Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 19 – La verdad
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19 – La verdad

Habla ahora o alguien lo hará en tu lugar

Nos pusimos en pie, y Jaime se apresuró a subirse los pantalones. Yo solo tuve tiempo de cubrirme con la manta.

Apenas fueron unos segundos, quizá ni siquiera un par de ellos, pero el silencio con el que nos observaron fue abrumador. Lo rompió la mujer de increíble pelo pelirrojo, es decir, su madre.

—Acabo de tener un déjà vu , moreno. —Su tono fue jovial y chispeante, pese a la situación.

—Mamá… —le advirtió su marido, un hombre de piel morena y profundos ojos verdes que desvió la mirada para darnos un poco de privacidad.

Ella puso los ojos en blanco y se movió con la intención de caminar hacia delante, aunque Thiago fue más rápido en reaccionar. Su rostro pasó de la sorpresa a irritación e indignación, y me temí lo peor.

—¡¿Qué cojones significa esto?! —gritó, y Jaime avanzó unos centímetros hasta colocarse delante de mí.

Thiago se detuvo abruptamente cuando el cabeza de familia lo agarró por el hombro, frenándolo en el acto.

—Les daremos un momento para vestirse —le dijo a su hijo pequeño y lo giró con esfuerzo para establecer contacto visual con él.

Cuando Thiago fue a rebatirle, su madre se acercó y se unió a su marido en un frente impenetrable.

—¡Estaban follando! —nos acusó señalándonos—. Mi chica y mi hermano estaban montándoselo en pleno salón.

Tragué saliva sintiéndome más incómoda que en toda mi vida. La tensión era palpable y noté el calor subir a mis mejillas cuando la mujer cruzó una mirada conmigo.

Fruncí el ceño, contrariada. ¿Me acababa de sonreír?

—No se van a ir a ninguna parte, cariño —le dijo esta en un tono mucho más suave.

—Vamos, ayúdame a sacar las bolsas del maletero —añadió el padre.

Sin embargo, Thiago aprovechó que el hombre se giraba para zafarse de su agarre y venir directo hacia nosotros.

Mi pulso se disparó y observé a Jaime con terror, pero él estaba concentrado en su hermano.

—Thiago, cálmate —le dijo con firmeza a la vez que avanzaba un paso para interceptarlo—. Déjame que te lo explique.

Cuando se detuvo delante de él, respiraba con dificultad y sus ojos destilaban furia.

—¿Que me lo expliques? —preguntó en tono amenazador—. ¿Qué crees que me tienes que explicar? No soy gilipollas, sé que te la estabas tirando. Fíjate, mucho quejarte cuando te pedí el favor de que fueras a recogerla al aeropuerto y al final has salido ganando, ¿eh?

Jaime no retrocedió ni se movió de su posición.

—Sabes que no me quejé por eso —rebatió y el gesto de Thiago hacia él me pareció una advertencia—. Además, ella iba a…

—Thiago —interrumpí el discurso de Jaime, pues no podía permitir que siguiera protegiéndome cuando yo era la única culpable de aquella situación. Salí de detrás de su cuerpo y miré por primera vez a los ojos al novio de mi hermana—. Tenemos que hablar.

Su carcajada cínica me erizó el vello de los brazos. Por el rabillo del ojo vi que el matrimonio se acercaba.

—Diana, déjame que lo haga yo —me pidió Jaime al volverse hacia mí.

El escozor en mis ojos se hizo insoportable.

—No, Jaime —murmuré observándolo con pesar—. Es algo que debo hacer yo.

Thiago rompió el momento.

—Sé que dijiste que no querías nada serio. Sospechaba que te estabas acostando con otros, aunque no me lo dijeses directamente. Pero ¿él? —pronunció la última palabra con un desprecio palpable, haciendo énfasis en el «él» como si fuera una herida abierta.

Me dio la sensación de que su enfado no provenía de la traición en sí o no tanto como cabría esperar, sino de la percepción que tenía de su propio hermano.

Bastaron un par de minutos frente a ellos para entender que, para Thiago, Jaime era alguien inferior, alguien que no merecía la misma consideración, por triste y absurdo que eso fuera.

Porque sí, entre hermanos siempre puede haber rencillas, pero ese resentimiento acumulado que destilaban los ojos de Thiago y que ahora emergía con furia, dejando a Jaime en medio del epicentro de la tormenta, me hizo ser consciente de que ahí había años de rivalidad, comparaciones y resentimientos acumulados.

Con un solo «él», Thiago había dicho más de lo que cualquier extensa explicación pudiera abarcar. Y ese desprecio hacia Jaime me dio el coraje necesario para hacer lo que debía haber hecho desde el principio.

—Thiago —llamé su atención e intenté mantener la voz firme—. Yo no soy Diana.

El impacto de mis palabras cayó como una bomba en la habitación. Thiago se quedó paralizado unos segundos, con la mandíbula tensa y los puños cerrados con fuerza sin dejar de mirarme, los padres de ambos se observaron desconcertados, y Jaime se giró lentamente hacia mí.

—¿Qué? —susurró el mayor.

—¿De qué demonios hablas? —exigió el novio de mi hermana—. ¿Pretendes colármela con una excusa tan mala?

Me obligué a mantener la compostura, aunque el peso de la culpa y la vergüenza amenazaban con abrumarme.

—No soy Diana —repetí—. Soy Emma, su hermana gemela. Diana me pidió que ocupase su lugar en este viaje y…

—¡¿Estás de coña?! —vociferó Thiago y frenó mi discurso—. ¿Con quién mierda he estado saliendo entonces? ¿Contigo o con ella? ¿O también habéis hecho esto antes y me he acostado con las dos?

—Thiago, ya —le ordenó su padre con autoridad—. Déjala explicarse.

Jaime, con el rostro desencajado por la revelación, dio un paso atrás como si necesitara espacio para comprender lo que acababa de escuchar; como si estar cerca de mí le quemase.

—No tenía que ocurrir así —continué con la voz quebrada y me concentré únicamente en él.

Las lágrimas comenzaron a caerme por las mejillas, y Jaime negó con la cabeza de manera casi imperceptible—.

Sé que tendría que habértelo contado desde el principio, pero no quería traicionar a mi hermana, y después ya no supe cómo gestionarlo.

Y cuando nos besamos lo sentí todo como nunca antes y…

lo iba a hacer, solo que… Lo siento, Jaime.

Lo siento mucho, de verdad. No sabes cuánto.

—«Lo siento, Jaime» —repitió Thiago con sarcasmo—. Esto es una puta locura.

Jaime se quedó inmóvil por un instante, con la vista fija en el suelo como si mis palabras lo hubieran dejado congelado en aquella postura.

Su respiración era irregular y el dolor en su mirada fue evidente.

El silencio en la habitación se volvió aún más opresivo y sentí alzarse una barrera invisible entre nosotros, una que ninguna palabra podría derribar.

Cuando por fin reaccionó, lo hizo con movimientos lentos y pesados, y me dio la espalda sin mirarme.

—Jaime… —le pedí, rota de dolor.

—No —susurró, pero el rechazo en su voz fue como un grito.

Comenzó a caminar hacia las escaleras, alejándose de mí y de mi traición.

Sentí que me ahogaba, que el peso de la culpa marcaba mi cuerpo como si un látigo restallase con fuerza en cada centímetro de mi piel y las lágrimas se convirtieron en sollozos incontrolables.

Sin ser del todo consciente, me dejé caer en el colchón, incapaz de sostenerme más. Perdí la noción de todo a mi alrededor, los murmullos de las voces y el ruido de las pisadas se desvanecieron, y me quedé sola con mi desesperación.

No supe cuánto tiempo había pasado cuando una mano se apoyó con suavidad en mi hombro y me trajo de vuelta a la realidad.

Levanté la vista y me topé con los ojos dulces de la mujer que tanto se parecía a Jaime, agachada a mi lado con una sonrisa de cariño. Su rostro reflejaba una comprensión que no merecía.

—Tranquila —me dijo en un susurro y me sonrió—. Respira hondo, ¿vale? Estoy aquí contigo y no te voy a dejar sola.

—Vale —dije a duras penas sin poder controlar la respiración.

Me pasó una mano reconfortante por la espalda y me ayudó a ponerme la sudadera como si fuese una niña pequeña, incapaz de hacer las cosas con autonomía.

—Cariño, con lo pálida que estás, si te quedas mucho más tiempo sin moverte voy a empezar a pensar que te has convertido en el nuevo fantasma de la masía —bromeó y, a pesar de todo, solté una pequeña risa entrecortada.

—Gracias —murmuré con voz trémula y me di cuenta de que estábamos solas en el salón—. Siento lo que ha ocurrido, yo…

—Todo tiene arreglo menos la muerte —me interrumpió mirándome a los ojos con afecto—. Él solo necesita algo de tiempo para procesarlo, ya sabes cómo es.

Asentí de nuevo. No necesitó aclarar a qué hijo se estaba refiriendo, pues ambas lo sabíamos.

—¿Dónde está?

—Santi se está encargando de todo, no te preocupes por eso ahora mismo —me dijo con calma, y supuse que Santi era su marido.

Me di cuenta de que no sabía su nombre tampoco.

—Perdona, pero no sé ni cómo te llamas —admití sintiéndome más avergonzada aún.

Ella puso los ojos en blanco y el gesto me resultó familiar de alguna manera.

—Mi hijo no te ha dicho cómo se llama su madre —recapacitó en voz alta—. Qué bonito.

—Puede que sí lo hiciera y se me haya olvidado —traté de excusarlo, y ella me miró con una ceja alzada. Era increíble cómo se le parecía Jaime—. No. No me lo ha dicho.

—Tendríais cosas más interesantes que hacer —contestó con picardía—. Me llamo Rebeca, Rebeca Ventura.

Intenté sonreír, aunque el gesto me quedó algo forzado.

—Encantada. Y gracias por quedarte conmigo.

Ella asintió con una sonrisa comprensiva.

—No tienes nada que agradecer, cariño. Ya verás cómo todo se arregla —me aseguró y bajó la voz al acercarse un poco más a mí—.

Yo también fui joven una vez y metí la pata en varias ocasiones.

A veces las cosas se complican y no podemos evitar herir a las personas que más queremos.

Lo importante es que aprendamos de nuestros errores y busquemos la manera de repararlos —respondió con sabiduría, colocando una mano reconfortante sobre la mía.

—Gracias.

Me sonrió cómplice antes de levantarse con agilidad, y yo le devolví el gesto.

—Voy a ver qué tal van los chicos. ¿Necesitas algo?

Mi primera intención fue decirle que no, pues no quería molestar más de lo que ya lo había hecho.

Ciertamente es lo que habría hecho la antigua Emma, pero la versión de mí misma que había conocido en aquella montaña salió a la superficie entre aquel caos de emociones que me inundaba.

Y es que, a pesar de las palabras reconfortantes de Rebeca, por lo poco que había conocido a Jaime sabía que lo que había ocurrido era irreparable.

—¿Podrías pedirme un taxi que me lleve al aeropuerto?

Ella se quedó parada durante unos segundos y su mirada me perforó el alma.

—¿Estás segura? —preguntó con suavidad, como si quisiera darme tiempo para rectificar.

Asentí con un nudo en la garganta y sintiendo el peso de toda aquella increíble masía sobre mi pecho.

Y aquel gesto marcó el final de cualquier esperanza que pudiera albergar en mi corazón.

Jaime no me quería cerca, y yo no tenía derecho a pedirle que hablara conmigo cuando lo había traicionado de aquella manera.

¿Qué le podía decir? No tenía excusa para lo que había hecho. Desaparecer de su lado era lo mejor que podía hacer por él, aunque eso significara el final de todo.