Morgana 29. Ávalon #2
97%

29. Ávalon #2

—¿Vas a decir que a mí me quieres como a una hija?

—No respondió, así que pregunté en tono burlón—: ¿Como a una madre, quizás?

¿Me quieres como a una madre, Merlín? O tal vez como a una buena amiga.

¿Me quieres como se quiere a una…? —Dudé por un momento, pero a esas alturas ya poco importaba—.

¿Me quieres como se quiere a una amante?

—Sí, Morgana —respondió mirándome a los ojos—.

Te he querido de todas esas maneras que dices.

He querido todas las versiones de ti que pudieras ofrecerme.

Incluso alguna más que no has nombrado. Quise que fueras mi hija para educarte, para sacar todo el poder que hay en ti.

Quería habitar tu vientre en forma de hijo, que me amamantaras, me cuidaras, me protegieras, me miraras y velaras por mí, al igual que haría una madre.

Quería que fueras mi amiga para que me comprendieras y aconsejaras, para poder hablarte sin fingimientos del demonio que no he logrado dominar y que sigue corriendo por mi sangre.

—Guardó silencio antes de continuar hablando—.

Y sí, también te hubiera querido como amante, hubiera querido que me ofrecieras tu cuerpo, que suspirases con mis caricias, como lo hacías con las de Arturo.

Necesitaba que me necesitases y no dud é en erosionarte para conseguirlo.

¿Lograrás perdonarme algún día, Morgana?

Observé al anciano que ahora se presentaba ante mis ojos, sin dejarme conmover por su aparente debilidad.

—¿Perdonarte? —musité—. Perdonarte. Qué palabra tan pequeña para aliviar un daño tan grande.

Solo debería utilizarse cuando el mal causado tiene solución.

Me robaste a mi padre, a mi hermano, a mi hijo…

¿Puedes acaso devolverme todo lo que me has quitado, Merlín?

Nos has movido por el tablero de ajedrez que había en tu mente como inertes piezas de madera que sacrificabas y lanzabas al vacío cuando ya no las necesitabas.

Para enmendar lo que tú nos hiciste se necesitaría una palabra distinta.

En este momento no se me ocurre ninguna.

—Repasé someramente la riqueza del vocabulario y, tal y como suponía, no encontré palabra que pudiera mitigar la magnitud de su agravio—.

Y, además, ¿qué significa exactamente el perdón?

¿Seré mejor si te digo que te perdono? ¿Cuán sincera sería?

¿Me aportará serenidad? ¿Qué beneficio obtengo perdonándote?

Te confieso que te he odiado, sí… Anhelé durante mucho tiempo verte algún día postrado ante mí, sufriendo, suplicando clemencia.

Y yo aprovecharía ese momento para destruirte sin remordimientos, para hacerte sufrir mil veces más de lo que tú nos hiciste sufrir a nosotros.

No mentía. Deseé con vehemencia la destrucción de Merlín.

Acaricié esa idea con voracidad durante años.

Imaginaba la mejor manera, la más dolorosa y terrible.

Podría hacer que padeciera la misma muerte de mi padre, que sintiera el desgarro de perder a un hijo, que su deseo de piel ajena no se viera jamás saciado, que el amor de su vida guardara en el corazón un nombre que nunca fuera el suyo.

Quise ver a Merlín despeñándose por el acantilado de Tintagel, o ahogándose en el mar, como los bebés de mayo.

Quería que su vientre fuese atravesado por una espada, que un rayo lo dividiese en dos, que quedara por siempre atrapado en el Valle Sin Retorno, incapaz de mover una rama, con su sangre convertida en savia y su piel en corteza en la que creciera el musgo. Así de grande era mi odio.

—Pero ya me he liberado de ese anhelo —continué diciendo—.

Lo que tú buscas no es perdón, lo que quieres es que te absuelva.

Y no pienso hacerlo. Ahora solo me preocupa perdonarme a mí misma.

Perdonarme por no haberme dado cuenta antes de lo que estaba pasando.

Perdonarme por dudar tanto de mi valía, por cerrar los ojos a tus manipulaciones, por acallar mi voz para evitar conflictos.

Me perdono por dejar que me hicieras daño a cambio de los pocos segundos en los que me hacías sentir segura.

Me perdono por dejarte sobrepasar mis fronteras.

Me perdono por buscarte en tus ausencias, por anhelar tu aprobación, por necesitarte tanto, por ansiar las migajas de amor que me dabas.

Me perdonopor haberte dado protagonismo en mi vida.

Me perdono. ¡Oh…, sí! Me perdono. ¿Recuerdas cuando dijiste que yoera como tú?

—Él no respondió. Tenía la mirada fija en el suelo—.

Pues no es cierto. Yo no soy como tú, Merlín. Soy mucho mejor.

Buscaba en mi interior el odio que antes hubiera podido hasta masticar, pero ya no estaba.

Aprendí a apaciguar a la guerrera que llevo dentro y aproveché esa fortaleza para elegir la paz.

Me susurré a mí misma: «Calma, Morgana, estoy aquí para cuidarte.

Pase lo que pase. Pase quien pase. Yo soy la mujer que siempre estará a tu lado.

Soy la persona que nunca va a traicionarte».

Intuí que una lágrima cruzaba su rugosa mejilla, pero no puedo confirmarlo. Bedivere nos interrumpió:

—El rey me pidió que os devolviese esto —me dijo haciendo una genuflexión a la vez que sujetaba a Excalibur sobre las palmas de sus manos.

—Gracias —respondí.

Puso su antebrazo a disposición de Merlín y el mago lo asió como haría un anciano. Los observé mientras se subían de nuevo en la barca. No les pregunté a dónde se dirigían; tampoco me importaba.

—Morgana… —Merlín se había dado la vuelta—, quiero que sepas… Espero hacerme algún día merecedor de esa absolución de la que hablas —dijo antes de desaparecer en la niebla.

Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que volví a saber de Merlín.

Ganieda me contó que había enloquecido. Ver el enfrentamiento entre Arturo y Mordred fracturó algo de lo humano que había en su interior.

No pudo soportar el dolor y se retiró a la soledad del Bosque de Brocelianda, abandonando cualquier rastro de pulcritud o urbanidad.

No le avergonzaba su desnudez y únicamente cubría sus vergüenzas con el largo cabello, con la barba y con un exiguo taparrabos de esparto.

Estudiaba la morfología de los insectos, fermentaba flores, tallos y raíces para hacer jarabes que ponía a prueba consigo mismo.

Hizo un cálculo preciso de la fecha en la que se había creado el mundo, concluyendo que Britania tomó su forma definitiva la noche del 31 de marzo del treinta y cinco mil ochocientosveintiuno antes de Cristo.

Cayó en miércoles. Con esos datos tan precisos, se dedicó a observar el recorrido de los astros en el cielo nocturno, convencido de que podría predecir el futuro de la isla siguiendo las pautas del horóscopo babilónico.

Los bardos contarán que Merlín fue poco a poco dejando a un lado los vaticinios políticos para centrar sus estudios en las Sagradas Escrituras y admirar la obra de Dios.

Leyendas aseguran que su fantasma habita la cueva que queda a los pies del castillo de Tintagel, y que por eso lleva su nombre.

Loarán su vida. Dirán que fue un hombre sabio, un profeta, un mentor muy próximo a la santidad…

, lo cual una vez más demuestra que, aunque un mago y una bruja compartan la misma esencia, lo que se considera virtud en los hombres es juzgado como monstruosidad en las mujeres.

—Todo estará bien —me dijo Ganieda uno de los días en los que me ayudaba con las curas de Arturo.

—¿Lo piensas de verdad, querida hermana? A veces no sé quién soy.

—Yo creo que sí lo sabes. Fuiste la niña Morgana, hija de Gorlois de Cornualles, la que surcaba el cielo convertida en ave.

Fuiste Morgana el hada, capaz de curar la peste de Justiniano.

Fuiste la bruja que se salvó de la condena.

La madre que buscó a su hijo. Y la mujer que amó al rey Arturo.

Pero, ante todo, eres Morgana le Fay, la reina y diosa de Ávalon.

Me eché a reír.

—Varias personas pueden ocupar un único cuerpo —siguió diciendo—; depende de quién cuente nuestra historia. Todos somos el amor de la vida de alguien. Todos somos el villano en la vida de alguien. A veces, incluso podemos representar los dos papeles en la vida de una misma persona.

A medida que pasa el tiempo, recupero la normalidad.

Los libros y los estudios me distraen la mente.

He dejado de darle vueltas al estado de Arturo y me centro en su bienestar.

La mayor parte del tiempo se mantiene sereno, con los ojos cerrados, sumido en un sueño plácido.

Descansa en Ávalon, envuelto en seda, tendido en un lecho dorado.

Selecciono los mejores manjares para alimentarlo.

Acerco a sus labios la ambrosía que los dioses elegían para sus mesas.

Coloco bajo su cabeza las almohadas más delicadas, las rellenas con las plumas que los cisnes tienen bajo las alas.

La comisura de sus labios dibuja una levísima sonrisa cuando le hablo; por eso sé que percibe mi presencia.

He probado diferentes opciones para curar su mal: miel y caléndula, para cerrar la herida de su cabeza; algo de cardo mariano, para soldar sus huesos; jengibre, para que su corazón vuelva a latir con ímpetu.

Estudié las pócimas de Circe en busca de la esencia última que le da fuerza al oso.

123 Preparé el brebaje que las icenas de Boudica tomaban antes de entrar en batalla, una mezcla de cerveza de brezo y miel que los romanos bautizaron de forma elocuente como venenum furoris 124 .

De la tierra de las valquirias traje las algas con las que sus habitantes aliñan sus sopas de pescado.

Viajé al nacimiento del río Termodonte, lugar de origen de las amazonas, y solicité permiso a la reina Hipólita para recoger varias garrafas de su agua; con ella preparo ahora las tisanas que bebe Arturo.