Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 10 – Océanos
24%

10 – Océanos

Sinceridad, qué complicado nombre tienes

—Jaime, tengo que contarte algo.

—Vale. —Ajeno a mi nerviosismo, se llevó un nuevo cargamento de fideos a la boca.

Al sorber los que quedaron colgando del tenedor, uno de ellos salió disparado y alcanzó su nariz. No pude contener la risa, que brotó de forma espontánea, y aquel momento de torpeza por su parte disipó un poco la tensión que se había acumulado entre nosotros.

Apreté los labios intentando ocultar la sonrisa mientras él terminaba de secarse la cara con la servilleta.

Carraspeé y me concentré de nuevo, y justo cuando me disponía a retomar el discurso, un zumbido rompió el silencio como un cuchillo bien afilado. La frente se me frunció en respuesta y me fijé en que Jaime sacaba el teléfono de su bolsillo trasero y lo miraba serio.

—¿Me disculpas un momento? Es mi padre.

—Claro, adelante —respondí con una sonrisa forzada, intentando disimular la leve decepción por la interrupción.

Mientras él se levantaba para contestar la llamada, aproveché para tomar un sorbo de agua y recuperar la compostura. No me podía permitir perder el foco, tan pronto como colgase debía retomar la conversación y explicarle cómo…

—¿Qué? ¡No! —exclamó Jaime levantando la voz—. ¿Es una especie de broma o algo así?

Su repentino estallido me dejó alucinada y lo miré sin entender qué estaba ocurriendo. Abrí los ojos con atención y me fijé en que Jaime se pasaba la mano por la cara y resoplaba, pero fui incapaz de captar ni una sola pista sobre lo que estaba sucediendo.

Lamenté no tener la habilidad de mi gemela, que solía enterarse siempre de todo sin demasiado esfuerzo.

—Sí… Sí, estoy bien —respondió con tono apresurado y un hormigueo desagradable comenzó a crecer en mi interior.

Intenté discernir el contenido de la llamada, pero el eco distante del teléfono y las respuestas escuetas de Jaime no revelaban mucho.

Sin embargo, cuando recordó mi presencia y me dirigió una mirada efímera, supe que yo estaba incluida en la conversación de algún modo—.

No… Sí, ella también… Sí. Vale… Hablamos, adiós.

Lo observé con expectación, rogando que compartiera conmigo lo que fuera que estuviera pasando. Para mi desesperación, al colgar no dijo nada, tan solo continuó observando la pantalla del teléfono con preocupación y contradicción, a la vez que movía los dedos por ella con maestría.

—Mierda… ¡Mierda!

—¿Qué ocurre? —murmuré sin poderme aguantar.

Bloqueó el aparato, lo guardó de nuevo en su pantalón y solo tras pasarse de nuevo las manos por la cara me miró directamente.

—La carretera está colapsada por la tormenta —anunció y apretó la mandíbula con fuerza—. La temperatura es muy baja y la nieve ha cuajado. Thiago está conduciendo de vuelta a Barcelona, no ha podido subir hasta aquí.

—¿Qué? —pregunté alarmada—. ¿No viene?

Hubo una tensa pausa antes de que respondiera y en ese breve instante percibí una especie de hostilidad en su mirada.

—No. Ha estado llamándonos y como no teníamos señal ha avisado a mi padre. Él lo ha conseguido después de unos cuantos intentos.

—Pero quizá si espera un poco podría acceder y…

—La carretera está cortada, Diana —me interrumpió. Su expresión frustrada me hizo morderme los labios—. Lo he comprobado, la tormenta está empeorando y el servicio de emergencia recomienda permanecer en casa hasta que la situación mejore. No hay un «quizá».

Traté de mantener la calma y no ceder ante el pánico. Aquellas palabras fueron suficientes para convencerme de que debía decir adiós a mis planes de cortar con Thiago y estar de regreso en la seguridad de mi casa en Costa Serena antes de esa misma noche.

Jaime estaba más alterado de lo habitual, lo que me dejó claro lo que pensaba sobre tener que quedarse más tiempo allí conmigo.

Cuando lo observaba recorrer por tercera vez el perímetro de la isla de la cocina, sentí el poderoso impulso de tranquilizarlo.

Era evidente que necesitaba una mano amiga y, aunque mi propia situación no era la más positiva, decidí que debía ser yo quien estuviera ahí para él.

Ignoré lo absurdo de mi pensamiento, ya que éramos las únicas dos personas en la casa, y no me dejé achantar por menudencias como aquella.

—No te preocupes —hablé con calma mientras apoyaba una mano en el brazo para hacer que parara al tiempo que le dedicaba una sonrisa—. La tormenta pasará, no puede durar eternamente. Además, tenemos leña suficiente para mantenernos calientes, ¿no?

—No estés tan segura. Una vez nos pasamos una semana entera aislados —explicó y luego pareció hablar para sí mismo—. Tengo que comprobar las provisiones.

«Una semana entera aislados».

Mi estómago se cerró en un nudo bien apretado.

—Vale —respondí con vacilación—. Provisiones. Me gusta cómo piensas.

Haciendo un esfuerzo me puse en pie, pues sentía las piernas más débiles de lo habitual.

Con esperanza, me acerqué a los armarios de la cocina que aún no habíamos inspeccionado.

Sin embargo, al abrir uno de ellos y encontrarlo vacío, salvo por un paquete de café y unos azucarillos, mi ilusión se desinfló.

Probé suerte en el resto, pero solo reuní un paquete de galletas y una caja de té negro.

Al sumar mi escaso botín llegué a la desoladora conclusión de que aquellos noodles podrían haber sido nuestra «última cena».

—Vale. Con esto creo que podremos subsistir un desayuno más —murmuré mientras cerraba los armarios.

Una inquietante y conocida opresión comenzó a apoderarse de mí, como si el pecho se me estrechara con cada latido del corazón.

Me giré hacia él con gesto contrito, deseando ignorar la creciente ansiedad que me invadía—. Dime que sabes cazar.

—No —respondió alzando las cejas—. Pero sé bajar escaleras.

—¿Qué?

—Las provisiones están en el sótano.

Rodé los ojos cuando él señaló una puerta en la esquina.

—Por supuesto —farfullé y un escalofrío me recorrió la espalda al pensar en bajar.

«¡Ahí! Ahí va a ser donde la rubia tonta y ligera de cascos muere. Ya verás, se os irá la luz y entonces… ¡Zas!», soltó Diana en mi cerebro.

Por primera vez desde que me había embarcado en aquel viaje, agradecí que mi hermana se colase en mi mente y me hiciera compañía, aunque fuera para molestar.

Los sótanos me aterrorizaban. Esos lugares lúgubres y tenebrosos alimentaban mis peores pesadillas y me recordaban las historias de terror que mi gemela solía susurrarme cuando éramos niñas, envueltas en nuestras sábanas y conmigo temblando de miedo.

No obstante, supe que no tenía otra opción que seguirlo. La alternativa era quedarme sola en la cocina y no me seducía en absoluto, así que respiré hondo y rebusqué entre capas y capas de mi interior hasta dar con la valentía justa para no hacerme pis encima mientras caminábamos.

—Toma. —Me tendió la linterna un par de escalones por debajo—. Parece que se ha fundido la bombilla de la escalera.

—Qué suerte… —contesté con sarcasmo.

Descendimos con precaución por las escaleras, cuyos peldaños crujían bajo nuestro peso.

La oscuridad allí abajo me resultó terrorífica y nos envolvió como un manto frío y denso sobre los hombros.

De manera instintiva me aferré al hombro de Jaime, buscando algún tipo de seguridad en medio de aquella pesadilla.

Él no dijo nada. Por suerte alcanzamos el suelo, y él no tardó en accionar el interruptor de la luz.

La oscuridad cedió, la iluminación se filtró por las lámparas de tela de las paredes y la respiración se me atascó en la garganta.

—¿Qué es esto? —pregunté aturdida.

—El sótano.

Pude escuchar la sonrisa en su respuesta.

Para mi sorpresa, la estancia estaba decorada con gusto y calidez. Extendí la mirada conforme mis pies sentían el tacto de una mullida alfombra al avanzar unos cuantos pasos y confirmé que aquello no era en absoluto lo que había imaginado.

Esperaba un espacio polvoriento, tétrico y desordenado, pero no eso.

—No. Esto no es un sótano. En absoluto.

En lugar de muebles viejos y cajas apiladas, allí había un paraíso subterráneo. Una sala de cine ocupaba una esquina, con sofás mullidos de color crema, una gran estantería repleta de películas y juegos de mesa, y todo coronado por una enorme pantalla central de un blanco inmaculado.

En la otra parte de la habitación descubrí un acogedor rincón, presidido por una chimenea, una estantería baja con libros y un diván.

Y, como colofón final, una sorprendente colección de futbolín, billar y barra circular de bar, como si estuviésemos en el más prestigioso local de copas de una lujosa ciudad o en una de esas casas americanas de los programas de reformas que le gustaba ver a mi madre.

Me giré lentamente hacia Jaime, y él señaló con naturalidad una puerta de madera estilo granero a nuestra derecha.

—La despensa está por ahí.

A aquellas alturas lo más seguro es que le pareciese una cateta de pueblo, pero no podía dejar de observarlo todo con asombro conforme caminaba a su lado.

Al deslizar la puerta, supe que aquel lugar sería, sin duda alguna, la escenificación del paraíso para mi madre. Todo parecía pulcro y ordenado, además de estar clasificado con etiquetas de color negro y letras blancas, que indicaban el contenido de cada estante y bote.

Respiré aliviada al ser consciente de que teníamos suficientes alimentos y suministros para sobrevivir a la tormenta, incluso si esta duraba una semana.

Una semana.

Allí.

Encerrada con Jaime…

—Joder. —La palabrota se me escapó de forma involuntaria al calcular mentalmente la cantidad de horas que eso suponía: ciento sesenta y ocho. Él me miró como si no entendiera del todo mis reacciones y disimulé mi turbación con una sonrisa—. Eh… Esto es una maravilla.

—El tema del orden es cosa de mi padre —comentó a la vez que comenzaba a revisar las estanterías—. Es muy meticuloso con todo.

Alcé las cejas con diversión al ver cómo colocaba con precisión los botes conforme los comprobaba, dejando las etiquetas bien alineadas. Estaba claro que había heredado la misma cualidad que el hombre.

Observé su gesto tranquilo y me animé a indagar un poco.