13 – Venus
A la frase «te deseo buenos días» le falta una coma
La claridad que se colaba por la ventana me despertó y, parpadeando un par de veces, intenté ubicarme.
Al moverme, una incómoda y pegajosa sensación en la comisura derecha de los labios y parte de la barbilla me hizo ser consciente de que tenía restos de mi propia saliva.
Justo entonces recordé mi excursión al salón de la noche anterior y me senté sobre la cama improvisada a la vez que trataba de limpiarme con un disimulo innecesario, pues no tardé en darme cuenta de que estaba sola en el salón.
—Maravilloso —susurré al pensar en la visión que le habría regalado a Jaime al despertar.
Me llevé los dedos al pelo y lo coloqué como pude, intentando domar los rebeldes mechones que se resistían a volver a su lugar. De ahí pasé a los ojos, que froté con intención para despejarlos del letargo del sueño.
Necesitaba lavarme la cara, así que me levanté y, mientras el frío del suelo traspasaba mis calcetines, me acerqué a la ventana y moví la cortina para revelar el panorama exterior.
Seguía nevando, pero el cielo lucía más claro, como si la tormenta hubiera perdido algo de la furia del día anterior, que prácticamente había sepultado la terraza delantera bajo un manto blanco.
Algunos objetos apenas eran reconocibles por la gruesa capa de nieve que los cubría, mientras que otros, los más grandes, sobresalían como pequeñas islas en medio de un océano devastador.
Solté la tela de la cortina y me giré.
Un paquete de galletas sobre la mesita auxiliar llamó mi atención. Hasta ese momento no fui consciente del hambre que sentía, pero mi cuerpo se encargó de dejármelo claro cuando el estómago me gruñó con insistencia.
Me acerqué y tomé varias de ellas. El crujido al morderlas llenó la estancia, y durante un segundo cerré los ojos, disfrutando de su sabor dulce y reconfortante, al mismo tiempo que un pequeño gemido escapaba de mi garganta.
De algún modo, mi mente unió ese sonido a Jaime y caí en la cuenta de que lo más probable era que eso hubiese sido su cena.
Jaime…
¿Dónde estaría? Repasé con la mirada todo a mi alrededor mientras daba un nuevo bocado, dejando que mis pensamientos vagaran hacia él.
Al observar el sofá, el recuerdo del beso que compartimos allí mismo emergió con fuerza, llenándome de una mezcla de sensaciones, porque aquel acto tan satisfactorio había complicado aún más las cosas entre nosotros, y no sabía en qué punto nos encontrábamos en nuestra extraña relación.
Decidida a dar con él, recorrí la planta baja en busca de cualquier indicio de su presencia, pero no tuve éxito.
La urgencia de encontrarlo y asegurarme de que todo estaba bien me impulsó a subir las escaleras con determinación, pero al llegar al descansillo del último piso me detuve de forma abrupta.
La puerta de la habitación de Jaime estaba entreabierta, y el sonido que salía de su interior me dejó claro que se encontraba dentro.
Con una sonrisa de anticipación, y un nerviosismo palpable en el estómago, me acerqué como a cámara lenta, y la respiración se me quedó atascada a medio camino de los pulmones cuando mi aturdido cerebro registró la escena que se desarrollaba ante mí.
Pese a que la estancia estaba sumida en penumbra, pues las contraventanas continuaban cerradas y apenas permitían el paso de la luz, el tenue resplandor que se filtraba por la rendija de la puerta fue suficiente para desvelar la figura de Jaime.
La figura de Jaime.
A los pies de la cama.
Secándose vigorosamente con una toalla y como su madre lo trajo al mundo, para ser más exacta.
«Santa María, madre de Dios».
Allí estaba él, tan vulnerable y expuesto como un guerrero en reposo, con los músculos de la espalda marcándose con cada movimiento y delineando su forma atlética y elegante.
Y desnudo.
Repito: total y absolutamente desnudo.
Me permití acariciarle la espalda con los ojos, seguí el contorno de su cuerpo desde la nuca y descendí por la depresión que le formaba la columna.
Cada músculo y cada curva se grabó en mi mente con una claridad asombrosa, y fue como si pudiera sentir la textura de su piel clara bajo la yema de mis dedos, aunque en realidad estuviéramos a metros de distancia.
Me quedé sin aliento al llegar al trasero. Aquella montaña redondeada y prieta me resultó irresistiblemente sensual, y una oleada de deseo me recorrió de pies a cabeza haciendo que mojase la ropa interior.
¿Quién hubiera dicho que me gustaban tanto los culos?
Tragué saliva con dificultad y subí la vista.
Necesitaba concentrarme en algo más seguro, así que me enfoqué en el par de hoyuelos al final de su espalda mientras trataba de calmar la respiración; sin embargo, resultó aún peor, porque encontré en esas pequeñas marcas una invitación silenciosa a acercarme y pasar mi lengua por ellas.
Estaba perdida. Sabía que, si seguía observándolo y recreándome en su figura definida, apetecible y tersa, estaría cavando mi propia tumba de hambre carnal, además de estar haciendo algo del todo incorrecto y para nada educado, claro.
Pero, por más que lo intenté, no encontré la fuerza necesaria para dejar de hacerlo.
Tan sencillo como que no pude apartar la mirada.
Estaba hipnotizada por su magnetismo y paralizada en el umbral de la puerta.
Apoyé una mano en el dintel de madera, no solo para sostenerme, sino también para intentar contrarrestar la sensación abrumadora de que la casa se estaba encogiendo a mi alrededor.
Me di cuenta en ese instante de lo vulnerable que era en realidad al deseo sexual, a pesar de haberlo negado en el pasado; a pesar de no haberlo sentido jamás con tal intensidad.
Además, fui consciente de la fragilidad de nuestra conexión, que parecía suspendida en el aire por un hilo invisible que podía romperse en cualquier momento.
Sin embargo, al mismo tiempo también sentía su fuerza y poder o, al menos, lo potente que podría llegar a ser si ambos nos dejábamos llevar.
La atmósfera se había vuelto tan íntima y lujuriosa que temí no poder soportarlo sin volverme loca, así que cuando se enfundó la ropa interior y no perdió un segundo en cubrir sus gloriosas piernas con los pantalones, probablemente por el frío que debía de hacer en la habitación, pude reunir la fuerza necesaria para apartar la mirada y girarme.
¿Qué sería de mí si me dejaba llevar por aquella necesidad y él me correspondía?
—Señor… —susurré estremeciéndome de anticipación.
Dejé caer el peso de mi cuerpo contra la pared y cerré los ojos con fuerza, como si así pudiera bloquear el torrente de sensaciones que amenazaban con inundarme por completo y que me hicieron apretar los muslos uno contra el otro.
El zumbido constante de la sangre en mis oídos resonó como un eco de mis propios latidos acelerados y marcó el compás de mi respiración agitada.
Incluso con los párpados sellados pude sentir el calor que se filtraba a través de mi piel y serpenteaba hasta colarse por la puerta de la habitación en dirección a él, como ríos de lava ardiente compuestos de puro deseo insatisfecho.
Era un hecho, mi cuerpo estaba sensible hasta el extremo, me encontraba al límite como nunca antes y supe que, si continuaba comprimiendo las piernas, la costura del vaquero obraría un pequeño, pero poderoso, milagro.
Fue así, con los labios entreabiertos y la respiración errática, como me encontró Jaime unos segundos después.
—Hola —me saludó con asombro. Yo abrí los ojos y detuve el leve vaivén de mis piernas de inmediato. Conté hasta tres antes de que él reaccionara y terminase de meter el brazo que le quedaba por la sudadera—. ¿Estás bien?
—Sí.
«A punto de tener un orgasmo, pero todo bien, ya ves».
Me mordí el labio cuando una gota le cayó del pelo y se coló por la abertura del cuello de la prenda. Quise capturarla con mi lengua, por intrépida.
Solté un pequeño gemido sin poder contenerme y recé para que no me hubiera escuchado.
—¿Has subido corriendo? —Negué con la cabeza—. Estás muy roja. ¿Te has asustado al irse de nuevo la electricidad?
Ah, ¿no había luz? No me había dado cuenta.
Negué de nuevo e inspiré hondo antes de hablar.
—¿Te has duchado?
Él sonrió y se pasó la mano por el flequillo, y me quedé aturdida con la mirada clavada en sus labios, esos mismos labios que él me negó la última vez que se me había ocurrido lanzarme a su boca, alegando que no podíamos hacer algo así.
—Sí, y justo el termo eléctrico ha dejado de funcionar cuando estaba lleno de jabón. —Compuso una mueca de dolor, y traté de formar algo parecido a una sonrisa. Señor, qué tortura—. Los últimos minutos han sido muy vigorizantes.
«Seguro que no tanto como estar al borde del orgasmo con solo mirarte el culo».
«¿Diana? ¿Eres tú?».
Fruncí el ceño cuando fui consciente de que ese comentario silencioso había salido de mi propio cerebro. Mierda, me había metido tanto en el papel de mi hermana que ahora estaba igual de salida que ella y acababa de entender el verdadero significado de «ser de almeja fácil».
—Vaya.
«Bien, Emma. Bien. De esta te dan el premio honorífico a la inteligencia humana».
—¿Has dormido bien? —indagó con una mueca culpable. Quise destrozarle la boca a besos—. Suelo moverme mucho.
Le resté importancia con un movimiento de cabeza y luché por mantener la compostura mientras su sonrisa me desarmaba.
—Ha sido increíble. —Abrí los ojos hasta que casi se salieron de las cuencas—. Quiero decir que ha sido increíble que no te hayas movido apenas. He dormido bien. Sí. Muy bien. Y caliente. Mucho. Por eso bajé al salón, claro. Buscando el calor. De la chimenea, por supuesto. ¿Y tú?
La barbilla le tembló y deduje que estaba conteniendo la risa.
Dios, parecía patética.
—Bien.
—Genial.
—Sí, estupendo —confirmó.
Me tendió la mano y la observé unos segundos antes de agarrarla con una mueca de confusión. Su risa espontánea resonó por toda la escalera.
—¿Qué…?
—Lo siento —se excusó, azorado—. Pensé que igual no te importaría compartir tus galletas. Tengo hambre.
Me sentí idiota. Él pidiéndome de comer, y yo dándole la mano como una niña pequeña. Confirmado: no «parecía» patética, «era» patética.
Jaime impidió que me soltase de su agarre y, al mirarlo, lo vi abrir la boca. Maldición, me estaba invitando a que le diera de comer. Yo. De mi mano.
—¿En serio?
Asintió y, al acercarle la galleta, el instinto más básico de supervivencia me hizo temer por la integridad de mis dedos si él los mordía.
Aunque, pensándolo mejor, quizá no sería tan horrible que me atrapase un dedo con los labios, lo mojase al pasar la lengua para limpiarlo y…
—Gracias —masculló con la boca ocupada.
Retiré la mano antes de cometer la locura de llevarla hacia su nuca y fundirme con él hasta no dejar ni una sola miga.
Sonreí inquieta y rompí el contacto visual, pues, al moverme, el roce de la tela contra mi pecho me hizo caer en la cuenta de que no llevaba sujetador.
El recuerdo de haberlo guardado bajo la almohada de Jaime en algún momento de la noche, y la forma en la que él desvió la mirada hasta toparse con lo que, sin duda, sería la evidencia de mis pezones erguidos contra la sudadera, fue más de lo que pude soportar.
—Creo que yo también tomaré una ducha.
Me miró confundido.
—No hay agua caliente —me recordó.
—Correré el riesgo de congelarme —murmuré respirando con fuerza y recuperé mi mano para comenzar a bajar las escaleras—. La necesito.
«Y correrte, eso también lo necesitas de manera urgente», añadió, esta vez sí, la voz de mi hermana en mi cabeza.
Tuve que darle la razón, por supuesto.