Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 5 - Bienvenida
12%

5 - Bienvenida

El silencio es la pausa que le da sabor a la música de la vida

Su nombre era Jaime. No Thiago.

No. Era. Thiago.

¿Y no se suponía que Diana tendría que haberse dado cuenta de algo así?

Maldita sea, ¿es que acaso también eran gemelos? Las probabilidades de que eso fuera posible eran escasas, pero no podía descartar nada; para muestra, un botón. El parecido entre ambos era asombroso, y yo sabía de lo que hablaba, Diana y yo éramos idénticas, al fin y al cabo, ¿no?

Pensé en ella… ¿Se habría dado cuenta de que no eran la misma persona de haber estado en mi lugar? Quise pensar que no, que su «debilidad de almeja» le habría impedido fijarse en las cosas más mundanas de Thiago.

Sentí algo parecido al alivio. Alivio de entender que, si Jaime no conocía a Diana lo suficiente, no se olería toda la farsa que habíamos montado.

Sin embargo, ese alivio fue eclipsado al momento por una oleada de angustia y nerviosismo renovado, porque no podía zanjar la situación en aquel momento, por más que me pesase.

Una duda me asaltó: ¿por qué no había venido Thiago al aeropuerto?

Mis planes se habían truncado y tendría que esperar a tenerlo delante para poder cortar con él, lo que añadía una carga de incertidumbre a una situación ya de por sí peliaguda.

Además, estaba el tema del beso con Jaime.

Mi mente se retorció sobre sí misma al saber que había metido la pata hasta el fondo. ¿Tendría algún peso para la relación entre Thiago y mi hermana? ¿Podría utilizarlo yo misma como excusa para forzar una discusión cuando lo tuviera delante?

—Siento lo de antes.

—¿Cómo? —preguntó con una expresión ausente, como si acabara de regresar de algún lugar mental muy muy lejano.

—El beso —le aclaré sintiendo el calor subir por mis mejillas y el pulso desbocado—. Sois iguales.

Y fue entonces, en el peor momento desde que lo había conocido, cuando él decidió obsequiarme con una sonrisa.

Surgió lentamente, abriéndose paso en su cara como esa primera luz del amanecer después de una larga noche de tormenta.

Una preciosa y comedida sonrisa que dulcificó su rostro y me tomó por sorpresa.

Durante un segundo me pareció percibir algo más allá de la superficie, como si escondiera un mundo de pensamientos y emociones, y muy poca gente comprendiera esa complejidad. Todo un universo entero, con sus satélites y constelaciones, oculto detrás de aquella fachada de aparente calma.

Por si no fuera suficiente, a esos labios curvados con gracia le siguieron unos ojos intensos y a la vez serenos, de una profundidad cautivadora y que me observaron pacíficos.

—No te preocupes, no es la primera vez que nos confunden.

—¿Sois gemelos? —pregunté todavía obnubilada.

Jaime negó divertido.

—Tengo dos años más, pero me parezco más a él que a mi melliza —me explicó y el brillo en sus iris se intensificó—.

A veces dos hermanos pueden parecerse mucho sin ser gemelos porque comparten una gran cantidad de material genético.

Los padres pueden transmitir genes similares a ambos hijos, independientemente del momento en el que se hayan gestado.

—Debió de percatarse de mi gesto alucinado, porque carraspeó y rectificó su discurso—.

En realidad, si te fijas bien, no somos tan parecidos.

Recordé que había dicho algo similar en el aeropuerto y, al obedecerlo, me di cuenta de uno de esos detalles que los diferenciaban.

—No tienes piercings —mencioné, y sus cejas se arquearon como si mi absurda observación lo hubiera sorprendido.

Aunque me sentí ridícula por señalar algo tan trivial, le recorrí su imponente cuerpo con la mirada.

Para cambiar de tema, decidí preguntarle algo más relevante—. ¿Y Thiago?, ¿no va a venir?

Recé porque me dijese que sí; necesitaba esa confirmación para poder poner fin a ese enredo de una vez por todas y volver a Costa Serena, al refugio de mi casa y de mi guitarra.

Por supuesto, no iba a tener tanta suerte.

—No.

Parpadeé repetidas veces, pues esperaba una explicación más extensa que aquella simple negativa. La frustración empezó a burbujear en mi interior cuando fui consciente de que no captaba el mensaje implícito en mi mirada.

—¿Por qué? —inquirí tratando de mantener la calma, pese a que por dentro me estaba consumiendo la ansiedad.

Jaime suspiró, como si soportase una carga muy pesada sobre sus hombros.

—Le ha surgido un imprevisto —explicó con una expresión sombría. Su contestación me golpeó con fuerza, y él debió de notarlo, porque añadió—. Sube, te llevaré con él.

No me vi capaz de insistir. Se me aceleró el pulso al ser consciente de que, aunque prefería no hacerlo, no tenía otra opción. No, si quería acabar con aquello y regresar. Además, tampoco era como si creyese que Jaime fuese a hacerme algo malo, así que me monté en el coche sin decir ni una palabra.

Al sentarme y abrocharme el cinturón, él tan solo me dedicó un ligero asentimiento. Kilómetro tras kilómetro, el nerviosismo se fue apoderando de mí, creciendo como una sombra que se alargaba con cada curva y giro en el camino. Y permanecimos así, en silencio, durante casi una hora de trayecto.

En contraste, él parecía imperturbable y concentrado en la conducción, como si la tensión y la tormenta de emociones que se gestaba dentro del vehículo no le afectase de ninguna manera.

Mi vista se concentró en sus manos, de dedos largos y nudillos pronunciados.

Transmitían una fuerza evidente al sostener el volante, pero a la vez parecían suaves y delicadas, con aquella piel clara salpicada por algunas pecas dispersas que lo caracterizaban.

Me resultó imposible no seguir el camino por sus brazos, cuello y perfil, hasta toparme con un ceño ligeramente fruncido.

Aquella señal de concentración, junto con la mandíbula marcada, acentuaban su aspecto decidido, y la nariz, fina y recta, le añadía un toque de distinción y carácter al conjunto.

La atracción que despertaba en mí era innegable; esa aura intrigante y su atractivo no dejaban de captar mi atención. Debía admitir que, aunque por momentos me resultaba desconcertante, su tranquilidad también me ofrecía un ligero consuelo en medio de toda aquella incertidumbre.

Jaime, a diferencia de mí, no desvió su atención del camino ni siquiera cuando el paisaje se fue transformando ante nuestros ojos, revelando una estampa invernal.

Inspiré hondo y me acomodé en el asiento una vez más. Decidí concentrarme en las vistas a las que él parecía tan acostumbrado, donde las montañas se habían vestido de blanco y los árboles se inclinaban bajo el peso de la nieve.

Cuando me di cuenta de los copos que caían sobre el cristal, no pude contener una pequeña exclamación de asombro.

—Está nevando —susurré sin esperar respuesta; sin embargo, su voz ronca me sobresaltó.

—La nieve es fascinante —señaló y se aclaró la voz para continuar con su explicación—.

¿Sabías que, aunque parezca blanca, en realidad no tiene color?

Lo que ocurre es que cuando la luz del sol incide en ella, los cristales de hielo actúan como pequeños prismas, dividen la luz en todos los colores, y estos se mezclan y combinan de tal manera que la percibimos blanca. Es un fenómeno óptico muy interesante.

«Puto friki», soltó Diana en mi mente. La ignoré.

—Sí que lo es —reconocí—. Y no, no lo sabía.

Por primera vez en todo el trayecto, él desvió un segundo los ojos de la carretera y me miró. Sentí un hormigueo en los labios cuando sus ojos se posaron en mi sonrisa.

No volvió a girarse hacia mí ni a pronunciar palabra hasta que entramos en un camino privado y, tras disminuir la marcha, se detuvo y echó el freno de mano.

—Hemos llegado. —El estómago se me puso del revés—. Bienvenida al segundo hogar de los Domènech Ventura.

Con los nervios a flor de piel observé impresionada las vistas exteriores de una enorme vivienda rústica.

La casa, majestuosa y robusta, se alzaba imponente entre las montañas, con sus altos muros de piedra y el tejado cubierto por un manto blanco de nieve.

Los grandes ventanales de las plantas superiores reflejaban la suave luz de la nevada, creando destellos brillantes y resplandecientes que danzaban sobre la fachada y añadían un toque mágico a la escena invernal.

—Gracias —le dije sin dejar de mirar por la luna delantera—. Es preciosa.

Jaime no dijo nada. En su lugar, escuché cómo abría la puerta y la cerraba un momento después con suavidad.

—Guau —musité una vez a solas.

La vivienda, fundida al pie de la montaña, era tan impresionante que fui incapaz de no quedarme ensimismada contemplándola. Y fue el sonido del maletero el que captó unos segundos después mi atención y me trajo al presente.

Abrí la puerta y una corriente gélida se coló a través de ella. A pesar de maldecir una vez más a mi hermana por la falta de abrigo, también me recreé en cómo el aire fresco y puro me llenaba los pulmones. Inhalé con fuerza, sintiendo cómo revitalizaba mi mente y despertaba mis sentidos.

Una oleada de emoción se apoderó de mí, pues jamás había pisado la nieve. Al bajar del vehículo, me recibió un silencio tranquilo y sereno. Mis pies encontraron el suelo cubierto por una capa de nieve blanda y crujiente que se compactó bajo mi peso.

Fue entonces cuando Jaime me interceptó.

—Ten, ponte esto.

Me giré hacia él.

Lo vi tendiéndome su cazadora acolchada e instándome a que metiese los brazos en ella. Antes de poder replicar ya me estaba ajustando el gorro en la cabeza. Agradecí el reconfortante calor al momento, aunque su gesto, lejos de ser romántico, fue puramente práctico.

Le di las gracias, y él le restó importancia con un asentimiento al tiempo que agarraba mi maleta.

Anduvimos juntos hasta la vivienda. Mis pasos, algo inseguros sobre el terreno, me obligaron a avanzar más despacio. Cuando por fin lo alcancé en el porche, tenía los nervios a flor de piel, tanto por la caminata como por la tensión de estar a punto de ver a Thiago.

Un ligero crujido resonó en el silencioso ambiente cuando Jaime abrió la puerta principal. Me sobresalté al escuchar unos pitidos mientras nos adentrábamos en el vestíbulo, y él soltó mi maleta y una maldición al mismo tiempo.

—La alarma —dijo entre dientes—. Dame un momento.

Asentí sin necesidad, ya que Jaime no me miró antes de abandonar el lugar en dirección al panel de control. El sonido cesó poco después, y apreté las manos la una contra la otra durante la espera.

Aproveché para observar de forma breve el interior de la casa, donde la entrada principal se abría hacia un amplio espacio, decorado con muebles de estilo rústico y toques modernos que daban un aire acogedor al conjunto.

Un gran ventanal dejaba entrar la luz e iluminaba las paredes adornadas con cuadros y fotografías familiares.

Desde mi posición escuché a Jaime llamar a Thiago repetidas veces en algún lugar de la planta baja. Su voz parecía alejarse un poco más cada vez.

Inquieta, me moví un par de pasos y fue entonces cuando percibí un ligero aroma, cálido y reconfortante, que emergía del cuello de mi abrigo prestado. Bajé la cabeza como acto reflejo e inhalé aquel olor con deliberada intención.

Me erguí como una niña pillada en una fechoría cuando Jaime regresó.

—Se va a retrasar un poco más —anunció con la mandíbula apretada—. Si quieres, puedes dejar tu maleta en su habitación.

—Vale.

El nudo en mi estómago se cerró un poco más y traté de mantener la compostura. Me mordí los labios al ver su gesto crispado y lo seguí escaleras arriba, hasta un amplio pasillo decorado con elegancia.

—Es aquí —anunció al abrir una de las puertas de madera.

Me detuve en el umbral mientras él entraba, subía la persiana y dejaba mi maleta en el banco a los pies de la cama. La habitación era amplia y acogedora, decorada con tonos cálidos y muebles de madera que contrastaban con el frontal de piedra sobre la cama.

—Tenéis una casa muy bonita —comenté tratando de romper el silencio.

—Gracias —respondió él al acercarse a mi posición—. La decoraron mi madre y mi tía tras la reforma.

No me pasó desapercibido cómo se le suavizó el gesto al hablar de ellas.

—Pues les ha quedado preciosa.

Asintió escueto y rehuyó mi mirada.

—Te dejo para que te instales. El baño está justo ahí —anunció señalando la puerta de enfrente y, acto seguido, salió del dormitorio en dirección a las escaleras.

Observé su recorrido y, justo cuando apoyó la mano en la barandilla con la intención de bajar, mis palabras salieron solas:

—Muchas gracias por todo, Jaime.

Se detuvo con la espalda erguida e, incluso desde la distancia, pude ver cómo los hombros le subieron y bajaron al coger aire.

—No es nada —musitó sin girarse y, sin más, se marchó escaleras abajo.

Apoyé la espalda en la madera de la puerta cuando me encerré en la habitación y cerré los ojos.

—Diana, yo te mato.