24 – Verdades
Es mejor luchar por algo que merece la pena que vivir para nada
Esa revelación me dejó helada e incapaz de moverme mientras lo miraba estupefacta.
—¿Cómo? —pregunté con el corazón a mil por hora.
Jaime no se movió ni un centímetro, permaneció estoico frente a mí, y pude leer en sus estrechos ojos un rastro de pesar y determinación.
—Yo tampoco he sido sincero. Oculté cosas que necesitabas saber o que al menos necesitaba saber Diana, que era con quien yo creía estar.
Sentí cómo se tambaleaba mi mundo.
Diana. Otra vez Diana.
—¿Qué quieres decir? —susurré temiendo su respuesta.
—Thiago y yo no es que nos llevemos especialmente bien, ya lo has podido comprobar tú misma. Discutimos cuando me lo pidió, pero la realidad es que lo ayudé, y eso me convierte en un mentiroso como él.
—¿«Cuando te lo pidió»? —pregunté atónita—. ¿El qué?
Jaime suspiró y se tomó un momento antes de continuar.
—Thiago no pudo estar en el aeropuerto esa mañana porque pasó la noche con una chica.
Me llamó para que lo cubriera, solo tenía que ir a recogerte y llevarte a la masía para darle tiempo a llegar.
Al principio me opuse, por supuesto. Sabía que todo estaba mal y que no debía hacerlo ni meterme en sus líos, pero es mi hermano pequeño y…
Hizo una pausa y se pasó la mano por la nuca.
—Y no pudiste decirle que no —terminé por él. Sabía muy bien a lo que se refería.
—Acepté pensando que sería un favor sin importancia, recogerte, llevarte a la masía y volver a mi apartamento. Jamás pensé que las cosas se complicarían de esta manera.
No podía dar crédito a lo que me estaba contando, no por la revelación en sí o su implicación en aquella historia, yo era la persona menos indicada para juzgarlo por ayudar a su hermano, por descabellado que fuese el plan en el que se viese involucrado, sino porque eso hacía que entendiese menos que nunca la relación de mi hermana y Thiago.
¿Qué demonios había pasado realmente entre ellos? ¿Cómo podía haber tanta manipulación y engaño?
Me giré y negué con la cabeza, frustrada como nunca antes. Toda esa situación parecía una maraña imposible de desentrañar y me sentía atrapada en ella. Traté de ordenar mis pensamientos y la boca se me movió sola cuando mi cerebro llegó a una confusa bifurcación.
—Hay algo que no entiendo. Tu hermano se puso hecho una furia cuando nos encontró juntos. De hecho, creí que iba a pegarte cuando se nos acercó. ¿Por qué, si estaba viéndose con otra chica, se puso así? —Mi expresión debía de ser un cuadro abstracto llenito de contradicciones.
—Todo eso también es mi culpa —trató de aclarar, aunque me quedé igual de perdida—. Thiago no me soporta, diría que hasta me odia.
—No te…
—No, por favor. —Me detuvo al ver mis intenciones—. Hace tiempo que lo tengo asumido, de verdad, y no pasa nada. Él nos vio juntos y sacó sus conclusiones. Estoy seguro de que si la traición hubiera venido de otra persona no habría reaccionado así.
—«Traición» —murmuré.
Él, sin duda, malinterpretó mi gesto de incredulidad.
—Sí, yo también me siento así: un traidor.
Tú y yo juntos… —comenzó y me pareció que se sentía incómodo hasta niveles estratosféricos—.
Por eso te detuve en el sofá, no porque no me apeteciera continuar, sino porque, si me dejaba llevar, me iba a convertir en alguien como él.
Ya me odiaba lo bastante a mí mismo habiendo participado en su mentira como para encima empeorarlo todo.
Hice una pausa para reunir mis pensamientos.
—Te das cuenta de que hemos sido unos peones en el juego de dos personas mentirosas y egoístas, ¿verdad?
Thiago y Diana nos utilizaron a su conveniencia y la lealtad que les teníamos, junto con nuestra cobardía, nos ha impedido vivir nuestra propia historia como merecíamos.
—Lo miré de nuevo. Me sentía tan mal que no sabía cómo reaccionar, cómo hilar la información para ser capaz de encontrar una salida que no fuese perderlo, lo que, por desgracia, había ocurrido incluso antes de conocerlo.
Justo cuando había accedido a hacerme pasar por mi hermana—. Toda esta situación es tan injusta…
—Lo sé. Me odio por haber participado en todo esto —reconoció abatido.
«Yo también. No sabes cuánto».
Las lágrimas que habían estado contenidas en mis ojos debido a la impresión comenzaron a caer con fuerza y me las limpié con el dorso de la mano.
Sentí una opresión en el pecho, una sensación de ahogo que me asfixiaba lentamente. Me giré y empecé a caminar de un lado a otro, con pasos cortos, crucé los brazos frente a mí y me apreté los codos con las manos.
—Nos merecíamos algo mejor, Jaime. Nos merecíamos tener la oportunidad de intentarlo sin tener que cargar con el peso de las decisiones de los demás sobre nuestros hombros.
—La voz se me quebró e inspiré de forma entrecortada, tratando de calmarme—.
Me merezco algo mejor que estar atrapada en las artimañas y el control de mi hermana.
El ambiente se cargó de todas las emociones que no podíamos expresar con palabras. Sentí como si el mundo entero se hubiera vuelto del revés y no supiera enderezarlo.
Intenté mantenerme firme, aunque no lo conseguí del todo. Cuando miré de nuevo a Jaime, él estaba inmóvil y con los ojos llenos de culpa. Me dio la sensación de que no sabía cómo actuar; de que quería acercarse, y algo se lo impedía. Quizá sentía, al igual que yo, que no tenía derecho a hacerlo.
—No sé qué decirte —reconoció—. Por supuesto que tienes razón, pero la verdad es que me siento igual de culpable que ellos por haber participado en todo este teatro.
Y no sé cómo arreglarlo. No sé si debo arreglarlo, porque todo lo que creía, todo lo que sentía…
Ya no sé qué es real y qué no lo es. Yo… lo siento, Emma.
Me detuve de golpe y lo miré fijamente.
«Emma».
Era la primera vez que me llamaba por mi nombre, y la forma en la que lo pronunció, con esa cadencia suave y melódica cargada de tristeza y melancolía, me conmovió en lo más profundo.
Un torrente de emociones me inundó al escucharle llamarme así. Fue como si, por primera vez, me viera realmente a mí, no a una sombra, no a una impostora.
Me vi reflejada en sus ojos y, en ese instante, entendí que lo que habíamos compartido era auténtico. A pesar de las mentiras y las manipulaciones, de nuestra participación en ellas. A pesar de todo, supe que mis sentimientos por Jaime eran reales.
Aunque saberlo no hacía que la situación fuese más sencilla.
Cuando abrí los ojos él seguía allí, observándome sin perder detalle de cada una de mis expresiones. Y hablé sin pararme a pensar en lo que hacía, porque necesitaba reconocerlo en voz alta y con la verdad por delante.
—Me gustas mucho, Jaime. Demasiado —confesé, y él abrió los ojos sorprendido—.
Sé que apenas hemos compartido un fin de semana, pero no he necesitado más.
En este poco tiempo he descubierto aspectos de ti que creo que no muchos llegan a ver y me hiciste sentir cosas que nunca había experimentado antes.
He visto tu generosidad, tu paciencia, tu capacidad de escuchar sin juzgar y de enfrentarte a tus propios demonios…
Vi cómo te preocupabas por mí y mis miedos, incluso cuando apenas nos conocíamos.
—Se me escapó una sonrisa que se tiñó de nostalgia.
»Me conquistó la manera en la que te reíste conmigo mientras cocinábamos, cómo me hiciste sentir segura y protegida en medio de la tormenta o en la oscuridad del sótano, tus explicaciones exactas y certeras…
Me encantó cómo me mirabas, con esa mezcla de curiosidad y ternura, como si quisieras diseccionarme despacito para comprender cada rincón de mi alma.
—El nudo en la garganta me impidió hablar durante unos segundos.
No esperé a que él lo hiciera, era consciente de que necesitaba su tiempo para entender y procesar todo aquello antes de actuar—.
Sé que hemos estado rodeados de mentiras, pero mis sentimientos por ti son reales, Jaime.
Aunque me encuentre perdida. Aunque no sepa cómo seguir adelante con todo lo que nos ha pasado. Eso es real.
Jaime rompió el contacto visual y dio un paso hacia un lado, y dejé caer mis manos a los costados. Las lágrimas comenzaron a caerme de nuevo por las mejillas, esta vez las dejé correr, pues había un regusto de liberación en ellas.
—Emma, yo… —empezó a decir y se mantuvo en silencio unos segundos, luchando por encontrar las palabras adecuadas—. Yo también siento algo muy fuerte por ti.
—Jaime…
—Desde el momento en que te vi, incluso cuando pensaba que eras la novia de mi hermano y eso me hacía sentir peor persona de lo que ya me sentía. Pero no quiero que nuestras decisiones estén condicionadas por las mentiras de otros.
—Lo sé. Te entiendo —contesté vencida.
Él negó e inspiró hondo.
—Creo que necesito saber que lo que sentimos es real y no una reacción a toda esta confusión.
Necesito entender mis propios sentimientos y lo que realmente significas para mí.
—Hizo un gesto vago, abarcando el espacio entre nosotros, como si intentara dar forma a algo en el aire—. No sé cómo procesar todo esto.
Asentí de forma lenta, comprendiendo lo que intentaba decirme.
Sus ojos reflejaban la misma incertidumbre que sentía yo. Sin embargo, también había esperanza, y eso fue lo que me dio alas, porque había ido allí sin nada y ahora tenía algo a lo que aferrarme, una remota posibilidad por la que lucharía con uñas y dientes.
—Descubramos quiénes somos sin las sombras de Thiago y Diana sobre nosotros —respondí y me acerqué un par de pasos hacia él—.
Sin mentiras ni manipulaciones. Démonos tiempo para entender lo que sentimos y dejemos que se desarrolle de forma natural, sin nada que interfiera.
Con calma y sin presiones… —Agarré su mano y apreté con suavidad, esperando que pudiera sentir la ofrenda de paz que quería brindarle—. ¿Qué me dices?