10 – Océanos #2
—¿Os lleváis bien?
—¿Mi padre y yo? Sí —contestó con calma y su mirada se perdió por un momento.
Para mi asombro, continuó diciendo—: Mi madre es la persona más dicharachera y vital que conozco, pero con él siento que nos entendemos sin necesidad de muchas palabras.
Ella suele bromear diciendo que somos como dos libros cerrados que comparten la misma biblioteca.
Mientras iba hablando tomó un par de latas de conserva y, tras dejarlas de nuevo, escribió algo en el teléfono.
—Qué graciosa —comenté deslizando el dedo por la estantería. Nada, ni rastro de polvo—. ¿Y tus hermanos? Me dijiste que tenías una melliza aparte de Thiago, ¿no?
Jaime se volvió hacia mí con una ligera sospecha en su expresión.
—¿Te lo dije?
—Sí. —Asentí con la cabeza para reforzar mis palabras—. En el aeropuerto, cuando te pregunté si Thiago y tú erais gemelos, y me explicaste lo de los genes.
El gesto de Jaime se suavizó.
—Es verdad. Sí, tengo una melliza, se llama Amara. Somos muy diferentes, pero nos compenetramos bien.
—¿Te refieres a diferentes físicamente?
—También —dijo escueto sin detener su tarea. Y luego hablamos al mismo tiempo, pisándonos—. ¿Tú tienes hermanos? —preguntó él.
—¿Qué anotas? —inquirí yo.
Nuestros ojos se encontraron por un instante y compartimos una sonrisa cómplice.
—Dime —me cedió el turno.
—¿Qué estás apuntando en el móvil a cada rato? —repetí mi pregunta, muerta de curiosidad.
—Estoy haciendo la lista de suministros —explicó a la vez que giraba la pantalla para mostrarme lo que había apuntado: un largo inventario de alimentos junto a otras cosas como mantas térmicas, velas, pilas, linternas recargables, agua, gasolina…
Le dediqué una sonrisa.
—Sí que tengo hermanos. Siete, para ser exacta.
Sabía lo que vendría a continuación: una expresión de sorpresa seguida del típico comentario sobre que seguro que no nos aburriríamos en casa.
—¿Y qué lugar ocupas tú? —preguntó obviando el típico comentario trivial.
Mi sonrisa se amplió en agradecimiento.
—Soy la quinta. —«Siempre que tengamos en cuenta la teoría de que mi gemela, al nacer antes, es la mayor de las dos», añadí en mi mente.
Me fijé en cómo Jaime evitaba mi mirada y supe que algo lo perturbaba. Lo observé con curiosidad y esperé en silencio unos cuantos segundos, concediéndole el tiempo necesario. Cuando habló, deduje que preguntar aquello le resultaba incómodo.
—Mi hermano… Él… —titubeó—. ¿Thiago los conoce?
—No. Qué va. Dudo siquiera que sepa que tengo hermanos. —Al darme cuenta del significado de mis palabras, rectifiqué—. Quiero decir que no hemos hablado de eso. No hablamos mucho, en realidad.
Frunció el ceño e inclinó la cabeza como si estuviera procesando mis palabras.
—Me cuesta creerlo.
—¿Por qué? —indagué, me sentía idiota por haber llevado la conversación a un terreno tan pantanoso.
—Porque Thiago ha salido a mi madre y no sabe estar callado. —Soltó una sonrisa irónica—. Habla sin parar, incluso cuando no tiene ni idea de lo que está diciendo. Me sorprende que no te hayas dado cuenta.
La brecha entre ambas personalidades se hizo mucho más evidente en ese momento y corroboré que no conectaban demasiado entre ellos.
Me detuve a observar a Jaime y se me vino a la mente la imagen de un mar muy profundo, lleno de vida en su interior, pero a la vez tranquilo y en calma; en contraste, Thiago me daba la impresión de que era como lanzarse sin red a un océano tempestuoso y lleno de peligros.
No supe por qué había utilizado el mar para compararlos, quizá porque el agua salada de Costa Serena corría por mis venas en comunión con mi sangre. Lo que sí sé es que fue entonces cuando me di cuenta de que justo eso era lo que me había atraído hacia Jaime desde el principio.
Su presencia apacible, su forma algo peculiar de afrontar las situaciones, esas respuestas sabias que tenía para todo y la calma reconfortante que me brindaba en medio de tanta incertidumbre…
De inmediato supe que tenía que ser honesta con él. Era lo menos que se merecía.
—Jaime, la razón por la que accedí a venir a este viaje no era porque quisiera pasar un fin de semana romántico con Thiago. —Él también debió de sentir el titubeo en mi voz, pues me animó a continuar con una mirada expectante.
—Entonces, ¿por qué has venido?
Me aclaré la garganta, tratando de contener los nervios. Tenía ganas de vomitar y el corazón me latía con tal fuerza que creía que se me iba a salir del pecho.
Inspiré hondo, me armé de valor y recé en silencio para no estropearlo todo con mis palabras.
—Para cortar con él.
La sinceridad de mi confesión pareció tomarlo por sorpresa y cuando nuestras miradas se encontraron pude percibir una chispa de comprensión en sus ojos. Impregné la mía de una férrea determinación, decidida a demostrarle que no había un atisbo de duda en mí.
Una sutil curvatura en los labios de Jaime —apenas perceptible, pero llena de significado— me transmitió una reconfortante sensación de alivio y complicidad.
Fue como si un halo de esperanza se abriera paso a través de la nieve, se colara por la rendija bajo la puerta, serpentease por las oscuras escaleras hacia abajo y nos rodease con su calor.
Lo que menos me esperaba es que, tras esos segundos de conexión, su ceño se frunciera, farfullase una disculpa y se marchara como una exhalación, dejándome sola en el sótano.
¿Qué demonios había pasado?