Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 22 – Barcelona
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22 – Barcelona

La vida siempre te da dos opciones, solo tienes que decidir si tiras la toalla y renuncias o la usas para secarte el sudor de la frente y seguir adelante

Me detuve a un lado al salir de la pasarela que conectaba el avión con el aeropuerto, ajusté las asas de mi bolso tipo mochila e inspiré hondo.

El aeropuerto de Barcelona volvía a estar lleno de viajeros apresurados, pero yo necesitaba un momento para armarme de valor para lo que estaba a punto de hacer.

Hacía justo una semana que había aterrizado allí mismo, ajena a lo que se me iba a venir encima; no obstante, en aquel momento la situación no podía ser más diferente.

Tenía la vida vuelta del revés y el corazón hecho pedacitos y, aunque el miedo amenazaba con paralizarme, sentía que yo era quien llevaba las riendas de mi destino y no me dejaba llevar por las necesidades o deseos de los demás.

Eso sí, la idea de ver a Jaime de nuevo me tenía con el estómago en un nudo.

—¿Te encuentras bien?

Me giré hacia Thiago y sonreí. Más de la mitad del vuelo había estado dormido con la cabeza apoyada sobre mi hombro, por lo que, a pesar de sus esfuerzos por arreglarse, su pelo seguía chafado por el lateral y revuelto en la parte superior.

—Atacada —reconocí.

Su sonrisa somnolienta me causó ternura.

—Venga, vamos a por tu Sheldon [8] .

Thiago echó a andar y, cuando fui consciente de que por más que me concentrase en mi respiración el lazo no se iba a aflojar, me uní a la marea de personas y caminé tras él en dirección a la salida.

Me preparé para el cambio de temperatura al atravesar las puertas automáticas, sin embargo, el contraste no fue tan grande como había esperado, pues en aquella ocasión iba mejor preparada y, además, la mañana era cálida y soleada, a diferencia de la tormenta de emociones que me helaba por dentro.

Por suerte, no había demasiada gente esperando en la fila de los taxis, por lo que no tuvimos que perder demasiado tiempo. Justo cuando llegó nuestro turno, un hombre de mediana edad con un maletín intentó adelantarnos para subirse en nuestro vehículo.

—Disculpe, tendrá que hacer la cola, este taxi es para nosotros —le dije con seguridad al hombre al tiempo que lo alcanzaba, abría la puerta y colaba un pie dentro del coche.

Thiago me miró con una ceja alzada, y el señor frunció el ceño sin pronunciarse, aunque creo que la más sorprendida fui yo, pues me salió de forma natural, sin tener que luchar contra mis principios o mi propia mente para dar el paso.

Definitivamente estaba diciéndole adiós a la Emma que evitaba el conflicto y que se habría conformado con esperar al siguiente vehículo, dejando que los demás le pasaran por encima.

Se me escapó una risa nerviosa al cerrar la puerta y desviar la mirada hacia fuera. El tipo, que debía de estar acostumbrado a avasallar a la gente y a que los demás hicieran lo que él quería, se encaminó hacia la cola, bastante más larga en aquel momento, con gesto de malas pulgas.

«Mala suerte, amigo, te has topado con una mujer en plena metamorfosis».

— On anem, parella? —preguntó el conductor.

—Ella no habla catalán —contestó Thiago a la vez que se abrochaba el cinturón.

—Gracias —le susurré, y él me guiñó un ojo.

—Lo siento, es la costumbre. ¿A dónde vamos? —repitió el conductor en castellano, con una sonrisa de disculpa por el espejo retrovisor, que le devolví de forma educada.

—No se preocu…

Me detuve en seco cuando la voz de Jaime se coló en mi cabeza.

«¿Por qué no dejas de decir eso? No lo hagas, por favor. Deja que me preocupe si creo que estás en peligro».

El sonido de un claxon me sacó de mi ensimismamiento y volví a la realidad, en la que el hermano de Jaime le daba las indicaciones oportunas al conductor. Cuando el coche se puso en marcha, y el taxista aumentó un par de puntos el sonido de la radio, me recosté en el asiento y cerré los ojos.

Thiago respetó mi silencio y también se mantuvo callado mientras el taxi se deslizaba por las calles de Barcelona con la misma rapidez que el nerviosismo crecía en mí.

Era consciente de que estaba haciendo lo correcto, lo que Jaime merecía, pero no por ello la situación dejaba de alterarme, pues no sabía cómo me iba a recibir o si lo haría siquiera.

La incertidumbre me carcomía, sin embargo, prefería aferrarme con uñas y dientes a la esperanza de que, al menos, me concediera unos minutos para escuchar lo que tenía que decirle.

—Ya hemos llegado —anunció el pequeño de los Domènech Ventura.

El vehículo se detuvo y las pulsaciones se me dispararon cuando, tras pagar, me bajé y observé a mi alrededor hasta toparme con el edificio frente al que se había parado Thiago.

Unas discretas letras negras sobre el portal anunciaban que la edificación pertenecía a la empresa Domon, y me sorprendió lo austero que parecía.

Estaba claro que los materiales eran de calidad y la fachada estaba cuidada de forma impecable, pero había dado por hecho, tras ver la casa que tenían en el Montseny, que se trataría de algo mucho más majestuoso o llamativo.

Me gustó que no fuera así.

Me gustó esa elegancia discreta, tan acorde a lo poco que había podido percibir de su familia.

—Nuestros caminos se separan aquí —impostó una voz grave, y yo lo miré alarmada.

—¿No entras?

Negó y dejó escapar una risa cansada.

—Va a ser mejor que no. Jaime estará más receptivo si solo te ve a ti. —Asentí, dándole la razón, y se giró—. Ya tienes mi número, por si necesitas localizarme.

—Gracias.

—No me las des —rebatió con diversión cuando comenzó a caminar—. Me pienso cobrar mi parte del trato.

Su recordatorio me hizo poner los ojos en blanco y curvar los labios. Suspiré una vez a solas.

—Bueno, vamos allá —murmuré para mí misma, infundiéndome ánimos frente al edificio.

Avancé con pasos lentos, crucé el portón, que estaba abierto por ser horario laborable, y me dirigí al montacargas que Thiago había mencionado de pasada, ubicado en la parte derecha del recibidor.

Mi ansiedad fue creciendo con cada centímetro que descendía con lentitud y, una vez abajo, me encontré frente a una única puerta negra.

Desvié lentamente la mirada hasta el papelito que apretaba en mi puño y lo observé durante un momento, sintiendo el peso de aquel pequeño trozo de servilleta con dos números de teléfono garabateados como si se tratase de granito entre mis dedos.

Un par de segundos después, lo doblé con cuidado y lo devolví al bolsillo de mi cazadora acolchada; sentía que desde allí podía transmitirme la determinación que necesitaba para afrontar lo que se me venía encima.

Había llegado el momento.

Cerré los ojos, inspiré hondo y llamé con los nudillos.

Justo cuando sentí que el corazón se me iba a salir por la boca, la puerta se abrió, y el impacto de ver a Jaime me dejó sin aliento. Llevaba gafas de vista, el pelo desordenado y aún estaba en pijama.

La oscuridad bajo sus ojos me reveló más que su expresión de sorpresa, y cuando procesó quién estaba allí, frente a él, el subconsciente lo traicionó, haciéndole girar la cabeza y entornar la puerta unos centímetros.

Eso fue todo lo que necesité para saberlo. No estaba solo.

Traté de ignorar la punzada de dolor que me atravesó el pecho y me recordé a mí misma que no había recorrido el país entero para dejarme llevar por el miedo y salir huyendo al mínimo contratiempo.

Le debía una explicación e iba a dársela, estuviera solo o acompañado.

—¿Podemos hablar? —le pregunté con la voz más aguda de lo habitual.

Jaime dudó por un momento, luego se echó a un lado y me permitió el paso sin dirigirme ni un mísero saludo.

Entré con reticencia, observando el interior del apartamento que, a diferencia de lo que aparentaba el exterior del edificio, sí tenía una decoración moderna, aunque a la vez austera.

Me gustó lo que vi y lo que más me impresionó fue la gran estantería llena de libros del salón, ubicada en el lugar donde se esperaría ver una televisión.

Me giré hacia él. Jaime se había quedado parado en la entrada, con la espalda envarada y la mirada fija en mí.

—Hola —susurré rompiendo el silencio.

—Hola —contestó con ese tono grave que tanto había echado de menos—. ¿Quieres beber algo?

Negué con la cabeza.

—No te quitaré mucho tiempo —comencé a explicar, pero, justo cuando Jaime dio un paso hacia mí, el sonido de una puerta al abrirse me hizo girar la cabeza hacia la izquierda.

El tipo rubio que salió de ella tenía una toalla enrollada alrededor de las caderas y una expresión satisfecha en el rostro.

—En serio, no me cansaré de decírtelo. Lo que hacen esos chorros de tu ducha es una puta maravilla, deberías patentar ese invento, ¿eh?

Me voy a plantear seriamente eso de venirme a vivir contigo, que lo sepas —soltó ajeno a la visita.

Cuando se dio cuenta de que no estaban solos, se detuvo y nos miró con curiosidad.

Tenía la boca grande, los ojos de un color azul muy claro y la mandíbula ancha.

Era guapo, aunque de algún modo me pareció una belleza ruda o vulgar—. Anda, hola. ¿Quién eres tú?

El rubio arqueó una ceja y me observó con interés mientras yo intentaba encontrar las palabras adecuadas.

La confusión y la sorpresa me tenían paralizada, pues, de todos los escenarios que me había planteado, ese era el único que no se me pasó por la cabeza.

«Eres la primera chica que puede comparar, así que no puedo perder esta oportunidad».

¿A esto se refería Thiago? ¿A que su hermano solía salir con chicos? El pensamiento de que ese tipo pudiera ser la pareja de Jaime me dejó noqueada e intenté procesar la situación con rapidez.

—Siento molestar —fue todo lo que pude articular.

Jaime frunció el ceño, sin embargo, antes de que pudiera decir algo, el rubio se le adelantó, caminó unos cuantos pasos, extendió una mano en mi dirección con una sonrisa amigable y se presentó.

—Soy Javier, encantado.

Acepté su mano con un apretón rápido y lo miré con cierta cautela.

—Emma.

La expresión le cambió de inmediato. Su rostro pasó de una leve curiosidad a sorpresa y comprensión, y un destello de reconocimiento apareció en su mirada cuando observó a Jaime.

Me soltó la mano con una leve inclinación de cabeza y dio un paso atrás con una sonrisa. No daba la impresión de que su media desnudez le causara incomodidad.

—Emma, ¿eh? —recitó como si todo encajara de golpe—. He oído hablar mucho de ti.

Maldición. ¿Qué le habría contado Jaime?, ¿sabría lo de la mentira?, ¿que nos habíamos acostado varias veces?

Me obligué a mantener la compostura y a disimular que por dentro estaba hecha un flan.

—¿De verdad?

Javier asintió. Antes de que pudiera añadir algo más, Jaime intervino.

—¿Puedes darnos un momento, por favor?

El tipo repitió el gesto y me lanzó una mirada evaluadora antes de girarse hacia Jaime.

—Voy a vestirme y saldré a llenarte la nevera —anunció y se dio la vuelta, perdiéndose tras otra de las puertas.

Aquello nos dejó a Jaime y a mí envueltos en un tenso silencio. Cuando me miró, pude ver el cansancio en su expresión. Me dolió verlo así, pero tenía que concentrarme en lo que había ido a decirle o perdería toda la fuerza.

—Ven, vamos a… —Su invitación se vio interrumpida por el sonido penetrante del timbre—. Joder.

Apreté los labios mientras Jaime mascullaba algo que no pude comprender. Mis ojos lo siguieron hasta la puerta y no me pasó desapercibido el detalle de que tan solo abrió unos centímetros.

—¿Qué pasa?

—Vaya, qué recibimiento. —Se escuchó una voz femenina—. ¿Es que no me vas a dejar pasar?

«No, por favor. Esto no», rogué con desesperación.

—No es buen momento —suavizó el tono—. De verdad.

—Jamás me has negado la entrada. ¿Qué te pasa?

—Nada —contestó tan rápido que hasta a mí, que no lo conocía demasiado, me resultó evidente que mentía.

Pese a las reticencias del dueño, la puerta se abrió, y una despampanante chica morena hizo su entrada triunfal y se detuvo en el acto cuando nuestras miradas se encontraron.