Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 23 – Mentiras
62%

23 – Mentiras

La verdad duele solo una vez, mientras que la mentira hiere cada vez que se recuerda

La recién llegada parpadeó, procesando mi presencia.

—Hola. Tienes compañía femenina —le dijo con gesto confundido.

—Amara, por favor… —advirtió Jaime confirmando mis sospechas.

—Soy Emma —quise aclarar.

—Emma —repitió ella, desviando la vista hasta su mellizo. Una bonita sonrisa se abrió paso en la cara de Amara—. Está aquí Emma.

—Hombre, ¡hola! —Se unió la voz de Javier a la surrealista situación—. ¿Qué haces por aquí? Me tocaba a mí hasta mediodía.

Fruncí el ceño y miré a Jaime, quien parecía más incómodo que nunca.

—¿No has visto mi mensaje de esta mañana? —le respondió ella y se le acercó para colocarle bien el cuello de la camisa—. Tenía que venir por la zona y esta tarde tengo una cita.

—¿Con un tío? —preguntó él.

—No, con un anacardo —respondió ella con desparpajo y se me escapó una risa nerviosa, lo que atrajo de nuevo la atención de los dos hacia mí—. Está aquí Emma —le murmuró Amara a Javier.

—Sí —respondió él cómplice—. ¿Me he perdido algo importante?

—No lo sé, acabo de llegar —reconoció la otra.

—Basta.

La voz de Jaime los detuvo en seco y contuve la respiración. La habitación se llenó de una tensión incómoda.

—Se ha cabreado —susurró Jaime a Amara.

La hermana de Jaime tuvo el tino de mantenerse callada y asentir cuando Jaime los miró con intención.

—Vámonos, primo —le dijo ella destapando la relación que los unía y aliviando en parte mi congoja—. Dejémoslos a solas.

—¿Estás segura? Yo voto por quedarnos en una esquina de forma discreta y…

—Fuera —fue todo lo que Jaime necesitó decir para que ambos asintieran con sendas sonrisas y se dirigieran a la puerta.

Antes de salir, la hermana de Jaime buscó mis ojos y me dirigió una mirada que me hizo observarla con curiosidad.

Aquel caótico comienzo había aliviado en parte la sensación de angustia que había sentido en el pecho al pensar en cómo me iba a recibir Jaime, además de haber suavizado la situación, dotándola de un punto cómico.

Sin embargo, una vez a solas, el silencio volvió a instalarse entre nosotros y tuve que obligarme a respirar para no caer fulminada con la cara convertida en un arándano.

—¿Nos sentamos? —me dijo Jaime unos agónicos segundos después.

—Sí.

Lo seguí por la estancia hasta alcanzar el sofá de piel marrón y me senté en una de las esquinas. Jaime ocupó el sillón frente a mí y durante un momento ninguno de los dos dijo nada.

Las emociones que se agitaban en mi interior estaban a punto de desbordarse, por lo que inspiré hondo.

Había ido allí con un propósito claro: hablar con Jaime, explicarle todo lo que me había llevado a actuar así y tratar de que, aunque no me perdonase, al menos comprendiera mi versión.

Sabía que era algo que tenía que hacer, no solo por él, sino también por mí, porque necesitaba liberarme del peso de la culpa que llevaba sobre los hombros y que me consumía.

—Perdona el numerito de mi hermana y mi primo —soltó, se pasó la mano por el pelo, y yo sonreí escueta.

Me tomé aquella frase banal como el pistoletazo de salida de una carrera.

—Jaime —lo llamé, y él conectó con mi mirada por primera vez desde que nos quedamos a solas—. ¿Cómo estás?

Se encogió de hombros y rio cansado.

—He tenido días mejores —admitió utilizando las mismas palabras que le había dirigido a mi hermana el día anterior.

Me armé de valor para lo que tenía que decir, pues necesitaba soltarlo ya, antes de que algo más me lo impidiese.

Seguir callada solo acrecentaba el daño que ya le había causado, y por cómo se había portado conmigo, por su generosidad, su comprensión y por ser como un refugio y un faro en mi tormenta personal, le debía una explicación.

Le debía la verdad.

Tomé una respiración profunda y comencé a hablar, notando que cada palabra era una liberación y un tormento al mismo tiempo.

—Sé que lo que pasó fue… horrible y que fui una cobarde al no decirte nada desde el principio.

Y sé que te debo una explicación. —Él me observó con atención, y me obligué a seguir hablando, a pesar del nudo de mi garganta—.

No voy a buscar excusas porque no las hay.

Solo quiero que sepas que lo siento mucho, no solo por lo que te hice a ti, sino también porque me engañé a mí misma en el proceso.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos, pero parpadeé con rapidez para evitar que cayeran. Sabía que si empezaba a llorar no podría parar.

Jaime se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas.

—No entiendo por qué lo hiciste.

—Lo sé. —Me costó un mundo unir y articular esas cuatro sencillas letras para darle forma a una respuesta coherente.

Me mantuve callada mientras ordenaba mis pensamientos, concentrada en no sucumbir al llanto.

—Mis padres me enseñaron de pequeño que ser honesto es muy importante, que sin la verdad no puede haber confianza ni respeto ni amor verdadero.

Y eso me lo grabé como un mantra —explicó, e introduje las manos unidas entre mis muslos, conteniendo la respiración—.

Jamás he soportado las mentiras, y todo lo que pasó allí estuvo rodeado de ellas.

—No —respondí con vehemencia—. Lo que ocurrió entre nosotros no fue una mentira, Jaime.

Me hice pasar por mi hermana, es cierto, pero dejé de comportarme como ella en el momento en el que te besé en el aeropuerto y me dijiste que no eras Thiago.

—Hice una pausa, intentando encontrar las palabras adecuadas—.

Yo siempre he puesto a Diana por delante de mis propias necesidades y deseos.

Siempre he hecho lo que ella quería, lo que ella necesitaba.

Cuando llegué a la masía no pude localizarla.

Estaba atrapada en esa mentira, en esa tormenta física y emocional, y no sabía cómo salir de ahí sin haceros daño.

La situación contigo se fue complicando más y más, y yo sabía que…

Cada vez que me llamabas Diana luchaba entre la necesidad de decirte la verdad y el miedo de traicionaros aún más si lo hacía.

—Jaime se quedó en silencio con la mirada fija en el suelo.

No había movido ni un solo músculo durante todo mi discurso y aquel silencio me obligó a seguir.

»Cuanto más tiempo pasaba, más difícil se me hacía decirte la verdad.

Creo que en el fondo temía que, si te lo explicaba, perdería lo único real y mío que había encontrado jamás.

Te engañé a ti y me engañé a mí misma, y sé que fue un error, pero lo que ocurrió, lo que sentimos, fue real, Jaime. Eso fue real.

Sentí cómo mis palabras quedaban suspendidas en el aire, esperando a que él las procesara y las convirtiera en un discurso coherente que pudiera aliviar en parte su dolor. Sin embargo, él negó y su gesto extrajo todo el aire de mis pulmones.

Aquella escueta respuesta de Jaime fue como una sentencia definitiva, una negativa que reflejaba, no solo su decepción, sino también mi propia incapacidad para perdonarme.

No necesité mucho más para confirmar que no había ninguna posibilidad de solucionarlo. Sentí cómo algo se rompía dentro de mí, esa cuerda invisible que había mantenido a flote la esperanza.

Y la sensación de pérdida fue abrumadora.

¿Cómo iba a poder superar aquello? ¿Cómo iba a poder enamorarme de nuevo si antes de poder reconocer el sentimiento lo había aniquilado con mis errores?

—El problema es que eso no cambia el hecho de que todo se construyera sobre una mentira. —Escuché que decía, aunque sus palabras se desvanecieron en el fondo de mi mente, eclipsadas por el dolor punzante de mi pecho.

Sabía que había perdido su respeto, su confianza y, lo que era más doloroso, la posibilidad de construir algo real juntos. Jaime se había convertido en una víctima inocente de mis inseguridades, errores y miedos, y esa carga iba a ser muy difícil de soportar durante mucho tiempo.

—Lo siento —dije con un hilo de voz.

No pude contener más las lágrimas y agradecí que él estuviera mirando al suelo cuando me limpié las mejillas.

—Mentir es tan fácil que mucha gente lo hace sin pensar, por pura conveniencia, costumbre o egoísmo.

Sé que, a veces, hacerlo puede ser una cuestión de supervivencia, algo instintivo que se ve en casi todas las especies.

Pero en nosotros, los seres humanos, va mucho más allá de eso, porque rompemos algo más profundo, algo sagrado.

Robamos el derecho de la otra persona a conocer la verdad, a tomar decisiones basadas en la realidad y no en una ilusión.

—No agaché la mirada cuando levantó la cabeza y me observó con pesar—.

Al mentir robamos a la otra persona la posibilidad de vivir con honestidad, de confiar plenamente, de amar sin reservas…

La verdad es la base de cualquier relación que merece la pena.

—Lo siento —repetí, rota de dolor y esperando encontrar en sus ojos algún atisbo de comprensión.

—Yo también —corroboró e inspiró hondo—. Siento haber formado parte de tantas mentiras.

No lo culpé al saber que se cuestionaba todo lo que había ocurrido entre nosotros y, aunque los trozos de mi corazón empezaban a pudrirse sin posibilidad de revivirlos, entendí que tenía todo el derecho del mundo a sentirse así.

Me levanté del sofá, sintiendo que mis piernas apenas podían sostenerme.

Tenía que marcharme. Debía irme y poner fin a ese sufrimiento insoportable que me desgarraba el alma con cada segundo que pasaba a su lado.

La voz de Jaime aún resonaba en mis oídos cuando, con un último esfuerzo, me volví hacia él y le transmití todo mi arrepentimiento en aquella última mirada, pese a saber que eso no cambiaría nada.

—Lo siento de verdad, Jaime. —Mi voz salió rota y apenas audible—. Nunca quise hacerte daño. Ojalá pudiera deshacerlo todo para volver a hacerlo bien, pero no puedo cambiar lo que hice, no puedo cambiar el pasado ni perdonarme por hacerle tanto daño a alguien tan bueno como tú y saber que…

Jaime se levantó de repente y me quedé paralizada sin poder terminar la última parte de mi discurso. Su movimiento fue más violento de lo que habría imaginado, la forma en la que me miró me silenció por completo y sus siguientes palabras fueron como un golpe inesperado en el centro de mi pecho.

—El problema es que yo también te he mentido.