Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 4 - Mentiras
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4 - Mentiras

Salta del trampolín antes de que la realidad te haga caer

Su figura ocupaba todo el espacio, como si su cuerpo irradiara una fuerza magnética que empujase suavemente al enjambre de personas que nos rodeaba, creando un pequeño vacío a su alrededor. Y yo estaba allí, frente a él, observándolo como una imbécil con la boca abierta.

El saludo que debía dirigirle había muerto mucho antes de que mi cerebro cumplidor enviase la orden necesaria para ser capaz de pronunciar las palabras.

Como una cobarde, dejé que fuese él quien actuara. Esperé con ansia que él rompiese el hielo y diera el primer paso, así sabría cómo continuar y qué se esperaba en realidad de mi comportamiento. No obstante, Thiago no hizo nada más que observarme en silencio.

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral cuando elevé la cabeza y me fijé en que sus rasgados ojos, intensos, penetrantes y de un color marrón tan claro que parecía ámbar, me miraban con sorpresa y curiosidad, como conteniendo un millón de preguntas.

Para mi sorpresa, me dije que respondería gustosa cada una de ellas.

Mi conciencia me tranquilizó alegando que aquella sensación burbujeante que me nacía en la parte baja de la columna tan solo era fruto de los nervios por la situación.

«Cuando te subas a ese avión dejarás de ser Emma. Debes comportarte como lo haría yo», me sermoneó una vez más la oportuna voz de mi hermana.

Llevaba razón, debía hacer algo. Ella no se habría quedado como un pasmarote delante de él, ni aunque le pagasen una millonada por actuar de estatua decorativa. Ella habría…

No, me negaba a saltar a sus brazos, rodearle la estrecha cintura con mis piernas y morrearme con él delante de todo el aeropuerto, que sería exactamente lo que Diana haría de estar en mi lugar.

Ignoré el estremecimiento de mi cuerpo ante aquel pensamiento y me obligué a centrarme en el objetivo; estaba allí para terminar con él, no para meterme en su cama.

Pero ¿qué tal un beso? Sí, ¿por qué no? Uno fugaz y, en cierto modo, frío; que dejase claras mis intenciones y lo mantuviera a distancia.

Un beso parecía ser mi mejor opción, teniendo en cuenta que las demás alternativas no encajaban con mi futuro papel de exnovia o no estaba dispuesta a hacerlas.

Maldita sea, qué absurda me sentía.

Estaba a punto de cumplir veinticuatro años y no iba a ser el primer tipo con el que me besara.

Era ridículo estar tan nerviosa, aunque de alguna manera aquello lo sentía diferente.

Quizá porque estaba a punto de recibir algo que no me pertenecía, una muestra de cariño dirigida a otra persona que, por supuesto, no era yo, pese a que él así lo creyera.

Me obligué a dejar de pensar y a pasar a la acción. Aquella situación rayaba en lo ilógico, así que inspiré hondo, tragué saliva y, al volver a mirarlo, la decisión se terminó de tomar sola, como si mi mente hubiera escogido saltar del trampolín antes de que mis miedos la hicieran caer.

Avancé hacia él con el corazón retumbándome en el pecho, apoyé las manos en su torso, cerré los ojos y me erguí sobre la punta de mis pies, buscando acortar la distancia que nos separaba.

Su boca estaba entreabierta cuando la rocé con la mía.

El contacto fue breve, a pesar de que una parte de mí, la que parecía poseída por el espíritu de Diana, me instó a detenerme y saborear el momento.

La ignoré, desde luego.

Cuando nos separamos, los labios me hormigueaban y el aire se volvió denso, como si se hubiera cargado de expectación. Nos contemplamos de nuevo. Las manos le caían a cada lado del cuerpo y en su mirada me pareció atisbar algo más, algo que no logré descifrar.

Sabía que debía hablar; tenía que decir algo, por el amor de Dios. Aun así, tan solo pude esbozar una sonrisa nerviosa, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Contra todo pronóstico, la respuesta de Thiago fue seguir observándome fijamente, con la misma postura envarada y gesto serio.

Mierda, ¿se habría dado cuenta de la mentira?

Comencé a sudar sin ningún sentido, dado el frío que se colaba por la puerta automática cada vez que esta se abría.

Traté de mantener la compostura y de ignorar el hecho de que, por dentro, me estaba desmoronando, pero la paciencia de la que siempre hacía gala se había esfumado hacía rato. ¿Es que no pensaba decir nada?

La tensión a nuestro alrededor era palpable, él debía de notarla al igual que yo. Además, cada segundo que pasaba sin que ninguno de los dos hablara aumentaba aquella sensación, por lo que, al fin, me decidí a ser yo quien tomase la iniciativa. Una vez más.

Me aclaré la garganta e intenté tragar saliva, pero mi boca estaba seca.

—Ho… —Un fuerte golpe en mi hombro derecho me empujó hacia él y terminé mi grandilocuente discurso con un ridículo quejido.

Thiago detuvo el impacto agarrándome por los hombros justo en el momento en el que la voz apurada de una mujer llegaba hasta nosotros.

—¡Lo siento! —exclamó esta sin detener su carrera, a la vez que tiraba de una maleta tan grande que parecía desafiar las leyes de la física.

La cercanía del novio de mi hermana trajo consigo su olor: un atrayente y varonil perfume que parecía casar con él a la perfección. El aroma se filtró con fuerza en mis sentidos y dejó una estela de notas amaderadas y cítricas que despertó reacciones muy contradictorias en mí.

¿Cómo no lo había apreciado antes, durante el beso?

La respuesta me la chilló mi gemela colándose de nuevo en mi mente: «Porque estabas tan nerviosa que contenías la respiración, palurda».

—¿Estás bien? —me preguntó sin soltarme.

Su ceño fruncido contrastaba con la aparente calma de sus labios. Esos labios que yo había besado y que él no había movido ni un centímetro mientras lo hacía.

Retrocedí ligeramente, aturdida por toda la situación.

—Sí. —Intenté forzar una sonrisa despreocupada—. Lo siento, por poco te aplasto.

—No ha sido tu culpa. —Le restó importancia, y asentí manteniendo la tensión en la cara para conservar aquella mueca falsa.

Maldita sea, qué difícil era fingir ser otra persona.

Me di cuenta de su amago por devolverme el gesto a la vez que me soltaba de forma suave, pero su rostro no logró transmitir calidez alguna. Un segundo después, giró la cabeza hacia donde había desaparecido la figura de la mujer y su expresión se tornó ausente.

—¿Thiago? ¿Ocurre algo? —Traté de que mi voz no sonase titubeante. No lo conseguí del todo.

Al ponerle la mano en el antebrazo su atención regresó de inmediato a mí. La incomodidad aumentó cuando noté su mirada fija en el punto exacto donde nuestros cuerpos se tocaban.

—Sabía que esto era un error —masculló en un tono apenas audible.

Se me heló la sangre en las venas y casi no pude articular palabra.

«Un error», resonó en mi mente.

—¿Qué qui…?

No me dio la oportunidad de terminar.

—No debería haber venido.

Mi boca se abrió en una muda sorpresa, pero no tuve tiempo de responder antes de que me agarrara del codo con determinación y me apartara rápidamente de la trayectoria de un grupo de chicos que pasaban corriendo a nuestro lado.

La vida en Barcelona parecía ser una absoluta locura.

—Gracias —logré musitar.

—Será mejor que salgamos de aquí —dijo con urgencia y reaccionó al instante echándose a andar.

Lo seguí, todavía alucinada por sus palabras; con un poco de suerte él haría todo el trabajo, y yo no tendría que continuar con la farsa.

Caminé hacia el exterior del bullicioso aeropuerto y, una vez fuera, el aire gélido me golpeó en el rostro. Me detuve un instante y me encogí tras la insuficiente chaqueta de cuero, aunque, al darme cuenta de que Thiago parecía tener prisa, aceleré mis pasos tras él.

Sus piernas eran más largas que las mías, así que lo traté de alcanzar con pisadas cortas y rápidas hasta el área de estacionamiento.

Me dio lugar a observar su figura en movimiento y a intentar descifrar qué estaba pasando por su mente y por qué parecía tan molesto y apurado. ¿Siempre se comportaba de manera tan extraña y hermética?

Por más vueltas que le di no terminé de entender lo que había sucedido allí dentro y la curiosidad me estaba matando.

Me detuve abruptamente cuando, con gestos mecánicos, se puso a trastear en la máquina automática.

Me balanceé de un pie a otro, intentando mantener la actividad para no morir de frío, y me mordí el interior del labio al darme cuenta de que me estaba observando de reojo al tiempo que el aparato le entregaba el ticket .

—Listo —farfulló.

Negué incrédula al ver que reanudaba el paso sin esperar mi respuesta. Casi tuve que echar a correr para alcanzarlo y, al hacerlo, una ráfaga de aire me hizo temblar y buscar refugio en mi chaqueta.

Thiago desbloqueó las puertas de un elegante coche negro que no le pegaba en absoluto y, solo entonces, me miró de forma directa.

Su ceño se frunció.

—¿Y tu abrigo? —preguntó al recaer en mi pose encogida—. ¿Eso es todo lo que traes para resguardarte del frío?

Apreté los labios conteniendo una contestación sarcástica. A buenas horas se interesaba por mi bienestar.

Me abstuve de explicarle que en Costa Serena esa misma mañana el termómetro marcaba veinte grados y que, sobre todo, la maldita maleta no la había preparado yo. De haber sido así, me hubiese preocupado de mirar el tiempo previsto para esa zona del país.

—No te preocupes —respondí en tono neutro, pese a que por dentro estaba llena de preguntas sin respuestas.

—Sube. —Elevé una ceja en su dirección, sorprendida porque hubiese sido tan directo después de ignorarme; una cosa era que quisiera ser conciliadora y otra que fuese idiota.

Él notó el cambio en mi actitud y habló con voz más amable—.

Con esta temperatura, y la velocidad del viento, las probabilidades de que sufras una hipotermia son considerablemente altas y, créeme, las consecuencias pueden ser tan desastrosas como el colapso e incluso la muerte.

Fue mi turno para arrugar la frente tras su explicación.

¿De dónde demonios había sacado mi hermana a aquel tío? Solo le faltaba añadir a su discurso que cargar con mi cadáver sería otra cosa de la que lamentarse.

—¿Por qué dijiste antes que esto era un error? —le pregunté decidida a no subir a su coche.

Lo nuestro, es decir, lo de Diana y él, se tenía que acabar en aquel preciso momento.

No me veía capaz de mantener el teatro mucho más tiempo, además, ¿qué necesidad había?

Cada minuto que pasaba la farsa se me hacía más pesada y opresiva, y temía que si la prolongaba demasiado pudiese terminar barriendo cualquier rastro de honestidad que quedara en mí.

Thiago suspiró y masculló algo que no pude entender. Por un instante, pareció como si estuviera decidiendo si debía responder o tenía otra escapatoria. Y yo esperé lo que me pareció una eternidad antes de que, con un gesto de resignación y pasándose la mano por la nuca, comenzara a hablar.

—Ha habido un malentendido —murmuró con un deje de pesar, como si lamentara todo aquello.

—¿Qué? —pregunté sintiendo una opresión en el pecho.

—Solo hay que fijarse en los detalles para darse cuenta de la diferencia —respondió más para sí mismo que para mí.

Mi corazón latió con fuerza casi ahogando el sonido de su voz.

No había dudas, nos había descubierto, y la sensación me resultó tan horrible que quise echarme a llorar para soltar parte de la tensión que tenía acumulada desde hacía días.

—Thiago, yo…

La voz me salió en un susurro cargado de culpabilidad y vergüenza.

—No, por favor. —Sacudió la cabeza con una especie de risa cansada—. No me llames así.

El desconcierto me paralizó y me quedé callada mientras intentaba asimilar lo que acababa de pedirme. ¿Es que le habíamos hecho tanto daño que hasta le resultaba insoportable el sonido de su nombre en mis labios?

—¿Qué? —repetí realmente confundida.

Y entonces, con una simple frase, el aire se me quedó atascado en mitad de una inhalación.

—Mi nombre es Jaime. Soy el hermano de Thiago.

Su revelación me dejó noqueada y con los ojos muy abiertos, intentando procesar las implicaciones de lo que acababa de desvelarme, porque si no estaba equivocada Thiago también había intentado engañar a mi hermana.

La sensación de estar atrapada en una red de mentiras me invadió por completo y no me gustó en absoluto.

Porque sí, parecía que el gato había sido cazado por el ratón, y yo, con aquel disfraz que me quedaba grande, estaba metida hasta el fondo de su madriguera, exactamente a setecientos sesenta y nueve kilómetros de profundidad.

Intenté asimilar todo aquello, asimilar que en realidad no me había descubierto, y me di cuenta de que el juego acababa de cambiar por completo.