Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4) 1 - Luces
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Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4)

Morir por tu amor es el precio de mi libertad (Gemelas 1) (Costa Serena 4)

Por Maca Ferreira

© inepub.com

1 - Luces

Primera regla para sobrevivir a una hermana como la mía: huye mientras puedas

—No me mires así, Diana. Mi respuesta sigue siendo no y no va a cambiar.

Me di la vuelta para no sucumbir ante sus ojos implorantes y reafirmé mi negativa con un movimiento de cabeza.

No. No pensaba participar en semejante locura.

—Em…

Me siguió hasta el tocador. Me llevé las manos al pelo en un intento por ignorarla y me entretuve en rehacer la trenza que se me había despeinado tras mover sillas y mesas en la terraza; sin embargo, al percatarme del ligero temblor que las sacudía, las bajé rezando por que no se hubiese dado cuenta, pues la conocía lo suficiente como para saber que utilizaría aquella muestra de debilidad a su favor.

La voz de mi padre desde el pasillo me dio una buena excusa para cortar aquella conversación y me giré hacia mi gemela.

—Vamos, nos necesitan abajo para terminar de organizar el cumpleaños del abuelo.

—Por favor, Em —rogó de nuevo y esta vez su voz sonó mucho más implorante y desvalida.

La escuela de arte dramático se estaba perdiendo una futura estrella—.

No hay nadie mejor que tú para hacerlo, eres la persona más diplomática, pacífica y educada que conozco.

Te comportas como nadie en situaciones tensas y eso por no hablar de que sabes controlarte y no sucumbir al deseo muchísimo mejor que yo.

—No sé si tomarme eso como un cumplido —ironicé.

—¡Lo es! —Cabeceó arriba y abajo para darle fuerza a su afirmación—. No eres de almeja débil, hermana, y eso es justo lo que necesito.

Cogí aire y la miré desconfiada. Siempre decíamos que haríamos lo que fuera la una por la otra, pero su petición iba más allá del límite de la honestidad, más allá de cualquier cosa racional y madura.

—Ya no tenemos quince años.

Fruncí el ceño cuando los ojos de Diana se entrecerraron como si aquellas escuetas palabras hubieran despertado algo en ella.

Durante un breve instante me pareció apreciar un destello de dolor en su mirada, un sentimiento que no comprendía del todo, pero que me inquietó.

Y entonces, como si se hubiera obligado a sí misma a relajarse, su boca se curvó en una sonrisa decidida.

Me eché a temblar, ya que mi hermana sabía muy bien qué teclas tocar conmigo para conseguir lo que quería; no en vano llevaba haciéndolo veinticuatro años. Aunque, en realidad, dudaba de que no lo hubiese hecho desde el útero de mi madre para conseguir ser la primera de las dos en nacer.

—Pues, mira, esto es muy parecido a lo que te pasó entonces.

Porque te acuerdas de él, ¿verdad? —me dijo.

Claro que me acordaba de Manu y no podía creer que se estuviera cobrando aquella especie de deuda después de tanto tiempo.

No contesté—. Sabes que no te lo pediría si supiera que hay otra opción. Te necesito, Em. En serio.

Yo sabía que debajo de aquella fachada desamparada ella era feliz en su elemento, dirigiendo la situación con la energía que la caracterizaba.

Sus ojos, esos que eran idénticos a los míos y que reflejaban mundos tan diferentes, me escrutaron con una mezcla de súplica y determinación.

Diana era experta en crear situaciones en las que yo terminaba accediendo a sus deseos, y es que me resultaba mucho más fácil ceder que enfrentar la tormenta que se desataría si me oponía.

Aceptar solía mantener en calma mi mundo interior, pero aquello…

—No puedo creer que de verdad me estés pidiendo esto —expuse, dispuesta a resistirme. Mi corazón latió con fuerza cuando fijé de nuevo la vista en sus ojos e inhalé profundamente, tratando de mantenerme firme y no claudicar—. Es una completa locura, ni siquiera lo conozco.

Se llevó la mano al bolsillo trasero y sacó su teléfono justo antes de comenzar a hablar. Movía los dedos sobre la pantalla sin prestarme atención.

—Se llama Thiago, tiene veintidós años y es de Barcelona. Estará por aquí durante unos meses por motivos de trabajo.

Elevó la cabeza; no obstante, no llegamos a establecer contacto visual, pues me mostró la pantalla de su teléfono y mi vista se desvió a la fotografía de un chico pelirrojo, sin camiseta y con la cara y el pecho lleno de diminutas pecas.

Tenía un discreto arete en la nariz y sonreía de medio lado de forma sugerente, con una expresión seductora y canalla a la vez.

—¿Y por qué quieres cortar con él? Es el tipo de chicos que te gustan, ¿no?

—Lo es. Además, tiene una lengua prodigiosa —añadió al tiempo que bloqueaba de nuevo la pantalla.

Cuando contuvo un amago de sonrisa, supe que estaría recreando algún momento íntimo entre ellos—.

Aunque también es algo inmaduro y un pelín intenso, pero se lo perdono todo cuando me dedica esa sonrisa quemabragas .

Es que pierdo cualquier rastro de cordura y se me olvida hasta mi nombre, Em.

El suyo no, por suerte. Ese me sale solo a voz en grito cuando me hace correrme como una loca.

—Ahórrate tantos detalles, por favor —murmuré con una mueca de asco.

—Mira que sabía que no debía repetir —reflexionó sin prestar atención a mi petición—.

La primera vez que lo hicimos fue increíble y supe que, si no quería complicar las cosas, no podía volver a acostarme con él.

Es un embaucador… Thiago sería el perfecto yerno que mamá y papá querrían meter en casa.

—¿Y qué tiene eso de malo?

—¡Que yo no quiero nada serio! —respondió exasperada—. La segunda vez que nos acostamos le dejé claro que solo sería sexo.

—Y él te dijo que quería algo más —conjeturé.

—¡Qué va! —La observé sin entender nada, y ella bufó en mi dirección—.

Me dijo que seríamos lo que yo quisiera.

Y he intentado distanciarme de él, te lo juro, porque soy consciente de que me estoy volviendo adicta a sus polvos y a él.

De hecho, creía que lo iba a conseguir cuando me explicó que se marchaba a Barcelona durante un par de semanas.

Pensé que me desintoxicaría y me olvidaría de él, pero no he tenido esa suerte. ¡Soy una puñetera débil!

—No eres débil, Diana. —Sonreí—. Te gusta.

Rompió el contacto visual y, por su expresión, deduje que había mucho más detrás de aquella petición que ella intentaba disfrazar de algo mucho más ordinario. Cuando volvió a mirarme, había recuperado su expresión habitual.

—Por favor. —La forma en la que lo dijo se asemejó a un grito de ayuda—. Ayer me mandó un mensaje en donde me explicaba que tenía una sorpresa preparada para mí.

—¿Cuál? —pregunté con cautela.

—Un fin de semana romántico por San Valentín en una masía que tiene su familia en el Montseny. Y dejó caer que quizá alguno de ellos aparecería por allí y podría presentarme como su pareja.

Apreté los labios intentando contener una carcajada. Podía imaginarme las barbaridades que habría soltado mi hermana por la boca al leer el mensaje, ninguna fina.

—¿Has intentado volver a explicarle que no quieres nada serio?

—Sí. O eso creo. Me parece que no le resulto nada convincente, la verdad.

Resopló y se apoyó en el tocador, cansada. Aquel signo de flaqueza me hizo mirarla con interés, pues rara vez solía mostrarse vulnerable ante el mundo. Se me ocurrió una idea y mis ojos se abrieron esperanzados.

—Llámalo.

—¿Qué? ¿Ahora?

Asentí.

—Seré igual de diplomática, pacífica y educada por teléfono. Llámalo y hablaré con él.

Ella pareció pensarlo durante unos segundos, aunque finalmente chascó la lengua contra el paladar.

—Será mejor que no, Em. Conociéndolo, lo veo capaz de presentarse aquí, decirle a mamá y a papá que es su futuro yerno y acabar por convencer a todo el mundo de que estar con él es lo mejor que me ha podido ocurrir en la vida.

Ya visualizo a papá, entregándome en ofrenda y pensando que ya tiene una boca menos que alimentar.

Puse los ojos en blanco.

—¿Y una videollamada? —insistí.

Me negaba a creer que no había otras opciones.

—Más de lo mismo. Además, no te lo recomendaría, a no ser que quieras que lo primero que vean tus prudentes ojos sean sus partes menos decentes en un primer plano, claro.

La forma en la que contestó me hizo fruncir el ceño.

—¿Seguís teniendo sexo ahora que está en Barcelona? ¿No aprendiste la lección después de lo que te pasó con aquella chica y las fotos que le enviaste?

Se acercó a mi cama. Se dejó caer con un resoplido y se llevó las manos a la cara, tapándosela.

—Ese es el puto problema, que si nos vemos acabamos follando como animales o, si no estamos juntos, lo hacemos a distancia.

—Cerré los ojos y negué con un gesto de incredulidad—.

Creo que le estoy enviando señales contradictorias, pero es que tiene un arma muy poderosa con la que hacerme perder el norte.

—Por Dios…

—Es enorme, Em —insistió.

Supe que había tenido suficiente de aquella conversación.

—Y, después de contarme todo esto, ¿de verdad pretendes que pase un fin de semana entero con él y su familia haciéndome pasar por ti?

—Escuchamos la risa de Guille seguida de las quejas de Zahara.

Nuestros hermanos pequeños debían de estar subiendo las escaleras, por lo que bajé la voz de manera considerable—.

Y, dime, ¿qué se supone que tengo que hacer cuando estemos a solas?

—No tienes que estar allí todo el fin de semana. Sus padres creo que llegarán el domingo, así que tienes tiempo para…

—¿Acostarme con él? —la interrumpí—. Imagino que eso entraría dentro de mi actuación antes de romper la relación. Por lo que parece, sin duda sería algo que tú harías, ¿no?

—No necesariamente. No somos la misma persona. Ya hemos quedado en que la de la entrepierna facilona soy yo, no tú.

Por suerte para mí.

—¿No te das cuenta de que nada de esto tiene sentido?

Dile que no puedes ir o deja de ponerte trabas y prueba a dar un paso más.

—Me miró horrorizada—. Vale, pues utiliza el hecho de que esté lejos para hablar en serio con él, dile cómo te sientes y corta de una vez la relación si de verdad es lo que quieres hacer.

—Ya no puedo.

Aquella respuesta encendió todas mis alarmas.

—¿Cómo?

—Que ya no puedo decirle que no voy —contestó con una expresión parecida al arrepentimiento—. Haz esto por mí, Em. Por favor.

—¿Le has confirmado que vas a ir sin haber hablado primero conmigo?

Asintió y esbozó una sonrisa culpable que contrastó con el brillo travieso de sus ojos.

Fruncí el ceño, y ella se mordió el labio, tratando de contener una sonrisa.

Encogió los hombros levemente, como si reconociera lo absurdo de la situación y se divirtiera a la vez con mis reacciones, y soltó la bomba.

—El vuelo sale el próximo viernes a las once menos veinte de la mañana.

—¡Joder, Diana! —maldije—. Encima tendría que pedir un día en el trabajo. ¿Y si no me lo dan? ¿Has barajado siquiera esa posibilidad? Soy la sustituta, no es como si tuviera derechos por antigüedad o algo así.

Apreté los labios, tratando de calmar mis propias emociones e ignorando el nudo que tenía instalado en el estómago. Me separé de ella y me dirigí al escritorio, donde me senté, frustrada. Apoyé los codos en la mesa y me agarré las sienes.

—No me odies, por favor —rogó y supe, por su voz, que se había acercado a mí.

—Estás loca.

—Lo sé.

—Completamente zumbada —murmuré.

—Aun así, me quieres. —Sentí un deje aliviado en su voz. Al igual que yo, ella ya intuía que había ganado la batalla. Giré la cabeza y la vi asentir de forma leve. A su favor diré que también había un rastro de culpabilidad en su cara—. Será la última vez, Em. Lo prometo.

Se llevó el meñique a la boca, lo chupó y lo extendió en mi dirección. Mi gesto se contrajo. Estaba perdida, acababa de sacar la artillería pesada: nuestro juramento de meñique.

Aquella pequeña chispa de compasión que sentía en mi interior terminó de prender e ignorando a mi instinto, que me gritaba que no lo hiciera, suspiré, me incorporé hasta quedar frente a ella y, resignada, me llevé el dedo a los labios.

—Aún no entiendo cómo estoy a punto de acceder a esto —murmuré. Ella tuvo la decencia de esconder una sonrisa mientras enredaba mi húmedo dedo en el de ella—. No vuelvas a pedirme algo así nunca más.

—Es la última —corroboró.

No supimos que ese pacto y los hechos que conllevaría iban a desatar un cataclismo que sacudiría nuestras vidas. Aquella última vez se convertiría en un punto de no retorno para ambas.

Una promesa, en apariencia inofensiva, que actuaría como prólogo de un desenlace inevitable e irreversible entre nosotras y que nos demostraría que, a veces, ciertas decisiones pueden transformar nuestras vidas o, incluso, destruirlas.