18 – Hacerlo
Temo enfrentarme a mis mayores miedos, aunque sé que hacerlo es construir el camino que me llevará hacia ti
—Buenos días.
Solté una risita ante su ceño fruncido. Tenía los ojos hinchados y la cara marcada por la sábana.
—Buenos días —respondió él y carraspeó para aclararse la voz mientras se incorporaba sobre los codos en el colchón. Estaba completamente desnudo debajo de la manta—. ¿Has hecho café?
—Sí, no me ha quedado más remedio. Lo pedí al servicio de habitaciones, pero parece que están ocupados porque no han atendido mi llamada —bromeé tanteando el ambiente.
Se peinó con los dedos y me sonrió.
Con cuidado, tomó una de las tazas de la bandejita que sujetaba entre las manos y se movió a un lado en el colchón para hacer espacio para mí. No pude resistirme cuando, con la mano que le quedaba libre, deslizó la manta invitándome a entrar.
No lo dudé, sin perder un segundo deposité la bandeja en la mesa, me despojé de los pantalones y la sudadera que me había puesto al salir de la cama y me uní a él sin prestar demasiada atención a mi propia bebida.
No me pasó desapercibido el recorrido ardiente de su mirada sobre mi cuerpo desnudo ni cómo soltó la taza en el suelo, a su lado.
—Hola —le dije cuando me acurruqué en su costado y lo besé en un acto espontáneo y natural.
Me resultó divertida la forma en la que desvió la vista nada más separarnos, como si lo hubiese invadido la vergüenza después de todo lo que habíamos compartido la noche anterior.
Traté de distraerlo de aquel sentimiento.
—Antes, cuando esperaba a que se terminase de hacer el café, he estado curioseando las fotos del pasillo.
Sus ojos volvieron hacia mí y una sonrisa le bailó en los labios, aunque la mantuvo a raya. Apoyé la cabeza en su pecho, y él me pasó el brazo por los hombros.
—¿Te has encontrado con alguna sorpresa más? —indagó con intención.
—La verdad es que sí —admití—. Tu madre es preciosa.
Me concentré en el latido de su corazón.
—Lo es.
—Y tu hermana ha salido a tu padre —tanteé tratando de elegir bien mis palabras, pues no sabía si estas podían herir su sensibilidad.
Por supuesto, él supo a qué me estaba refiriendo.
Me concentré en el movimiento de sus dedos sobre la piel de mi costado, esos mismos dedos con los que me había vuelto loca durante gran parte de la noche. Sentí su risa silenciosa cuando di un respingo ante un acceso de cosquillas cuando sus caricias llegaron a mi cintura.
—Mi abuela paterna es sudafricana, de Ciudad del Cabo.
Conoció a mi abuelo cuando él estuvo allí trabajando al poco de acabar la carrera de medicina y, desde el primer momento en que se vieron, se enamoraron o al menos eso explicaba siempre mi abuelo cuando nos contaba su historia de amor.
—El pecho le subió y bajó con más intensidad, y di por hecho que el hombre ya no estaba vivo por la forma en la que hablaba de él—.
Se veían a escondidas de todo el mundo, de mi bisabuelo, sobre todo, porque era un hombre severo que tenía expectativas muy claras sobre el futuro de cada una de sus hijas.
Me moví para quedar girada hacia él y lo observé sin perder detalle de sus expresiones.
—Dime que tiene final feliz —le pedí cuando su pausa se alargó más de la cuenta.
Él asintió y se señaló por toda respuesta.
—Cuando mi abuela se quedó embarazada de mi tío Yaro la situación se volvió aún más complicada.
—Me mordí el labio inferior y lo miré expectante—.
No solo por mi bisabuelo, al que terminaron contándoselo, sino porque mantenían una relación interracial en una sociedad segregada por el apartheid [7] .
—Su amor era ilegal —susurré, y él asintió.
—Huyeron de Sudáfrica. Lo arriesgaron todo por amor y por su futura familia, y lo lograron.
—Qué valientes.
Jaime carraspeó y asintió, y me invitó a apoyarme una vez más sobre él. Le besé el pecho con los ojos cerrados cuando me coloqué de nuevo en la misma postura.
—De ahí vienen las diferencias que has visto en las fotos. La genética es caprichosa e influye de manera única en cada persona, incluso aunque se trate de mellizos o gemelos, que comparten el mismo ADN.
Ambos nos quedamos en silencio durante un momento, en mi caso absorbiendo la historia y los detalles que debían de esconderse detrás de un resumen tan breve.
Fue un silencio reconfortante. Me sentí afortunada de que Jaime hubiese compartido parte de su historia familiar conmigo, pues para mí la familia era fundamental, y saber que él venía de una tan valiente e inspiradora, que luchó con uñas y dientes por perseguir sus sueños, me hizo apreciarlo todavía más.
Afiancé el brazo alrededor de su cintura.
—¿Qué hora es? —preguntó sin levantar demasiado la voz.
—Las once y media, más o menos.
—Vaya…
Fruncí el ceño ante su tono.
—¿Qué ocurre?
—No suelo despertarme tan tarde. —Sonreí y me relajé.
—Es domingo.
—No suelo despertarme tan tarde los domingos —aclaró y besó mi cabeza—. Me pongo la alarma a las ocho, y aprovecho que es mi único día libre para quedarme en la cama leyendo un rato y tomando café. Es uno de mis momentos favoritos de la semana y el que visualizo cuando tengo un mal día.
Mi mente dibujó la imagen de Jaime, solo, en una cama, con el torso desnudo y la luz tenue de la mañana filtrándose por la ventana. Tenía el pelo alborotado y estaba concentrado en la lectura de un libro de tapas duras y letras doradas, con una taza humeante en la mesita de noche a su lado.
Deseé compartir esa escena con él.
Cada día.
—Lo siento.
Se movió e hizo que lo mirase al agarrarme con ternura la barbilla. Parecía contrariado.
—¿Por qué?
—Por estropear tu rutina —aclaré, a pesar de que no me arrepentía demasiado, pues aquella imagen mental que me estaba regalando sería la que recrearía cuando la que tuviera un mal día fuese yo.
Jaime negó con la cabeza sin perder un segundo.
—No has estropeado nada.
—Pero la he alterado —rectifiqué.
—Eso sí —contestó rotundo—. Sí que lo has hecho y mucho.
Sonreí coqueta, y él se contagió de mi gesto.
—¿Es un cumplido?
—Eso creo, aunque me da que no sé hacerlo demasiado bien.
Reí bajito, y él contuvo una sonrisa. Me acerqué a sus labios y los rocé con intención, sin profundizar del todo en el contacto que ambos necesitábamos. Jaime exhaló despacio y sentí cómo sus manos se tensaban al retener el impulso de acercarme más a él.
—No creo que haya nada que no sepas hacer —le dije con sinceridad—. Y me parece muy muy sexi que seas tan intelectual.
—«Intelectual» —repitió él en un susurro—. Sin duda ese sí es un buen cumplido. De pequeño solían llamarme «bicho raro» o « nerd ».
Quise abrazar a ese Jaime niño. Con todas mis fuerzas.
—A mí me parece fantástico que seas alguien con quien poder discutir sobre cualquier tema interesante.
Jaime me observó en silencio, y le devolví la mirada sin titubear. Estábamos tan cerca que podía sentir el cosquilleo de su respiración en el rostro.
—Hay algo en ti que me hace sentir cómodo y aceptado —murmuró, y el corazón me dio un vuelco para, acto seguido, encogerse con pesar.
Traté de concentrarme en él y no en la sensación menos agradable que sobrevolaba a mi alrededor—.
Es como si pudiera ser yo mismo sin miedo a que me juzgues o a que menosprecies mis explicaciones.
Me quedé sin habla durante un momento.
—Claro que… —Me aclaré la voz, tratando de deshacer el nudo de mi garganta—. Jamás haría eso, Jaime.
—Contigo me siento como en casa; como cuando estoy con mi padre —confesó, y mi gesto se contrajo—. Él es la única persona que me trata así, que me hace sentir que mi inteligencia es algo valioso y no un detalle extraño o intimidante.
Me sentí honrada, aunque también abrumada, por la responsabilidad que sus palabras me otorgaban y por el sentimiento de culpa al no estar siendo sincera con él.
Jaime me miró con curiosidad y alivio, como si se hubiera liberado de parte del peso sobre sus hombros al haberse sacado aquello del pecho, ajeno por completo a las emociones que intentaba mantener a raya.
Un momento después, al ver que yo no me movía, tomó la iniciativa.
Comenzó a besarme con delicadeza, acariciándome el cuello con una mano y con la otra dibujando el camino que iba de mi costado a las caderas.
Gimió cuando, al moverme, le rocé la erección con la rodilla.
Estaba más que dispuesto, pero yo estaba lejos de allí, concentrada en otra cosa mucho menos satisfactoria.
La lucha que se libraba en mi interior estaba en su punto álgido; la culpa y la traición ganaban terreno al deseo de continuar, y tenía toda la pinta de que iban a proclamarse vencedoras.
Era consciente de que no podía seguir mintiéndole. Tenía que enfrentar las consecuencias de mis acciones o no podría vivir con ello durante más tiempo. Es más, tendría que haberlo hecho en el momento en el que nos miramos en el aeropuerto y me quedé absorta en sus ojos.
Además, ya no podría echarle la culpa al vino si me dejaba llevar sin pensar en nada más. Tenía que hacerlo.
—Jaime… —comencé, sin embargo, me interrumpí al sentir que no era capaz de salir a la superficie y tomar aire.
Me estaba ahogando en un mar de emociones contradictorias, y mi conciencia, amarrada a uno de mis pies como un lastre tan pesado como una losa, me hundía sin remedio.
Pero tenía que hacerlo.
Solté un gemido, mitad placer mitad lamento, cuando se concentró en mi cuello y lo besó con ansia.
—No me canso de ti —murmuró en mi oído—. Eres adictiva.
«Tengo que hacerlo».
Un gruñido. Una mano en mi pecho. El roce de su lengua en mi pezón.
«Tengo que hacerlo».
«Tengo que hacerlo».
—Jaime… Espera… Tengo que…
Utilizó el agarre de mi cintura para movernos y colocarme encima de él. Cerré los ojos con fuerza cuando no fui capaz de mantenerle la mirada.
Tenía que hacerlo. Ya.
Abrí los ojos y tomé contacto visual con él, la bilis me trepó por la garganta y le pedí perdón con un gesto. Inspiré hondo, pero, justo cuando abrí la boca para hablar, el sonido de la puerta al cerrarse me detuvo.
Jaime se tensó debajo de mí, yo me aparté rápidamente tirando de la manta para cubrirnos, y la realidad nos golpeó con fuerza cuando descubrimos a tres personas observándonos desde la entrada.
Una de ellas era Thiago.