampoco hicieron demasiadas preguntas.
Cambié la posición de la cabeza sobre la hamaca y dirigí los ojos al cielo.
Las nubes de la tarde se extendían como un manto blanco y esponjoso encima de mí, esculpidas en el viento en caprichosas formas que flotaban como un vasto océano de algodón suspendido en el aire.
Sus contornos difusos y su textura suave conferían al paisaje una sensación de calma y serenidad, y me pregunté cómo era posible que algo tan tranquilo, y, en cierto modo, idílico, pudiera mutar a una ira desenfrenada en cuestión de segundos, desatando una furiosa tormenta como la que nos había aislado a Jaime y a mí en la montaña.
En realidad, si me paraba a pensarlo, era un símil perfecto de lo que me había ocurrido a mí misma.
Debido a ello —o gracias a ello— había descubierto que la tormenta no era destructiva, sino transformadora, y que traía consigo la oportunidad de limpiar y renovar, de crecer ante las adversidades y comprender mejor mis emociones y necesidades, así como aprender a aceptar mis debilidades y trabajar en ellas, en lugar de esconderlas.
Agarré un mechón de pelo rebelde para meterlo tras mi oreja y sonreí emocionada al ver la pulsera de hilo multicolor que había anudada en mi muñeca; la misma que Jaime tenía en su mano izquierda.
Ese abalorio era un recuerdo tangible de aquel fin de semana, un escaso puñado de horas que habían marcado un antes y un después en mi vida, durante las cuales nos habíamos conocido de verdad, lejos de las sombras que Thiago y Diana habían proyectado en nosotros.
Porque sí, por un momento llegué a pensar que todo estaba perdido, aunque, por suerte, al final conseguí que Jaime apostase por lo nuestro y nos concediese una nueva oportunidad para empezar de nuevo.
Nuestra primera cita oficial ocurrió en un pequeño café unas calles más allá de su apartamento. El aroma a bollos de canela recién hechos se mezclaba con la suavidad de la música de fondo, creando un ambiente acogedor y perfecto.
Jaime retiró mi silla con galantería, y se lo agradecí con una sonrisa nerviosa. Habíamos elegido una mesa en un rincón y, al sentarnos, nuestras rodillas se rozaron accidentalmente debido al tamaño del mobiliario en comparación con las piernas de mi acompañante.
Cuando nuestras miradas se encontraron, no pudimos evitar reírnos. Esa risa compartida rompió la tensión y nos sumió en una cómoda intimidad que se mantuvo hasta que nos trajeron los cafés, pues, tras tomar un sorbo de mi bebida, inicié la conversación.
—Me alegra que hayas elegido este sitio —le dije apoyando los codos en la mesa y entrelazando los dedos bajo mi barbilla—. Me parece precioso y encantador.
—Es la primera vez que vengo —admitió pragmático, y apreté los labios para contener una sonrisa.
«Vamos, pon un poco de tu parte, por favor», le rogué mentalmente.
—Aun así, la elección ha sido perfecta —aseguré.
Él inclinó la cabeza, aceptando mi especie de elogio.
Al cabo de un instante de silencio, esbocé una pequeña sonrisa e hice un gesto para cederle la palabra.
La forma en la que se mordió el labio me hizo estremecer.
Permanecí callada, ya que quería que se sintiera cómodo y tuviera la oportunidad de comenzar la conversación.
Mi paciencia dio sus frutos cuando Jaime recogió el testigo, inspiró hondo y asintió.
—Yo… —titubeó—. Esto, verás… Yo siempre comienzo mis estudios con una ficha inicial —empezó a decir, y elevé una ceja con curiosidad.
Tras un par de segundos, continuó—. En ella registro toda la información, pues nunca se sabe cuándo o qué se puede necesitar…
En realidad, es como armar un rompecabezas, pero en lugar de piezas se organizan datos y muestras que pueden ser útiles en cualquier momento de la investigación.
Lo observé curiosa.
Por lo poco que lo conocía, intuía lo que estaba intentando decirme con toda esa explicación.
Si no me equivocaba, estaba refiriéndose a recopilar información sobre mí.
Él, en lugar de preguntarme directamente sobre mis gustos y aficiones, como haría cualquier persona, me estaba tratando justo como a su conejillo de indias.
«… tu Sheldon», resonó la voz de Thiago en mi mente.
Se me curvaron los labios, ya que, en lugar de molestarme, me resultó extrañamente encantador.
—Entiendo —contesté cuando se me quedó mirando con expectación—. ¿Serviría cualquier dato?
Sus ojos se iluminaron con anticipación, y sentí cómo el ambiente cambiaba de forma sutil entre nosotros. La tensión inicial se estaba transformando en algo más íntimo y cautivador, en algo que me encantaba, pero a la vez temía.
—Nunca se sabe qué puede ser útil en algún momento —respondió inclinándose un poco más hacia mí.
La manera en la que Jaime me contempló, con esa intensidad y concentración, hizo que mi corazón latiera un poco más rápido. Agradecí que nos hubiésemos sentado en aquel rincón, pues eso nos alejaba en cierto modo del bullicio a nuestro alrededor y nos daba un poco de intimidad.
—De acuerdo, apunta. —Apreté los muslos cuando me sonrió de medio lado.
Maldición, qué guapo era—. Emma Remo Delgado.
Veintitrés años, cumpliré veinticuatro el dos de mayo.
Un metro sesenta y cinco. Cincuenta y dos kilos.
Vivo en casa de mis padres y tengo siete hermanos, entre ellos una gemela con la que ahora mismo no me llevo demasiado bien.
—Creo que ahora tendría que preguntarte si quieres hablar sobre ello —vaciló.
—En otro momento, quizá… —Negué con la cabeza—.
¿Por dónde iba? Sí, a ver… Soy tauro, tengo una licenciatura en Educación Primaria con especialización en música, y he conseguido mi primer trabajo remunerado supliendo una baja en un colegio bilingüe francés.
Me encantan los gatos, cantar, tocar la guitarra, pasear por la playa, y mi color favorito es el celeste.
Se me quedó mirando durante varios parpadeos, y un calor inesperado ascendió por mi cuello bajo la penetrante atención de sus ojos. Disimulé cambiando de postura en la silla, sin embargo, él no fue consciente de mi nerviosismo, pues parecía estar absorbiendo cada palabra y procesando cada detalle.
Me pregunté si eso que veía en su cara era sorpresa, concentración o admiración. No tardé en descubrir que eran todas esas cosas a la vez.
—Fascinante —murmuró con tono grave, y deseé quedarme a vivir en la calidez de su voz.
Necesité bajar la mirada un momento. Estaba sintiendo demasiadas cosas contradictorias, y la sensación era abrumadora y emocionante al mismo tiempo.
—¿Lo has anotado todo? —bromeé intentando suavizar mi turbación con un toque de humor, de lo contrario, no iba a poder contenerme si me volvía a observar la boca con tanto anhelo.
Se le escapó una carcajada que me hizo curvar los labios, y el momento, algo absurdo y natural, me supo a magia.
—Sí, claro —respondió continuando la broma—. Todo anotado. ¿Te gusta que te llamen «seño»?
—No, por Dios. Emma, a secas.
—Vale.
—Es tu turno —le dije y los ojos se me desviaron a su nuez de Adán, que subió y bajó de forma cautivadora cuando tragó saliva justo antes de comenzar a hablar. El movimiento me pareció lo más sexi que había presenciado en mi vida.
—Jaime Arno Domènech Ventura. Veintiséis años, un metro…
—¿Arno? —lo interrumpí al procesar la información.
Me dio la impresión de que mi pregunta le hizo sentir incómodo.
—Es sudafricano… Mi madre quiso contentar a mi abuela paterna.
Compuse una mueca de ternura.
—Oh, qué gesto más bonito.
—Sí que lo fue.
—¿Puedo llamarte Arno? —Traté de no darle vía libre a mis labios para curvarse, y él me miró con el ceño fruncido.
—No, por Dios. Jaime, a secas —me imitó, y yo reí.
Al calmarme, me disculpé con un gesto. Jaime contuvo una sonrisa y continuó—.
Mido un metro ochenta y siete, peso ochenta y ocho kilos y soy heterosexual.
Nací aquí, en Barcelona, y, bueno, ya sabes que tengo dos hermanos…
Soy escorpio, no me gusta compartir mi comida y no soporto que me toquen el ombligo.
Se me escapó una carcajada espontánea.
—¿En serio?
—¿Qué?
—¿No soportas que te toquen el ombligo?
Hice un repaso rápido de nuestra noche juntos, pero fui incapaz de concentrarme en averiguar si me había acercado a la zona cero, pues me perdí en el recuerdo de su piel contra la mía, de sus manos abriéndome los muslos, de su boca recorriendo…
—No es tan raro —se excusó, y yo estuve a punto de gemir—.
El ombligo es una zona sensible que está conectada con las fibras que conducen a la médula espinal.
En ese nivel también se transmite información de la vejiga y la uretra al cerebro, y al tocarlo se pueden llegar a estimular esas mismas áreas que…
Se detuvo cuando cerré los ojos e inspiré hondo. Sin duda, acababa de malinterpretar mi respuesta corporal.
—Continúa, por favor —le rogué sintiéndome culpable.
—No importa —respondió incómodo, y decidí llevar la conversación a terreno más seguro, sobre todo para la integridad de mi cuerpo, que empezaba a acusar el cansancio por la tensión contenida.
—Aún no me has dicho a qué te dedicas exactamente.
«Bingo», me felicitó mi mente cuando él se acomodó en la silla y relajó el gesto. Comenzó a hablar, al principio despacio, dándome tiempo para interrumpirlo o cambiar de tema, pero, al darse cuenta de que yo estaba disfrutando al verlo en su elemento, se soltó.
Me habló sobre sus múltiples estudios —muchos y múltiples estudios— y mencionó de pasada su trabajo como biólogo molecular marino en la empresa familiar, como si aquel logro tuviera poco valor.
Por supuesto, no dejé que se quedara en la superficie y me interesé por su papel en Domon, y fue entonces cuando me explicó que se dedicaba a explorar el océano en busca de nuevas especies y organismos que pudieran ser útiles para la medicina.
Era obvio que su descripción había sido más versada, aunque reconozco que en algún momento me perdí en tecnicismos.
Sin embargo, la pasión con la que habló de ello fue tan contagiosa que podría haberlo estado escuchando durante horas.
—Hace tres meses que comencé en el departamento —me dijo con tímido orgullo—. Mi padre insistió en que empezase por el puesto más sencillo de la empresa para luego ir subiendo.
—Has llegado ahí por méritos propios —resumí, y él asintió—.
Me gusta. En casa también nos han inculcado valores así desde niños.
Mi padre es un emprendedor de éxito ahora, aunque no siempre fue así.
Cuando apenas habían cumplido la mayoría de edad tuvo que dejar la carrera y aceptar dos trabajos explotadores, que apenas le dejaban tiempo para nada, pues supieron que se habían quedado embarazados de mi hermana Alana.
Eran solo unos niños, pero él luchó para darle estabilidad y un hogar propio a su familia mientras mi madre acababa sus estudios.
—Parece una familia estupenda. —Me sonrió y su gesto cálido me reconfortó.
Durante un momento sentí que estaba compartiendo una parte de mi vida que rara vez revelaba a alguien tan pronto.
Con Jaime todo parecía fluir de manera natural, como si estuviéramos destinados a encontrarnos desde el principio.
Era curioso pensar que, en realidad, nos conocíamos desde hacía solo una semana, pero la magnitud de lo que vivimos en la montaña había hecho que la sensación se magnificara.
Me encogí de hombros, devolviéndole la sonrisa y dándole las gracias con mi gesto.
—Lo es. En su caótica locura, lo es —afirmé y sentí que lo adoraba un poco más—. Ellos nos han enseñado a valorar lo que tenemos y a no desistir, incluso cuando las cosas parecen imposibles.
«Y sé que eres tan listo que entenderás lo que quiero decirte sin necesidad de más detalles», añadí y deduje que él lo había entendido a la perfección cuando se quedó callado.
Después de lo que me pareció una eternidad, se inclinó sobre la mesa y mantuvo la mirada fija en mis labios entreabiertos. Fue entonces cuando le dije adiós de manera definitiva a la calma que había conseguido reunir.
El silencio se extendió a nuestro alrededor y contuve la respiración.
—Ven, por favor —me rogó en un susurro que solo yo pude escuchar.
Se me erizó la piel.
Me acerqué sin pararme a pensar en lo que hacía, en que estábamos rodeados de desconocidos y en un lugar público, y supe que estaba totalmente perdida cuando mordió su labio inferior y, apoyándome los dedos en la barbilla, me atrajo con dulzura hasta él.
—Necesito comprobar una cosa desde que llegamos.
—Vale. ¿Así de cerca? —susurré rendida a su olor y a la promesa implícita de sus palabras.
¡Por todas las especies marinas, necesitaba que me besara ya!
—Un poco más… —respondió con la voz entrecortada.
Me sentí mareada al contener la respiración, aunque fui consciente de cada milímetro que nos separaba.
Cuando me besó, me supo a poco. La suave caricia de sus labios sobre los míos, demasiado breve, había bastado para enviar una corriente eléctrica que se extendió por toda mi columna, despertando al animal que se escondía en las profundidades de mi cuerpo.
Me sorprendió que Jaime hubiese tomado la iniciativa, en especial después de haber mencionado sus reticencias a abrirse a los demás y mostrarse vulnerable, pero no iba a ser yo la que me quejase.
—Gracias —susurré reconociendo su valentía.
—No me las des —rebatió con dulzura—. Es parte del experimento.
Alcé una ceja, y él apretó los labios.
—Pues… todo por la ciencia —murmuré con complicidad y lo atraje hacia mí.
Nuestras sonrisas murieron en la boca del otro cuando profundizamos el beso, y aquella fue la mejor y más perfecta primera vez como Emma y Jaime que se podría haber escrito.