Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 11 – Miedo
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11 – Miedo

No te sorprendas de la rapidez con la que el universo se moverá una vez que hayas tomado una decisión

El silencio a mi alrededor me resultó ensordecedor mientras estudiaba el espacio vacío que había ocupado Jaime hasta hacía un momento. Traté de encontrar alguna pista que explicase su repentina huida, pero no terminaba de entender qué había ocurrido.

Era obvio que, al arriesgar, algo había fallado. Aquello era sin duda el resultado de mis propias acciones, por lo que lamentarme no me serviría de nada.

En un rincón de mi mente, la antigua Emma me miró con compasión y abrió los brazos en una bienvenida agridulce.

Ella sabía, al igual que yo, que nunca había sido una persona impulsiva y que esa situación era un recordatorio de mis propias limitaciones.

Sin embargo, supe que no podía refugiarme en ella de nuevo.

Por muy tentador que me resultara su abrazo, me negaba a renunciar a la embriagadora sensación de libertad que había sentido al dejarme llevar.

¿Me convertía eso en una especie de adicta a la independencia?

Por primera vez había experimentado lo que era tener el control total sobre mi propia vida y mis decisiones, obviando lo de hacerme pasar por mi hermana, claro.

Además, me sentía fuerte para hacerle frente a lo que viniese con valentía y determinación…

O eso creí hasta que el sótano se sumió en la más absoluta oscuridad, como castigo a mi catarsis, y mis temores regresaron con fuerzas renovadas.

—No —rogué al vacío y apreté los párpados—. No, no, no. Por favor… Por favor, no me hagas esto.

Los latidos del corazón me retumbaron en los oídos con tal intensidad que temí quedarme sorda.

Aun así, luché por mantener la calma y contener el pánico.

Respiré hondo, ignoré cómo el aire parecía más espeso con cada inhalación, y me concentré en esa voz que me repetía una y otra vez que podía hacerlo, que era más fuerte que aquel miedo y que ya lo había demostrado antes.

Comencé a caminar a tientas hasta la escalera. Un paso cada vez. Un escalón tras otro hacia arriba.

Con cada uno superado me sentía más fuerte y, aunque el pánico seguía amenazando, agazapado en la oscuridad, no me detuve hasta toparme con la puerta cerrada.

Mi cara lucía una sonrisa victoriosa cuando agarré el pomo, como un atleta que levanta el trofeo tras una competición épica.

Así lo sentí, aquella había sido la prueba de oro, la carrera decisiva.

Cada metro, un desafío superado, un obstáculo vencido en mi camino hacia la libertad.

Me sentía preparada para comerme el mundo, lista para superar cualquier dificultad que se interpusiera en mi camino, me creía invencible y nada podía deten…

—¡Ahhh!

El grito de pavor escapó de mis labios antes de que pudiera contenerlo, porque para lo que no estaba preparada era para toparme con una figura enorme y siniestra plantada al otro lado de la puerta, que obstaculizaba la única salida posible de aquella tumba subterránea y lo invadía todo con su presencia.

No me dio tiempo a reaccionar cuando la sombra se abalanzó sobre mí y su tacto frío traspasó la tela de la sudadera.

—¡Cuidado!

El terror dio paso al alivio al reconocer su voz; sin embargo, la sensación de calma fue eclipsada al momento por un fuerte tirón físico que me acercó hasta la figura con energía.

Cuando el alma me regresó al cuerpo, supe que había estado a punto de caer rodando por las escaleras y los rápidos reflejos de Jaime me habían salvado de una muerte segura.

Otra vez.

—Maldición —murmuré con la voz temblorosa.

Me había librado por muy poco de convertirme en el nuevo fantasma de la masía familiar…

Un pensamiento inquietante a la par que interesante se coló en mi mente cuando caí en que, si eso hubiera ocurrido, habría podido acosar a Jaime en su buhardilla a placer.

Visto así, convertirme en lo que más temía no sonaba tan mal.

—Lo siento, no quería asustarte —se disculpó, ajeno a mis estupideces mentales.

Aflojó la presión sobre mi brazo y su gesto al cerrar la puerta a mi espalda estuvo cargado de arrepentimiento—.

Cuando se ha ido la luz he sido consciente de que te había dejado sola ahí abajo.

Y pensé en tu temor a la oscuridad. Y, aunque no es nada habitual, recordé que el miedo puede tener consecuencias fatales si desencadena una miocardiopatía por estrés que…

Me abalancé sobre él en un impulso e interrumpí su discurso con un abrazo.

Cerré los ojos cuando su aroma familiar, mezcla de suavidad y firmeza, de masculinidad y dulzura, me envolvió por completo, y supe que estaba exactamente donde debía estar; como si refugiarme en ese lugar seguro que conformaban sus brazos fuera lo único que necesitase para calmar mis miedos y preocupaciones.

—Está bien, Jaime —susurré tratando de que también encontrase consuelo en mi cercanía—. Estoy bien.

La rigidez inicial de su cuerpo se fue desvaneciendo en contacto con el mío, su calor penetró por cada poro de mi piel y el susurro de su aliento sobre mi pelo terminó de diluir el frío que había sentido ahí abajo, en la oscuridad del sótano.

Al cerrar los puños en torno a la tela de su jersey, percibí cómo él también respondía a esa conexión, no con palabras, sino con ese lenguaje silencioso que solo el contacto físico puede transmitir.

Una de sus manos se posó en la parte alta de mi espalda mientras que la otra acarició mi cintura con sutileza, enviando escalofríos de placer por toda mi piel.

Permanecimos así durante unos preciosos segundos, anclados el uno al otro en medio de la oscuridad, como si el tiempo se hubiera detenido y nada más importara.

Cuando abrí los brazos para dejarlo marchar, sentí una reticencia interna y un temor inoportuno a perder esa conexión tan reconfortante que compartíamos.

Aunque de algún modo sabía, en lo más profundo de mi ser, que nuestro vínculo seguiría intacto, incluso si nos separábamos físicamente, y que esperaría paciente a ser reavivado en el momento adecuado.

Nos miramos en silencio, compartiendo un instante cargado de significado. La preocupación que vi en sus ojos mientras me revisaba el cuerpo me resultó conmovedora.

—¿De verdad estás bien?

Respondí con una sonrisa.

—De verdad.

—Siento haberte dejado sola —se disculpó, y contesté de forma automática.

—No te preocupes.

Desvió la mirada a mi brazo y extendió el suyo para tomarme la mano con delicadeza.

—Estás helada —observó con inquietud.

—No te preocupes —repetí, aunque esta vez mi voz sonó más débil, como si intentara convencerme a mí misma.

Frunció el ceño, desconcertado por mi respuesta.

—¿Por qué no dejas de decir eso? —indagó, y lo miré confundida—: «No te preocupes». Desde que te recogí esta mañana no paras de repetirlo.

Su pregunta me tomó por sorpresa y me vi obligada a reflexionar sobre ello, pues no había sido consciente de haber estado usando esa frase con tanta frecuencia.

No tardé demasiado en llegar a la conclusión de que quizá era mi forma de mantener las cosas bajo control, de transmitir una falsa sensación de calma cuando en realidad estaba llena de dudas y temores.

O tal vez era una manera de protegerme a mí misma, de mantener una barrera emocional para no dejar entrar a nadie demasiado cerca.

—Supongo que es solo una costumbre —contesté tratando de restar importancia a mis reflexiones y lo que estas sacaban a la luz.

—No lo hagas, por favor —me rogó con seriedad—. Deja que me preocupe si creo que estás en peligro.

La connotación de esa petición me conmovió.

—De acuerdo.

Con un gesto de cabeza señaló hacia un lado.

—¿Vamos?

«Contigo, a donde quieras». Me limité a asentir y a dejarme llevar por él.

Cuando llegamos al salón no me cupo la menor duda de que él también había notado el temblor de mi cuerpo, aunque Jaime desconocía la verdadera razón detrás de ello.

—Voy a arrimar el sofá para que estemos más cerca del fuego —comentó y actuó sin esperar mi respuesta.

«Deja que me preocupe si creo que estás en peligro».

Me acaricié el brazo y tragué saliva, tratando de disipar el nudo que sentía en la garganta.

Una vez satisfecho con la posición del mueble, nos acomodamos frente a la chimenea y le sonreí a duras penas cuando me observó.

—¿Quieres una manta?

—No —respondí abrumada por las emociones—. Estoy bien, gracias.

Se reacomodó en el asiento, adoptando una postura casual y familiar al meter una pierna bajo el trasero. Entonces, comenzó a hablar sobre la importancia de la electricidad en nuestras vidas y cómo nos paralizaba perder cosas que damos por sentado.

No era tonta, era consciente de que su verborrea tan casual era una forma más de calmar la situación y de compensar la culpa que parecía sentir por lo que acababa de ocurrir en el sótano.

Me mantuve en silencio mientras sus palabras fluían con naturalidad, aunque se notaba que no estaba acostumbrado a cargar con todo el peso de la conversación.

Cuando me preguntó sobre qué era lo que más echaría en falta en mi vida si no lo tuviera, ni lo dudé.

—La música. —Elevó una ceja, sorprendido, y desvié la vista para juguetear con una de las roturas de mi pantalón—. Sería incapaz de vivir sin mi guitarra.

Lo miré asombrada cuando se levantó al mismo tiempo que murmuraba una disculpa. Salió del salón, dejándome sola de nuevo, y negué con la cabeza sin entender nada.

—¿Qué demonios te pasa? —susurré al vacío del salón.

Antes de que pudiera reaccionar e ir tras él, regresó y mi sonrisa se ensanchó al ver lo que traía entre las manos.

—Es de mi tío Essien, aunque hace años que no la utiliza —comentó y se acercó a mí.

Se trataba de una preciosa guitarra española, de color caoba brillante y con unos grabados en la madera, con forma de notas musicales, que sin duda habían sido hechos a mano.

Me la tendió y la sostuve con delicadeza.

Jaime, al ver mi vacilación, me invitó con un gesto y una sonrisa a tocarla. El tacto reconfortante de las cuerdas bajo mis dedos cuando las acaricié me consoló y me concentré en afinarla hasta quedar satisfecha.

Inspiré hondo y mis dedos encontraron las notas con facilidad cuando comencé a entonar una melodía tranquila y familiar. Dejé que fluyera con naturalidad entre nosotros, llenando el espacio con su delicada armonía.

Cerré los ojos y uní mi voz a la música, cantando con suavidad y dejando que las palabras brotaran con la misma dulzura que las notas de la guitarra.

Y en el primer estribillo abrí los párpados.

Me encontré con la mirada de Jaime fija en mí y era tal la intensidad con la que me contemplaba que me sentí vulnerable, pero también comprendida. En sus ojos bailaba una chispa de emoción que me dejó sin aliento, aunque me repuse y continué cantando hasta acabar la canción.

El primer segundo de silencio tras la última nota fue profundo.

El segundo, íntimo.

El décimo me resultó insoportable…

—Deberías dedicarte a ello —fueron sus palabras.

Sonreí con tristeza.

«Es lo que hago, de hecho», pensé para mí misma, aunque no me atreví a decirlo en voz alta.

—Ya. ¿Qué tipo de música te gusta a ti? —Desvié el tema para aligerar la conversación.

Encogió un hombro, pero su mirada se clavó en la mía, intensa.

—De todo —respondió con una media sonrisa, como si fuera una absurdez tener que elegir—. ¿Sabías que escuchar música es una de las pocas actividades que implican el uso de todas las partes de nuestro cerebro?

Sonreí a modo de bienvenida de nuevo a su versión más real.

—Algo había oído —dije y tragué saliva, pues sus ojos recorrieron mis piernas.

—Además, cuando lo hacemos, liberamos tal cantidad de dopamina que es como si tomáramos drogas… o como si practicásemos sexo.

La habitación pareció encogerse con sus palabras. Sentí un calor ascenderme por el cuello y el corazón me comenzó a latir más rápido.

—¿En serio? —pregunté en un susurro.

Él se acercó un poco más a mí, acortando la distancia que nos separaba. Me miró fijamente al hablar y su voz fue mucho más grave e íntima que antes.

—Fascinante, ¿no crees?

Me costó respirar, pues sentí que me desnudaba con cada palabra.

—Mucho. Aunque supongo que depende de la canción… Y de la compañía —respondí. Sentía cómo el calor de su cuerpo irradiaba hacia mí.

Él esbozó una sonrisa, una que prometía cosas que no podía creer. Su mano tocó la mía, apenas un roce, pero suficiente para que una corriente eléctrica recorriera mi piel.

—Definitivamente, eso influye mucho —confirmó en un murmullo—. Y, con la compañía adecuada, cualquier canción puede convertirse en algo… inolvidable.

Sus palabras, pronunciadas tan cerca de mi oído, hicieron que la piel se me erizara.

La tensión entre nosotros era innegable, fue como si me hubiese lanzado una invitación a cruzar la puerta a ese nuevo y desconocido lado de nuestra relación y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí emocionada por lo que iba a hacer por mí misma.

Lo miré a los ojos y se me aceleraron los latidos del corazón al inclinarme hacia él. Y, cuando nuestros labios por fin se encontraron, un escalofrío me recorrió de arriba abajo.