27. Clamor del hijo olvidado #3
Merlín fue abandonando su aspecto arbóreo como el que despierta de un sueño profundo o una pesadilla.
A medida quelo hacía, yo veía la duda reflejada en su cara, pues no sabía si su piel era realmente piel o aún corteza, o si debía beber agua para aclarar su garganta o absorber la humedad de la tierra.
Los espíritus del bosque lo abandonaban poco a poco y de la misma forma regresaban las molestias de habitar de nuevo un cuerpo humano.
Ahora sentía hormigueos y pinchazos en las partes de su piel que los animales atravesaron.
Le crujían las extremidades que habían sido ramas.
Le costaba desenraizar los pies del suelo.
El sol estaba en su cenit. Los rayos se filtraban entre las ramas, haciendo que el robledal fulgurara como una piedra preciosa. El mago intentaba abrir los párpados, pero sus ojos aún tardarían un rato en acostumbrarse a la luz. Miraba a su alrededor, confundido.
—¿Estamos en Ávalon? —preguntó. Yo asentí—. No reconozco este lugar. ¿Lo has creado tú?
—Lo llaman elValle Sin Retorno —respondí—. Pero, como casi siempre, se equivocan. Sí que hay retorno; a veces.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Dieciocho años.
—¡¿Dieciocho años?! —exclamó.
—Aproximadamente.
—Dieciocho años… —repitió, resignado.
En ocasiones, a lo largo de ese tiempo, jugueteé con la idea de ir en busca de Merlín para enfrentarme a él.
Con la rabia de los primeros momentos bullendo en mi interior, imaginaba encuentros llenos de reproches y a él farfullando justificaciones sobre causas y fines que eran mayores que nosotros.
Pero el paso del tiempo había extendido un reparador bálsamo sobre mis heridas.
En ese preciso momento, al tenerlo delante, tan viejo y desamparado, no era capaz de encontrar dentro de mí la cólera que me había empujado a apresarle dentro de un roble durante tanto tiempo.
—Supongo que lo merecía —reconoció al cabo de un rato—.
Hice tantas cosas de las que no estoy orgulloso.
Oh…, Morgana. Te deseé para mí. Te espié con la intención de conocer tus debilidades para poder aprovecharme de ellas…
—Casi en un susurro, añadió—: Conspiré para que vuestro hijo se alejara de Britania.
Y el barco en el que viajaba… El barco… El barco se…
—Edipo y Layo —le interrumpí. El mago me miró sin comprender.
Yo seguí hablando—: Layo se empeñó en llevarle la contraria al destino; sin demasiado éxito, he de decir.
Aunque encuentro que el caso de mi hijo tiene más similitudes con la historia de Acrisio y Perseo, 116 por aquello de que en ambas situaciones se busca la complicidad del mar para deshacerse del problema.
—No entiendo…
—Las profecías —aclaré—. Profetizaste que mi hijo mataría a su padre y para evitarlo no te importó enviarlo al fondo del mar, junto a más de treinta criaturas.
Encogió el gesto, como si recordarle el resultado de su crimen fuese más doloroso que el hecho de haberlo ideado.
—Y, aun así, no me has destruido —murmuró—. ¿O sí lo has hecho? ¿Estoy destruido, Morgana?
—¿Destruirte? Oh…, sí…, destruirte… No fingiré que jamás cruzó esa tentadora idea por mi mente.
Con todo el poder de Ávalon a mi disposición, y contigo convertido en un roble viejo, podría haberlo hecho de maneras muy creativas.
Quizás convocando una tormenta, para que un rayo te partiera en dos.
O haciendo que una plaga de escarabajos anidara en tus entrañas, hasta convertirlas en serrín.
O cortando tus ramas, tus raíces y tu tronco, dejar que se secaran, y usarlos más tarde para alimentar el fuego de mi chimenea.
—Hice un elocuente gesto con las manos, dando a entender que me sobraba imaginación para idear mil devastaciones.
Reconocí cierta aprensión en su mirada—.
Pero ¿de qué me habría servido? ¿De qué serviría ahora?
Destruirte no cambiaría nada. Sería un desperdicio malgastar tu poder.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó abatido.
—Quiero ofrecerte la oportunidad de enmendar tus errores. Han pasado muchas cosas en el mundo de los que han de morir en el tiempo que tú has estado aquí. Pese a todas tus manipulaciones, Mordred, el hijo de Arturo…, mi hijo —recalqué—, sobrevivió al naufragio del Abyssus.
—Sobrevivió al naufragio…
Parecía legítimamente sorprendido.
—Así es —confirmé—. El mar lo respetó, al igual que respetó a Perseo. Fui en su busca, lo encontré y lo llevé junto a su padre. Y ahora Mordred es el rey de Britania.
—¿Arturo ha muerto?
—No, aún no…
—¿Aún no? ¿Qué significa eso?
Le hice un resumen de lo acontecido durante esos años en los que estuvo apartado del mundo.
El soñado reinado que hermanaba Britania con Ávalon estaba herido de muerte.
Mordred había tomado las riendas. Declaró que le había llegado unmensaje de la Galia anunciando que su padre había caídoen batalla contra Roma, y se proclamó rey.
—¿Nadie lo puso en duda? —preguntó sorprendido.
—Están hastiados, Merlín —respondí—. Demasiados años esperando una gloria que no llega nunca.
Están cansados de guerras, de nobles luchando entre sí, de líos de alcoba…
, todo mientras el pueblo sufre. Arturo les parecía la promesa que jamás llegaba a cumplirse.
Mordred era real. Está presente y promete llevar la paz.
Y a los súbditos, tierras y el fin de los tributos.
Le seguí explicando que, cuando Arturo se enteró, regresó a Britania con el alma herida. Había perdido la energía de la juventud. Ya no era el muchacho que sacó la espada de la piedra, sino el hombre agotado que volvía a un reino eternamente dividido, que su propio hijo le había arrebatado.
—El hijo que la profecía señaló como su asesino —pronunció Merlín.
—Y así será si no haces algo —le increpé.
Informé a Merlín de que Mordred había convocado a Cheldric, caudillo de los sajones, para que reclutase al mayor número de guerreros que le fuera posible.
Si le ayudaba a vencer a su padre, prometía entregarle la parte de la isla que se extendía al norte del Humber y las posesiones que fueron de Hengist, en tiempos del reinado de Vortigern.
—Cheldric ya está en Britania. Entre paganos y cristianos, Mordred ha reunido a más de ochenta mil hombres —concluí.
—Ha ido en busca de quienes asesinaron a sus antepasados. Quiere que acaben también con su padre —dedujo Merlín, desolado.
—Mordred no es responsable de haberse criado desarraigado —defendí—. No ha crecido sintiendo suya esa historia. Tú te encargaste de que así fuera.
Merlín bajó los ojos en un gesto que parecía de arrepentimiento.
Así que le seguí hablando. Le conté que, en aquella primera batalla, habían caído grandes hombres de ambos bandos, pero las huestes de Arturo lograron hacerse con mayor terreno.
Las de Mordred tuvieron que retroceder hasta Güintonia, y hasta allí los persiguió el rey.
Hubo un nuevo enfrentamiento que hizo que los hombres de Mordred buscasen refugio en Cornualles.
—Van a matarse donde todo comenzó —le informé—.
Es posible que te importe poco lo que le suceda a Mordred; a fin de cuentas, ya intentaste deshacerte de él cuando solo era una criatura.
Pero, si aún queda en ti amor por Arturo, si aún quieres proteger Britania, tienes que impedir que continúe esta locura.
—¿Qué puedo hacer, Morgana? —preguntó abatido—. ¿Quieres que convoque nubes que suelten pedrisco sobre sus cabezas hasta que entren en razón? ¿Qué lance un hechizo al corazón de Mordred para que abrace a su padre en lugar de atravesarlo con una lanza? Todo eso podrías hacerlo tú.
—¡Lo he intentado! —grité.
—Sigues siendo la misma romántica que fue en busca del beso asesino de Ondina. Aún sigues pensando que el amor es más fuerte que el odio, que puede detener batallas.
—No quiero detener todas las batallas. Me conformo con detener esta.
—El destino ya está escrito —sentenció el mago, compungido.
—Si crees eso de verdad…, ¿por qué intentaste deshacerte de Mordred?
—Ya ves que no lo conseguí.
—No he venido aquí en busca de tu magia —insistí—. Quiero que hables con ellos. Eres persuasivo. Lograste que nosotros siguiéramos tus dictados en el pasado. Haz lo mismo con ellos. Recuérdales que, antes que personajes de una profecía, son padre e hijo.
Merlín echó un vistazo a su alrededor. Lo había convencido.
—¿Dónde están ahora?
—A orillas del río Camlann —informé—. Mañana al amanecer se enfrentarán de nuevo. Si no haces algo, miles de hombres morirán a manos de los que, en un pasado, consideraron sus hermanos.
Merlín parecía muy cansado. Se apoyó en el báculo y dio un par de titubeantes pasos para asegurarse de que sus raíces ya no le anclaban al suelo. Me miró a los ojos.
—Haré lo que me pides, Morgana.
113 Malory, S. T., de Cuenca, L. A. (2024). La muerte de Arturo . España: Siruela.
114 Hughes, T. (1828). The Misfortunes of Arthur . Reino Unido: Septimus Prowett.
115 Galahad, Perceval y Bors encontraron el santo grial en el castillo deCorbenic.
Era mucho más hermoso de lo que jamás hubieran imaginado.
Tuvieron que entrecerrar los párpados, deslumbrados por la intensa luz que desprendía, en la que estaban contenidos todos los amaneceres del mundo.
Aunque si alguien les hubiese preguntado, cada uno de ellos lo habría descrito de diferente manera.
Perceval lo vio con ojos limpios, como quien contempla una verdad que no comprende del todo.
Bors, que era de los tres el más aferrado a la humanidad, lo miró con una mezcla de asombro y timidez, consciente de que aquello sobrepasaba con creces las hazañas caballerescas que había protagonizado (y, seguramente, las que hubiera de protagonizar en un futuro).
Pero fue Galahad, el hijo que Lancelot tuvo con la dulce Elaine, el único que lo vio en toda su plenitud.
El más puro de loscaballeros, el que nunca había pecado (ni siquiera de pensamiento), sintió que la luz del grial lo atravesaba, llenando su alma al completo.
Tras semejante experiencia, Galahad proclamó que renunciaba a seguir viviendo.
Como si su deseo fuese una orden, un ángel descendió de los cielos para recogerlo.
Galahad se elevó ante los ojos perplejos de Perceval y Bors, y desapareció para siempre del mundo de los que han de morir.
Lancelot fracasó en la búsqueda del grial.
En una ocasión pudo verlo fugazmente, pero fue incapaz de acercarse.
La traición a su amigo y el amor adultero que compartía con Ginebra lo alejaron de la perfección que aquella empresa exigía.
116 En la antigua Grecia sabían que tratar de esquivar una profecía es el modo más efectivo de que se cumpla.
Layo quiso evitar que su hijo Edipo lo matase, dejándolo a su suerte en un monte, con los pies atados.
Aun así, Edipo logró alcanzar la edad adulta y lo asesinó.
Después se desposó con su propia madre. En el caso de Acrisio, el llamado a acabar con su vida erasu nieto, así que decidió encerrar a su hija en una torre de bronce, convencido de que hasta ese lugar no llegaría ningún hombre a profanar la pureza de Dánae.
Pero como ya vimos en una nota anterior sobre las prácticas cambiaformas de Zeus, el dios se transformó en lluvia dorada para colarse en la torre, dando como resultado el nacimiento de Perseo.
Acrisio entonces introdujo a su hija y nieto en un arcón y los lanzó al mar.
Por supuesto, Perseo sobrevivió. Acabó matando a su abuelo por accidente, tras golpearle con un disco que lanzó en unos juegos celebrados en Larisa.