Morgana 28. La batalla final
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28. La batalla final

Annales Cambriae

La muerte de Arturo Sir Thomas Malory

Arturo y su hijo decidieron darse cita en un lugar neutral la noche anterior a la batalla final. Cada uno de ellos llegó acompañado de doce hombres, que tenían la orden de permanecer vigilantes a una prudencial distancia.

—Cuánto me ha costado llamar tu atención…, padre —saludó Mordred.

—¿Por qué has hecho esto? —preguntó Arturo—. La corona iba a ser tuya tras mi muerte.

Mordred sonrió con tristeza.

—Para ti es todo tan simple… —Suspiró—. Habrá quien piense que se trata de ambición. O de simple maldad. Pero si de verdad buscas la respuesta dentro de tu corazón, sabrás que no es eso.

—¿Y entonces qué es, hijo mío?

Mordred hizo una mueca, como si esas palabras le ardieran en la piel.

—Un hombre de verdad se hace responsable de los seres que trae al mundo. —Tragó saliva con dificultad antes de seguir hablando—. No imaginas lo que es crecer sintiendo que eres el error que alguien quiso borrar. —Rio sin ganas—. Y, aun así, el destino viene a buscarte, padre.

—Dices que no te quise, pero no sabes cuánto me dolió conocer lo que realmente sucedió. No sabía cómo resarcirte. Quería aprender a amarte. Te nombré mi regente por algo.

—¿Regente? —escupió Mordred—. No quiero tu caridad.

Llevo toda la vida aceptando migajas. Crecí en la miseria, me educaron recibiendo lo que los hijos de Nabur rechazaban.

¿Regente? Una palabra hueca. Lo único que querías era que mantuviera caliente tu trono mientras jugabas a ser el César.

Querías regresar coronado de laureles para seguir deslumbrando a un pueblo adormecido con la promesa de griales y oropeles.

Así funciona tu corte, padre. Pero en realidad eres como el rey Midas, aunque, en lugar de en oro, todo lo que tocas se pudre.

Tu querido amigo aprovecha tus ausencias para acostarse con tu esposa.

Tu elegante reina jamás te ha amado. Mi madre se aleja de tu lado.

Me sorprende que sea a mí a quien consideras un traidor.

—Su voz se tornó grave al añadir—. Yo no he usurpado nada, padre.

Estoy sentado en el lugar que me pertenece.

—Britania está antes que tú y que yo, Mordred. Así ha sido siempre. Y ten por seguro que a mí también me ha costado aceptarlo.

Pero Mordred no escuchaba. Le temblaban los labios. Le brillaban los ojos.

—Lo más triste es que yo no quería tu trono. El trono me daba igual —siguió hablando—. Lo único que siempre quise fue un padre que me amara.

Arturo lo miró abatido. Hubiera querido decirle que lo entendía.

Que ojalá las cosas hubieran sido de otra manera.

Que hubiera deseado ser él quien le sujetó las manos cuando dio sus primeros pasos.

Que querría haberle regalado su primera espada.

Que tener un hijo conmigo era uno de sus sueños más anhelados.

Que las grandes decisiones de su vida las habían tomado otros por él.

Que heredó un reino envenenado. Que se sentía atrapado por una red invisible de agravios que resarcir, deudas por pagar y errores ajenos que enmendar.

Que no sabía cómo complacer a todos. Y que, al final, a los únicos a los que no complacía era a los que realmente le importaban.

Pero no dijo nada de eso. No.

—No debiste usurpar el trono. Ahora todo es mucho más complicado —musitó el rey—. No podemos salir de aquí fingiendo amarnos como padre e hijo. Sin una petición pública de clemencia, me veré obligado a entrar en guerra contigo.

Eso fue lo que Arturo dijo.

No se dio cuenta de que quien se encontraba ante él no era un hombre adulto, sino el niño dolido, necesitado de consuelo y aprobación. El niño que aún tenía hambre de amor, de reconocimiento, de besos y abrazos. El niño que ansiaba ver cómo su padre se mostraba orgulloso por sus logros.

Una lágrima brotó del ojo derecho de Mordred y recorrió su mejilla a toda velocidad. Solo el fino oído de un duende hubiera percibido el estrépito que produjo al estrellarse contra el suelo.

—Cuando era niño, padre —puso especial énfasis en la última palabra—, soñaba que algún día vendrías a buscarme.

Entonces no sabía quién eras…, claro. Pero, por lo que me habían dicho, yo pensaba que debías de ser un gran caballero.

Te imaginaba llegando a lomos de tu caballo, diciéndome que llevabas años buscándome, feliz por haberme encontrado.

Me abrazarías, me dirías cuánto me querías, me llevarías contigo a mi verdadero hogar.

Me mostrarías con orgullo ante tus amigos.

Me llamarías «hijo» delante del mundo. Me rescatarías de la vida de niño acogido a la que me había abocado el infame naufragio.

—Lanzó una risilla sardónica antes de seguir hablando—.

Imagina qué gran decepción cuando supe que mi propio padre fue quien firmó el bando que casi me arrastra hasta la muerte cuando aún no podía defenderme. Ahora sí puedo.

—Mordred, eso no es cierto. —Arturo sacudía la cabeza—. Yo no sabía… yo no…

—¿Vas a decirme que no sabías que tu hijo se encontraba entre los niños que ordenaste matar? ¡Cuán misericordioso es el gran rey Arturo! ¿Qué importancia podrían tener las vidas de unos cuantos niños a cambio de la del gran rey de Britania?

—No… no… Yo nunca… Jamás…

Mordred lloraba, pero no había en su rostro señal alguna de aflicción. Había rabia, decepción, desprecio, odio…

—Padre —clamó, con los puños apretados—, hubiera hecho lo que me hubieras pedido.

Hubiera luchado tus batallas, me habría enfrentado a tus enemigos.

Habría cruzado el mundo para buscar el grial que tanto anhelas.

Todo lo que me hubieras pedido. ¡Todo! Todo te lo hubiera dado: mi sangre, mi vida entera, a cambio de un gesto…

, de un reconocimiento…, de una palabra de afecto… Padre —sollozó.

Arturo también lloraba.

—Hijo mío… —pronunció, abriendo sus brazos.

Pero Mordred se enjugó las lágrimas y lo miró durante unos segundos eternos, con un desprecio infinito.

—Demasiado tarde. Donde fallan la ley y el corazón, ha de reinar la fuerza. No seré yo quien se oponga el dictado de una profecía. —Dudó unos segundos antes de sentenciar—. Nos veremos mañana en el campo de batalla.

Se dio la vuelta y abandonó el pabellón.

En ese momento, comenzó el final.

Nadie se explicaba de dónde había salido esa extraña lluvia.

El viento del norte trajo unas nubes algodonosas que llegaban por el sur, como remolcadas con una cuerda; algo completamente inaudito, desconocido hasta entonces.

La corriente las arrastró hasta la cuenca del río Camlann y allí las depositó.

Lasblancas nubes comenzaron a oscurecerse, pasando del gris perla a un gris pesadumbre.

El aire enrarecido conjugó un vendaval ululante que asperjaba lluvia en todas direcciones, embarrando la tierra, repiqueteando en los cascos y escudos delos soldados, traspasando sus petos de cuero, calándolos hasta loshuesos.

La lluvia siempre había sido aliada en las batallas que los britanos afrontaban, pero, en este caso, al tratarse de una guerra civil, ambos bandos contaban con la misma ventaja.

Algunos de los caballeros que ese día le plantarían cara a la muerte eran los últimos de su linaje.

Sus nombres estaban escritos con letras de oro sobre la Mesa Redonda y que los relacionaran con el del rey más insigne de la historia de Britania era la huella que querían dejar en el mundo. Con esa gloria les bastaba.

Arturo miró en dirección al valle y un escalofrío le recorrió la espalda. Las tropas de su hijo ya se encontraban al otro lado del río. Avanzaban desde el sur.

El hasta entonces rey había previsto una formación en punta de flecha, por los buenos resultados que había obtenido siguiendo ese patrón en el pasado.

Se desplegarían en ángulo, con el vértice apuntando al enemigo.

El objetivo era romper sus líneas y protegerse de posibles ataques laterales.

Al mismo tiempo, los arqueros se desplegarían a ambos lados de la formación, también en ángulo, en cuyo interior avanzarían caballeros a pie, algo con lo que muchos no estaban muy conformes.

Se sentían vulnerables pisando tierra firme.

Preferían luchar a lomos de sus monturas.

Pero Arturo fue inflexible al respecto; en caso de derrota, los que quedaran vivos podrían huir a pie y guarecerse en el frondoso bosque que quedaba a sus espaldas.

Sería un obstáculo difícil de salvar para los enemigos que pretendieran seguirles a caballo.

Al otro lado del río, en la ribera sur, el ejército de Mordred era una cicatriz en la faz de la tierra.

El furor y la rabia dictaban el orden con el que pretendían enfrentar la batalla.

Algunos eran aún tan jóvenes que en sus rostros no había más que pelusilla floreciente; desconocían el real significado de dar la vida por una causa.

Otros eran mercenarios llegados de las Islas Negras y Sajonia.

Barbados, malolientes, armados con lanzas, venablos, espadas y unas hachas de batalla de mango largo que ellos llamaban skeggox .

Sus ropajes y escudos estaban decorados con cabezas de lobo mostrando sus fauces, crucifixiones en ruedas de carro, calaveras atravesadas por un puñal, cuervos picoteando corazones y otras sutilezas similares que evidentemente no eran emblemas de ningún reino, porque su propósito en esa batalla era fundar uno nuevo sobre los escombros de la vieja Britania.

Mordred, el hijo del pecado, el hijo perdido y encontrado, el bastardo, el gran error del rey, se colocó en una elevación del terreno, flanqueado por sus soldados más leales.

Los bardos dijeron tiempo después que su armadura era negra como el cabello de su madre, como las alas de los cuervos, como las profundidades del mar…

El color que tradicionalmente portaban los traidores.

No era cierto.