9 - Fantasma
La delgada línea entre la valentía y la locura…
Jaime miró hacia la ventana con preocupación cuando una sucesión de intensos golpes resonó como si algo aporreara con fuerza las paredes de la casa.
—Quédate aquí, voy a ver qué…
—¡No! —grazné mientras un escalofrío me recorría la espalda—. No me dejes sola.
El miedo me invadió y no tuve tiempo para reflexionar. Fue la firmeza con la que su mano se enlazó con la mía lo que me apaciguó, como si ese simple contacto pudiera protegerme de cualquier peligro.
Sin decir una sola palabra nos dirigimos a la puerta. La tormenta rugía con tal ferocidad afuera que tuvo que alzar la voz, pese a estar a pocos centímetros de distancia.
—Es ese árbol. Las ramas están demasiado cerca y… —Las palabras murieron en su boca cuando el sonido de cristales al romperse llegó hasta nosotros—. Oh, mierda.
Sin desasirse del agarre, dio media vuelta y tuve que correr para alcanzarlo, pues subía de dos en dos los escalones hasta el último piso como alma que lleva el diablo.
Al llegar arriba, empujó sin detenerse una de las dos puertas que había en el rellano, la de la derecha, y maldijo al entrar.
Nuestras manos se desenredaron y durante un par de segundos me quedé parada en la entrada observando la escena.
El viento había roto el ventanal de una preciosa habitación abuhardillada y los fragmentos de cristal se hallaban esparcidos por todo el lugar.
La cama, con su cabecera en la parte más baja del techo inclinado, resultó ser la parte más afectada, pues la pared de piedra donde se ubicaba la ventana se encontraba justo a su derecha.
Jaime farfulló algo ininteligible al descorrer las cortinas blancas, que se sacudían con fuerza, y la nieve aprovechó para entrar en fuertes ráfagas mojando la colcha y el suelo. Se giró hacia mí cuando me colé en su campo de visión y sus ojos buscaron los míos con urgencia.
—Ten cuidado, está todo lleno de cristales —me advirtió.
Avancé con precaución, tratando de sortear los pedazos de vidrio que crujían bajo mis pies. Me asomé a la ventana para ayudarle a asegurar los postigos, pero un repentino empujón del viento me hizo perder el equilibrio.
Su mano volando hacia mi muñeca fue lo único que evitó que cayese.
—Gracias —balbuceé recreándome en el calor reconfortante de su piel contra la mía.
—¿Estás bien? —Asentí, agradecida por su rápida reacción—. Vale, tengo que cerrar las contraventanas. Dame un segundo.
Mi cabeza se movió de nuevo arriba y abajo, pero, cuando vi cómo inclinaba medio cuerpo fuera de la fachada para atrapar el trozo de madera, me acerqué a él para ayudar de la única forma que se me ocurrió: puse las manos en su cintura para agarrarlo y fui incapaz de no fijarme en cómo sus músculos se movían por el esfuerzo.
El viento soplaba a nuestro favor, lo que contribuyó a que su olor, mezclado con el aroma del champú, se deslizara hacia mí.
Traté de mantener la compostura, aunque fracasé en mi particular lucha al tiempo que Jaime batallaba contra la fuerza del viento, que parecía querer llevarse la casa consigo.
Cuando al fin logró asegurar la segunda con un chasquido, las manos me temblaban visiblemente y los dedos apenas lograban mantenerse quietos.
Nos quedamos allí parados, respirando de forma agitada y sumidos en la oscuridad repentina del dormitorio.
—Gracias —susurró, y sentí el calor de su aliento cerca de mi oído—. Ya puedes soltarme. Si quieres.
No. No quería.
La idea me pareció tan horrible como si fuera a perder algo esencial si lo hacía.
—No se ve nada.
—Dame un momento.
No tuve más remedio que soltarlo, aunque el corazón me protestó en respuesta. Un segundo después, percibí el sonido de objetos moviéndose contra la madera y deduje que estaría rebuscando en algún cajón.
El fogonazo de una linterna serenó en parte mis pulsaciones aceleradas.
Jaime enfocó el haz de luz hacia las vigas de madera del techo, y nuestras miradas se encontraron en la semioscuridad. A pesar de que su gesto era sereno, me pareció percibir cierta tensión en su postura.
¿Se sentía incómodo o era solo mi imaginación?
Decidí prolongar ese momento, tratando de no perder la conexión que parecíamos tener, tan frágil e intensa al mismo tiempo. Por absurdo que pudiera parecer, necesitaba que se sintiera cómodo a mi lado.
—¿Es tu habitación? —pregunté con suavidad.
—Sí —respondió él y su tono pareció relajarse un poco.
De alguna manera lo había intuido desde el principio.
Cada detalle reflejaba su personalidad: la estantería gris repleta de libros en la esquina; la decoración sobria, pero acogedora, y un escritorio ordenado con un montón de cuadernos y bolígrafos.
Cada pared parecía emanar su esencia, y por un instante me sentí agradecida de haber tenido la oportunidad de adentrarme en su mundo, aunque hubiera sido de esa manera tan accidentada.
—¿Sabes? Yo sería incapaz de pegar ojo aquí arriba —confesé y su mirada curiosa me obligó a justificarme—. Está demasiado aislada del resto y apenas te escucharían si el fantasma del pasillo te atacase.
Una carcajada suave le brotó de los labios, llenando la habitación de algo cálido y reconfortante. El sonido me pareció tan maravilloso que me descubrí sonriendo como una tonta; era la primera vez que lo escuchaba reír así y lamenté no poder ver su expresión de forma nítida.
—¿El fantasma del pasillo? —preguntó con diversión.
—Hablo en serio —afirmé, aunque mi tono había perdido toda la tensión.
—Ya veo. —Se acercó a mí y con un gesto suave me agarró de la mano y comenzó a caminar—. Precisamente la elegí por eso.
Bufé conforme lo seguía, tratando de mantener el tono ligero de la conversación.
—Vaya, ¡qué suerte! Estoy encerrada con un espectrófilo [5] .
Mi intento de broma se vio interrumpido cuando choqué por accidente con su espalda al detenerse.
—¿Qué has dicho?
Su repentina seriedad me hizo darme cuenta de que quizá no me había entendido. Puede que hasta creyera que lo había insultado, yo lo habría pensado de no haber sido por las bromas de mi hermana Zahara, que tenía obsesión por los fenómenos paranormales y sabía de mi miedo a los fantasmas.
—Espectrofilia. Es una parafilia que…
—Sé lo que es —aclaró—. Mi TFG se basó en las filias y fobias desde una perspectiva social, y en cómo influyen en la dinámica cultural y en la concepción del mundo.
Mis cejas se alzaron ante su revelación.
—¿En serio? ¿Qué has estudiado? ¿Psicología? —pregunté con asombro, pero Jaime rehuyó mi mirada, me soltó la mano y retomó el paso sin esperarme. Observé su espalda con pesar mientras se alejaba—. Lo siento.
Giró unos centímetros el cuello y pude ver su expresión confundida.
—¿Por qué?
—Porque he vuelto a hacer que huyas.
Se detuvo de golpe una vez más y se volvió hacia mí.
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
Anduve unos cuantos pasos y, al alcanzarlo, traté de rebajar la tensión de su mandíbula dedicándole la sonrisa más amable de mi repertorio.
—Hagamos una cosa. Si no te apetece hablar conmigo sobre algún tema, dímelo. No me gustaría resultar molesta. Más molesta, claro… La situación ya de por sí es bastante incómoda para ti como para que encima tengas que preocuparte de escapar de mí en tu propia casa.
Pude contar las veces que su pecho subió y bajó antes de que respondiese.
—Suelo tener la costumbre de retirarme cuando las conversaciones se vuelven…
Una nueva pausa.
—¿Incómodas?
—Íntimas.
Mi corazón se enterneció ante la vulnerabilidad de su respuesta y sentí que lo entendía un poco mejor. Deseaba que viese en mí a una persona en la que pudiera confiar, alguien con quien se sintiera cómodo y seguro de abrirse sin que lo juzgase.
—Lo entiendo, Jaime; pero no tienes que hacerlo conmigo, de verdad. Si prefieres hablar de otro tema, solo dímelo, ¿de acuerdo?
Él pareció meditar mis palabras durante un segundo antes de afirmar una sola vez con la cabeza.
—Gracias.
Negué restándole importancia y fue mi turno para comenzar a caminar sin esperarlo. Sentí su presencia a mi lado un par de segundos después.
—¿Cómo se llama? —le pregunté cuando llegamos al rellano de la planta baja y me sentí a salvo del imaginario espectro del pasillo.
—¿Quién?
—Tu fantasma. —Su gesto se relajó al dedicarle una sonrisa—. Estoy convencida de que es una mujer.
Justo cuando entramos en la cocina la luz regresó, iluminando el espacio y añadiendo un toque de normalidad a aquella situación tan anormal.
Con ánimos renovados, me concentré en preparar el almuerzo bajo la atenta mirada de Jaime, que resultó ser un alumno bastante curioso y aplicado.
Una vez listo, nos sentamos a la mesa y esa vez fue mi turno para observar sus expresiones mientras probaba el ramen por primera vez.
No quería perderme ni un solo gesto o reacción por su parte, por lo que capturé cada pequeño detalle con interés.
—¿Esa sonrisilla es que le das un aprobado?
Él negó entretenido y guardó silencio como si estuviera sopesando sus próximas palabras. No lo presioné y permití que él marcara los tiempos, decisión acertada, ya que cuando habló lo hizo mucho más relajado.
—No eres como las demás —reflexionó y la sinceridad con la que me habló me tomó por sorpresa. Creo que se vio en la obligación de aclararlo cuando se fijó en mi boca entreabierta—. Las chicas con las que suele salir Thiago no tienen nada que ver contigo.
Su comentario me dejó sin palabras y me pilló totalmente desprevenida. No supe qué responder, así que lo único que pude hacer fue concentrarme en su mirada, que parecía buscar algo en la mía con una intensidad que me dejó sin aliento.
Durante ese instante traté de desenmarañar mis pensamientos, pues la idea de revelarle a Jaime parte de la verdad se hacía cada vez más fuerte.
¿Qué pasaría si lo hacía?, ¿cómo reaccionaría él?
Por un lado, la posibilidad de que esa confesión nos acercara era muy tentadora, pero, por otro, también era consciente de que podía arruinarlo todo, tanto con Jaime como con el plan que había elaborado mi hermana y que me había llevado hasta allí.
Sopesé mis opciones, dejando que la nueva Emma, más valiente y segura, se enfrentara a la anterior.
Tal vez, y solo tal vez, ser honesta con él no solo lo acercaría a mí, sino que también lo haría sentir más cómodo y relajado a mi alrededor.
Y, dado que parecía que permaneceríamos allí juntos y solos un poco más, la idea me resultó muy tentadora.
Sin embargo, lo que me hizo tomar la decisión final de arriesgarme no fue mi intrepidez, sino la sonrisa cómplice que me dedicó y la forma en la que miró mis labios, que me hizo exhalar con fuerza por la boca entreabierta.
—Jaime, tengo que contarte algo.