Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 3 - ¡Y acción!
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3 - ¡Y acción!

Enfrentarse al miedo es como bailar en la oscuridad con un monstruo: al principio puede parecer aterrador, pero al final descubres que solo tenía dos pies izquierdos

Cerré el libro por cuarta vez cuando las letras danzaron sin ningún sentido ni orden por delante de mis ojos.

Por más que lo había intentado, me sentía incapaz de evadirme en la lectura, ya que mi mente se empeñaba en recrear una y otra vez los diferentes escenarios posibles de lo que estaba por venir.

Apoyé la cabeza en el asiento, cerré los ojos y me concentré en el zumbido monótono del avión y de los murmullos a mi alrededor.

Tan solo pasaron unos segundos antes de que me diese cuenta de que ni siquiera el constante ruido del motor podía acallar las voces que invadían mi mente, repitiéndome que estaba cometiendo un error y que no debía haberme prestado a aquella maldita locura.

Traté de relajar la tensión que se acumulaba en mis músculos agarrotados, especialmente la de mis manos, que apretaban con fuerza el reposabrazos sin que fuera consciente de ello. Me obligué a aflojar el agarre y un dolor punzante en la yema de los dedos mostró la ansiedad que me dominaba.

Inspiré hondo y solté el aire de forma lenta y pausada por la boca.

Repetí el ejercicio un par de veces con la intención de encontrar paz en medio de aquel torbellino de emociones, pero cada inhalación tan solo parecía alimentar mis preocupaciones, insuflándolas de vida y haciendo que mi corazón latiera aún más rápido.

¿Y si algo salía mal? ¿Y si no lograba convencer a Thiago de que yo era Diana y, después de tanto esfuerzo, fracasaba en mi misión?

No supe qué temía más: si la reacción de él si eso llegaba a producirse o lo que me tocaría aguantar con mi hermana al volver.

La idea de enfrentarme a él, de verlo y comenzar con la actuación de mi vida, me hacía sentir como si estuviera al borde de un abismo y el suelo desapareciese poco a poco bajo mis pies.

Se me daba bien cantar y tocar, no interpretar; por algo nunca me escogían para los papeles principales en las representaciones de la escuela, y a Diana sí.

Diana… La única culpable de que en aquel momento me encontrase a más de cuarenta mil pies del suelo.

Como si hubiera sido invocada por mis pensamientos, sus últimas palabras, pronunciadas justo antes de bajarme del coche en el que me había llevado al aeropuerto, regresaron a mi mente: «Cuando te subas a ese avión dejarás de ser Emma.

Olvídate de la compasión y la empatía, tan solo quédate con lo justo de ambas para cuando hables con él.

Debes comportarte como yo, respirar como lo haría yo, reír cuando reiría yo, moverte como me muevo yo.

En definitiva: deberás ser yo; excepto por lo de dejar que se meta entre tus piernas, claro».

En aquel momento tan solo había asentido, contagiada por su determinación y deseosa de bajarme del vehículo tras haberme arrebatado hasta el teléfono móvil para intercambiarlo por el de ella.

Ahora era más consciente que nunca de que debí haberme negado.

Tendría que haberle dicho que no estaba preparada para asumir ese papel, que no iba a poder engañar a Thiago ni a convencerlo lo suficiente como para que no descubriera la farsa.

¿Y qué pasaría si mis peores miedos se cumplían?, ¿me dejaría tirada en medio de las montañas?, ¿me llevaría de vuelta al aeropuerto para que pudiera regresar a casa?

Una cosa estaba clara: iba a descubrirlo pronto, pues una voz metálica resonó en la cabina. Llegaríamos a nuestro destino en unos minutos y, según parecía, el clima que íbamos a encontrar al desembarcar no era nada halagüeño.

—¿Te ayudo? —me preguntó con amabilidad el chico sentado a mi lado, consciente de mi torpeza cuando, por tercera vez, erré al tratar de abrochar el cinturón de seguridad.

Le devolví la sonrisa, pero mi asentimiento murió justo cuando la voz de mi hermana resonó en mi cabeza con fuerza: «¡Debes comportarte como lo haría yo!».

Apreté los dientes cuando una incómoda tensión se hizo notar al intentar adoptar esa actitud forzada en mi rostro. No sin esfuerzo conseguí mutar el gesto y fui consciente del momento exacto en el que él notó el cambio en mi expresión, porque sus cejas se fruncieron ligeramente.

«Eso es, no puedo mostrarme débil —me dije infundiendo seguridad a mi actuación—. Diana no necesita ayuda. Diana es segura de sí misma. Diana no permitiría que un tipo cualquiera la rescatase como a una damisela en apuros. Diana es la puta ama».

—No, gracias. Acabo de activar mis superpoderes de autosuficiencia y puedo solita. —Forcé una sonrisa, tal y como terminaría mi gemela su propio discurso, y no pasó ni un minuto antes de que me arrepintiera por ser tan borde con una persona que solo estaba queriendo ser amable conmigo.

El chico retrocedió un poco, sorprendido por mi respuesta. Giré la cabeza hacia la ventanilla y me mordí el labio, mortificada por mi actitud.

¿Había ido demasiado lejos en mi actuación?

Ya estaba hecho. No podía dudar. Si iba a enfrentarme a Thiago en unos minutos tenía que demostrarme a mí y al universo que estaba preparada para aquella pantomima y, sobre todo, tener seguridad en mí misma…

Bueno, no en mí misma, claro, sino en mi propia versión de una Diana fusionada con las partes necesarias de mi personalidad y que acabarían con todo aquello de forma pacífica, eficaz y, sobre todo, contundente.

Estaba claro que aquel personaje que acababa de interpretar no era yo, por lo que no podía permitir que me afectase tanto.

Debía tomarme aquel experimento como algo externo y conseguir dejar a un lado mis propios pensamientos y respuestas naturales, para actuar como ella sin remordimientos.

Llevaba toda la vida a su lado, no podía ser tan complicado, ¿no?

Veinte minutos después salí de la terminal con paso firme. Debía admitir que mantuve la compostura con demasiado éxito, a pesar de que los nervios me retorcían el estómago. No flaqueé ni cuando me crucé con el chico del cinturón y me dirigió una mirada cargada de desprecio.

Mis ojos barrieron el área de llegadas, buscando ansiosos la figura de Thiago entre la multitud. Unos infructuosos minutos después, aminoré la marcha y saqué el teléfono móvil de Diana del bolsillo de la cazadora de cuero que llevaba puesta. La prenda también era de ella, por supuesto.

Abrí la aplicación de mensajería instantánea y me extrañé.

No había ninguna respuesta al escueto aviso que le había enviado al montar en el avión.

Mis dedos se movieron solos al pulsar sobre su foto de perfil, lo que hizo que la imagen se ampliara.

Su cara ocupó casi toda la pantalla y me concentré en su aspecto con la excusa de poder encontrarlo con más facilidad entre todos los rostros a mi alrededor.

Era guapo, había que reconocerlo, o al menos lo estaba congelado en aquel selfi. Se trataba de la misma imagen que Diana me había mostrado la fatídica tarde en la que acepté aquella locura de plan, y en la que en ese momento podía recrearme y repasar su aspecto fijándome en cada detalle.

Tenía una sonrisa confiada y un tanto pícara, como si estuviera a punto de hacer alguna travesura.

Su pelo, con aquel tono pelirrojo más apagado que el de mi tío Leo, se veía cuidadosamente despeinado e imaginé que se pasaría horas delante del espejo por las mañanas intentando darle ese aspecto.

Los ojos, estrechos y claros, le brillaban con una chispa de complicidad y diversión, y aquella barba con alguna zona despoblada dotaba de madurez a sus rasgos suaves, pero definidos.

Thiago tenía un magnetismo indudable, cosa que, por descontado, no le había reconocido a mi hermana. Y eso por no hablar de aquel firmamento de pecas que adornaban su pecho y que resultarían demasiado interesantes para cualquier hembra mortal con ojos en la cara.

Inspiré hondo y memoricé cada detalle una vez más. Después, volví a bloquear el aparato y traté de convertir en realidad la figura de la foto, pero entre la multitud que llenaba la terminal era difícil distinguir con claridad.

—¿Dónde estás? —murmuré.

No servía de nada seguir allí parada, así que decidí continuar caminando, sin prisa ni destino, sintiendo cómo el corazón me latía con fuerza en el pecho y el estómago se me volvía del revés cada vez que algún atisbo de color naranja se vislumbraba entre aquel mar de cabezas.

No quería hacerme ilusiones, aun así, conforme se movían las agujas del reloj mi esperanza crecía más y más.

Quizá Thiago había olvidado aquella cita o, con un poco de suerte, por fin había captado que mi hermana no quería nada serio con él, y yo podría volver a Costa Serena, triunfante, para olvidarme de toda aquella historia.

—¿Diana?

La voz a mi espalda me erizó todo el vello del cuerpo.

Hasta ese momento no me había parado a pensar en cómo tendría que saludar a Thiago; cómo lo saludaría Diana.

La imagen de los labios de la foto, con un punto femenino y decididamente gruesos haciendo contacto con los míos, me golpeó con fuerza un segundo antes de girarme y descubrirlo allí, mucho más alto e imponente de lo que esperaba.