Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 2 - Cámara
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Segunda regla para sobrevivir a una hermana como la mía: si no has obedecido la primera, estás a tiempo de recapacitar

El último acorde resonó en el aula justo cuando el timbre del cambio de clase repicó por toda la estancia.

Dejé descansar la guitarra sobre mi muslo, permitiendo que la melodía se desvaneciera lentamente mientras observaba cómo los estudiantes salían con expresiones variadas, algunos con gestos satisfechos y otros con muecas de alivio.

Despedí a los últimos con una sonrisa y terminé de recoger mis cosas. Justo cuando me disponía a enfilar el pasillo para dirigirme a la sala de profesores, una figura menuda y ágil se cruzó en mi camino.

Rachel, con su cabello oscuro y liso recogido en un moño alto y desenfadado, se me acercó con una sonrisa cálida y un brillo de cansancio en sus ojos verde oliva.

—¿Qué tal te ha ido hoy? —me preguntó con ese suave acento tan característico que le añadía un encanto especial a sus palabras.

Le dediqué un encogimiento de hombros a la vez que me reacomodaba la funda de la guitarra y echamos a andar juntas por el pasillo.

Puede que fuese porque solo me sacaba cuatro años de diferencia, pero, de todos los compañeros que había encontrado en aquella escuela, Rachel era con la que más había congeniado.

—Mejor, aunque sigo algo insegura. ¿Y tú?, ¿cansada? —indagué.

—No sabes cuánto —confirmó y dejó escapar un suspiro—. Entre preparar la mudanza y tratar de enseñarles a estas pequeñas bestias la belleza de la lengua de Molière, estoy molida.

Asentí con empatía sin dejar de caminar. La escuela rebosaba de energía a aquellas primeras horas y tuvimos que sortear a algunos de los chicos que corrían por el pasillo como si se tratase de una estampida.

—¡Deténganse de inmediato! —exclamó ella con voz firme.

Su tono se llenó de tal determinación que los estudiantes obedecieron en el acto.

Incluso mi espalda se envaró ante aquella mirada autoritaria.

Era un hecho, la profesora de francés, pese a su escasa altura, podía dar verdadero miedo con tan solo una palabra—.

Ya deberían saber que correr por los pasillos está estrictamente prohibido.

Es peligroso y perturba el orden de la escuela.

Los chicos asintieron y se disculparon, incómodos ante la reprimenda. Yo les sonreí circunspecta un paso por detrás de mi compañera, que los observó con atención durante un momento más antes de permitirles continuar su camino.

— Blanc-becs [1] … ¿Queda mucho para que llegue el fin de semana?

Solté una risita baja ante su lamento que se congeló cuando recordé que estábamos a jueves y que al día siguiente tenía una cita a unos ochocientos kilómetros.

—Ni me lo menciones, por favor.

— Pourquoi? [2]

—Líos familiares —sinteticé—. Por eso me pedí el día de mañana libre, ¿recuerdas?

Le agradecí con un gesto que me mantuviese la puerta de la sala de profesores abierta.

—¡Hola, chicas! —nos saludó la de Educación Física al vernos entrar. El pelo rizado le salía disparado de la cabeza en todas direcciones—. ¿Os habéis enterado de lo del delegado de quinto A? Qué fuerte me parece que…

—Ahora mismo no, Laura —la interrumpió Rachel—. ¿Puedes recordárnoslo más tarde? Emma y yo tenemos prisa.

La aludida, aficionada a chismorrear sobre cualquier cosa de la escuela, asintió y soltó una disculpa. Se la veía confundida ante aquel tono amable, pero inflexible, que había utilizado para cortar su amago de cotilleo.

Rachel se volvió hacia mí y me pilló sonriéndole a Laura.

— Putain, elle estchiante [3] … —murmuró en su lengua y, pese a no saber qué significaba, por su tono deduje que no era un cumplido—. Me toca vigilar el recreo hoy. ¿Te parece que hablemos luego?

—Claro, no te preocupes.

Ella tan solo asintió, y yo suspiré cuando se marchó. Ni siquiera había sido consciente de haber estado conteniendo la respiración.

—Qué seca es —murmuró Laura, lo que me hizo girar la cabeza y establecer contacto visual con ella—.

¿Sabes que se rumorea que se vino de Francia porque su último novio le puso los cuernos?

Por lo que parece, ella, en venganza, utilizó sus dotes de hacker ocultas para meterse en sus redes sociales y exponer sus secretos más oscuros a la vista de todos.

El chico la amenazó de muerte, y ella huyó del país con lo puesto.

Abrí los ojos, boquiabierta ante la cantidad de detalles y la locura de aquella historia.

¿De dónde demonios había sacado eso? ¿Rachel, una hacker fugitiva?

Era difícil de creer, sobre todo teniendo en cuenta que ya me había pedido ayuda dos veces para entender alguna función de su nuevo teléfono.

Me estremecí al pensar en lo que haría mi amiga si se enteraba de aquellos rumores sobre su vida personal.

Miré a Laura, incómoda y fuera de lugar.

—¿De dónde ha salido esa historia? —le pregunté, dejándole ver mi incredulidad.

—Se la escuché decir el otro día a unas chicas en el baño —confesó con complicidad—. ¿Quién sabe? A veces las cosas más increíbles ocultan una gran verdad…

Le dediqué una sonrisa forzada y no perdí ni un segundo antes de despedirme de ella. No supe si creyó mi excusa, pero la vi asentir tras decirle que debía recoger algo olvidado en clase.

Durante el resto del día me dediqué en cuerpo y alma a evitarlas a las dos, a la primera por lo obvio y a Rachel porque no quería que indagase más sobre lo de mi fin de semana y tener que reconocerle lo que estaba a punto de hacer, así que el día me resultó agotador.

Al llegar a casa, por desgracia, no encontré el consuelo que esperaba.

Mi madre, ocupada como siempre, me saludó con cariño mientras descargaba varias bolsas del maletero del coche.

—Hola, cielo —me recibió su voz dulce. Me acerqué para ayudarla—. Ay, gracias, hija. ¿Qué tal el día?

Me encogí de hombros y reubiqué en la mano la pesada bolsa que acababa de agarrar.

—Bien. ¿Qué has comprado? —pregunté con la intención de desviar mi atención hacia algo menos peliagudo.

—Son las muestras de pintura para la remodelación del apartamento. Guille insiste en que lo quiere todo negro y con luces de neón, y estoy intentando encontrar una combinación que consiga que no parezca ni un club nocturno ni una nave espacial.

Se me escapó una risa que ella acompañó.

—Seguro que lo consigues, mamá.

—Eso espero. —Suspiró.

No tenía dudas, sabía que podría lograr lo imposible con sus diseños. Mi madre llevaba años siendo socia de un estudio de interiores y era muy buena en su trabajo.

Caminamos juntas hasta la casa y, al entrar, nos recibió el caos proveniente de la cocina, donde mi padre llamaba a gritos a mi hermano menor con su voz profunda, mientras una cantidad enorme de utensilios rebosaban por el fregadero y cubrían cualquier superficie libre.

—¿Qué ha pasado? —preguntó mi madre, preocupada, al mismo tiempo que dejaba sus cosas a un lado y se le acercaba.

Él soltó el trapo en la encimera a la vez que negaba con la cabeza.

—Hola, preciosa. —Le dio un beso rápido en los labios—. Recuérdame por qué no lo hemos mandado ya al ejército o al monasterio de los monjes benedictinos, por favor.

Aquella pregunta provocó la risa en mi madre, pero yo no pude evitar sentirme agotada ante la tensión en el ambiente.

—¿Porque aún tiene diecisiete y lo queremos? —inquirió ella de forma retórica.

—Ahora mismo no estoy tan seguro de lo segundo —rebatió él, dramático—. Según Zahara, todo esto es el resultado de que el señorito se haya puesto a hornear galletas de San Valentín para «las nenas». ¡Guillermo!

Con un suspiro resignado me di la vuelta y comencé a subir las escaleras, decidida a encerrarme en la calma de mi habitación. Fue entonces cuando me crucé con la figura alta y familiar del repostero improvisado.

—Hola, hermanita. —Me dedicó una sonrisa indolente sin dejar de descender—. Adiós, hermanita.

Su actitud, ligera y despreocupada, me hizo reír a pesar del agotamiento mental que sentía. Continué mi camino hasta arriba, sin embargo, la cosa no mejoró al abrir mi dormitorio.

—¿Qué haces aquí? —pregunté a la figura que trasteaba en mi armario—. ¿No puedo estar tranquila ni en mi habitación?

—Confirmado: no tienes nada interesante —sentenció—. Menos mal que ya lo había previsto y te he dejado preparados varios de mis conjuntos. ¡De nada!

Me temí lo peor. Éramos tan parecidas en físico como diferentes a la hora de vestir.

—¿Cuáles? No pienso ir hecha un fantoche.

—¡Eh! ¿Me estás diciendo que visto mal? —se quejó Diana volviéndose por primera vez hacia mí—. ¡Hostia! Qué mala cara traes. No me digas que estás enferma, por favor.

Exageré un sollozo y me dejé caer en la cama.

—Necesito cerrar los ojos y que ya sea lunes.

Sentí el peso del cuerpo de mi hermana hundiendo el colchón al otro lado y abrí los ojos. Ella me observaba con preocupación y a la vez diversión.

—Ya sé lo que te pasa —anunció con solemnidad—. Necesitas un poco de mi sabiduría y de mi amplia experiencia en la vida para resolver problemas. Está claro.

Puse los ojos en blanco.

—¿Desde cuándo tienes tú experiencia en algo que no sea en liarla?

Escuché su carcajada y, cuando la miré, fingió ofenderse poniéndose una mano en el pecho.

—Eso ha dolido, pero te lo perdono porque sé que puedo ayudarte. Tú relájate y déjalo todo en mis manos.

No me tuve que esforzar demasiado en exagerar un escalofrío.

—Viniendo de ti, eso suena a amenaza más que a otra cosa —murmuré, y ella solo amplió su sonrisa.

—Ya lo verás, Em. Este fin de semana no va a ser tan malo, te lo prometo.

Y con esas palabras se levantó de la cama y se dirigió de nuevo a mi armario, decidida a llevar a cabo sus planes, fueran cuales fuesen.

Miré al techo de la habitación.

—Por favor, dime que todo esto es una pesadilla y despertaré en cualquier momento —supliqué en un murmullo apenas audible.

Mucho me temía que mis plegarias no llegarían a ninguna parte, así que, con un suspiro, cerré los ojos y traté de concentrarme en la idea de que todo saldría bien; sin embargo, una voz en mi cabeza me seguía repitiendo que, con Diana involucrada, las cosas rara vez salían según lo planeado.