Morgana 29. Ávalon
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29. Ávalon

Vida de Merlín Geoffrey de Monmouth

La muerte de Arturo Sir Thomas Malory

Draco Normannicus Étienne de Rouen

A Britania regresaron la primavera y el verano, cuajando el espino de flores blancas, de botones amarillos el ajenjo, de bayaspurpúreas el endrino.

El viento espoleó las nubes que se desplazaron a otros lugares y de las lluvias solo quedó el aroma a petricor flotando en el aire.

Salió el sol, germinó las semillas, convenció a las mariposas para que abandonaran sus capullos e incitó a los pájaros recién salidos del cascarón a ensayar sus primeros vuelos.

Aquella explosión de luces, olores y sonidos hizo que la gente valorase la posibilidad de haber soñado que meses antes vivían en un reino en guerra.

A Britania regresaba el color, sí, pero no era algo que pudiera decirse de su rey.

Cada día se hacía más manifiesta su ausencia, dando lugar a las especulaciones.

Se rumoreaba que Excalibur había atravesado el corazón del hijo traidor.

Eso entusiasmó a buena parte de la población, que consideraba que Mordred lo tenía bien merecido.

Pero a la vez tomaba fuerza la noticia de que el bastardo había matado a su padre, que su espada sin nombre había impactado en la cabeza de Arturo, lo cual confirmaba que el muchacho engendrado en pecado no había heredado ni un ápice de la nobleza del rey, aunque sí todo el resentimiento y mezquindad que burbujeaba en mi alma de bruja.

Un grupo de expedicionarios emprendieron rumbo a Camelot en busca de respuestas, pero en su lugar encontraron un descampado.

El reino de Arturo ya no existía. El castillo, junto con sus almenas, su torre del homenaje, foso, puente levadizo, patio de armas, cortesanos y soldadesca, se había evaporado de la misma milagrosa manera en la que san Collen hizo desaparecer el palacio de Gwyn ap Nudd.

122 Los caminos que en el pasado daban acceso al reino de Camelot ahora se desdibujaban bajo una espesa capa de vegetación habitada por petirrojos, erizos, musarañas y currucas.

Daba la impresión de que los senderos llevaban siglos sin ser transitados por persona, cabalgadura o carreta, e incluso los más sagaces cazadores perdían el sentido de la orientación cuando se aproximaban al espacio en el que debería encontrarse el castillo.

Se sentían incómodos, incapaces de determinar si soplaba viento del este o si el río corría hacia el sur, por lo que no distinguían en qué parte de Britania se encontraban.

Y así fue como Camelot pasó a formar parte de la leyenda.

La mayoría mostraba en público su pesar por la desaparición del rey, pero en la intimidad de sus casas comentaban que Arturo, pese a estar en posesión de todas las cualidades deseables en un monarca, a saber: nobleza, compasión, generosidad, gallardía…

, también carecía de las necesarias para transitar por un mundo en el que llevaban las de ganar los desleales, mezquinos y vulgares.

Ahora Britania se encontraba de nuevo dividida, descabezada, sin un líder al que seguir.

Tampoco se podía contar con sus caballeros, ya que la mayoría habían perecido en la última batalla.

Los optimistas (que siempre los hubo y habrá en todos los reinos) se ilusionaron con la idea de que no estaban muertos,sino inmersos en una ensoñación letárgica, similar a la de los osos o los murciélagos durante el invierno, y que, como estos, dormitaban en las entrañas de una colina próxima a Yr Wyddfa, aunque nadie era capaz de dar con ella.

Esa explicación tenía sentido para los que llevaban años asegurando que mi hermano y sus nobles caballeros eran antiguos dioses celtas venidos a menos, rebajados a la categoría de seres feéricos.

Un buen día, un pastor, que echaba en falta a una de sus ovejas, se adentró en la oscuridad de una cueva.

Avanzaba con cautela para no tropezar, con los ojos puestos en la punta de sus pies, de manera que no vio la campana que pendía de un saliente y se golpeó la cabeza con ella.

Un sonido atronador reverberó durante un buen rato, pero, al ir decayendo, el pastor pudo sentir un rumor de voces humanas que llegaba del fondo de la cueva.

Más tarde aseguró que vio a los caballeros de la Mesa Redonda saliendo de su sopor.

Tras desperezarse, se calzaron sus loricas hamatas, sacudieron el polvo a los escudos y desenvainaron sus espadas, dispuestos a enfrentarse de nuevo al enemigo.

El pastor huyó despavorido y nunca más se recuperó del susto.

Pese a todo, poco hubieran podido hacer los caballeros sin sus monturas.

Hay quien asegura que Merlín lleva años (quizás siglos) buscando el reino de Danann para adquirir caballos con los que surtir a los caballeros, pero el antiguo y poderoso reino se le está haciendo esquivo por culpa del auge de la cristiandad.

Aunque, para ser sinceros, lo que más dañó la reputación de Arturo fue la traición de su mejor amigo y de su esposa.

De nada sirvió que Ginebra ingresase en el convento del monasterio de Almesbury.

Desde mi marcha, el ala femenina se había convertido en un lugar pío, en el que las mujeres únicamente se dedicaban a orar y a hacer bollitos de leche.

Hasta allí se acercó Lancelot con la idea de hacerle cambiar de opinión.

Ahora que era viuda no había motivo alguno para renunciar a su mutuo amor.

Ella lo rechazó. Le rogó que no volviese a mirarla, que le evitara el tormento de verle suplicar, que se alejara, que la olvidara, que tomase a otra mujer por esposa.

Sobre todo, le pidió que rezara para que el Señor le ayudase a enderezar su vida errada.

Pero, a estas alturas de la historia, ya deberíais saber que Lancelot era tan hermoso como terco.

Le aseguró que él mismo se arrancaría las entrañas antes que desposarse con otra.

Intentó besarla, pero ella le negó sus labios.

Ambos comenzaron a morir ese día.

Asomada a la ventana de su celda, con lágrimas en los ojos y el corazón batiéndole fuerte en el pecho, Ginebra vio alejarse al único hombre al que verdaderamente había amado.

Suspiraba, perdía el conocimiento, sus damas la reanimaban, ella volvía a asomarse a la ventana, suspiraba de nuevo, perdía el conocimiento, sus damas la reanimaban… , y vuelta a empezar.

Dos días más tarde, sobrepuesta ya de su angustioso estado, Ginebra hizo votos para obtener la salvación de su alma y poder sentarse a la derecha de Cristo cuando le alcanzase la muerte.

Tras su sacrificio, estaba convencida de que ese era el lugar en el que acabaría.

Su confesor le dio los nombres de varias mujeres que, siendo tan pecadoras o más que ella, habían logrado traspasar las puertas del cielo: María Magdalena, Pelagia de Antioquía, Thais de Egipto…

, de manera que la mortificación de sacar a Lancelot de su vida encerraba el dulce bálsamo de pasar a formar parte de la historia envuelta en olor a santidad.

Ginebra no pudo liberarse de lo que el mundo esperaba de ella, tal y como había sido desde el momento de su nacimiento. Llegó a ser priora.

Lancelot decidió emular a su amada y purgar a golpe de penitencia cristiana la traición a mi hermano.

Vagó durante varias semanas por bosques y caminos solitarios, llorando a ratos, hasta que oyó tañer una campana y supuso que cerca debía encontrarse una capilla.

Descubrió una ermita entre dos barrancos y al entrar vio que quien daba misa era el mismísimo obispo de Canterbury.

Esperó a que terminara para arrodillarse a sus pies y solicitarle confesión.

Una vez limpia su alma, le rogó que le permitiese ser su hermano, algo a lo que el religioso accedió de buen grado.

Y así fue como Lancelot y Ginebra fueron infelices para siempre.

Vinieron a avisarme de que Merlín estaba remontando el río Fonteval en una barca guiada por Manannan.

Con él traía el cuerpo de mi hermano. Un grupo de sirenas los escoltaba.

Coreaban una canción triste que descolocaba los sentidos, dejando en la boca el sabor de las almendras amargas.

Sacaban por turnos sus bellísimos rostros del agua para asomarse a la embarcación, sabedoras de que dentro estaba el hijo de una de las de su especie.

La nave atracó en el lago de Diana envuelta en brumas.

Corrí a su encuentro. Merlín y Bedivere me esperaban en la orilla. A sus pies, sobre una angarilla, descansaba Arturo. Tenía la cabeza vendada con lino.

—¿Está…? —Pero la pregunta no terminaba de salir de mi boca. Tenía miedo de que la respuesta no se adecuase a mis anhelos.

—En sus últimas palabras expresó el deseo de regresar a vuestro lado, señora —me dijo Bedivere—. Pero no ha vuelto a despertar desde entonces.

—Su corazón aún late —informó al fin Merlín—. Pero es esa la única señal de vida que muestra.

Las lágrimas acudieron a mis ojos, llenándome la boca de sal. Me abalancé sobre él. Le acaricié la mejilla; estaba cálida. Seguía vivo. ¡Vivo! Destapé la herida para observarla. Era muy profunda.

—Arturo…

—¿Podrás curarlo, Morgana? —La voz de Merlín sonó a mis espaldas.

Espanté a manotazos las lágrimas que corrían por mi rostro antes de incorporarme y enfrentarme a él. Detestaba que Merlín me viera debilitada.

—Puedo curarlo —afirmé—. Pero debe quedarse conmigo. Es posible que durante mucho tiempo. No sé cuánto. Quizás años. Siglos… —Fijé mis ojos en los suyos antes de seguir hablando—. ¿Vas a permitirlo, mago? ¿Dejarás al fin que estemos juntos? O prefieres verlo muerto antes que a mi lado.

Merlín volvió el rostro, incapaz de sostenerme la mirada.

—Morgana. Solo tú puedes… Oh…, Morgana, es posible que no me creas, pero haría lo que fuera por vosotros. Quiero a Arturo como a un hijo. Y a ti… a ti…

Le interrumpí lanzando una carcajada sardónica.