Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 14 – Frío y calor #2
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14 – Frío y calor #2

—Mi padre siempre nos hacía un muñeco de nieve cuando éramos pequeños, y mamá echaba a suertes quién le ponía la zanahoria en la nariz —explicó, y la nostalgia en sus ojos me encogió el corazón y me hizo sentir más cerca de él—. Thiago lloraba cuando no le tocaba a él.

Supe que esas palabras escondían todo un mundo.

—¿Y tú? ¿Qué hacías tú? —pregunté en un susurro, deseando conocer más de aquellos momentos que habían formado parte de su vida. Deseando conocerlo a él.

—Solía dejarlo ganar —dijo con serenidad, aunque en sus ojos brilló una complicada mezcla de emociones.

La confesión me conmovió y turbó a partes iguales.

La sinceridad en su voz y la vulnerabilidad de su mirada abrieron una ventana a su interior, y por un momento sentí que estaba más cerca de conocer al verdadero Jaime.

Fue tan solo un instante, pues la conexión se desvaneció rápidamente cuando él, como si se hubiera dado cuenta de que había entreabierto una rendija que daba paso a sus emociones, se giró y empezó a recoger la leña.

Aquel breve instante de intimidad se esfumó y nos dejó de nuevo en tierra de nadie.

—Jaime…

—¿Cuántos troncos crees que eres capaz de coger de una vez? —preguntó cambiando de tema—. Debemos terminar antes de que empiece a nevar de nuevo.

Asentí resignada al notar cómo alzaba de nuevo la barrera invisible entre nosotros. Me levanté, lo ayudé en silencio y traté de no darle importancia y concederle su espacio. Durante un rato estuvimos más callados de lo habitual, cada uno sumergido en sus propios pensamientos.

Cuando la electricidad regresó le propuse a Jaime volver al sótano para coger algunos juegos de mesa y me negué en redondo cuando él insinuó que podíamos quedarnos allí abajo a jugar, pues, a pesar de que aquella estancia no había resultado para nada como la imaginé la primera vez, no tenía ningún interés en quedarme de nuevo a oscuras y bajo tierra si la luz volvía a esfumarse.

A medida que pasábamos el resto de la mañana sumergidos en los juegos, noté cómo el ambiente se iba distendiendo poco a poco. La tensión inicial dio paso a una camaradería calmada y pronto me sentí mucho más relajada en su presencia.

Me sorprendió descubrir la habilidad estratégica de Jaime, pues cada jugada que hacía estaba calculada de forma cuidadosa, precisa, y era evidente que disfrutaba del desafío que le suponía.

Me gustó mucho más la forma en la que me observaba cuando era mi turno; seguía mis movimientos con atención y parecía disfrutar cada segundo que me pasaba analizando mis posibilidades.

Llegué a la conclusión de que, aunque no le gustaba perder, lo aceptaba con deportividad las pocas veces que me proclamé vencedora.

Por mi parte, confirmé que no me importaba ganar.

Prefería continuar con mi trabajo de hormiguita para conocerlo más a través de algo tan trivial como un juego.

Además, me encantaba recrearme en su expresión concentrada y en la manera en la que se mordía los labios cuando algún movimiento se le resistía.

Después de comer, Jaime insistió en que me fuera al sofá para relajarme mientras él se encargaba de recoger la cocina.

Me negué varias veces, argumentando que podíamos hacerlo más rápido si trabajábamos juntos, pero no tuve éxito en mi empresa.

Al final terminé obedeciendo, aunque no sin cierta resistencia.

No sé qué fue lo que pasó después. Tal vez fue el cansancio acumulado de la noche anterior o la tensión de la mañana, que comenzaba a hacer mella en mí, por lo que, en cuanto apoyé la cabeza en el mullido respaldo del sofá, me vi luchando contra el sueño y perdiendo la batalla.

Cuando desperté no supe si habían pasado horas o incluso días, solo que lo hice con un sonido suave y melódico que llenaba la casa. Era un eco que me resultaba familiar, pero nuevo a la vez y, al reconocerlo, una sonrisa se formó en mis labios de manera espontánea.

Me incorporé con lentitud, parpadeé varias veces, un poco desorientada, y miré alrededor.

Me levanté y traté de ubicar la fuente de aquel precioso arrullo, dejándome llevar por su magia mientras seguía los acordes con pasos silenciosos.

Los mismos pasos que me llevaron a una habitación de la planta baja que tenía la puerta cerrada.

Apoyé la sien y las manos en la madera, me concentré en sentir su cadencia durante un momento con los ojos cerrados y no tardé en reconocerla.

Pertenecía a la banda sonora de la película Interstellar , y lo supe con facilidad porque llevaba años obsesionada con su compositor, Hans Zimmer, justo desde que vi Gladiator por primera vez.

Sin embargo, lo que escuchaba en ese momento era diferente; el tinte épico de la versión original en nada se parecía a lo que sonaba allí dentro, ya que en esta nueva versión las notas no resultaban agresivas ni imponentes, sino suaves y delicadas, como si estuviesen siendo acariciadas y se fundieran con el aire.

La piel se me erizó ante tal muestra de sentimiento y me llené de una paz que hacía tiempo que no experimentaba.

Sin apenas darme cuenta, giré el pomo de la puerta y, al abrir y encontrarme con la escena que me aguardaba al otro lado, fui consciente de que mis peores temores acababan de hacerse realidad.

No iba a poder superar aquel fin de semana.