15 – Interstellar
Y, de pronto, un cambio en el viento perturba el delicado equilibrio de un funambulista
La visión de Jaime, de espaldas a mí y frente a un viejo piano de pared, fue como un fogonazo de luz en medio de la penumbra que me aceleró los latidos del corazón.
Observé cómo sus gráciles dedos danzaban sobre las teclas con una destreza sobrenatural. La elegancia de su postura, así como la emoción en sus gestos, crearon una imagen que me hechizó sin remedio y casi fui capaz de ver el dibujo de la melodía a su alrededor.
Su entusiasmo y maestría parecían fluirle directamente del alma, mecía el cuerpo al ritmo de la música mientras cada nota resonaba en el aire dejando una estela de pureza, pero no fue hasta que vi sus pies descalzos sobre el suelo, que presionaban el pedal con una delicadeza reverente, que mi corazón dio un vuelco.
Su imagen, tan íntima y reveladora, me enamoró por completo.
La combinación de destreza técnica y pasión había creado una atmósfera mágica a nuestro alrededor y, cuando el último acorde resonó en el aire, una lágrima se me deslizó por la mejilla.
No pude contenerme más y, sin apartar la mirada de él, susurré:
—Precioso.
Jaime se giró sobresaltado, pero, al encontrarse con mi gesto conmovido, el suyo se suavizó.
No necesité más palabras para expresar lo que sentía y me pareció que él tampoco. La música ya lo había hecho por nosotros, sellando nuestro vínculo de una manera que trascendía cualquier lenguaje.
—Ven aquí.
¿Invitación? ¿Orden? Obedecí sin meditar lo que hacía y caminé hasta él mientras mantenía el contacto visual.
—No me dijiste que sabías tocar —lo regañé con suavidad cuando me senté en el filo del banco—. ¿Cuántas sorpresas más guardas?
Desvió la mirada y sonrió de una forma que me resultó fascinante, dejándome ver un hoyuelo que tuvo el poder de desarmarme por completo.
—¿Qué te apetece tocar? —preguntó con complicidad.
«A ti», pensé y sentí el rubor ascender a mis mejillas. Él pareció notar mi turbación.
—No sé…
—Vamos, seguro que conoces alguna. Adoras la música.
«Y comienzo a adorarte a ti».
—Una de Mario —respondí con rapidez y vi cómo fruncía el ceño en un intento por adivinar mi elección.
—¿Castelnuovo? —indagó y se giró hacia el piano para comenzar a probar algunos acordes. Unos segundos después, giró la cabeza hacia mí, y le devolví la mirada con las cejas alzadas—. ¿Concierto de Aranjuez en su versión para guitarra y piano?
Me mordí el labio superior conteniendo la risa. Él debió de darse cuenta del brillo de travesura que me cruzó los ojos, porque se detuvo y me observó con curiosidad. Fue entonces cuando ajusté la posición en el asiento, busqué las teclas precisas e hice sonar las reconocibles notas.
—Más bien este Mario.
La carcajada de Jaime resonó con fuerza y con una alegría contagiosa sobre la melodía.
—No puedes estar hablando en serio. ¿Mario Bross? —Asentí ensanchando la sonrisa y sin dejar de tocar.
Tuve que corregir varias notas, pues había pasado tiempo desde la última vez que había practicado. Mi vergüenza por no estar a su altura se mezcló con su risa incrédula al procesar lo poco convencional de mi elección.
—Tengo hermanos pequeños —me justifiqué y en un alarde de osadía le guiñé un ojo con lo que esperaba que fuese picardía—. ¿Te la sabes?
Él emitió un sonido gutural con la garganta, mitad gemido mitad gruñido, que me erizó la piel de los brazos.
Cuando se acercó a mí, supe que cada una de mis células estaba en alerta máxima, ya que, a pesar de la ropa que nos separaba, sentí el roce de su hombro contra el mío como si no hubiera ninguna barrera entre nosotros.
Cerré los ojos durante un instante y los abrí justo en el momento en el que él tanteaba algunos acordes.
—No pares, por favor —me susurró.
Esas palabras desencadenaron una reacción visceral en lo más profundo de mi ser y con dedos temblorosos continué pulsando las teclas.
Un momento después, Jaime se unió a la melodía, y lo hizo con la misma sensibilidad y maestría de antes, convirtiendo una ridícula canción de videojuegos en una composición mucho más enriquecida.
Los tonos altos y bajos se fusionaron en una danza armoniosa, mientras yo luchaba por mantener el ritmo y no perderme en los acordes más básicos.
Él añadió algunas florituras que revelaron su destreza y talento como pianista.
Ver sus dedos volar sobre el teclado, estirarse y curvarse, y saltar de nota en nota, me hizo perder el compás en más de una ocasión, pero Jaime consiguió que volviese a engancharme, sumergiéndome en la melodía como si se tratara de un hechizo.
La música fluyó entre nosotros, tejiendo un vínculo invisible. Y fue en aquel instante en el que supe que había descubierto algo extraordinario en él, algo que iba más allá de su apariencia, sus explicaciones detalladas o incluso su falta de palabras en determinados momentos.
Fue como si en aquel instante la música hubiera revelado una parte oculta de él que me gustó, pero que también me asustó por la magnitud de lo que aquello significaba.
Cuando llegamos al último acorde, nos quedamos en silencio, dejando que la vibración de la música se desvaneciera en el aire. Jaime tenía los ojos cerrados, y yo me encontré mirándolo atolondrada.
—Me encanta cómo tocas —confesé con suavidad.
—Gracias. —Su voz fue apenas audible.
Cuando se giró hacia mí, fijé los ojos en su boca y sentí mis pulsaciones desbocadas.
—A ti.
El tiempo pareció suspenderse a nuestro alrededor mientras luchaba por mantener la compostura.
Un segundo de silencio.
Dos.
Diez…
—La tormenta está remitiendo —anunció de repente.
Se echó hacia atrás e impuso una distancia física y emocional entre nosotros, lo que rompió el hechizo que nos envolvía.
Fue entonces cuando me di cuenta de lo cerca que estaba de él, de cómo mi cuerpo se había desplazado sin apenas ser consciente, y de que casi había perdido el control y me había dejado llevar por el impulso de mis emociones.
«¿Ibas a besarlo?», la pregunta resonó en mi mente con una fuerza arrolladora.
Sí, joder. Había estado a punto de hacerlo, de cruzar esa línea que parecía separarnos. Pero, una vez más, él me había frenado, devolviéndome a la cruda realidad de nuestra precaria situación.
—¿Sí? —murmuré en un intento por ocultar la decepción, aunque mi sonrisa no la pudo disimular por completo.
—Con un poco de suerte las carreteras abrirán pronto.
Tragué saliva y asentí. Trataba de mantener la compostura.
—Qué bien —respondí forzando una entonación alegre que no sentía en absoluto.
Jaime se puso en pie, yo suspiré y sentí su marcha antes incluso de que abandonara la habitación. Unos segundos después me lamenté, pues su presencia persistía a mi alrededor, como una sombra que se negaba a desaparecer; como la del fantasma del pasillo maldito que…
Me sobresalté cuando giré la cabeza y lo vi a mi lado, tendiéndome una mano desde las alturas.
—¿Te apetece una partida de ajedrez? —me propuso con una sonrisa conciliadora.
Y, aunque su oferta no podía borrar del todo mi desazón, me aferré a aquel gesto de paz y al hecho de que, pese a que era obvio que la situación le resultaba incómoda, por primera vez no se había alejado de mi lado.
El silencio que reinaba en la habitación tan solo se veía interrumpido por el suave roce de las piezas deslizándose sobre el tablero.
Llevábamos un par de horas jugando y el ambiente se había ido intensificando a cada minuto que pasaba.
Al principio me había hecho gracia el gesto solemne de Jaime y no me había tomado en serio la partida, pero poco a poco eso fue cambiando y no tardé en darme cuenta de que yo también me había contagiado de su competitividad.
Cada movimiento cuidadosamente calculado.
Cada contramovimiento, sopesado.
Aquello se había convertido en un desafío personal.
Sentía cómo la adrenalina fluía por mis venas y cómo mi mente trabajaba a toda velocidad, buscando la estrategia perfecta.
En ese momento la partida ya no era solo un juego, era un campo de batalla donde luchaba por defender mi valía y demostrarle que era merecedora de su admiración.
Sin embargo, no era solo ganar por ganar, se trataba de algo más profundo. Lo sentía como una forma de conexión, como si al vencerlo en el tablero estuviera ganando algo más, una parte de su ser que, de alguna forma, pudiera sentir como mía.
Y esa idea, aunque ilógica, me impulsó a luchar con más fuerza y a no ceder ni un solo centímetro.
Jaime carraspeó, y desvié la atención de las pocas piezas sobre el tablero.
Antes de poder preguntarle qué le ocurría, me di cuenta de que sus ojos estaban fijos en mi izquierda.
Seguí el curso de su mirada y noté que la pantalla de mi teléfono estaba iluminada y que las palabras «jefe supremo» parpadeaban en ella anunciando una llamada entrante.
—Quizá es algo importante —dijo Jaime con voz ronca.
—Sí —me excusé, levantándome—. Dame un momento, por favor.
Agarré el aparato y, atusándome el pelo, caminé por la habitación hasta girar en una de las esquinas. Necesitaba alejarme unos metros de Jaime, los justos para evitar que me escuchase.
—Hola —susurré al descolgar.
—¿Dónde estás? —soltó mi padre por todo saludo.
El jaleo al otro lado de la línea hizo que me separase el teléfono de la oreja unos centímetros—.
Tu hermano Bruno acaba de dejar aquí a Abril, Salva y Brunito, y te recuerdo que mamá y yo tenemos que salir ya si no queremos perder la reserva en el restaurante.
—Papá…
—Le dijiste a mamá que no tardarías y he tenido que cambiarme la camisa dos veces por el reflujo de tu sobrino.
Cerré los ojos, consternada, cayendo en la cuenta del error. Miré hacia atrás para asegurarme de que seguía sola.
—Papá, ha habido una confusión…
—Ni confusión ni leches, Diana. ¿Dónde demonios te has metido? —preguntó desesperado cuando el llanto de uno de los gemelos se intensificó.
—Papá, escúchame —rogué y recé por no tener que levantar más la voz para que pudiera entenderme—. Llama al móvil de Emma, ahí podrás…
—No, no, no —me interrumpió con vehemencia—.
No intentes colgarle el muerto a tu hermana otra vez.
Ya no te puedes escaquear de esto, te recuerdo que fuiste tú la que dijo que nos merecíamos una cena de San Valentín en condiciones y que te harías cargo de tus sobrinos.
Si no ibas a cumplir, no haber abierto la boca.
Que tu madre se me fuga a las Maldivas sin billete de vuelta como le diga que se cancelan los planes, Diana.
—Papá, ¡que soy Emma! —murmuré con más intensidad—. Diana y yo tenemos los teléfonos intercambiados y no estoy con ella. Tendrás que llamarla a mi móvil si quieres localizarla.
Tardó unos segundos en reaccionar.
—La voy a hacer papilla —masculló y su voz se entrecortó por los llantos de los niños. Cuando volvió a hablar, lo hizo con mucho más cariño—. Perdona, cielo. Tú no te preocupes por nada, ¿vale? Pásalo bien en tu fin de semana con las amigas y desconecta. ¡Te quiero!
Y, farfullando unas palabras más sobre lo que pensaba hacerle al cuello de mi gemela, finalizó la llamada.
Permanecí un instante frente al teléfono, procesando lo surrealista de la conversación. Negué con la cabeza, me guardé el aparato en el bolsillo trasero de los vaqueros y, resignada, me giré para volver al salón.
Di un respingo al doblar la esquina, al ver que Jaime se encontraba justo al otro lado mirándome fijamente.
El corazón se me aceleró al darme cuenta de su expresión.
¿Me habría oído hablar con mi padre? El miedo me paralizó ante la idea de que todo saliera a la luz de golpe y estropease lo poco que había entre nosotros.
Tragué saliva y traté de disimular mi nerviosismo mientras intentaba descifrar qué estaba pasando por su mente.
Sus ojos parecían penetrar en los míos, como si estuviera buscando respuestas que yo misma no sabía darle.
De lo que no era consciente era de que él mismo estaba librando su propia batalla mental y de que las cosas entre nosotros estaban a punto de dar un giro inesperado.
Un giro que iba a cambiarlo todo.