Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 14 – Frío y calor
36%

14 – Frío y calor

La música es el lenguaje que todos entendemos

Huir. Esa era la solución más sensata, la que él esperaba de mí. Alejarme de su lado y poner distancia antes de caer en la tentación de dejarme llevar por el hambre que me atormentaba. Aun así, me sentí consternada al tener que separarme de Jaime.

Para él yo continuaba siendo Diana, la novia de su hermano pequeño. La noche anterior me había dejado claro que traspasar la línea conmigo era uno de sus límites infranqueables, a pesar de estar al tanto de mis intenciones de cortar con Thiago.

Vale, había que admitir que era un gesto noble y que le honraba, pero aceptar esa realidad era doloroso incluso a nivel físico.

Así que, con todo el cuerpo encendido, descendí por las escaleras como alma que lleva el diablo y me encerré en mi habitación tan pronto como puse un pie en ella.

Respiré profundamente varias veces, tratando de recuperar la compostura.

¿Qué demonios había sucedido ahí arriba para ponerme de aquella manera?

Jaime no era el primer hombre desnudo que veía, y no solo me refería a los contados encuentros íntimos que había tenido, sino también a mis hermanos, Guillermo y Bruno, quienes no tenían reparos en mostrar su desnudez por casa, pues en el reparto de pudor e intimidad ellos debían de haberse quedado dormidos.

Por favor, si hasta me parecía a una de esas mujercitas virginales de las novelas románticas de época que solía leer.

Un amasijo de frustración, deseo y confusión se arremolinó dentro de mí mientras intentaba serenarme y, consciente de que mis ejercicios de respiración no estaban surtiendo efecto, me acerqué a la maleta.

No me esforcé demasiado en buscar en ella, ya sabía lo que iba a encontrar, así que me limité a coger la ropa interior y asalté de nuevo el armario de mi supuesto novio.

Con un poco de suerte esa vez no le robaría la ropa al hermano equivocado.

Apoyé la oreja en la puerta para tratar de captar el sonido exterior y no escuché nada. ¿Estaría Jaime todavía arriba o habría bajado ya? Crucé los dedos para que fuese lo segundo, pues no quería encontrármelo de nuevo, al menos no antes de que la ducha fría calmase mis nervios.

Tuve suerte, ya que el pasillo estaba desierto, así que no perdí un segundo en cruzarlo y meterme en el baño. Una vez que eché el seguro, encendí la ducha y comencé a desvestirme.

Al llegar a mi ropa interior, observé atónita la mancha oscura que se dibujaba en la tela y me llevé la mano a la entrepierna. Mi cuerpo sufrió un espasmo cuando tomé contacto con la humedad que la cubría y las caderas se me movieron solas hacia delante en busca de una mayor fricción.

Gemí al rozar el punto más sensible, y el sonido resonó en la estancia demasiado alto y solitario. La frustración y el miedo a ser descubierta me hicieron dejar de acariciarme y apoyar las manos en el lavabo para tratar de recuperar la respiración.

Al elevar la cabeza, unos segundos después, mi propio reflejo en el espejo me hizo fruncir el ceño y acercarme un poco más a él.

La máscara de pestañas, que había resistido mi sueño inquieto y la mudanza de madrugada, ahora se me extendía bajo los ojos, dándome un aspecto de oso panda que estaba bastante lejos de resultar atractivo.

Tenía el pelo enmarañado y despeinado, como si la tormenta se hubiera pasado por mi cabeza mientras dormía, además de una mirada de lunática salida y perturbada que coronaba mi aspecto desaliñado.

—Jesús —murmuré para mí misma—. Qué pintas…

Mojé un poco de papel higiénico y traté de limpiar el desastre con ello, sin embargo, por más que lo intenté, solo logré empeorarlo. Suspiré, decidí dejarlo estar de momento y, armándome de valor, me terminé de desvestir y me metí en la ducha.

La potencia del agua embistió contra mi cuerpo con la fuerza de un millar de agujas heladas, y tuve que morderme el labio para contener un grito. Los párpados se me cerraron instintivamente, como si así pudiera protegerme del frío, pero, por supuesto, la sensación de dolor y desagrado no se fue.

Noté la piel erizada al extremo, como si cada poro se estuviera rebelando contra la experiencia, un temblor incontrolable me sacudió de pies a cabeza y los dientes me empezaron a castañetear con violencia.

Todas esas respuestas involuntarias de mi cuerpo chillaban en protesta, pero me aferré a la idea de que necesitaba aquello.

Necesitaba aquel dolor intenso en las palmas de las manos, fruto de clavar las uñas con fuerza al cerrarlas en sendos puños, necesitaba concentrarme en el entumecimiento que se extendía gradualmente por mi cuerpo, esa insensibilidad de no poder distinguir entre el frío del agua y el frío del ambiente.

Necesitaba concentrarme en otra cosa que no fuera mi deseo casi doloroso, y encontré en el agua helada, que me atacaba sin piedad, mi mejor aliada, pues, cuando salí del baño tiritando y con la piel enrojecida, fui consciente de que la ducha había cumplido su labor de distraerme de mis pensamientos.

Aunque aún sentía el eco de mi anhelo insatisfecho, al menos por un momento mi atención se había desviado.

Al entrar de nuevo en la habitación para dejar la ropa sucia, di varios saltitos sobre mis pies en un intento desesperado por entrar en calor.

Al acabar, eché un vistazo al teléfono en el que comprobé que mi hermana no había leído mi mensaje de la noche anterior y me senté en la cama.

Froté la mano libre en el pantalón para tratar de revivirla e intenté localizar a Diana una vez más sin éxito, por lo que le mandé una nota de voz para preguntarle dónde se había metido y pedirle que, por favor, diese señales de vida.

Cuando le di a enviar, vi varias llamadas perdidas de Thiago y unos cuantos mensajes.

Los leí por encima y evité descargar una foto que me había mandado la noche anterior, por miedo a que revelase más de lo que mi mente necesitaba almacenar.

Le contesté con una escueta explicación sobre por qué no le había respondido antes, echándole toda la culpa a la tormenta y a la falta de electricidad, y obviando la encefalopatía [6] galopante que estaba sufriendo a cuenta del atractivo de su hermano, por supuesto.

Dejé de nuevo el teléfono en la mesilla, utilicé mi aliento para calentarme los dedos entumecidos y me infundí ánimos para salir de la habitación y bajar.

Me dije que debía recuperar la normalidad con Jaime, y el discurso mental mientras descendía debió de servir para algo porque mi sonrisa casi parecía natural cuando entré en la cocina.

El olor a café recién hecho fue mi único recibimiento.

La estancia se encontraba vacía, por lo que mis ojos se concentraron en la cafetera italiana de color negro que había sobre los fogones.

Me acerqué y vi que estaba dispuesta y lista, con café humeante dentro preparado para servir.

A su lado, en la encimera, había una taza colocada con precisión, una cucharilla descansando a su lado, un cuenco con azúcar y una servilleta doblada con esmero.

Sonreí ante semejante muestra de meticulosidad, y una sensación cálida y reconfortante se apoderó de mí, como si el gesto de Jaime fuera su manera de decirme que todo estaba bien entre nosotros, a pesar de la tensión de la mañana, de lo que había ocurrido sobre el sofá y de su rechazo.

Se me apretó el nudo de la garganta mientras terminaba de servirme mi bebida.

Me senté a la mesa y me llevé la taza a los labios, dejando que el aroma y el amargor reconfortante del café me llenara los sentidos y que su calor me consolara. La claridad se filtraba por las cortinas entreabiertas y, con un suspiro, me permití disfrutar de aquel momento de paz.

—¿Qué tal la ducha? —La voz de Jaime me sacó de mis pensamientos y la espalda se me tensó de manera inevitable.

«Un martirio. Agónica. Un verdadero calvario».

Cerré los ojos durante unos segundos, tratando de recobrar la compostura, y me esforcé por sonreírle con naturalidad cuando me giré en su dirección.

—Vigorizante —respondí repitiendo sus propias palabras.

Él negó con una sonrisa.

—¿Aún caliente? —preguntó, y tragué saliva al sentir cómo se agitaban mis pensamientos.

Otra vez no, por Dios.

—¿Ca… Caliente? —balbuceé, alterada.

—El café. Lo preparé hace un rato.

Se sentó frente a mí, y rehuí su mirada, buscando refugio en mi bebida, pero su presencia me resultó imposible de ignorar.

—Sí. Muy bueno. Caliente. En su punto. —Me obligué a callar.

Varios segundos de silencio después, dijo:

—Necesitaba entrar en calor y he estado cortando más leña.

Ya sabes, el ejercicio hace que nuestro cuerpo se termorregule para mantener una temperatura interna dentro de un rango seguro y…

—Detuvo la explicación, y estuve segura de que había malinterpretado mi respiración profunda ante la idea que se me cruzó por la mente y que nos incluía a los dos haciendo toda clase de ejercicios horizontales—.

Creo que podríamos aprovechar que ha dejado de nevar fuerte para meterla dentro. ¿Te apetece?

«Entrar en calor», «temperatura interna», «meterla dentro». ¿De verdad no se daba cuenta de que aquello era una maldita tortura?

Todo lo que pude hacer fue asentir con la cabeza y tratar de ocultar mi incomodidad bajo una fachada de tranquilidad. Siendo sincera, si me hubiese pedido que lo acompañara a ordeñar a un ñu del Serengueti, también habría aceptado, la verdad.

Di un último sorbo a mi café y lo seguí fuera y, aunque intenté no mirarle el trasero en movimiento ni recordar cómo lucía desnudo un rato antes, fracasé de manera estrepitosa.

Era un hecho, necesitaba airear la mente y, como no pensaba darme una segunda ducha fría, me agaché para coger un poco de nieve con la mano y me concentré en su tacto helado.

Estuve a punto de hundir la cara en ella, incluso fui capaz de imaginar el chisporroteo de vapor que emitiría al contacto con mi piel ardiente; sin embargo, al alzar la mirada me cautivó la expresión de Jaime, que me observaba con una preciosa sonrisa.

Le devolví el gesto, hipnotizada.