Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 25 – Elegir
67%

25 – Elegir

Si una persona está decidida a luchar, no hay fuerza en el universo que pueda detenerla

Cuando el avión despegó yo ya llevaba un rato llorando a mares. Las lágrimas no solo eran por lo que aquella despedida suponía, sino por la intensa montaña rusa de emociones que había vivido en las últimas horas.

Mientras el aparato se elevaba en el cielo, dejé que los recuerdos me inundaran. Me transporté al momento exacto en el que lo observé esperanzada, con su mano entre las mías y la ofrenda de intentarlo de nuevo orbitando sobre nosotros.

Él me había mirado a los ojos con una expresión que me encogió el corazón y había dicho las cuatro palabras más aterradoras de mi vida: «No creo que pueda».

Ese fue el instante en el que sentí que no había solución. Esa respuesta y la forma en la que Jaime retiró su mano de la mía me llenaron de un vacío abrumador, haciendo que el frío se extendiera por mi cuerpo hasta el mismísimo centro de mi corazón.

En cierto modo, debería haber intuido que se alejaría de mí, aunque mis esperanzas eran otras bien distintas.

—Entiendo —susurré con el cuerpo a punto de colapsar.

Jaime contempló el suelo, apartando la vista de mí. Se le tensaron los hombros y se mantuvo en silencio unos segundos.

—No quiero hacerte daño.

—¿Por qué crees que me lo harás? —le pregunté tratando de mantener la compostura.

Él se movió de un lado a otro, primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda, con pasos cortos y nerviosos. Observé cómo frotaba insistente las palmas de las manos contra el pantalón y parpadeaba repetidas veces mientras recorría la habitación, como si estuviera buscando una escapatoria.

—Por muchos motivos. —Su rostro, desfigurado por la confusión, me gritaba que estaba perdido y no sabía gestionar el torbellino de emociones que lo consumía. Tras unos segundos, soltó una risa nasal y negó con la cabeza justo cuando estableció contacto visual conmigo—. Por muchos motivos, Emma.

—Dímelos.

Suspiró de forma profunda y, como si todas sus fuerzas lo abandonaran de golpe, se dejó caer en el sofá. Se llevó una mano a la frente, masajeándose las sienes, mientras cerraba los ojos. Quizá estaba tratando de ordenar sus pensamientos.

—Es demasiado complicado, empezando por la distancia, que es un gran hándicap.

Vivimos a casi ochocientos kilómetros el uno del otro…

—comenzó a enumerar y se incorporó en el asiento, encorvando la espalda al apoyar los codos en las rodillas al tiempo que fijaba la vista al suelo—.

Luego está el hecho de que no sé si seríamos capaces de olvidar todo lo que ha pasado cuando estemos con nuestros hermanos.

La voz se le quebró ligeramente al decir esto, como si el peso de darle voz a sus miedos fuera demasiado para él.

—Podemos hacerlo —murmuré al tiempo que él suspiraba y trataba de encontrar las palabras adecuadas.

—Apenas nos conocemos, Emma. Soy hermético y antisocial, un bicho raro obsesivo y metódico —continuó y el tono se le tiñó de severidad, como si estuviera castigándose a sí mismo.

Sus ojos seguían fijos en el suelo, como si temiera mirar hacia arriba y ver mi reacción—.

Mi vida se basa en trabajar y aprender, y no quiero arrastrarte a eso.

—No me estás arrastrando a nada, Jaime. Estoy eligiendo libremente, y te elijo a ti por lo que eres, no a pesar de ello.

Apretó los puños y, por fin, posó sus bonitos y rasgados ojos sobre los míos. Estaban llenos de una vulnerabilidad que me encogió el corazón.

—Ni siquiera sé si sería capaz de ser una buena pareja —añadió en un susurro casi inaudible, como si admitirlo en voz alta fuera una carga demasiado pesada para los dos.

Como si cada palabra lo estuviera desgarrando de arriba abajo para abrirlo en canal ante mí—.

No soy como los demás; ya te habrás dado cuenta…

No soy sentimental ni sé abrirme a la gente, y lo último que quiero es hacerte daño.

No puedo permitir que te sientas atrapada en una relación con alguien que no puede ofrecerte lo que realmente necesitas, porque mereces a alguien que pueda dártelo todo, Emma.

Todo. Y sería mucho más fácil para ti estar con un chico que no tenga todos estos defectos…

Que no traiga consigo problemas como yo.

Se quedó en silencio, agotado, y las lágrimas que había estado tratando de contener comenzaron a caer libres por mi rostro cuando entendí que sus motivos no eran más que su miedo y vulnerabilidad haciéndose fuertes.

Me recordó tanto a mí, a ese temor que me había paralizado durante tanto tiempo…

En esos escasos segundos reviví la forma en la que muchas veces me había sentido encerrada, incapaz de avanzar o de decidir por mí misma.

Recordé las últimas noches sin dormir, dando vueltas en la cama, con la mente llena de dudas y culpa.

Todas las veces en las que quise gritar, sin conseguirlo, atrapada en un silencio autoimpuesto.

Pero también reviví la liberación que sentí cuando todo voló por los aires y decidí enfrentarme a él y tomar las riendas de mi vida, confiar en mis decisiones, valorarme y no dejar que el miedo dictara mi camino.

Cada pequeño paso que daba me iba haciendo más fuerte, más segura de mí misma, y la sensación de libertad y de control que tenía en ese momento sobre mi propio destino era indescriptible.

Sentí una oleada de determinación al darme cuenta de que quería lo mismo para él.

Quería que se deshiciese de sus temores y se permitiera ser feliz, que pudiera dejar atrás el peso de sus miedos para abrazar una realidad mucho más justa y feliz.

Y quería estar a su lado cuando eso ocurriese.

Apoyarlo en cada paso. Ser su ancla y su impulso.

Fue justo entonces cuando decidí que no iba a rendirme. No, cuando había tanto en juego. No, cuando en cada una de esas excusas yo solo veía oportunidades para superarnos y crecer, tanto juntos como individualmente.

Me acerqué a él, solo un paso. Lo justo para que entendiera que no iba a huir, que no iba a irme de allí sin luchar con todas mis fuerzas. Y cuando él me contempló, cuando nuestros ojos se encontraron, supe que estaba haciendo lo correcto.

No importaba cuán difícil pareciera el camino por delante, no importaban cuántas dudas u obstáculos nos asaltaran.

En ese momento, en esa mirada, encontré la certeza de que valía la pena luchar por nosotros, por lo que podíamos llegar a ser juntos.

Y me aferré a esa certeza, dejando que inundara cada fibra de mi ser, cuando rebatí cada una de sus razones con la voz temblorosa pero decidida, y con la seguridad de quien sabe que algo merece la pena y está dispuesta a intentarlo.

—No quiero a nadie más. No necesito a alguien perfecto —le dije con seguridad—.

Te elijo a ti, Jaime. Con tus defectos, tus miedos y todo lo demás.

Porque me gustas tal y como eres, y quiero recorrer contigo este camino, sin importar lo difícil que sea.

Me encanta tu meticulosidad, tu pasión por aprender y tu dedicación.

Son parte de lo que te hace único. Y, en cuanto a lo de ser una buena pareja, no se trata de ser perfecto, ¿sabes?

No tiene nada que ver con eso. —Mi mente voló a las relaciones que tenía a mi alrededor: mis padres, mis hermanos, mis tíos…

Sonreí y negué con la cabeza—. Las relaciones perfectas no existen, ni siquiera las más idílicas lo son.

Créeme, lo sé de buena tinta. Yo solo te necesito a ti, Jaime, estando a mi lado, conectando y conociéndonos de verdad.

—Pero, si te sientes atrapada, yo…

Me agaché ante él, agarré una de sus manos y lo miré con ternura.

—No te preocupes por eso ahora, ¿vale? —Las aletas de la nariz se le ensancharon al escuchar aquello que me había prohibido decir en la masía.

Le sonreí a modo de disculpa, y él pareció considerar mis palabras, pues su expresión se suavizó—.

Si alguna vez necesito más, lo hablaremos.

Esto no es una decisión a vida o muerte, es una elección, Jaime.

Y yo te elijo a ti porque creo en nosotros y sé que podemos encontrar la manera de hacer que esto funcione.

Seguro que podemos utilizar toda esa inteligencia tuya a nuestro favor.

Además, no podemos olvidar que me sigo prestando a ser tu conejillo de indias —añadí con una sonrisa.

Jaime negó con la cabeza aguantando una sonrisa. El brillo en sus ojos me dio alas y nos quedamos mirándonos el uno al otro en un momento cargado de complicidad y esperanza.

Hasta que se acercó a mí.

—Gracias, Emma —susurró, justo antes de darme un beso en los labios que me supo a ternura y a promesas, a la posibilidad de un futuro juntos.

Sin embargo, mi corazón se saltó un latido cuando, con la voz teñida de una emoción que no supe cómo interpretar, añadió—: Ojalá yo fuera tan tenaz y valiente como tú.