6 - Fuego
Solo se necesita la madera adecuada y un poco de chispa para que todo arda
—¿Es en serio?
Exhalé llevando la vista al techo, donde unas bonitas vigas de madera oscura coronaban el lienzo blanco inmaculado.
—¡Que sí! —murmuré por tercera vez, exasperada, mientras jugueteaba con el rollo de papel higiénico colgado a mi derecha—. Se supone que Thiago no tardará en llegar o al menos eso es lo que pone en su mensaje.
—Anda, ¿te ha escrito?
—A mí no, a ti.
—Bueno, ya me entiendes —le restó importancia y sus siguientes palabras tuvieron un tono que me crispó los nervios—. Y ¿no ha enviado nada más?
—No —mentí.
—Qué raro, no me parece propio de él, la verdad. Lo mismo está enfermo y por eso no ha podido ir —teorizó—. Me cuadraría más si me dijeses que te ha enviado una foto de su chorra. ¡Ah, por cierto! Te aconsejo que no curiosees la conversación, estoy segura de que perturbaríamos tu recatada mente.
Compuse una mueca de asco.
—No sé cómo no te casas con él, sois tal para cual —me quejé en un susurro—. Solo te ha pedido disculpas por no haber podido ir él a recogerte. Según parece le ha surgido un asunto urgente que atender.
—Ajá…
Obvié de forma deliberada el final del mensaje, donde Thiago prometía compensarle la situación esa misma noche y le mandaba una sugerente foto de su abdomen desnudo con la mano perdida en la parte inferior de la imagen.
Por fortuna no había enfocado más abajo.
Sabía que Diana no era tonta y parecía conocernos bien a ambos, así que preferí desviar su atención; ya me encontraba lo bastante nerviosa como para soportar los comentarios de mi hermana al respecto.
—No sé si Jaime se quedará con nosotros, pero la verdad es que no me gustaría cortar con tu novio estando él delante. Ha sido muy amable y sería raro.
Su risa me puso en alerta para lo que soltó a continuación.
—Sé de personas que aprovecharían la situación para montarse un trío con los dos. —Se carcajeó ante mi gruñido de protesta—. Ay, Em, no seas remilgada, sabes que estoy de broma.
—Ya.
Miré el mueble de madera del baño y me pareció tan robusto como para partir su teléfono en dos, una idea tentadora, pero poco práctica, en ese momento.
—Entonces, ¿de verdad le has comido la boca a su hermano? —curioseó divertida—. ¿Tanto se parecen?
—Supongo que sí. Y no le he comido la boca —aclaré una vez más—, fue más bien un beso inocente.
Tuvo la decencia de esconder una nueva carcajada.
—Míralo por el lado positivo, al menos te llevas una alegría del viaje.
—No tiene gracia.
Ella, por supuesto, ignoró mi queja.
—En el fondo hasta has tenido suerte de que no fuese Thiago, de haberlo besado a él ya te digo yo que la palabra «inocente» no habría salido de tu boca.
Bueno…Y, cuéntame, ¿besa bien? —Un hormigueo me recorrió la espalda cuando el recuerdo de aquel breve contacto electrizante con Jaime me inundó la mente.
La suavidad de sus labios impasibles, la robustez de su pecho al apoyarme en él, el cálido aroma que era el mismo que emergía de su abrigo y en el que me había recreado a conciencia… —. ¿Em? ¿Acabas de gemir?
—Tengo que colgar, te aviso cuando esté hecho.
Sin darle opción a réplica me levanté y corté la llamada, justo cuando ella empezaba a quejarse.
Con la respiración acelerada, dejé el teléfono apoyado sobre el lavabo y cerré los ojos para tratar de apartar de mi mente los recuerdos de aquel efímero y poco acertado beso con Jaime. No podía permitir que esa distracción me impidiera hacerle frente a mi objetivo cuando el otro llegara.
«De haber besado a Thiago ya te digo yo que ese adjetivo no habría salido de tu boca».
Aquella frase me hizo sentir una punzada de angustia, porque la realidad era que no sabía cómo iba a reaccionar él al verme. Una parte de mí estaba acojonada por si no era capaz de frenarlo a tiempo.
¿Sería verdad o estaría exagerando?
Desquiciada, abrí los ojos y me observé en el espejo.
Aunque me costó reconocerme detrás del maquillaje que solía utilizar ella, me concentré en las mejillas ruborizadas y en la mirada febril que lucía.
Decidida a recuperar al menos la cordura, me mojé la nuca con agua fría y me concentré en aquel frescor revitalizante contra mi piel.
—Maldita Diana —murmuré a mi reflejo.
Negué con resignación y me peiné el pelo con los dedos, alargando el momento de salir del baño y enfrentar la situación. En el fondo, esperaba que mi suerte hubiera cambiado y todo se resolviera sin necesidad de deshacer siquiera la maleta.
¿Era mucho pedir que Thiago se diese cuenta por fin de la falta de interés de mi hermana, gracias al escueto emoticono de pulgar levantado que le había enviado como respuesta a su insinuación, y así me ahorrase todo lo demás?
Mucho me temía que no iba a tener esa suerte.
Cuando me armé de valor, y salí del baño, la casa estaba envuelta en un silencio sepulcral. Las luces suaves iluminaban el pasillo, creando sombras en las paredes, y yo lo recorrí cautelosa, conteniendo la respiración hasta llegar al final de las escaleras.
Me detuve junto al pasamanos, miré a mi espalda y, al girarme de nuevo, observé el vestíbulo desde arriba.
—¿Jaime? —Mi voz apenas rompió la calma.
La contestación que recibí fue un crujido espeluznante, respuesta más que suficiente para que mis pasos resonaran huecos contra los peldaños al bajar.
Conforme avanzaba, un lejano eco de golpes se superpuso al retumbar acelerado de mi corazón. Intrigada, y con la urgente necesidad de encontrar a alguien en la casa —preferiblemente vivo—, me dirigí hacia el origen del sonido.
Al doblar una esquina entre el salón y la cocina, descubrí una puerta entreabierta que daba acceso al exterior.
Los golpes provenían de allí.
«Las rubias siempre mueren primero en las pelis de terror…».
—Cállate de una vez —musité a la voz mental de mi hermana.
Me acerqué con sigilo y, una vez allí, empujé la madera con suavidad y asomé la cabeza para ver qué ocurría.
Casi había esperado toparme con algo espeluznante, de ahí mi gesto contraído, por el contrario, lo que me recibió fue una escena del todo inesperada, estimulante e inspiradora, que borró de un plumazo el miedo y me caldeó por dentro.
Por un breve instante una sombra de duda cruzó mi mente; pero, al fijarme bien en los detalles, me relajé al saber que seguía tratándose de Jaime.
De un glorioso y enérgico Jaime, con un mástil largo y grueso entre las manos y en mangas de camisa, cortando leña con un hacha, para ser más exacta.
Me quedé allí, observándolo en silencio, maravillada por la determinación y la destreza de aquellos brazos que hacían crujir la madera sin piedad.
Los músculos se le definían debajo de la prenda, los golpes mecían su cabello revuelto y húmedo, y las mejillas las tenía enrojecidas por el frío y el esfuerzo.
Sin embargo, no fue solo la habilidad que parecía tener con el instrumento lo que me dejó noqueada ni el aspecto rudo y a la vez encantador que lucía, sino su ceño fruncido y la forma en la que apretaba la mandíbula, concentrado.
La masculinidad que reverberaba de su cuerpo y que despertó en mí la necesidad de recorrer su cara y su cuello con los dedos para aliviar toda esa tensión que parecía consumirlo.
Detuvo su actividad cuando se percató de mi presencia y su respiración acelerada fue un fiel reflejo de la mía, solo que por diferentes motivos.
—Hola —dijo jadeante dejando el hacha a un lado—. ¿Todo bien?
El choque de sus manos justo antes de desprenderse de los guantes me sacó de mi estado hipnotizado.
—Hola —lo saludé alterada. «Más que bien», respondió mi propio subconsciente, subyugado todavía por la gloriosa visión—. Sí… Esto, ¿no ha llegado tu hermano aún?
Él negó con la cabeza y nuestras miradas se encontraron. Por un momento me pareció ver un destello de irritación en sus ojos, pero no pude confirmarlo antes de que rompiese el contacto visual y se pusiera a recoger los trozos de madera esparcidos a su alrededor.
—¿Necesitas ayuda? —me ofrecí, ya que quería sentirme útil.
—Solo estaba cortando un poco de leña —explicó mientras me acercaba a él.
No era una experta en fogatas, aun así, me pareció que el montón de troncos tirados a su alrededor, más los que había ordenados de forma meticulosa en el leñero, serían suficientes para calentar toda la casa durante una temporada de invierno completa.
—Ya veo —respondí aguantando una sonrisa.
Se irguió tras agarrar unos cuantos.
—Voy a llevarlos dentro —me informó sin mirarme.
Asentí y me dispuse a imitarlo. Cualquier cosa era mejor que quedarme observándolo obnubilada, así que tomé el par de leños más cercanos a mi posición y lo seguí de regreso a la casa, hasta el salón que había vislumbrado de pasada en mi huida del fantasma del pasillo.
Jaime dejó su carga a un lado del enorme hueco en la pared hecho con piedras, y lo imité al tiempo que él se agachaba.
Durante unos minutos se entretuvo en colocar de forma metódica los trozos de madera, evaluando con cuidado el tamaño y la disposición de cada uno con una precisión casi quirúrgica.
Observé en silencio su minuciosidad, embelesada con cómo calculaba cada movimiento antes de ejecutarlo, hasta que, satisfecho con su obra, se puso en pie justo en el momento en el que el fuego comenzaba a cobrar vida.
Nuestros ojos se encontraron y, por la forma en la que me miró, supe que no era la única que sentía la electricidad que fluía entre nosotros.
En esa ocasión fui yo la que rompió el contacto.
Paseé la vista por las llamas, y ambos nos quedamos absortos en la tranquilidad del momento y en el crepitar de la madera; fue como si, por unos minutos, el mundo exterior se hubiera desvanecido y solo estuviésemos nosotros y el calor reconfortante del fuego, que no tardó en extenderse a nuestro alrededor.
Se me escapó un suspiro relajado un segundo antes de girarme hacia él.
Al enfocar la vista en su perfil, la luz anaranjada le iluminaba la expresión serena.
Entonces, algo captó mi interés: una pequeña mancha oscura apenas perceptible en la parte alta de su pómulo, pero sí lo suficiente como para llamar mi atención.
Sin pensarlo, extendí la mano y, en un acto reflejo, la pasé por su piel para limpiarlo con delicadeza. Su reacción no fue la que cabría esperar, pues dio un paso atrás para tomar distancia a la vez que me miraba ceñudo.
—Lo siento —me disculpé al captar la sorpresa y el rechazo en su gesto.
Justo en ese momento, el sonido estridente de un teléfono rompió el tenso silencio. Jaime se separó un poco más de mí, por si los dos metros que había dejado entre nuestros cuerpos no fueran suficientes, y sacó su móvil del bolsillo.
Al ver la pantalla, frunció el ceño aún más y se giró para darme la espalda.
—¿Dónde estás? —preguntó en tono seco al llevárselo a la oreja—. No… En la casa… ¿Cómo?
Su voz sonaba tensa, pero no fue hasta que rotó su cuerpo y me miró con gravedad que no se me detuvo la respiración.
—¿Qué ocurre? —susurré casi sin voz y temiendo la respuesta.
Él extendió la mano con la que agarraba el aparato hacia mí.
Yo lo observé como si se tratase de una especie de carga explosiva.
Y soltó la bomba.
—Thiago quiere hablar contigo.