Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 7 - Fierecilla
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7 - Fierecilla

Tu peor enemigo no eres tú, sino esa persona que los demás esperan que seas

No tenía escapatoria.

Todo lo que vino a continuación ocurrió en unos segundos, pero la tensión que se apoderó de aquella enorme habitación, llenando cada esquina, hizo que me pareciera eterno.

Jaime permanecía frente a mí, esperando a que atendiese la llamada con la mano extendida y la mirada fija en mi cara.

«Empieza el show …».

Asentí y forcé la sonrisa más ilusionada de mi repertorio.

Supe que aquel escozor detrás de mis ojos eran mis absurdas ganas de llorar, incluso tuve que controlar el movimiento delator de mi barbilla, consciente de que cualquier muestra de debilidad podría ser interceptada por Jaime.

Tragué saliva y luché por mantener la compostura.

No podía permitir que mis emociones se desbordaran en un momento tan crucial.

El golpeteo rítmico en mi pecho me impidió recrearme en el roce con su piel tibia al agarrar el teléfono.

—¿Hola? —saludé con toda la normalidad que pude reunir al llevármelo a la oreja.

—Hola, fierecilla. No has respondido a mi mensaje…

Quise desaparecer o, en su defecto, que el suelo se abriera bajo mis pies y me tragase entera, pues el tono de Thiago estuvo cargado de tal significado que giré la cabeza en un acto reflejo.

—Lo sé, estaba instalándome —me excusé en un murmullo que esperaba que fuese convincente—. ¿Qué te ha pasado?

—Uf, es una larga y aburrida historia, carinyet .

Un sonido sutil se filtró del otro lado de la línea, un roce suave parecido al susurro de ropas moviéndose. Fruncí el ceño al darme cuenta de que no pensaba añadir nada más. ¿Qué clase de respuesta era esa?

—Y ¿dónde estás? Se suponía que vendrías tú a recogerme al aeropuerto —el reproche salió solo de mis labios.

—Ha habido algún contratiempo, pero te tengo preparado un plan increíblemente romántico y especial con el que te será imposible no caer rendida a mis pies. —Él silenció mi intento de respuesta con un gruñido lleno de interés y provocación que solo sirvió para aumentar mi frustración.

»Ya, lo sé, no hace falta que me lo digas…

No te gustan las cursiladas y eres más de pasar a la acción, ¿verdad, fierecilla?

Créeme, yo también estoy ansioso por dejar que me hagas todo lo que me prometiste en la última videollamada.

Tranquila, en cuanto llegue despacharé al muermo de mi hermano y te compensaré por la espera. Muchas muchas muchas compensaciones.

«Imbécil», soltó mi subconsciente en respuesta.

Apreté los labios con fuerza para no decir algo que me delatase.

Me frustró su absoluta falta de responsabilidad y consideración, su manera de simplificarlo todo, de sexualizarlo y llevarlo a su terreno.

Y, siendo honesta conmigo misma, también me molestó la forma en la que habló de Jaime, porque en el fondo lo sentía como a un igual en aquel absurdo juego de nuestros hermanos.

Debía alegrarme, a fin de cuentas, no me iba a resultar tan complicado cortar con él si se comportaba de esa forma que me resultaba tan desagradable.

Y no supe cómo pasó, pero, en medio de toda aquella incomodidad, algo en mi cerebro hizo clic.

Por primera vez en mucho tiempo, una idea egoísta y para nada empática se abrió paso en mi mente. Una idea que me susurraba que debía darle la vuelta a la situación y aprovecharla en mi beneficio. Una idea que no parecía haber sido orquestada en mi cabeza, pero que la sentía más propia que nunca.

Con la mirada perdida a mi alrededor, traté de organizar bien mis pensamientos y encontrar la valentía que necesitaba para llevarla a cabo.

Mi instinto, acostumbrado a huir de los conflictos, me instaba a dejarlo estar, no obstante, otra parte de mí me incitaba a hacer todo lo contrario, a tomar las riendas y plantarle cara a la situación.

Un regusto amargo me inundó la garganta cuando tomé la decisión.

Y, como si mi determinación la hubiese desbloqueado, una puerta se abrió en mi cerebro.

Una que había mantenido cerrada por miedo a lo que pudiese contener y en la que se escondían todas las veces en las que mi temor y disposición me habían relegado a un segundo plano.

Mis pasos no fueron demasiado estables cuando decidí cruzarla y enfrentar las consecuencias de hurgar en su interior, aun así, de algún modo sabía que era hora de actuar.

—Verás, Thiago —comencé, y yo misma me sorprendí por lo firme y segura que soné—.

He recorrido más de ochocientos kilómetros para verte.

Fuiste tú el que me pediste que lo hiciera, de hecho.

Y no sé qué motivo tan complicado tienes para no estar aquí ni sé lo que te ha llevado a pedirle a Jaime que se haga cargo de lo que deberías estar haciendo tú, pero cuando llegues tenemos que hablar, así que procura no tardar.

Sin darle opción a réplica colgué la llamada y en el silencio que siguió a mis palabras supe que algo había cambiado irreversiblemente.

Me giré y busqué a Jaime. Cuando nuestras miradas se encontraron, algo fuerte y visceral se apoderó de mí.

Fue como si la decisión de enfrentarme a Thiago me hubiese permitido no solo defenderme, sino reclamar mi espacio y voz dentro de la pantomima que estaba llevando a cabo.

Y lo vi a él como si fuera la primera vez, me permití mirarlo con mis propios ojos y no con los de mi hermana.

Y lo que vi más allá de sus iris me gustó.

Me gustó mucho.

Estiré el brazo, y él agarró el aparato sin dejar de observarme.

No dijo nada; tampoco hizo falta para leer la sorpresa, admiración e incluso el destello de orgullo en su expresión. O puede que me lo estuviese imaginando todo al estar sumida en tal embriaguez de sensaciones, cosa que no descartaba.

—Gracias —murmuré sin estar muy segura de lo que estaba agradeciéndole en realidad—. Voy a salir un momento.

Él tan solo asintió, pero me dio la impresión de que entendía mejor que nadie la magnitud de lo que acababa de suceder. No obstante, yo necesitaba tomarme un respiro para asimilarlo.

No me siguió cuando comencé a caminar hacia la salida, aunque pude sentir sus ojos fijos en mi espalda al alejarme.

Una vez fuera, dejé caer mi peso contra la puerta. El frío acarició mi rostro mientras permanecí allí, con los ojos cerrados y tratando de encontrar un poco de calma en medio de aquel torbellino.

Había dado un paso importante al reclamar mi lugar y espacio en medio de toda aquella locura a la que mi hermana me había arrastrado; sin embargo, conforme la adrenalina iba disminuyendo, se hacía más fuerte la duda y la vulnerabilidad.

¿Había sonado convincente y rotunda o había metido la pata hasta el fondo?

No, no pensaba darle más vueltas. Lo hecho hecho estaba y, si Diana o Thiago no estaban conformes con el resultado, que se hubiesen encargado ellos mismos de sus problemas.

Con un suspiro, me aparté de la puerta justo cuando me sorprendió una fuerte ráfaga de aire y aquel toque de atención me hizo enfocar la vista al frente.

El clima, tan inestable como mis sentimientos, se sumó al torbellino interno que me embargaba, y me sorprendí al darme cuenta de cómo había cambiado el panorama.

La nevada ya no era débil, sino que había intensificado su fuerza y caía copiosa del cielo oscuro, cubriendo cada rincón con un manto blanco y puro.

Los copos, más grandes y densos que antes, pintaban el aire con su danza hipnótica.

El silencio se había llenado del furioso aullido del viento, que azotaba los árboles y hacía crujir las ramas a su paso.

Hasta los contornos de la vegetación más cercana parecían difuminados, envolviéndolo todo en un aura de misterio que se mezclaba con el eco de la tormenta.

No me di cuenta de lo que hacía cuando salí del porche para adentrarme en la nevada.

El viento rugía a mi alrededor, levantando nubes de nieve que me azotaban el rostro y hacían difícil mantener los ojos abiertos.

La visibilidad era tan escasa que apenas se podía ver unos metros más allá del umbral de la puerta, pero no me importó; tampoco sentí la nieve acumulándose en mis hombros o en mi cabello cuando me detuve y permití que la fuerza de la naturaleza me envolviera.

Me tomé el clima como una señal. Como si el cielo mismo estuviera tratando de enfriar el caos que bullía en mi interior con su serenidad helada, recordándome que, aunque mi mundo pareciera a punto de desmoronarse, la vida seguía su curso implacable.

Y, lejos de sentirme pequeña frente a la inmensidad que me rodeaba, una fortaleza comenzó a crecer en mi interior. Giré sobre mis propios pies una y otra y otra vez, en armonía con la tormenta, como si bailara con el viento y la nieve.

Cuando Jaime llegó hasta mí, me encontró llorando y sonriendo al mismo tiempo, y su presencia fue como si encontrara un faro en medio de la tempestad.