20 – Ella #2
—Porque de alguna manera tenemos que diferenciarlo de mi hijo —le rebatió mi padre con una sonrisa cándida—. Además de porque es adorable y le queda mejor, ¿verdad que sí, Brunito? Mira qué monada.
Mi hermano rodó los ojos hacia arriba, y África, en una pose que denotaba interés, se puso la mano en la cadera y se apoyó en la encimera, inclinándose ligeramente hacia delante.
—Bueeeno. Te lo perdono solo porque eres el abuelo más sexi de Costa Serena.
—Ya empezamos —se quejó Bruno.
—Tú calla, Capullito, que estoy haciendo méritos como nuera para ser la preferida. Tu hermano Guille ya mismo cumple la mayoría de edad y puede que, de un momento a otro, siente la cabeza.
—Eso no va a ocurrir nunca —canturreó el aludido.
—Normal, ¿quién lo va a aguantar por elección propia? —lo picó mi hermana Zahara, que pese a ser cuatro años menor que él le ganaba en cuanto a rapidez verbal y mental. De algo tenía que servir ser la pequeña de ocho hermanos.
Alana me acarició la espalda cuando alcé a Abril en brazos y me sonrió.
—¿Cómo estás?
—He tenido días mejores.
Me encogí de hombros, y ella se me acercó para darme un beso en la mejilla. Era una increíble hermana mayor; siempre lo había sido.
Cuando se separó de mí, comenzó a guiarme hasta la cocina y llamó a mi madre. Esta nos observó, asintió sin que hubiera más intercambio de palabras entre ambas y dejó el pegamento sobre la mesa.
—Fede, cariño, ¿qué tal si los chicos y tú vais fuera y así ponéis a secar las ofrendas? —Mi padre frunció el ceño, sin embargo, al cruzar con ella una mirada, entendió a la perfección su petición.
—Ya habéis oído a la jefa. —Tocó un par de veces las palmas, y los gemelos lo imitaron con torpeza—.
Princesa, ¿vienes con el nono? —Abril se removió entre mis brazos y la dejé ir con él, que la alzó como si pesase lo mismo que una pluma y besó su mejilla—.
Bruno, Guille, echadme una mano con los pequeños.
—Papá… —se quejó el segundo.
—Vamos —le dijo Bruno rodeándolo por los hombros—. Te dejo que practiques con Salva para cuando te llegue la hora. Eso sí, ten cuidado, que mi arpía no está muy por la labor de engendrarme más hijos.
Vi cómo mi madre contenía una sonrisa y besaba a mi padre en los labios cuando este se acercó a ella.
—¿Te parecen poco tres? —se quejó África—. Qué mal acostumbrados estáis los Remo Delgado, por Dios. Me da a mí que por ahí debe de haber un eslabón perdido en vuestra cadena evolutiva que os relacione con los conejos o algo así.
Una imagen me atravesó la mente; un recuerdo con Jaime que me recorrió como si se tratase de una descarga eléctrica de alto voltaje y que me cortó la respiración.
—Por cierto, voy a sacar en breve una vacante para conejillo de indias, ¿te interesaría el puesto?
—Pues resulta que me encantan las zanahorias.
—Bueno, técnicamente hablando los conejillos de indias no son conejos como tal. Son cobayas, y se utilizan en los experimentos por la gran similitud biológica y cardiovascular que tienen con los human…
Se me formó un nudo en las tripas cuando recordé cómo lo había acallado con un beso y todo lo que vino después: el eco de su risa, la calidez de su tacto, su cuerpo entrando en el mío…
Las imágenes de esos momentos de felicidad efímera eran un puñal que se clavaba una y otra vez en mi corazón; un recordatorio cruel de lo que había perdido.
Y el dolor era tan intenso que casi podía sentirlo físicamente, irradiándome desde el pecho hasta cada rincón de mi ser.
Las lágrimas amenazaron con brotar una vez más. Me obligué a tragarlas y, al hacerlo, me quemaron por dentro.
Cuando me recompuse estábamos solas.
Mi madre; mis hermanas, Alana y Fabiola, y mi cuñada África me observaban con gestos preocupados, como si temieran que me rompiese en mil pedazos en cualquier momento.
Tragué saliva con dificultad.
—¿Dónde está? —pregunté, y todas miraron a la cabeza de familia.
En la reunión faltaban dos de mis hermanas: Diana y Carolina, pero, por supuesto, mi madre sabía a quién me refería.
Inspiró hondo antes de contestar.
—Aún no ha bajado. Ayer regresó tarde e imagino que estará durmiendo. —Me agarró la mano y le dio un leve apretón—. ¿Tú cómo estás? ¿Te encuentras mejor?
—El resfriado parece que va remitiendo —sinteticé sin ahondar en lo demás—. ¿Hablaste con la directora del colegio?
—Ella se encargó.
De nuevo se refería a Diana, claro.
Jugueteé con una miga que había en la isla, y todas se mantuvieron en silencio para darme tiempo.
—¿Qué os ha contado? —murmuré sin levantar la cabeza.
Mi madre titubeó antes de responder y me di cuenta de que Diana no les había explicado demasiado.
Me concedí una pausa antes de abrirme y contarles lo que había ocurrido durante aquel fin de semana con Jaime, a lo que le añadí toda la historia de Thiago, Diana y aquel rocambolesco plan para que pudieran entenderlo del todo.
Me sinceré como no lo había hecho nunca y me permití compartir un poco de la carga que llevaba conmigo.
Tuve que detenerme a beber agua en algún trozo de la historia y omití las partes más íntimas, no por vergüenza, ya que tenía ese tipo de confianza con mi madre, sino porque me sentía incapaz de darles vida con mis palabras.
Y sí, por supuesto que me dolió sentir aquella rabia hacia mi gemela, pero me resultaba imposible no hacerlo; ella era la que lo había propiciado todo, aunque gracias a aquello había conocido a Jaime.
También les reconocí mi propio error de no haberle dicho a él la verdad a tiempo, dado que eso era del todo responsabilidad mía.
—No puedes arreglarlo todo a la vez, Emma —me advirtió mi madre con voz suave y colocó una mano sobre la mía—. Trata de abordar los problemas uno a uno. ¿Qué es lo que sientes que tienes que solucionar en este momento?
La respuesta llegó a mi mente sin titubear, sin embargo, sí que vacilé al hablar, pues me sentía una traidora al darle voz a mi necesidad.
—Tengo que… —Sentí un pinchazo agudo en el pecho cuando traté de dar forma a aquellas palabras—. Necesito que Jaime… Quiero hablar con él y que esto… termine de otra manera. Me duele, mamá, me desgarra por dentro pensar en el daño que le he hecho. Él se abrió a mí, y yo…
No pude continuar.
Mi hermana mayor tomó la palabra con su habitual aplomo.
—Cuando Hans y yo nos peleamos, y regresé a casa —comenzó, y yo cogí aire con dificultad—, papá me hizo darme cuenta de lo que sentía por él. Me preguntó si me arrepentía de lo que había ocurrido. Si me arrepentía de haberme escapado de casa y haber vivido aquella locura con él.
Recordé el momento exacto al que se estaba refiriendo y lo preocupados que estuvieron mis padres por ella.
—Y era la hija modelo… —le susurró África a mi hermana Fabiola, quien esbozó una sonrisa tímida y agachó la mirada.
—Por supuesto que no lo hacía —continuó Alana, ignorando a su mejor amiga—.
No me arrepentía de lo que había hecho porque, gracias a ello, había conocido al amor de mi vida; pero dolía.
Dolía haber hecho sufrir a mi familia por haberme dejado llevar pensando solo en mí y también dolía haberme defraudado a mí misma de alguna manera.
Así que, cuando papá me preguntó si me arrepentía, yo solo pude negar con la cabeza.
Y fue entonces cuando él me dijo algo que, en el fondo de mi alma, ya sabía.
—Te habías enamorado de él —deduje con comprensión, y mi hermana confirmó mi teoría.
—Busca a Jaime —me alentó ella, y África asintió con seguridad—. Habla con él y explícale todo, porque si no lo haces esto te seguirá desgarrando durante mucho tiempo.
—La sinceridad es la base de toda relación —añadió mamá.
Consideré sus palabras durante un momento y una chispa de esperanza comenzó a encenderse en mi interior. La idea de enfrentarme a Jaime me aterrorizaba, era cierto, pero al mismo tiempo parecía que vislumbraba un pequeño rayo de luz en medio de tanta oscuridad.
—¿Y cómo lo hago? —pregunté con la voz temblorosa—. No sé la dirección exacta de la masía. Además, ellos no viven allí, y no creo que sea buena idea quedarme en la puerta esperando a que decidan regresar a pasar el fin de semana, allí hace mucho más frío que aquí.
—Thiago —dijo una voz a mi espalda y apreté los párpados conteniendo la respiración—. Thiago lo sabe.
Mi madre intercambió una mirada de preocupación conmigo cuando nuestros ojos se encontraron, y asentí en su dirección de forma casi imperceptible.
Me giré lentamente y me topé con Diana observándome con gesto imperturbable.
—¿Cómo? —murmuré seria.
Había un atisbo de arrepentimiento en su cara y, aunque su tono fue firme, pude percibir una pizca de fragilidad en él.
—Él te llevará hasta Jaime —repitió—. Déjame ayudarte.