Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 8 - Faro
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8 - Faro

Desafiar a la tormenta no es solo plantarle cara al clima, sino enfrentarte a ti misma y a las consecuencias de tus decisiones

—¿Qué estás haciendo?

No terminó de acercarse del todo, como si creyera que mi enajenación mental transitoria pudiera ser contagiosa.

Se me escapó una risita.

—¡Vivir la tormenta! —chillé mientras hacía un gesto dramático con las manos. Era como si cada copo fuera una invitación a dejarse llevar, a experimentar la vida en su forma más cruda y salvaje. Y resultaba muy gratificante—. ¡Deberías probar! Sienta de maravilla…

Su gesto preocupado se dulcificó al contemplar mi sonrisa.

—¡Creo que paso! —señaló con recelo alzando la voz para hacerse escuchar por encima del viento—. ¿Es que no entendiste lo que te expliqué sobre la hipotermia y las con…?

—Oh, sí. Sí que lo entendí —lo interrumpí—. «Con este frío y viento puedes sufrir una hipotermia y morirte, y no entra en mis planes cargar con tu cadáver congelado» —recité más o menos sus propias palabras impostando una voz masculina que resultó ridícula—. Pero llevo tu abrigo.

Sacudió la cabeza con incredulidad, aunque no pude escuchar lo que decía mientras el viento rugía a nuestro alrededor.

—Deberíamos entrar. No es seguro estar aquí fuera —insistió elevando el tono.

Habría sido muy fácil asentir y seguir su consejo, regresar a la seguridad y calidez de la casa sin hacer más preguntas, la antigua Emma lo habría hecho; pero esa nueva versión de mí misma, que había estado cobrando vida con cada paso que daba, estaba decidida a no dejarse vencer por el miedo.

—Solo es nieve —rebatí encogiéndome de hombros como una niña rebelde y cabezota.

—Diana, en serio, no estoy bromeando. No se debe subestimar el poder del clima, la gente se mete en problemas precisamente por ignorar las advertencias, en especial en nevadas como esta.

De todo su discurso, bastó una sola palabra para hacerme reaccionar. La mención de aquel nombre, mi falso nombre, fue como un dardo directo al corazón que reventó la burbuja de embriaguez en la que me había envuelto y me hizo sentir más atrapada que nunca entre nuestras dos identidades.

Aquel golpe de realidad trajo consigo el frío, que se coló por cada uno de los poros de mi ropa empapada y me hizo estremecer. La vulnerabilidad hizo acto de presencia, como si el viento gélido hubiera arrastrado consigo la máscara que había estado usando para ocultar mi verdadero yo.

Y es que no solo se trataba de suplantar a Diana para cumplir mi objetivo. No ahora que Jaime y esa especie de debilidad que sentía por él habían entrado en escena. Me pesaba no poder ser del todo honesta con él, no poder mostrarme tal y como era.

Aunque… Un momento. Sí que podía. De hecho, si me paraba a pensarlo, era lo que había estado haciendo la mayor parte del tiempo, ¿no?

Repasé las horas que hacía que estábamos juntos, la forma en la que me había comportado, cómo le había respondido y actuado, y llegué a la conclusión de que, efectivamente y para sorpresa de nadie, era una pésima actriz.

La suerte era que Thiago no estaba allí, Jaime no conocía a Diana, y yo no tendría que comportarme como ella hasta que el primero no llegase.

Ironías del destino, para dejar de lado la farsa y mostrarme tal y como era realmente, al menos de forma temporal, tenía que hacer gala del egoísmo habitual de mi hermana y pensar solo en mí.

Y en él.

—Está bien.

Me limpié las mejillas húmedas y comencé a caminar hacia Jaime.

A un par de pasos de distancia me di cuenta de que estaba envuelto en una gruesa manta, la misma que había visto apoyada en el respaldo del sofá, y que abría uno de los lados para ofrecerme cobijo.

Alcé las cejas en una muda pregunta.

—En realidad no dije nada sobre cargar con tu cadáver congelado, pero si sigues ahí parada las probabilidades de que esa teoría se haga realidad son bastante altas —explicó ajeno al latido atronador de mi corazón—. Vamos, ven aquí.

—Estoy empapada.

Él tan solo asintió en respuesta insistiendo en su tentadora oferta.

El escalofrío que me recorrió no fue solo porque el frío hubiera comenzado a calarme hasta los huesos.

Con unos cuantos pasos cubrí el espacio que nos separaba y no me moví cuando me rodeó la espalda con el brazo. Ambos nos estremecimos con el instantáneo contraste de temperatura.

—Joder —maldijo en un siseo—. Estás empapada.

Sonreí con los dientes apretados.

—Te lo advertí —susurré con la voz temblorosa.

Sin embargo, y contra todo pronóstico, él no se separó ni un solo centímetro, sino todo lo contrario. Con su postura me protegió del viento cuando comenzamos a caminar y me condujo con una mano apoyada en el hombro de vuelta a la casa.

Al separarnos, el calorcillo reconfortante que quedó en las partes de mi cuerpo que habían estado en contacto con las de él me hizo cerrar los ojos y querer retener esa sensación un poco más.

—Prueba a inspirar por la nariz —me aconsejó mientras cerraba la puerta de la casa. Me giré hacia él con la respiración entrecortada—. El aire se calienta mejor y eso ayuda a aumentar la temperatura corporal.

Mi mente decidió que era un buen momento para mostrarme algunas alternativas para conseguir ese mismo efecto.

—Ah —dije en un alarde de elocuencia.

—Deberíamos quitarnos toda esta ropa mojada. —Asentí e intenté mantener la compostura al ver cómo se sacudía el pelo húmedo—. Y una ducha de agua caliente también nos iría bien.

—Sí.

Comenzó a caminar en dirección a las escaleras. Justo antes de subir, se giró hacia mí y me observó con extrañeza.

—¿Vamos?

Sentí las piernas de gelatina cuando empecé a caminar tras él.

Era cierto que tenía el cuerpo aterido del frío, pero el cerebro me iba a mil por hora.

Cuando llegamos a la puerta del baño, Jaime la abrió y se giró hacia mí. Bajó la mirada hasta mi boca un instante antes de que posara los nudillos en ella, y yo me pregunté si no se habría dado cuenta de lo que me estaba ocurriendo más allá de las consecuencias de la nevada.

—Tienes los labios morados —murmuró con preocupación.

El breve contacto hizo que un hormigueo me recorriera la piel y los devolviera a la vida.

—Estoy bien —balbuceé intentando mantener la compostura al tiempo que las imágenes de nosotros juntos en la ducha se sucedían una tras otra en mi mente.

Luché por mantener oculto el deseo que amenazaba con salir a la superficie. No sé si lo conseguí del todo, ya que un silencio denso y expectante se apoderó de nosotros.

Por un momento me pareció que Jaime iba a besarme, pero su gesto se desvaneció rápidamente cuando arrugó la frente y dio un paso atrás.

—Iré al baño de mis padres —anunció, y me esforcé por disimular lo que debían de estar chillando mis ojos—. ¿Estarás bien?

«Si te vas, no».

Asentí, incapaz de hablar.

Me quedé observando su espalda mientras se alejaba, sintiendo que una parte de mi valor se desvanecía con él.

De no ser porque no quería acabar convirtiéndome en la víctima fatal de una hipotermia, la ducha habría sido fría.

Veinte minutos después, y con una toalla como única vestimenta, me vi obligada a cruzar el pasillo a la carrera, pues antes había estado tan turbada que olvidé por completo ese detalle.

Me coloqué la ropa interior dando saltitos por el frío y rebusqué un poco más en la maleta; sin embargo, no tardé en bufar con exasperación.

—Mierda, Diana.

Las prendas que mi hermana había seleccionado eran de las que se pondría ella en su día a día en Costa Serena, por lo que, por supuesto, no eran para nada mi estilo y resultaban poco abrigadas.

Atisbé la tela azul de unos pantalones vaqueros con rotos en las rodillas que me puse sin perder un segundo, aunque no corrí la misma suerte con la parte superior.

Mis mejores opciones resultaron ser una camiseta negra de manga larga con un hombro al aire y la lengua de los Rolling Stones en el frontal o una blusa algo más arreglada pero semitransparente.

Descarté ambas y, con un poco de pudor, decidí echar un vistazo al armario de mi supuesto novio. Al abrirlo, me encontré con una montaña de ropa que parecía haber sido arrojada allí con prisas y poco cuidado.

—Si es que sois tal para cual… —susurré.

Entre el caos, divisé una sudadera azul que tomé con cierta vacilación. Observé con renovado interés el dibujo serigrafiado en el pecho, en el que había una escenificación de la evolución humana que acababa en una dama [4] . Abajo tenía una frase en inglés.

—«Nacido para jugar al ajedrez» —traduje en voz alta—. Esto no me lo esperaba, Thiago. Punto para ti.

Suspiré de alivio cuando me la metí por la cabeza y, a pesar de su tamaño excesivo, me calentó de inmediato.

Mis tripas sonaron por tercera vez con fuerza, recordándome que no había probado bocado desde la noche anterior, y decidí hacerles caso.

Salí del dormitorio y bajé los escalones casi a la carrera, pues la tormenta había oscurecido por completo el cielo y las sombras me resultaban inquietantes.

No obstante, me detuve de golpe al llegar al salón y encontrar a Jaime sentado frente a la chimenea.

Parecía perdido en sus pensamientos, envuelto en una especie de silencio reflexivo solo interrumpido por el crepitar del fuego. Observarlo me dejó una extraña sensación en el estómago, como si estuviera invadiendo de algún modo su intimidad.

Decidí fijarme en cosas más banales y me di cuenta de que también se había cambiado. Ahora llevaba un jersey negro de cuello alto que ensalzaba su palidez y le favorecía de un modo perturbador.

Me acerqué y, sin decir una palabra, me senté a su lado. Dejé que el calor reconfortante de la chimenea nos envolviera a ambos y un momento después sentí sus ojos fijos en mi perfil.

Me tomó algo más de lo habitual reunir el valor suficiente para devolverle la mirada.

—Gracias por venir a rescatarme —le dije, y él negó restándole importancia—. De no haber sido por ti, ahora mismo sería una estatua de hielo en medio de vuestro jardín.

—Según las leyes de la termodinámica, y considerando la densidad del tejido humano, las probabilid… —Detuvo abruptamente su discurso al darse cuenta de mi sonrisa y carraspeó—. De nada.

Rompió el contacto visual y, al desviar la vista de nuevo hacia el fuego, me pareció que se había sonrojado.

—¿Es para mí? —pregunté señalando la segunda taza sobre la mesita. Jaime asintió una sola vez sin mirarme—. Gracias.

Gemí de un modo vergonzoso cuando la infusión caliente descendió por mi garganta y me sorprendí cuando él se levantó del sofá como si tuviera un resorte en los pantalones.

—Deberíamos comer algo, son casi las tres —explicó antes de dirigirse hacia la cocina.

Me quedé unos segundos allí sola, deseando que Diana, que parecía haber desaparecido por fin de mi cabeza, me diese su opinión sobre todo aquello. La actitud contradictoria y a la vez protectora de Jaime me desconcertaba por momentos.

Con un suspiro me levanté y fui en su busca. Al llegar a la cocina, él rebuscaba en los armarios superiores.

—Thiago se iba a encargar de traer vuestra comida —murmuró como si nada al sentir mi presencia—, así que vamos a tener que ser muy creativos con lo poco que hay por aquí.

—Tengo una tía cocinera y en casa somos familia numerosa, seguro que apañamos algo decente —le contesté con optimismo mientras me remangaba la sudadera por los brazos.

Me acerqué a su lado y no me pasó desapercibido su amago de sonrisa cuando me puse de puntillas para atisbar los estantes más altos—. ¿Eso de ahí es ramen instantáneo?

Jaime apenas tuvo que estirar un poco el brazo para alcanzarlo.

—Eso creo.

—¿Te apetece?

—No lo sé. —Mi cabeza voló en su dirección y fue mi turno para observarlo con asombro. Él se encogió de hombros—. No sé si me gusta.

—Es una broma, ¿verdad?

—No.

—¿No has probado el ramen?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

Negué asombrada y, girándome hacia él, le arrebaté el paquete de la mano. Por un instante, él se quedó con el brazo suspendido y la mirada fija en mi atuendo.

«Sé que estoy ridícula, no hace falta que lo menciones», pensé, consciente de que la prenda me llegaba a medio muslo y debía de parecer un fantoche.

—¿De dónde has sacado eso? —me preguntó.

Su tono de voz y la seriedad de su expresión me hicieron sentir incómoda.

—Ah, sí… Esto…, no tenía nada abrigado y pensé que a tu hermano no le importaría si se la tomaba prestada —respondí tratando de justificarme.

Jaime frunció el ceño.

—Es mía.

Maldición.

—¿En serio? —pregunté incrédula.

Afirmó con la cabeza.

—La di por perdida hace mucho tiempo.

—Lo siento —me disculpé, mortificada por mi buen tino—. Si quieres me la puedo quitar y buscar algo que…

—No.

Arqueé las cejas ante la urgencia de su tono y esperé a que añadiera algo más.

—De acuerdo… —dije cuando fui consciente de que no pensaba hacerlo. Le di la espalda al tiempo que abría la bolsita con letras doradas—. Marchando una de ramen, entonces.

—Estás muy guapa. —Las manos se me detuvieron en el acto y el eco del crujido del plástico resonó en la estancia—.

A ver, la sudadera te va grande, es obvio, ¿no?

Pero tu pelo parece más rubio con ese color azul, no sé…

—Se detuvo unos segundos, como si no acabase de creer sus propias palabras—. ¿Cómo…, cómo se cocina el ramen?

La sonrisa que comenzó a nacer en mi cara se esfumó cuando la luz se apagó de repente y la habitación se sumió en la penumbra.

—Jaime…

Un estruendo atronador resonó en el exterior, sacudiendo los cimientos de la casa, y ahogué un grito. Instintivamente mi mano buscó la suya en la oscuridad, mientras el corazón me latía desbocado en el pecho.

En ese momento, un presentimiento se apoderó de mí y de algún modo supe que aquella tormenta traería serias consecuencias a mi vida.