20 – Ella
Cuando la vida duele, hay que encontrar el bálsamo para sobrellevarlo
Los últimos rayos de sol se desvanecían a través de las cortinas de mi habitación, pero yo seguía sin fuerzas para levantarme. El peso de la fiebre y del cansancio me mantenían en la cama, donde el resfriado se había instalado para hacerme compañía sin intención de dejarme pronto.
Cada inhalación dolorosa la sentía como un recordatorio de lo que había perdido, de los días que había pasado junto a Jaime en aquella montaña, de lo que habíamos compartido…
Y las horas desfilaban como en una neblina de dolor físico y emocional, donde los recuerdos de mi regreso desde Barcelona me atormentaban junto con el dolor de cabeza y la congestión.
Muchas horas atrás —había perdido la cuenta de cuántas—, estando en el aeropuerto de Barcelona, conseguí frenar mi llanto y llamé a mi hermano Bruno.
Me sentía incapaz de enfrentar a nuestros padres o a Diana en aquel estado, y él, pese a ser un poco desastre, también era comprensivo y sabía concederles espacio a los demás.
Al salir de la terminal, Bruno ya estaba allí, con su uniforme de bombero y una sonrisa que me supo a hogar.
Respetó mi necesidad de silencio y no hizo demasiadas preguntas, ni siquiera cuando me monté en su coche, me abracé las piernas y las lágrimas comenzaron a manar de nuevo de mis ojos.
Tan solo colocó una mano en mi rodilla y la apretó, lo que me transmitió un silencioso apoyo que intensificó mi llanto.
Recuerdo que miré por la ventana. Las luces de la carretera pasaban borrosas a través de mis lágrimas, y me sorprendí cuando el motor se detuvo y fui consciente de que habíamos llegado a casa.
Bruno me observó con esa preocupación y cariño que solo un hermano mayor puede ofrecer y me sonrió con afecto.
Lo observé unos segundos. Ya nada quedaba de aquel niño que llenaba la casa de insectos y bichos, pues la madurez que había adquirido con los años, y, sobre todo, al convertirse en padre, era evidente.
—Vamos, Em. Ya estás en casa —me animó con suavidad.
Le devolví la sonrisa como pude, traté de recomponerme y secarme las lágrimas antes de salir del coche, y él me echó el brazo por los hombros cuando comenzamos a caminar.
Antes de abrir la puerta de la casa de mis padres soltó un suspiro, como si él también hubiera estado conteniendo la respiración durante todo el camino, y me besó en la cabeza.
Sin embargo, todo el aplomo que había reunido en aquellos escasos pasos se esfumó cuando puse un pie en la entrada y el peso de la realidad me cayó encima con fuerza; el peso de una realidad llamada Diana.
Mi gemela giró la cabeza al escuchar la cerradura, me vio allí y vino hacia nosotros como un torbellino, con los ojos chispeando de curiosidad y ansia.
—¿Has visto a Thiago? Por favor, dime que ha servido de algo toda la ansiedad que he pasado mientras estabas allí y que por fin soy libre —preguntó con impaciencia sin molestarse en ocultar su narcisismo.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Su indiferencia hacia mi evidente dolor, y esa incapacidad de ver más allá de su propio ombligo cuando ella había sido la que había estado desaparecida cuando más la necesitaba, me hicieron estallar.
—Vete a la mierda, Diana.
Se hizo el silencio a nuestro alrededor.
Ella me miró con los ojos muy abiertos, sorprendida por mi reacción. Era cierto que su comportamiento no me resultaba inesperado; que actuase así, anteponiendo sus necesidades y deseos sin pararse a pensar en los demás, era su modo de vida, pero en esa ocasión me dolió más que nunca.
No me quedé a esperar su respuesta. Subí las escaleras sin pensar en otra cosa que no fuera escapar de las miradas de todos y me encerré en mi habitación.
Desde entonces no había salido, pues ese dolor que había comenzado en el epicentro de mi alma se me fue irradiando por todo el cuerpo y pasó a ser un malestar real. Físico.
Estaba claro que el fin de semana y mis grandes ideas de bailar bajo la tormenta o darme una ducha helada habían traído consigo consecuencias que iban más allá de mi transformación personal, ya que me sumí en una espiral de fiebre, estornudos y lágrimas que me hizo sentir incapaz de enfrentarme a nada ni a nadie más.
Las pocas veces que había intentado levantarme, el peso de todo lo ocurrido me hundía de nuevo en la cama, y ocupaba las horas preguntándome si algún día podría encontrar la manera de perdonarme a mí misma por el daño que le había causado a Jaime.
Por supuesto, mis padres y mis hermanos habían subido a verme varias veces al día de manera religiosa, trayéndome comida o medicinas y con expresiones de lo más variopintas.
Se notaba que no entendían nada de lo que había ocurrido y toda la referencia que tenían era aquel encontronazo que habían presenciado con mi gemela.
No los culpaba por estar tan descolocados. Diana y yo jamás nos habíamos peleado así, tan de verdad. Desde pequeñas ella había marcado el ritmo de nuestras vidas, y yo lo aceptaba y la seguía, como si ella llevase la voz cantante y yo le hiciera los coros en la sombra.
Que lo aceptase no significaba que no fuera consciente de lo insano que era.
Mi hermana era carismática y magnética, pero también egoísta y ciega más allá de su propia nariz.
Había acumulado méritos durante años para merecerse un buen toque de atención, pues a lo largo de nuestras vidas había cruzado líneas en incontables ocasiones, desde quedarse con mis cosas sin preguntar, hasta manipular situaciones a su favor.
Así y todo nunca me había visto capaz de plantarle cara.
Hasta aquel momento.
La cuarta noche, al tiempo que uno de los recuerdos de Jaime me atravesaba el pecho, llamaron de forma leve a la puerta. Temí que fuese ella y me hice de nuevo la dormida.
Me equivoqué. Se trataba de mi madre, que entró con una bandeja con la cena y se sentó en la cama.
—¿Cómo te encuentras, cariño? —me preguntó con tristeza.
Fue tal el amor que me transmitió que me encogió el corazón.
Colocó la bandeja en la mesilla, y me quedé mirando aquel trozo de plástico mientras mi mente se desviaba a la mañana en la que le llevé el café a Jaime a la cama.
La mañana después de haber pasado la noche más increíble de mi vida.
La mañana en la que todo saltó por los aires y mi realidad comenzó a desmoronarse.
—Duele —fue todo lo que pude decir.
Ella me acarició la mejilla con ternura y de algún modo supe que era consciente de que no me refería al malestar por el catarro.
—Nos ha explicado que no te fuiste de fin de semana con las amigas —susurró, y agradecí que no mencionase su nombre—. Papá y yo queremos que sepas que nos tienes aquí si necesitas hablar o desahogarte, ¿vale?
—Lo sé, mamá. —Apreté los labios cuando la barbilla me tembló.
—Te quiero, mi vida.
Me abracé a ella con fuerza, como una niña pequeña que necesita del consuelo maternal para sanar sus heridas.
Me dejé llevar por el calor reconfortante de su cuerpo y ese aroma particular que desprendía a familia, mientras ella me acariciaba la espalda con suavidad y dejaba salir el aire entre los labios, en una especie de silbido silencioso para calmarme.
—Yo también te quiero —murmuré sin apenas voz cuando me separé de ella.
Me limpió las mejillas húmedas y sonrió con tristeza.
—Te daremos todo el tiempo que necesites. Tú solo concéntrate en recuperarte, ¿vale?
Asentí y me dio un último beso antes de salir por la puerta de forma sigilosa, dejándome sola de nuevo con mis fantasmas, unos que temía más que nunca, pues se escondían en los rincones oscuros de mi mente y me acechaban con recuerdos dolorosos y decisiones erróneas.
Necesitaba encontrar la manera de liberarme de ellos, de enfrentarme a la realidad y encontrar la paz que tanta falta me hacía, pero en ese momento estaba tan perdida que no era capaz de vislumbrar el camino que debía tomar.
A la mañana siguiente reuní el valor necesario para salir de la cama.
Después de una ducha reconfortante, que sentí como un bálsamo para mis heridas, bajé al salón.
No debía de ser muy tarde, pues casi todos estaban reunidos alrededor de la isla de la cocina en una estampa familiar que curvó mis labios de manera inesperada.
Al fijarme en lo que tenían sobre la encimera, me di cuenta de que debía de ser diecinueve de febrero, día festivo en Costa Serena, en el que la tradición exigía que se llevara una ofrenda de cartón al mar para agradecer a la patrona por proteger a los pescadores y a los barcos durante el año.
Eso era precisamente lo que estaban haciendo. La cocina estaba llena de materiales para manualidades: conchas, cintas de colores, papel decorativo, pegamento…
—¡Tata Em! —chilló Abril, el torbellino de casi tres años de mi hermano Bruno, que escapó de los brazos de su madre, África, y corrió hacia mí.
Siempre me sorprendía cómo era capaz de distinguirnos a Diana y a mí sin titubear.
Sus hermanos pequeños, también gemelos, se agitaron en sus tronas, y mi padre se entretuvo en hacerles carantoñas mientras mi hermana Fabiola trataba de estamparles las manitas llenas de pintura en el cartón sin demasiado éxito.
Cuando el cuerpecito de mi sobrina impactó contra mis piernas, me agaché para abrazarla y busqué alrededor a Kay, el bomboncito de chocolate que desde que había llegado a la familia, dos años atrás, se había proclamado su más fiel seguidor.
—Está fuera con Hans intentando montar una cometa —me dijo mi hermana Alana, acercándose a mí y adivinando mis pensamientos—. Papá les ha prometido que los llevará a la playa de Céfiro a volarla esta tarde.
—Me cogieron solo y en un momento de desesperación infantil —se excusó el sufrido abuelo—. Salva y Brunito no paraban de llorar de hambre, y necesité chantajear a los mayores para que me dejasen darles de comer.
—Es Bruno —intervino África con tono aburrido—. Se llama Bruno, no Brunito. ¿Por qué no soy capaz de hacer que esta familia entienda algo tan simple?