Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 21 – Thiago
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21 – Thiago

Tan parecidos, pero tan diferentes…

Negué con la cabeza al camarero cuando, por tercera vez desde que había llegado, volvió a preguntarme si quería pedir algo más mientras esperaba a mi acompañante.

Tenía el estómago tan cerrado que no me sentía capaz ni de ingerir el agua de la botellita que me había servido hacía veinte minutos.

Y eso por no mencionar que, después de llevar varios días metida en la cama y en mi casa, el bullicio me tenía un poco perturbada.

Inspiré hondo y me obligué a centrarme en lo que ocurría a mi alrededor.

A pesar de ser febrero la temperatura era agradable y eso hacía que la zona estuviese bastante animada. Aquel lugar, una especie de plaza circular donde cada negocio se reconocía por el distintivo color de sus mesas y sillas, era todo un mosaico vibrante que destacaba entre el paisaje costero.

Dejé vagar la vista por el paseo marítimo y me distraje observando a la gente que caminaba o corría ajena a los problemas de los demás. Se me escapó una sonrisa al fijarme en unos niños pequeños que jugueteaban con los pies en la arena, y por un momento aquella distracción fue más que bienvenida.

No podría decir qué fue lo que hizo que desviase la mirada, pero el corazón me dio un vuelco al verlo venir.

Durante un instante me quedé paralizada por la duda; el parecido con Jaime era asombroso, aunque, al observarlo con más detalle, noté las diferencias.

Thiago tenía un toque más chulesco, más seguro de sí mismo, y caminaba como si fuera el dueño del lugar. Jaime no era así. En absoluto.

Thiago recorrió los últimos pasos mirándome fijamente y, al llegar a mi mesa, me preguntó con frialdad:

—¿Emma? —Asentí intentando ocultar mi nerviosismo—. ¿Estás segura?

Me recorrió con la vista, y me evaluó con curiosidad y desconfianza mientras se sacaba el teléfono del bolsillo y se sentaba frente a mí.

Levanté la manga de mi camiseta y le mostré el tatuaje de la promesa de meñique que compartía con Diana. Era un diseño pequeño y delicado, situado unos centímetros por debajo de la parte interna del codo.

—El de ella no está en el mismo lugar, ya lo sabes —le expliqué.

Él asintió con una sonrisa burlona. Por supuesto que lo sabía.

—No sé si pedirte que también me enseñes el pezón y así estar del todo seguro… Porque tú no tienes piercings ahí, ¿no? —indagó haciéndome sentir más incómoda. Soltó una carcajada al ver mi expresión—. Vale, no me hacen falta más pruebas. Diana no se ruboriza tan fácilmente.

Me indigné por sus palabras. ¿Cómo podía bromear en un momento así? Yo estaba a punto de echar el hígado por la boca de los nervios.

—Pues no, y seguramente ella no habría tenido ningún reparo en subirse la camiseta y enseñártelo aquí mismo, pero yo no soy ella —recalqué y me sorprendí al hablar sin pararme a pensar en las consecuencias.

Thiago se rio, y me obligué a mantener la mirada fija en él.

Cambió de postura en la silla y se acomodó con una expresión más relajada y satisfecha, observando con curiosidad a nuestro alrededor.

Incluso tuvo el descaro de guiñarle un ojo a una de las chicas que estaban sentadas a un par de mesas de distancia, lo que me hizo sentir la tentación de largarme de allí ante semejante muestra de mala educación.

Sin embargo, pensé en Jaime. Estaba allí por él, así que traté de mantener la calma.

No podía permitir que la actitud de Thiago y la incomodidad que sentía al estar allí con él me distrajeran de mi objetivo.

El camarero se acercó a anotar la comanda de mi acompañante y la interrupción me vino genial. Aproveché esos segundos para tomar aire y tratar de calmarme, y cuando volvimos a quedarnos a solas le pregunté con un tono menos a la defensiva:

—¿Cómo está?

Thiago contrajo el gesto y su cuerpo se tensó en la silla. Su expresión cambió de manera radical, revelando una incomodidad que no había mostrado antes, aunque trató de disimularlo encogiéndose de hombros.

—Ni idea.

—¿Cómo?

—Que no lo sé —repitió desviando la mirada—. Por lo que parece lleva toda la semana encerrado en su apartamento y no está yendo a trabajar. Mi padre ha ido un par de veces a verlo, y mi madre habla por teléfono con él cada día.

Su respuesta me golpeó como un puñetazo en pleno corazón.

La imagen de Jaime encerrado en su apartamento, solo y aislado, me hizo sentir una punzada de culpa aún más profunda. ¿Qué había hecho? ¿Cómo había permitido que las cosas llegaran a ese punto?

—Entiendo —respondí a duras penas.

—No te agobies. Él es así de rarito —añadió, y levanté la cabeza para encararlo, dispuesta a defender a su hermano si se le ocurría tratarlo con el mismo desdén con el que lo hizo en la masía.

Thiago debió de leer la vehemencia en mi rostro porque se apresuró a explicarse—.

No me mires así, es la realidad. No le gusta relacionarse con las personas, es un tipo solitario y cerrado.

—No lo fue conmigo.

Asintió.

Sus ojos se suavizaron un poco y creí ver un destello de preocupación en ellos. Lo observé con interés. ¿Podía ser que, a pesar de su actitud, realmente sí que le importase su hermano mayor?

—Precisamente ese ha sido uno de los motivos por los que he accedido a venir a hablar contigo —reconoció y captó todo mi interés—. Mi madre cree que deberías ir a verlo y hablar con él.

—¿Tu madre? —le pregunté sorprendida.

Thiago se rascó la frente y una expresión de incomodidad le cruzó el rostro. Carraspeó y dio un trago a su cerveza.

—Está preocupada porque mi padre no ha conseguido sacarlo de ese agujero bajo tierra en el que vive.

Dice que se va a convertir en su propia trampa para ratones.

—Fruncí el ceño, y él me sacó de dudas al darse cuenta de mi confusión—.

Su apartamento está en el subterráneo del laboratorio de mi familia. Sí, lo sé, una rareza más.

Mi mente rehízo la idílica imagen dominical de Jaime leyendo en la cama, pues no creía posible que los rayos del sol bañasen sus sábanas conforme pasaran las horas si vivía allí abajo. Viéndolo en perspectiva, la idea de que viviera bajo tierra parecía encajar perfectamente con él.

Una sonrisa se coló en mis labios.

—Le pega —admití dejando expuestos mis sentimientos.

Thiago rodó los ojos con exageración, aunque noté un brillo de complicidad en su mirada.

—Si me dices que te gusta leer y jugar al ajedrez, ya no me quedará ninguna duda de que estás hecha para él.

Obvié su tono burlón cuando se me aceleraron las pulsaciones.

—Me encantan. Ambas cosas —respondí con sinceridad, sintiendo de nuevo las mariposas en el estómago al pensar en la conexión que tenía con Jaime.

Thiago asintió con una sonrisa socarrona y dio otro trago a su cerveza.

Y fue entonces, justo en el momento en el que me di cuenta de que le devolvía el gesto con complicidad, cuando la culpa hizo acto de presencia y me recordó por qué estaba allí—.

Mira, sé que metí la pata y que no tengo ningún derecho a pedirte esto, pero necesito hablar con tu hermano.

—Ya.

—Tengo que explicárselo todo —insistí—. Es lo mínimo que se merece y, aunque no me perdone, debe saber lo que ocurrió.

—Ajá —contestó con indiferencia, lo que me hizo fruncir el ceño.

—Bueno, ¿me puedes ayudar? —pregunté luchando contra el nudo que se me había formado en la garganta.

—Depende…

—¿De qué? —inquirí con un tono más serio.

—De que tú también me eches una mano con tu hermana —soltó, y fruncí el ceño ante su petición.

—¿Con Diana?

—¿Acaso tienes más hermanas? —preguntó con ironía.

—Pues la verdad es que sí —le respondí, y abrió los ojos, sorprendido. Traté de contener una sonrisa—. Cuatro más, de hecho. Y dos hermanos.

—¿Qué?

—Somos ocho —aclaré—. Y eso sin contar a primos o sobrinos.

—Joder… ¿Tu familia no tiene tele? —Ignoré su comentario tan manido y elevé una ceja. Él captó mi impaciencia—. Es en serio, necesito hablar con Diana. Lleva toda la semana pasando olímpicamente de mis llamadas y le tengo que contar algo importante.

—¿Estás embarazado? —bromeé, pero, al fijarme en su expresión, carraspeé—. Ella y yo no estamos pasando por el mejor momento de nuestra relación.

—¿Y crees que Jaime y yo sí? —rebatió él.

Inspiré hondo cuando la tensión volvió a crecer entre nosotros.

Mi primer pensamiento fue para tratar de encontrar la forma de mediar entre Diana y Thiago, pero me obligué a desechar la idea.

No iba a entrometerme más en los problemas de mi gemela y mucho menos con él de por medio.

Lo que había ocurrido ese fin de semana había sobrepasado mi cupo y me había hecho abrir los ojos.

Aunque, si quería llegar a Jaime…

—Puedo intentar arreglarte una cita con ella —le dije, a pesar de saber que mis posibilidades de convencer a Diana para que hiciera algo que no quería eran prácticamente nulas.

Thiago tendió la mano en mi dirección, y la observé con los labios apretados.

—Me llevarás hasta tu hermana, y yo te llevaré hasta Jaime.

Ignoré mi primer impulso de aceptar sin oponer resistencia y lo miré a los ojos, irguiéndome en mi asiento antes de cerrar el trato.

—Primero tú me ayudarás —afirmé con determinación—. Y una vez que vuelva será tu turno. ¿Trato hecho?

Thiago me observó con ambas cejas alzadas y la comisura derecha del labio algo curvada. Me mantuve firme en mi petición y no me amilané ante la intensidad de su mirada, aunque por dentro sentía el tembleque de mi cuerpo.

Él pareció evaluar mi propuesta durante unos segundos antes de asentir lentamente.

—Trato hecho —accedió y me agarró la mano para sellar el acuerdo. No dudé en estrecharla con firmeza.

Si quería llegar hasta Jaime, él era mi billete de ida.

El brillo pícaro en sus ojos me hizo sospechar que algo más se cocía en su mente. Al ir a soltarme de su agarre, me retuvo.

—¿Qué haces?

Su sonrisa se volvió mucho más traviesa y me temí lo peor.

—¿Quién está mejor, mi hermano o yo? —preguntó con tono arrogante.

Alcé una ceja y pensé en la manera más efectiva de desviar la dirección a la que se dirigía nuestra conversación.

—No sé a qué te refieres.

—Oh, vamos, no te hagas la inocente. Estabais desnudos y muy cerca el uno del otro como para no darte cuenta.

Además, vi la confirmación de lectura de las fotos que te mandé cuando creía que eras Diana —me provocó, y la incomodidad volvió a apoderarse de mí—.

Eres la primera chica que puede comparar, así que no puedo perder esta oportunidad.

Dime, Emma, ¿quién crees que salió ganando en el reparto de cintura para abajo?

La indignación ardió dentro de mí.

¿Cómo podía hablar de algo así con tanta desfachatez? ¿Qué pretendía con esa actitud?

No. No acababa de salir de un círculo vicioso con mi hermana para entrar en otro peor, por lo que hice el amago de levantarme con toda la intención de dejarlo allí plantado. Thiago se me adelantó y me agarró del brazo.

—Tranquila, fiera —me pidió con tono conciliador—. Solo era una broma.

—Pues no tiene gracia —siseé apartándole la mano de mi antebrazo con coraje.

Me soltó y levantó ambas manos en señal de rendición.

—Solo quería ver tu reacción —se justificó con una sonrisa algo burlona que no me gustó en absoluto.

Lo miré furibunda. ¿Qué estaba tramando ahora?

—¿Para qué? Thiago, si lo que pretendes es reírte un poco más a mi costa…

—No —me interrumpió—. Únicamente estaba siendo un buen hermano, para variar, y quería confirmar que eres la idónea para él.

—¿Qué? ¿De qué hablas?

«Él». ¿Se refería a Jaime?

Thiago se sacó un billete del bolsillo que puso sobre la mesa tras hacerle un gesto al camarero.

—La prueba está superada.

—¿Qué? —repetí confundida.

Sonrió ante mi cara de pasmo y mi locuacidad, y se acercó pasando un brazo por mis hombros.

—Que espero que no tengas nada que hacer este fin de semana, porque nos vamos a Barcelona, cuñada.

Y ahí fue cuando mi estómago hizo un doble mortal carpado con giro de trescientos sesenta grados hasta terminar saliéndoseme por la boca.