28. La batalla final #2
Mordred iba ataviado de un gris plata que parecía haberle robado a la luna.
La única nota de color la daba su escudo.
Me gustaría poder decir que portaba el blasón del ducado de Cornualles, los quince besantes y la chova piquirroja, pero lo que eligió como enseña fue un dragón negro que, bocabajo, resaltaba sobre un fondo rojo sangre.
Había invertido el escudo del Pendragón; el de su abuelo, el de su padre, el símbolo que la estrella dibujó en el cielo de Tintagel y que le daba legitimidad a su linaje.
El escudo de Mordred era una alegoría de lo enfrentado que estaba al rey Arturo.
Un viento helado barría la bruma que flotaba en la superficie del río Camlann.
Era un río indeciso. En algunos tramos podía vadearse y el agua se detenía formando espejos oscuros y se decía que, en el pasado, los druidas eran capaces de ver allí la imagen de los que iban a morir.
Una figura cubierta con una capa negra ascendió por el sendero que corría paralelo al río.
Alguien lo reconoció: se trataba de Merlín.
Hacía años que nadie sabía de él. De su antigua y portentosa presencia solo quedaba la sombra.
Estaba viejo, iba encorvado y necesitaba laayuda de un báculo para caminar.
La parte de su rostro que la frondosa barba blanca permitía ver estaba cuajada de arrugas.
Lo único que no habían variado eran sus ojos negros, brillantes, de ónix bruñido.
De no ser por ellos, se hubiera podido pasar de largo por su lado, pensando que se trataba de un viejo árbol nudoso.
Unos hombres corrieron a ayudarle y lo acompañaron junto al rey.
—Merlín…, ¿qué haces aquí? Has elegido un mal momento para regresar —le dijo Arturo.
—La magia no muere. Solo cambia de idioma —le respondió el mago de forma críptica—. El río sabe quién morirá hoy. Lo va cantando con su voz acuosa, camino al mar. —Gimió de dolor—. Ya está todo decidido. No hay nada que yo pueda hacer. Pero ella piensa que sí…, Arturo, ella piensa que sí…
—Tienes que prometerme algo —dijo el rey, sujetándole por los hombros—. Si hoy todo termina, quiero que llevéis mi cuerpo a Ávalon. Quiero estar con Morgana.
El mago, al escucharlo, se echó a llorar.
A las lágrimas les costó recorrer aquel rostro ajado.
Traía cascaras de bellota enredadas en sus largas greñas blancas, como si hubiera dormido en el suelo de un robledal.
Con cada hipido de Merlín, estas se agitaban como campanillas.
Arturo y sus hombres concluyeron que el mago había perdido el juicio.
El rey ordenó que lo llevaran a la posición de retirada, el lugar en el que se encontraban los médicos, palafreneros y cocineros que no entrarían en batalla.
Y entonces sonó un cuerno.
No se trataba de cualquier cuerno: era el cuerno de Lugh, capaz de despertar a los dioses y a los guerreros. Sonaba como el crujir de los glaciares, como el lamento de un abedul partido en dos por un rayo. El cuerno de Lugh anunciaba el final de una era y el comienzo de otra.
Arturo extrajo a Excalibur de la nueva vaina que había ordenado hacer para ella.
Los cordobanes, orfebres y lapidarios que la fabricaron siguieron paso a paso las instrucciones quemi hermano les dio para que fuese exactamente igual a la que yo le había regalado.
Habían replicado hasta el más mínimo detalle.
Era idéntica, pero solo en aspecto. Excalibur seguía ardiendo en llamas en el momento en el que se desenvainaba.
No había perdido la capacidad de traspasar cualquier armadura, pero, sin la vaina original, Arturo era vulnerable. Y él lo sabía.
Mordred, en su loma, también desenvainó su espada sin nombre y sin historia.
Pese a ello, el filo resplandeció imponente bajo la luz rojiza del amanecer.
Sus hombres lo imitaron. Empuñaron sus armas con reverencia y el mundo pareció contener la respiración.
En ese momento, una garza blanca atravesó el pedazo de cielo que quedaba entre ambos bandos.
Merlín observaba su vuelo sentado en una piedra, sonriendo con amargura.
—Ya no hay paz que salvar —musitó con resignación.
Ninguno de los bandos acudió al encuentro del otro de forma atronadora.
No hubo gritos enardeciendo el ánimo delos soldados, ni fragor de tambores marcando el ritmo de los pasos, ni estampida de caballos.
Caminaban con el ceño fruncido, avanzando sin prisa, hasta que un muchacho sin escudo, con el cabello trenzado al estilo sajón, resbaló en el barrizal próximo a la ribera.
La espada escapó de su mano, trazó un arco en el cielo y descendió, quedando clavada en el lecho del río.
Muchos vieron la señal de la Santa Cruz en la parte que sobresalía de la superficie.
Y aquello bastó. Como una chispa en un bosque resecó, se prendió la batalla.
No fui capaz de ubicar con bastante anticipación el lugar exacto del combate.
El hechizo de localización ofrecía datos confusos cuando me sentía angustiada, de manera que decidí alzar el vuelo y trazar una espiral, comenzando por Tintagel.
Pronto vi un humo negro flotando sobre el río Camlann.
Al aproximarme me di cuenta de que no era humo: se trataba del séquito de cuervos de la diosa Morrigan y sus dos hermanas, Neman y Macha.
Los había a cientos. A miles. Un caos de graznidos, de batir de alas y corrientes de aire.
Me uní a ellos y alcancé a ver los primeros choques, que se dieron en el lecho del río.
Allí, hundidos hasta las rodillas, las espadas de los soldados cantaban y los escudos seguían el ritmo.
Algunos morían sin saber si fue una flecha, una lanzada o un hachazo lo que les había alcanzado.
Desde las alturas vi cómo el agua se teñía de rojo en torno a los caídos.
El río, vacilante, mantenía la sangre retenida, como anclada a las piedras del fondo.
Neman incitaba a los cuervos a que se unieran para dar forma a un gigante oscuro y ondulante que confundía a los combatientes.
Alas, picos y garras los acometían por todos lados haciendo que los del mismo bando se enfrentasen entre sí.
Mientras tanto, Macha, que disfrutaba con la matanza indiscriminada, se acercaba a los cuerpos de los que aún agonizaban para picotearles los ojos.
Pero era Morrigan la que envenenaba el ánimo de los que dudaban, trayendo a su memoria el ansia de venganza y a sus labios el dulce sabor de la victoria.
Quise contrarrestar el influjo de las tres diosas guerreras haciendo que los hombres escuchasen las nanas que sus madres les cantaban en la infancia, las voces de sus esposas e hijos rogándoles que regresaran a casa.
Su magia y la mía interferían, haciéndoles sentir, por momentos, melancolía y, por momentos, pavor.
Y más tarde ira, pero a la vez rencor. Y de nuevo pavor.
Pero no todos sincronizados, sino en desorden.
De manera que mientras uno pensaba en regresar a su hogar respondiendo a la llamada de su hija, el que tenía enfrente sentía tanto odio que le abría la cabeza de un hachazo.
Era evidente que mi plan no estaba funcionando, así que intenté localizar a Arturo entre los combatientes, que no eran sino figurillas en movimiento sobre un tapiz bordado con sangre, alas de cuervo y barro.
Le vi en la colina. Batallaba rodeado de sus caballeros más antiguos: Kay, con la cara cubierta de fango; Gawain, sangrando por un tajo en su pierna que él no sabía que tenía; Bedivere, ya herido en el brazo izquierdo.
Quise acercarme, pero entonces vi a Mordred.
Él no luchaba. Solo avanzaba con la mirada fija en su padre.
Aquellos ojos verdes musgo estaban vacíos y secos.
Cada una de sus zancadas parecía un conjuro que perdería efecto si rompía el contacto visual con su objetivo.
Apartaba a mandoblazos a todo el que se le acercaba, de manera que el combate se abría a su paso.
Caminaba en el interior de una burbuja que ni aliados ni enemigos se atrevían a traspasar.
Fue eso lo que llamó la atención de Arturo: el vano en torno a un hombre.
Un hombre que era el fruto de sus entrañas.
Se lanzó a su encuentro. Descendió de la loma sin decir una palabra, empuñando a Excalibur. Sus hombres quisieron seguirle, pero él los detuvo con un gesto. Entendieron que debían dejarle ir solo en busca de su destino. Él vadeó el río hasta llegar al claro en el que se encontró con Mordred.
Padre e hijo jamás estuvieron tan unidos como en ese momento. Se observaron. ¿Había duda en esos ojos? ¿Estaban a tiempo de detener esa locura? ¿Podrían las palabras mitigar el dolor macerado durante años? «¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!», grazné sobre sus cabezas, pero había demasiado ruido y no pudieron oírme.
—Hijo mío —le oí pronunciar a Arturo con la voz rota—, ¿debe ser así?
Quizás el padre habló demasiado pronto. La pregunta sacó a Mordred de su ensimismamiento, haciendo que se esfumara la debilidad que empezaba a sentir. Apretó la empuñadura de su espada antes de responder.
—Yo no soy tu hijo. Tu hijo murió en el naufragio del Abyssus. Ante tus ojos tienes a tu verdugo.
No hizo falta más. Aquello no era una batalla entre dos bandos: era el duelo a vida o muerte entre un padre y su hijo.
Arturo dio el primer golpe. Mordred lo rechazó sin dificultad. Contraatacó lanzando una estocada al pecho de su padre que el rey esquivó por poco. Caminaron en círculo, mirándose a los ojos, intentando adivinar el siguiente movimiento de su oponente.
—¡No puedo volver el tiempo atrás y deshacer el pasado! —le gritó Arturo.
Yo seguía graznando, pero temía interferir y que mi presencia distrajese a uno, dándole ventaja al otro.
—¡He intentado enmendarlo! —siguió diciendo.
—¿Enmendarlo? —rugió Mordred—. ¿Enmendarlo cómo?
¿Poniendo mi nombre con letras doradas en tu ridícula mesa?
¿Sentando al bastardo entre tus nobles caballeros?
¡Cuánta compasión! ¡Cuánta generosidad! —Rio sin ganas—.
No, padre, no. No pasaré a la historia por ser el hijo pródigo.
Mi nombre se enlazará al tuyo por darte el final que mereces.
Se lanzó sobre su padre y el combate se volvió feroz.
Las espadas chocaban emitiendo lamentos de acero.
El resto de la batalla quedó en silencio mientras ellos dos se golpeaban, caían al suelo, se incorporaban, jadeaban exhaustos, afligidos de dolor.
Arturo sangraba por la mejilla; una cicatriz leve.
Mordred cojeaba, pues, en una de las caídas, su rodilla derecha había chocado con una piedra. Pero ambos seguían vivos.
Entonces Arturo cometió un error. Echó demasiado atrás al brazo para blandir a Excalibur y el terreno embarrado le hizo trastabillar.
Mordred aprovechó la oportunidad. Aferró su espada con las dos manos y trazó un recorrido oblicuo.
El filo gris ceniza se hundió en la sien izquierda del rey.
Desde la altura en la que me encontraba, pude oír el crujir de su cabeza.
Arturo cayó de rodillas, con los ojos muy abiertos.
Mordred lo observaba en silencio. El cuerpo de su padre temblaba, pero no terminaba de caer.
—Hijo… —pronunció casi sin voz.
Mordred alzó la espada de nuevo, preparado para rematar auna de las personas a quien debía su paso por este mundo.
Y entonces Arturo, con un último resquicio de vitalidad, aferró a Excalibur con las dos manos y la interpuso entre ellos.
Mordred cayó sobre el filo. La espada entró limpiamente por su pecho y le salió por la espalda.
—Padre… —jadeó.
El rostro de ambos estaba apenas a un palmo de distancia. Se miraron a los ojos con tristeza. ¿Qué estarían pensando ahí, padre e hijo, durante esos instantes definitivos, mientras compartían el aire? ¿Acaso que habían cometido un error? ¿Que fue posible haberse querido?
Una gota de lluvia (quizás una lágrima) recorrió la mejilla de Mordred antes de caer este al suelo.
Arturo permanecía aferrado a la espada que atravesaba el corazón de su hijo.
Agotado, hizo un último esfuerzo para sacar a Excalibur de su pecho, como si ese gesto pudiera deshacer todo lo sucedido en los últimos minutos.
¿Por qué no podía desandar todos los caminos equivocados que había tomado en su vida?
Cayó de espaldas, derrotado, y entonces me vio sobrevolando sus cuerpos. Estaba sereno. La herida de su sien era un manantial escarlata que cubría la mitad izquierda de su rostro. Una lluvia mansa lamía el resto de su cara.
—Perdóname, Morgana. —Leí en sus labios.
Aquel barrizal parecía una vista del infierno. ¡Cuán terrible y fútil es la guerra! Me fui de allí. No podía soportar el dolor.
Cuentan los bardos que los terrenos que rodeaban el río Camlann, tras la batalla, guardaron silencio, igual al silencio de los campos después de la siega.
Los pocos que aún respiraban cuando todo acabó apenas se movían.
Solo el viento le arrancaba sonidos a los estandartes caídos y a los árboles del bosque cercano.
Los supervivientes pasaron a la historia con nombre propio, porque sobraron los dedos de una mano para contarlos.
La belleza del caballero Sanddef hizo que los enemigos lo confundieran con un ángel, y se negaron a atacarlo.
El caballero Morfran, por el contrario, era tan feo que los hombres de Mordred lo confundieron con un demonio, y temieron atacarlo.
El caballero Lucan, el único que intentó en su momento poner paz en el enfrentamiento entre padre e hijo, también salvó la vida.
Y Bedivere… Fue a él a quien Arturo encargó el destino de Excalibur.
Mi padre, Gorlois, dijo que yo sería una cazadragones, pero fue su nieto el que acabó con la saga de los Pendragón.
117 Medraut y Medrawt son las versiones galesas del nombre de Mordred que aparecen en diversas fuentes, entre las que se encuentra Annales Cambriae (o Crónicas de Gales ).
Se trata de una serie de crónicas históricas latino-galesas que no solo hacen referencia a Gales: también incluyen información sobre Escocia, Cornualles, Inglaterra e Irlanda.
118 Malory, S. T., de Cuenca, L. A. (2024). La muerte de Arturo . España: Siruela.