16 – Ayuda
Quedarte como estás, sabiendo que no eres feliz, se llama cobardía
Cerré los ojos con fuerza cuando me sentí a salvo en el baño y solté el aire que había estado reteniendo.
Sí, parecía que las tornas habían cambiado y ahora era yo la que huía, pero prefería que Jaime pensara que tenía una necesidad fisiológica urgente e innegociable que enfrentarme a su intensa mirada y a la posibilidad de que me hubiera escuchado hablar con mi padre.
Además, así tendría tiempo para…
¿Para qué, realmente? No iba a servir de nada aquella pausa, tampoco era como si me pudiera quedar encerrada en el baño el resto del confinamiento para evitarlo. Porque no podía, ¿no?
Mientras luchaba por mantener la calma, las manos empezaron a movérseme solas y me encontré curioseando en los armarios y cajones del baño. No fui consciente de lo que hacía hasta que me topé con una caja de preservativos que me sacó de mi aturdimiento de golpe.
Miré la caja con curiosidad y algo de aprensión, como si aquel trozo de cartón azul con las palabras «xtralarge» en un tono más claro tuviera la respuesta a mis dudas.
«Thiago tiene un arma muy poderosa con la que hacerme perder el norte. Es enorme, Em».
Las palabras de mi hermana resonaron con fuerza en mi cabeza.
¿Sería esa caja de Thiago o lo del arma poderosa era herencia familiar y la tenían allí para necesidades comunes?
Negué, dejé la caja en su lugar y por un momento me sentí tentada a soltar una risa nerviosa.
No obstante, esa pequeña chispa de humor no duró mucho.
Me senté sobre la taza cerrada y desbloqueé el teléfono en un acto mecánico.
Observé la hora en la parte superior de la pantalla y fruncí el ceño ante la realidad de que hubiéramos pasado toda la tarde jugando.
Cada minuto a su lado parecía evaporarse como la nieve ante la fuerza del sol, tan rápido que apenas había tenido tiempo para saborear con gusto su compañía.
Y, cuando un correo electrónico de la aerolínea me recordó el vuelo de la tarde siguiente, el nudo en mi estómago se cerró un poco más.
Comencé a cuestionar mi actitud y ese intento por mantener oculta mi identidad real. ¿Qué más daba ya? Después de todo, lo único que en realidad me había cambiado era el nombre, pues hacía tiempo que había dejado de comportarme como Diana, ¿no?
¿Valía la pena revelar la verdad a esas alturas o era preferible seguir manteniendo la farsa hasta el final?
Pronto estaría de camino al aeropuerto y probablemente nunca volvería a verlo y…
Una extraña sensación de vacío se apoderó de mí cuando fui consciente de que, en efecto, esas eran mis últimas horas junto a Jaime y había dejado pasar varias oportunidades para hacer mejor las cosas sin aprovecharlas ni un poquito.
Mi naturaleza pacífica y mi deseo habitual de evitar conflictos me empujaban a mantener la mentira, sin embargo, una voz interior habló con más fuerza y me instó a que dijese la verdad, a que experimentase la sensación de liberación que traería consigo.
Sabía que enfrentarme a la realidad que me esperaba al otro lado de la puerta sería difícil, pero quizá era la única forma que tenía de liberarme de esa capa de confusión que sentía sobre mis hombros para vivir con autenticidad.
«¿No es eso lo que llevas tiempo anhelando?».
Algo se apoderó de mí. Una determinación repentina que me instó a que dejase de hacer el idiota y de evadirme de la realidad y que me espoleó para que cogiera el toro por los cuernos.
Fue como si un impulso interno me empujara a romper todas las barreras que me había impuesto a mí misma durante años.
Había llegado el momento de tomar una decisión por mí misma, sin consultarlo con mi hermana, y enfrentar las consecuencias, cualquiera que fuese el camino que eligiera.
Me puse en pie, respiré hondo y, antes de que la barrita de valentía sobre mi cabeza se llenase del todo y me hiciera reaccionar, unos golpecitos en la puerta detuvieron mi avance.
El sonido fue como un pinchazo en mi burbuja.
—¿Diana? —preguntó Jaime al otro lado de la madera, borrando de un plumazo la teoría de que hubiera escuchado la conversación telefónica. Tragué saliva, con la mente trabajando a toda velocidad y sin poder articular palabra—. ¿Todo bien?
«Vamos, díselo».
—No soy Diana.
Sin embargo, como la cobarde que era, acababa de tirar al retrete mi discurso mental al hablar en un tono tan bajo que fue imposible que él lo escuchase.
—He preparado algo para cenar —anunció, ajeno a la tormenta que había estallado en aquel baño.
—Voy.
Con la bilis subiendo por mi garganta, me armé de valor y giré despacio el picaporte. El corazón me latía con fuerza, como si estuviera a punto de dar un triple salto mortal para acabar saliéndome por la boca.
—¿Qué te ocurre? —me preguntó con el ceño fruncido.
«Que ya no puedo más. Que estoy harta de contenerme. Que me muero por perderme en tu boca y olvidarme de todo lo demás. Que me gustas, te necesito y esta maldita condena es el castigo a mis mentiras».
Por supuesto, no dije nada de eso en voz alta.
—Nada, ¿por?
—Estás muy pálida.
Supe que debía de estar mostrando más de lo que pretendía.
—No te preocup…
Su sonrisa socarrona detuvo mis palabras y disipó en parte el malestar de mi cuerpo y mi alma.
—Ibas a dejar que me preocupase libremente, ¿recuerdas? Venga, vamos. La cena se está enfriando.
—Claro —asentí, aunque el nudo en el estómago me impedía sentir otra cosa que no fuese un vértigo horrible—. Gracias por ocuparte.
—No esperes gran cosa, lo mío no es la cocina, a pesar de que mi abuela se empeñara en enseñarnos sus trucos culinarios cada verano en esta misma casa. —Dejó escapar una sonrisa tierna, y traté de devolverle el gesto.
—Seguro que no es para tanto.
Pero no tardé en descubrir que sí que lo era.
Jaime llevaba razón, la sopa de tomate que había hecho con alguna de las latas de la despensa estaba terriblemente sosa, además de tener un regusto amargo a quemado bastante desagradable.
Durante unos minutos, el sonido de las cucharas removiendo la sopa y alargando la agonía de la cena fue lo único que se escuchó en la cocina.
—No hace falta que te la comas —me dijo al ver cómo fruncía la nariz ante un nuevo intento por mi parte.
—Lo siento, el tomate es muy traicionero y se pega muy rápido. Es verdad que sabe un poco rara, pero no pasa nada.
—Sabe a rayos, no lo adornes.
Aguanté una sonrisa, y él removió una vez más el contenido de su cuenco. Terminé soltando una carcajada cuando su cara se frunció al llevarse a la boca una nueva cucharada.
—No hace falta que te la comas —repetí su discurso y alcancé mi segunda copa de vino tinto. La primera me la había bebido como si de agua se tratase, pues, ya que mi valentía parecía estar en horas bajas, consideré que no me vendría mal una ayudita.
Jaime me imitó, y ambos nos miramos sobre el borde del cristal mientras bebíamos. Sus ojos se achicaron algo más de lo habitual y supe que también estaba sonriendo.
Picoteamos juntos de una lata de aceitunas, y con cada sorbo que di al vino fui consciente de que el alcohol estaba haciendo su efecto de manera diligente, difuminando mis preocupaciones y dejándome más relajada.
El ambiente se llenó de una sensación cálida y reconfortante, como si estuviéramos envueltos en una bruma de complicidad etílica.
Al apurar la tercera copa el tiempo pareció perder su sentido. Cada risa, cada gesto, se volvió más vívido y liberador, más atrevido bajo la influencia del vino, como si me despojase de todas las inhibiciones y dejara que mi verdadero yo saliera a la luz.
Me sentía más ligera, más conectada con el presente y con Jaime.
Su sonrisa me pareció aún más atractiva; su discurso, más encantador, y la forma en la que me miró me resultó irresistible.
Sentí las mejillas arder, y de alguna forma supe que mi garganta y mi boca se habían aliado, pues decidieron actuar por libre y me instaron a hablar en contra de mi voluntad; estaba claro que esta se había ido de fiesta con mi sentido común.
—He encontrado algo en el baño que me ha hecho pensar —anuncié y una risita tonta se escapó de mis labios.
—Ah, ¿sí? —respondió Jaime con un brillo travieso en los ojos.
Asentí, jugando con la copa entre mis manos. Lo observé como si estuviera compartiendo con él un secreto de estado y de nosotros dependiera la supervivencia de la humanidad.
—Sí —confirmé y dejé que mi vista se deslizara por la suya de manera sugerente. Recé para que no se me volviese a trabar la lengua—. Ha sido algo que me ha hecho ver las cosas de una manera diferente. Como muy claras. Grandiosas… Sí, esa es la palabra exacta.
Jaime arqueó una ceja al captar el cambio de tono en la conversación, y yo me entretuve en rellenar su copa vacía mientras él me examinaba con curiosidad.
—¿Y qué fue lo que encontraste? —indagó y me pareció que su voz era más grave y pesada.
Acaricié el borde de mi copa con los dedos, dejando que estos bajasen por el delicado pie y rozaran la base de forma deliberada. Los ojos de Jaime no se perdieron ni un movimiento y, tras tragar un nuevo sorbo de su bebida, subió la mirada de forma lenta y tortuosa hasta encontrarse con la mía.
Curvé los labios en una sonrisa y me incliné hacia él, disfrutando del juego.
—Dime una cosa, ¿tienes a alguien en tu vida?
El brillo en sus pupilas se intensificó, la forma de observarme se volvió más penetrante y la curva que se formó en sus bonitos labios mientras sopesaba mi pregunta me noqueó.
Qué boca más bonita, Jesús.
—¿Te refieres a física o sentimentalmente?
—Ambas cosas, supongo. —Sonreí, sabiendo que estaba cayendo en mi propia trampa, y le hice un repaso visual nada disimulado—. Con lo inteligente y atractivo que eres no me extrañaría, la verdad.
Dejé que mi voz adquiriera un matiz más sugerente y le di gracias al alcohol y a la desesperación de mi cuerpo por no sentir vergüenza de mis propias palabras. Me recosté en la silla y disfruté sin preocuparme de nada más que de las sensaciones que me invadían y de él.
Jaime negó incrédulo y me dedicó una mueca traviesa, que, por supuesto, me tomé por el lado sexual. Carraspeé y me esforcé por seguir jugando a ese nuevo juego de insinuaciones que tanto me estaba fascinando.
—Qué interesante —murmuré con las pupilas fijas en su boca.
Mis pensamientos se volvieron cada vez más atrevidos y una oleada de calor me recorrió el cuerpo cuando pasó la lengua por su labio inferior.
—¿Sí?
Supe que mi excitación se podría palpar en el aire entre nosotros, aunque no fue el único sitio donde se notó, pues la mirada de Jaime se desvió hacia mi pecho y, al imitarlo, pude ver mis pezones marcados en la tela.
Lo siguiente que recuerdo fue el impacto de mi culo contra la encimera mientras las manos de él se movían por mi cuerpo y nuestras lenguas se enredaban la una en la otra en un baile frenético y ardiente.
—Estás muy fuerte —acerté a decir entre besos y gemidos.
Él gruñó en respuesta y me mordisqueó el cuello. Solté una risita al sentir las cosquillas de su rasurada barba contra la piel, aunque el sonido mutó a uno más pasional y entregado al sentir la humedad de su lengua.
—Esto es…
—¡Calla! —lo interrumpí y le asalté los labios para evitar que acabase la frase y la palabra «error» se hiciera grande y fuerte entre nosotros.
Aquel beso hizo que el mundo entero se desvaneciera, dejándonos atrapados en nuestro propio universo paralelo. Los labios de Jaime eran despiadados, pero a la vez los sentía suaves y cálidos contra los míos.
El calor entre nosotros se volvió sofocante y noté una corriente eléctrica recorrer cada centímetro de piel que Jaime acariciaba.
Le palpé el cuerpo con las manos con una urgencia evidente; las suyas exploraron cada curva y rincón del mío, como si ambos quisiéramos memorizar todos los detalles del otro antes de que el tiempo se nos acabase.
Le agarré el bajo de la sudadera y lo insté a despojarse de ella. Cuando lo hizo, nos miramos a los ojos con la respiración acelerada.
—Sé que esto está mal —susurró con una mezcla de pasión y culpa reflejada en la mirada.
La ansiedad regresó al escuchar sus palabras, sin embargo, mi deseo era demasiado fuerte a esas alturas como para ignorarlo.
—Jaime, no, por favor.
Rozó con el pulgar mi labio inferior.
—Estoy actuando como él y eso es algo que detesto. —Se acercó a mí y apoyó los labios en mi frente—. Pero es que no puedo más con esto que siento dentro.
—Olvídate de Diana, ¿vale? —Cerré los ojos—. Yo no soy ella, Jaime. Yo te deseo y siento todo este lío con tu hermano, de veras. Lamento mucho haberte hecho creer que…
Mi discurso se detuvo de inmediato cuando me agarró la cara, me miró a los ojos y me dio el beso más bonito que me habían dado en mi vida.
¿Cómo demonios iba a superar a Jaime Domènech Ventura?