Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 17 – Melodía
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17 – Melodía

Tu cuerpo es el instrumento perfecto para tocar la mejor melodía

—Estás temblando.

Con su beso resonando en mi cuerpo, y antes de que pudiera contestarle, me alzó en sus brazos con una facilidad sorprendente.

Nos sonreímos cuando apoyó las manos en mi trasero y hundí la cara en su cuello conforme comenzaba a caminar.

Notaba las piernas de gelatina, apenas podían sostenerme en pie fruto del vino y de la emoción por lo que estaba ocurriendo, así que me dejé hacer sin rechistar.

El calor de su torso desnudo me hizo estremecer y solté una risita al sentir de nuevo cosquillas producidas por su barba.

Al llegar al salón, Jaime anduvo hasta el colchón frente a la chimenea y me depositó en él con cuidado. Sus ojos brillaban con la misma intensidad que el fuego crepitante que le iluminaba el rostro, donde pude ver cómo su mirada ardiente estaba fija en mí.

—¿Mejor? —preguntó con una sonrisa que se me coló muy dentro.

Asentí y un deseo primario latió en lo más profundo de mi ser.

—Ven. Te necesito —susurré revelando mi urgencia.

Ahogué un gemido cuando me obedeció tumbándose sobre mí y sus labios encontraron los míos con voracidad y ansia.

Deslicé las manos por su espalda desnuda y cerré los ojos, entregándome por completo a la sensación abrumadora de su boca contra la mía, de su lengua tentando y explorando cada rincón que encontraba y del cosquilleo que quedaba en cada milímetro a su paso.

Aquello era lo mejor que había experimentado en mi vida.

Un deseo visceral incendió mi interior como si el fuego de la chimenea estuviera encendido dentro de mí, provocándome una necesidad casi dolorosa por sentirlo más cerca, mucho más, hasta hacer que nos fundiéramos en uno solo.

Me dejé envolver en la nebulosa de la pasión y perdí la conexión con el mundo, como si este se hubiera volatilizado mientras nos besábamos y acariciábamos, y solo importásemos él y yo; sin embargo, no tardé en necesitar más.

El anhelo por estar más cerca de él, de avanzar en nuestra conexión, era tan abrumador que sentí como si una fuerza sobrehumana estuviera empujándome hacia delante en el precipicio y yo no pudiera hacer otra cosa que dejarme caer.

Unos segundos después, algo menos distraída, cambié de posición e hice que Jaime apoyara la espalda en el colchón.

Me senté a horcajadas sobre sus caderas y, sin dejar de observarlo, comencé a despojarme de la sudadera con lentitud; no tenía nada debajo.

Pude percibir la tensión en su cuerpo antes de desprenderme por completo de la prenda y, una vez desnuda, me observó con las manos suspendidas a unos centímetros de mis piernas.

Ante aquel titubeo busqué sus ojos, la vulnerabilidad y el anhelo que descubrí en ellos me conmovió, pues era evidente que algo lo perturbaba.

Le sonreí, tratando de reconfortarlo, y le pedí con la mirada que dejase a un lado sus preocupaciones durante unos minutos, que se dejara llevar. Me incliné hacia él cuando relajó el ceño y el roce de nuestras pieles desnudas nos hizo estremecer a ambos.

—Relájate —le pedí acariciándole el cabello con ternura—. Puedo sentir cómo tu mente no deja de trabajar.

Un suspiro se le escapó de los labios, una mezcla de risa y lamento, mientras cerraba los ojos brevemente, concentrado en controlar la respiración.

Decidí ayudarlo y comencé a recorrerle la mejilla con besos suaves y efímeros, expresándole con mis gestos que estaba allí, con él, y que no importaba nada ni nadie más.

Cuando apenas me quedaban unos cuantos centímetros de piel por explorar, descendí por su cuello y torso, sin prisas, saboreando cada instante, tomándome mi tiempo para recrearme en la sensación de mis labios sobre su cuerpo y en el ritmo cadencioso de su respiración.

Al toparme con uno de sus pequeños pezones, lo tanteé, y él se estremeció. Sonreí de forma leve, repetí el gesto con algo más de intención y percibí un torbellino de emociones en su rostro.

Por un momento me pareció que iba a hablar, pero se contuvo y exhaló con fuerza.

—Dímelo —le rogué girando la cara para poder observarlo mejor y, al mismo tiempo, seguir besándole el torso—. Habla conmigo, Jaime.

Esperé paciente a que lo hiciera. Me dio la impresión de que luchaba consigo mismo y con las palabras exactas para expresar sus pensamientos, algo que me confirmó su voz titubeante cuando habló.

—Necesito saber… —Se detuvo, gimió debido a uno de mis besos y carraspeó—.

Necesito entender qué esperas de mí… No quiero hacer o decir algo que te haga sentir incómoda o que vaya en contra de lo que quieres.

—Llegué a su cuello y siseó de placer—. Hemos…

Hemos bebido, y no estoy seguro de si esto es solo algo pasajero, fruto del vino, y de lo que mañana te arrepentirás, o algo más.

Yo… Yo tengo que estar seguro de que ambos estamos en la misma página, porque deseo esto de verdad y no sé cómo… , de qué manera…

El corazón se me quebró de ternura y emoción al escuchar su discurso, y ese final incompleto, donde las palabras le habían fallado ante la intensidad de la situación, solo aumentó nuestra conexión.

Necesité moverme sobre él para intensificar el contacto, sabiendo que mi cuerpo reforzaría lo que le quería transmitir con mi respuesta.

—Jaime, el vino no tiene nada que ver aquí —le dije con seguridad, y él arqueó una ceja—.

Vale, sí. No niego que nos ha ayudado a dar el paso y a quitarnos el frío infernal de esta montaña, pero no tiene nada que ver con lo que quiero, espero o deseo.

Quiero esto, mucho. Muchísimo, no sabes cuánto. De verdad.

La incredulidad en su rostro no tardó en ser reemplazada por un destello de alivio y, como activado por esa certeza, movió las manos sobre mi espalda.

—Vale. Bien.

Relajó la expresión y acomodó la postura, y cerré los ojos al sentir su erección rozarse contra mi sexo. Una oleada de calor me recorrió el cuerpo y la piel se me erizó de anticipación.

—Muy bien, sí. —Le devolví la sonrisa y me balanceé sobre él como un animal necesitado de caricias—. ¿Sabes cómo hacerlo?

Él soltó una carcajada que me contagió, curvando aún más mis labios en una mueca traviesa. Sus dedos pellizcaron mi trasero con descaro y realizó un movimiento ascendente con las caderas que me hizo jadear de placer.

—¿Qué me estás preguntando exactamente?

Me mordí el labio inferior aguantándome la risa ante su tono e intenté infundir seriedad a mis palabras sin demasiado éxito.

—Bueno —comencé a decir con mi expresión más cándida—.

Ya que eres tan profundo e inteligente, y tienes explicaciones irrefutables para todo, me preguntaba si, en este tema en concreto, has llegado a practicar todas esas teorías que estoy segura que almacenas en tu mente.

—Elevó una ceja al escucharme y aquel hoyuelo irresistible se hizo evidente cuando curvó los labios con descaro—.

Cuéntame, ¿cómo han ido tus anteriores experimentos en la materia?

Soltó una risa profunda y lo observé embelesada.

—Me temo que eso es información confidencial. Un científico nunca revela sus experimentos por completo. —Movió de nuevo las caderas, impulsándose hacia arriba, y yo gemí sin contenerme—. Por cierto, voy a sacar en breve una vacante para conejillo de indias, ¿te interesaría el puesto?

Un hormigueo me recorrió la piel y solté un gritito de sorpresa cuando me mordió el cuello. Me fascinaba ese Jaime desinhibido y divertido, aunque también me maravillaba su versión reservada e intelectual.

Vamos, que me gustaba mucho Jaime. Punto.

—Pues resulta que me encantan las zanahorias —contesté, siguiéndole el juego, y di gracias a mi amigo cabernet sauvignon por haberme otorgado esa soltura lingüística.

—Bueno, técnicamente hablando, los conejillos de indias no son conejos como tal. Son cobayas, y se utilizan en los experimentos por la gran similitud biológica y cardiovascular que tienen con los human…

Lo interrumpí al acercar mis labios a los suyos con decisión. Lo besé con ansia y, al retirarme, le mordí la barbilla.

—Me encanta escucharte, te lo prometo, pero ¿podemos dejar la conferencia científica para después y centrarnos en algo más… práctico? —susurré entre besos dejando que mis manos exploraran su piel con avaricia.

Jaime sonrió y asintió, y sus dedos se aferraron con decisión a mi cintura.

—Me parece un buen plan.

—Lo sé, soy la candidata perfecta para el puesto.

Aguanté la risa ante su gruñido, me erguí y me quedé sentada sobre sus caderas. Nos miramos con ardor, y él tragó con fuerza al dirigir los ojos hacia mis pechos desnudos.

Le busqué las manos y las agarré para guiarlas.

Cuando entraron en contacto con mis pezones me terminé de encender y, echando el cuello hacia atrás, me abandoné a las sensaciones que me provocaba.

Jaime presionó con la fuerza justa para enviar un ramalazo de placer por mi columna hasta el vértice de mis muslos, que se movieron de forma autómata sobre su erección.

Aquel gesto fue como el pistoletazo de salida para que todo se descontrolara y las prendas volasen a nuestro alrededor hasta quedarnos en ropa interior.

Nos entretuvimos en conocer a fondo nuestros cuerpos, acariciamos, lamimos y besamos cada trozo de piel expuesta, a veces con prisas, ansiosos por descubrir más; otras, recreándonos en cada segundo para saborear la intensidad del momento.

Confirmé lo que ya había podido atisbar al verlo desnudo esa mañana: poseía un cuerpo fibroso y perfectamente esculpido.

Su piel era suave en los lugares necesarios, y dura al tacto, e invitaba a ser explorada con minuciosidad.

Los músculos de su torso y brazos se contraían y relajaban al ritmo de nuestros movimientos, como una danza perfectamente sincronizada.

Y sus manos, hábiles y seguras, me recorrían la piel con una devoción que me llevó al borde del delirio.

Jaime no solo resultó ser un experto en la materia, sino que también hizo méritos como el alumno más ejemplar al memorizar lo que más placer me proporcionaba.

Estaba atento a cada detalle, a cada reacción de mi cuerpo y almacenaba la información en esa cabecita suya con el único fin de volverme loca.

La primera vez que me llevó al orgasmo lo hizo con la mano dentro de mis braguitas y los dedos húmedos por mi placer.

Al recuperarme, decidí que había llegado el momento de devolverle el favor y me moví para tocar su erección.

Él siseó cuando, necesitada de más, elevé las caricias a otro nivel y colé los dedos por la cinturilla de la prenda.

La bajé para liberarlo, y su erección me obedeció sin rechistar, saltando con impulso hasta chocar con la piel de su abdomen.

Su tacto era cálido y vigorizante, y estaba tan duro que temí que explotase. El gemido que soltó cuando la apresé en mi puño con decisión me enloqueció.

—¿Te gusta? —Su respuesta fue un gemido. Tenía las venas del cuello marcadas—. Guíame, ¿vale?

—Vale —murmuró con esfuerzo.

Me dediqué a explorarlo con curiosidad y deseo, sintiendo su pulso palpitante bajo mis caricias.

Cada gemido y suspiro que se le escapaba de los labios me resultaba más y más erótico, sin embargo, antes de lo que me hubiera gustado, Jaime me detuvo la mano con suavidad, dejando claro que no quería terminar tan pronto.

Me abrazó y nos rozamos, y antes de llegar a mayores suspiró frustrado.

—¿Qué ocurre? —indagué, borracha de placer.

—Tengo que ir a coger un preservativo.

—No hace falta —respondí con una sonrisa culpable.

Él me miró con seriedad.

—Sí, sí que hace falta —insistió dejando claro que no iba a ceder en ese aspecto—. Las consecuencias de no tomar las precauciones necesarias pueden…

Lo interrumpí de nuevo con un beso y detuve el impulso de su cuerpo con determinación echándome sobre él. Tanteé con una mano por las prendas desperdigadas en el suelo y, con algo de esfuerzo, di con lo que había guardado en el bolsillo del pantalón un rato antes.

—No hace falta… porque ya lo he cogido yo. Perdón por ser una fisgona —me disculpé ante su gesto de asombro—. Algo me dijo que tenía que hacerlo.

—¿Eso era lo que habías encontrado en el baño?

Asentí.

—¿Puedo? —No esperé su respuesta antes de abrir el envoltorio. Le pedí de nuevo permiso con la mirada y, cuando inspiró con fuerza, lo desenrollé sobre su erección.

Un sonido gutural le escapó de la garganta e hizo gala de su fuerza para cambiar nuestras posturas. Me despojó de la única prenda que nos separaba y nos movió para colocarse sobre mí, entre mis piernas.

Me observó con solemnidad antes de dar un paso más.

—¿Estás segura de esto?

—Muy segura.

—Bien.

—Sí, muy bien. —Sonreí, y la mueca se transformó en otra, mezcla de dolor y placer, cuando finalmente entró en mí.

Lo hizo despacio, dándome tiempo para que me adaptara a su envergadura y a las sensaciones que nos sobrepasaban. Una vez superada la impresión inicial, nuestros cuerpos se convirtieron en instrumentos afinados y comenzamos a componer la música más bonita que había escuchado en mi vida.

Cada contacto, cada roce, hacía resonar una nota en mi mente.

Al principio no fue más que una suave melodía acariciada a piano con delicadeza y precisión, como las primeras notas de una canción que apenas se insinúa en el aire, pero, conforme nos fuimos embebiendo de la necesidad del otro, el ritmo subió de intensidad, como en un crescendo apasionado que nos fusionó con su cadencia.

Los movimientos se volvieron más frenéticos y enérgicos, y la melodía se transformó en un allegro lleno de vitalidad y fervor, como si la misma música nos impulsara hacia arriba, hacia el placer más absoluto.

Al alcanzar juntos la cima lo sentí como si hubiéramos llegado al clímax de aquella sinfonía arrebatadora sin titubear.

Jamás había sentido algo así, una conexión tan profunda y significativa. Nunca.

Nos contemplamos sin aliento y, sin ser capaces de expresarnos con palabras, nos abrazamos en silencio con la chimenea de fondo.

Despertamos en la misma postura unas horas después.

Jaime me besó el hombro, me ajustó la manta sobre el cuerpo y se levantó para echar algún tronco más a la hoguera, que repiqueteaba con los últimos coletazos de un fuego casi extinto.

Y volvimos a fundirnos en un solo cuerpo una vez más. Sin juegos, sin palabras, con las miradas entrelazadas y el alma expuesta en su máxima desnudez.

Sin saber que el tiempo se nos estaba acabando mientras el amanecer comenzaba a teñir el horizonte.