Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 12 – Distancia
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12 – Distancia

A veces el caos que más temes es lo único que puede poner tu mundo en orden

Un cosquilleo me hizo removerme inquieta. Una chispa juguetona saltó entre nosotros y terminó deslizándose a través de nuestras bocas, adoptando la forma de una corriente de energía que me cruzó la columna vertebral de arriba abajo.

La descarga que siguió tras su paso me hizo sentir viva de una manera completamente nueva.

Despertó una necesidad que había yacido dormida dentro de mí durante mucho tiempo y que me había hecho cuestionarme, en más de una ocasión, si no habría algo mal en mí por no sentir una necesidad real de intimar con ningún chico.

Pero bastó un solo beso para disipar todas esas dudas.

Cuando los labios de Jaime se movieron suaves y húmedos contra los míos, todos mis sentidos se intensificaron.

Gemí al probar el sutil sabor de su boca y, al igual que ya me había ocurrido con su olor, la combinación de excitación y ternura que emanaba de él me embriagó por completo.

Con los ojos cerrados, dejé escapar una respiración entrecortada cuando su mano se deslizó por mi cuello y se hundió en el nacimiento de mi pelo. Y aquel simple, pero eficaz, gesto me hizo arder.

El fuego que había permanecido apagado durante años estalló con una fuerza arrolladora, como si todas esas brasas, ocultas bajo montones de ceniza, finalmente encontraran la chispa que las prendiera.

Nuestras respiraciones se colaron en la boca del otro mientras me acercaba a él y, sin pensar en nada más, me puse a horcajadas sobre su cuerpo sin apoyarme del todo.

Jaime me agarró la cintura con un brillo febril en los ojos, y nos contemplamos unos segundos antes de no poder soportarlo más. Lo atraje hacia mí tirando de su cabello, y nos besamos de nuevo.

No tardé demasiado en necesitar más, por lo que deslicé la boca por su mandíbula, donde le prodigué pequeños besos que alterné con la presión de mis dientes al morderle con sutileza.

—¿Vas a cortar con Thiago? —preguntó con la voz entrecortada en lo que yo me entretenía en su cuello.

—Sí —resumí sin ser capaz de añadir nada más.

Gimió cuando me concentré en el lóbulo de su oreja.

—No deberíamos continuar —dijo, pero desmintió su discurso al girar la cara y buscar de nuevo mis labios.

No fui capaz de rebatir sus palabras ni de pensar en nada más que en esa necesidad casi dolorosa que sentía de él en la unión entre mis muslos. Abrí un poco más las piernas para cambiar el apoyo de mis rodillas, cargándolo a él con mi peso, y moví las caderas de forma lenta sobre su duro cuerpo.

Jaime me mordió el labio en respuesta, por lo que repetí el movimiento con algo más de intención.

Su cuello se arqueó hacia atrás hasta chocar con el borde del sofá.

—Joder —farfulló con la voz entrecortada.

—¿Estás bien? —pregunté en medio de la embriaguez.

Me contoneé sobre él una vez más, y el brillo en sus ojos respondió por él. Sin embargo, la magia se desvaneció tan rápido como había surgido cuando un fogonazo de luz nos cegó al regresar la electricidad.

Parpadeé para salir del trance y lo vi retirarse con un gesto confundido; casi era capaz de ver la lucha interna que se libraba en su mente.

—No podemos hacerlo —murmuró con la voz cargada de pesar.

Fruncí el ceño al notar el repentino cambio en la tensión de su cuerpo.

—Jaime…

—Eres la novia de mi hermano, Diana —dijo, se movió debajo de mí, apartándome con calma, y se levantó.

El gesto me cayó sobre el cuerpo como un jarro de agua fría, al igual que la mención de aquel nombre que tanto me atormentaba.

Odié que me llamara así.

Lo observé con atención mientras se apartaba.

Dio un par de pasos antes de detenerse y hundir los hombros, lo que me hizo sentir fatal.

Sabía que tenía que contarle la verdad sobre mí, tratar de aclarar todo aquel embrollo y esperar que lo entendiese, sin embargo, el miedo me paralizó.

Me dije a mí misma que debía contenerme y hablar primero con mi hermana.

Jaime, de espaldas a mí, se pasó las manos por la cara y su gesto lleno de angustia me golpeó en lo más profundo. Me sentí culpable por no saber cómo manejar la situación, por no encontrar las palabras adecuadas para calmarlo.

Me puse en su lugar y fui consciente de los límites que creía que estábamos cruzando. Aun así, en ese momento, en medio de toda aquella intensidad, me resultó difícil pensar con claridad.

Me aferré al sofá mientras me levantaba, tratando de seguir su ejemplo.

—Jaime…

Cuando se giró hacia mí, sus ojos se encontraron con los míos. Había algo en su mirada, algo que se podía palpar pese a la distancia: deseo, pero también temor y preocupación.

No supe qué vio en los míos, pero sus siguientes palabras rompieron un poquito más mi corazón.

—Por favor.

Me mordí el labio inferior, luchando contra el impulso de correr hacia él y abrazarlo, de tranquilizarlo y decirle que olvidase lo que había ocurrido si eso era lo que quería.

Sin embargo, sabía que mi contacto no era lo que necesitaba.

Si lo presionaba más, si insistía en algo que estaba claro que lo trastornaba, iba a salir huyendo para alejarse de mí y de todo lo que conllevaba mi cercanía, y eso era lo último que quería.

—Está bien.

Desvió la vista hacia algún punto a mi espalda.

—Dijiste que si algo se volvía demasiado intenso, y yo necesitaba… —se excusó y me miró sin poder terminar la frase.

—Lo sé —respondí con un nudo en la garganta y retrocedí un paso.

—Lo siento, Diana.

Otro desgarro más en mi corazón.

—Yo también. —Contuve el impulso de decir «no te preocupes»—. Subiré a hacer una llamada.

Asintió en silencio, y yo me alejé.

No supe qué otra cosa hacer para concederle espacio y evitar que huyera, más allá de ser yo quien se marchara.

Subí las escaleras, abrumada por las emociones. El desorden en mi mente era tal que no presté atención al hecho de estar subiendo sola ni al recorrido por el pasillo que había temido las veces anteriores.

En aquel momento, el fantasma que me preocupaba era de otro tipo. No del que salía de los cuadros o acechaba en la oscuridad, sino del que encogía las entrañas al hacerme saber que, si no actuaba pronto, podría perder algo valioso.

Caminé hasta la habitación de Thiago, encendí la luz y me encerré con un suspiro.

—¿Qué demonios estás haciendo, Emma? —me pregunté con la mente aún turbada.

Avancé hasta la cama y me senté. El peso del teléfono sobre la mano me alteró y permanecí observando la pantalla negra un buen rato. Cuando reuní el valor suficiente para desbloquearlo, y realizar la llamada que lo cambiaría todo, me di cuenta, con frustración, de que no había cobertura.

Me dejé caer con fuerza hacia atrás en el colchón.

Eché de menos tener allí a mi hermana, pues Diana, aunque pudiese resultar molesta hasta límites insospechados, era mi gemela, mi otra mitad.

Era la persona que siempre había estado a mi lado y a la que acudía cuando no soportaba mis propios sentimientos.

Vale, también era la más irritante y la que, con su egoísmo, me había llevado a encontrarme en aquella tesitura, todo había que decirlo, pero, a pesar de nuestras diferencias y de su carácter arrollador, admiraba su valentía y su determinación.

Giré el cuello y me quedé mirando la puerta cerrada.

No tardé demasiado en darme cuenta de que era incapaz de reunir el coraje suficiente para salir y buscar a Jaime. No tenía fuerza para afrontar nada que no fuese sumergirme en mi propia miseria y en esa horrible incertidumbre que me apretaba el corazón.

Aquello sería el final de una estrofa, uno abrupto que pausaba la canción justo antes de la mejor parte.

Me llevé el brazo a la cara y cerré los ojos, anhelando escapar de todo. El peso del cansancio y la confusión me envolvió, arrastrándome hacia un abismo reconfortante, y no tardé demasiado en quedarme dormida.

Me sobresalté al despertar un par de horas después, aún envuelta en la nebulosa de un sueño intranquilo.

Las imágenes se desvanecieron lentas, dejando un regusto amargo en mi mente.

Besos con Jaime; la figura desnuda de mi hermana, que reía al lado de Thiago; la nieve, que caía con fuerza, sepultándonos junto a la casa…

Todo se mezclaba en una danza caótica y confusa.

Capté el sonido de la tormenta de fondo, como un eco lejano de mi realidad.

Los truenos retumbaban en la distancia, y el viento azotaba las copas de los árboles del jardín.

Entonces, una sensación más física y terrenal me sacudió del letargo.

Un roce sutil sobre mi brazo que me despertó por completo, provocándome que se me erizara la piel y se agudizaran mis sentidos.

Con el corazón latiendo con fuerza, me armé de valor y abrí los ojos, temerosa de lo que podría encontrarme al enfocar la vista. La habitación estaba envuelta en la oscuridad de la noche, y mis miedos se acrecentaron cuando me di cuenta de que allí, aparentemente, no había nadie más.

También me fijé en otros detalles, como que la luz estaba apagada, a pesar de que recordaba haberme dormido con ella encendida, o que la manta del salón había llegado hasta la primera planta y ahora cubría mi cuerpo.

—¿Jaime? —murmuré con voz trémula. No recibí respuesta—. Mierda…

Había algo en el aire, una corriente eléctrica que me hizo estremecer y desviar la vista hasta la puerta.

También recordaba haberla cerrado al entrar, aunque ahora estaba entreabierta, y por el hueco creí vislumbrar una sombra.

Fue un movimiento fugaz que desapareció antes de que pudiera enfocar la mirada en él, pero que hizo que mi respiración se entrecortase.

El frío de la habitación me caló hasta los huesos, un escalofrío me recorrió la espalda al salir de la cama y me ajusté la manta sobre los hombros.

Mi primer impulso fue subir a la carrera las escaleras hasta la planta alta, sin embargo, al presionar el interruptor de la luz y ser consciente de que, de nuevo, no había electricidad, titubeé.

La tormenta rugía afuera y agradecí que casi eclipsara cualquier otro sonido; aun así, un ronquido llegó hasta mis oídos desde la dirección contraria y ese rugido tan humano me pareció música celestial.

Me asomé a la planta baja, lugar del que provenía el ruido, y el resplandor de la chimenea, junto con una respiración profunda, guio mis pasos hasta el salón.

Al llegar al sofá, descubrí con sorpresa que Jaime se encontraba dormido en un colchón sobre el suelo, frente a la chimenea.

La visión de su rostro templado y tranquilo, y la forma en la que su cuerpo se estiraba hasta casi ocupar toda la superficie de la cama improvisada, me hicieron sonreír.

Bordeé el sofá y me acerqué con pasos ligeros y silenciosos, pues temía perturbar el sueño tan profundo en el que parecía estar sumido.

Sin hacer ruido, me agaché y me deslicé hasta colocarme en un pequeño espacio libre en una esquina y me permití un momento para contemplar su rostro con ternura antes de acomodarme del todo.

Lo miré embelesada, maravillada por su belleza masculina y serena, y con la forma en la que la luz titilante de la chimenea pintaba destellos dorados sobre su piel y destacaba los contornos de su rostro.

El fuego crepitó y me fijé en que los troncos ardían con la suavidad típica de un fuego que comienza a extinguirse, por lo que nos tapé a ambos con la manta y un suspiro escapó de mis labios al sentir la calidez de su cuerpo junto al mío.

Ya podía congelarse el mundo ahí fuera, que ahí, junto a él, yo me encontraba a salvo, como si estuviera justo en medio de un oasis de calma y seguridad que me protegía de todo lo demás.

Envuelta en aquella sensación de protección, me dejé llevar por el sueño, sabiendo que no estaría sola al despertar.

Solo que mi profecía no se cumplió, y tampoco fue su cara somnolienta lo primero que vi de él a la mañana siguiente, sino una parte de su anatomía mucho menos sociable, algo más llamativa y absolutamente desnuda.