27. Clamor del hijo olvidado #2
Aquello sacudió los cimientos en los que se asentaban los valores de la Mesa Redonda.
Era indigno de un caballero asesinar a uno de sus iguales.
Pronto alzaron la voz los que llevaban años incubando rencor contra Lancelot, por unos u otros motivos.
Todos estaban de acuerdo en que la traición cometida por las dos personas más cercanas al rey ponía en jaque el ideal artúrico.
Como Lancelot había huido fuera de su alcance, se conformaron con aquietar su desazón juzgando a Ginebra.
La declararon culpable de traición a la corona.
En esos casos, la ley era clara: debía morir en la hoguera.
Fueron a buscar a la reina al amanecer, cuando el rocío aún perlaba los brotes de hierba.
Caminó escoltada por dos guardias, rumbo al cadalso.
Llevaba el dorado cabello suelto, cayendo en ondas hasta la cintura; bella y serena.
Vestía una túnica de hilo blanco y un rosario de cuentas de nácar se enredaba en sus dedos.
Parecía acudir a desposarse con la muerte; la viva imagen de la santidad.
El murmullo de la multitud la envolvía. Los ciudadanos de Camelot ponían en duda que una mujer tan piadosa albergase cualquier tipo de concupiscentes deseos.
El patíbulo era una montaña de madera seca coronada por un tronco en el que ataron las piernas y los brazos de la reina.
Pero, justo cuando el verdugo se aproximaba a ella con la tea encendida, un estrépito de cascos de caballos y gritos interrumpió la ejecución.
El gentío se estremeció, confundido. Lancelot, con los ojos aún más ardientes que el fuego de la antorcha, irrumpió en la plaza, acompañado por un buen número de caballeros armados hasta los dientes.
Saltó de su caballo y trepó sin dificultad por el montículo de maderos, dispuesto a desatar a Ginebra.
La plaza se convirtió en un hervidero de gritos y carreras.
Los hombres de Lancelot se lanzaban contra los caballeros que custodiaban el cadalso, que intentaban impedir que la reina fuera liberada.
El sonido de las espadas entrechocando se mezcló con los alaridos de espanto de los espectadores, los de dolor de los caballeros heridos, los llantos de los niños y cientos de insultos y juramentos.
Las mujeres se llevaban las manos a la boca y los hombres retrocedían, empujándose unos a otros para no acabar atravesados por una lanza despistada.
Un caballero de la guardia cayó con el cuello seccionado a los pies de Ginebra, justo cuando Lancelot la ayudaba a subir a lomos de su caballo.
De la garganta del hombre brotaba la sangre caliente y oscura que se desparramaba por el suelo.
Ella contuvo un grito, cerró los ojos y enterró la cabeza en el pecho de su amado.
Todo sucedió en unos pocos minutos. La multitud, confundida, observó cómo Lancelot y sus hombres se alejaban por las calles con la misma rapidez con la que habían llegado. Se llevaban no solo a la reina, sino también la última esperanza de orden y paz en Camelot.
Quizás la vida se bifurca con cada decisión que tomamos, componiendo diferentes finales para nuestra historia.
Quizás vivamos muchas vidas de las que no tenemos conocimiento.
Quizás exista otra Morgana que nunca perdió a su padre, que nunca tuvo un hermano y que se convirtió en dueña y señora del ducado de Tintagel.
O una Morgana que crio a su hijo junto al hombre que amaba, que vivió feliz rodeada de nietos y que no formó parte de ninguna leyenda.
Quizás por eso no es bueno intentar ver el futuro usando la magia, porque puede mostrarnos una de las múltiples realidades que se abren ante nosotros.
O quizás el destino de cada uno ya está escrito y no hay nada que podamos hacer para cambiarlo.
Lo único que puedo decir es que, en ese momento de nuestra historia, yo quería cambiar el futuro que vislumbré al tocar a Excalibur.
Lo intenté de varias maneras, sin éxito.
A mi pesar, tuve que reconocer que solo había una persona en el mundo capaz de ayudarme a solucionarlo. Pero ya no era una persona.
¿Habéis intentado alguna vez ubicar en un mapa el lugar geográfico exacto en el que acontecen vuestros sueños? Y, de ser así…, ¿lo lograsteis? Estaréis de acuerdo conmigo en que no resulta tarea sencilla. Menos aún si el sueño en cuestión se desarrolló en Ávalon.
Para encontrar el roble en el que atrapé a Merlín tuve que utilizar el hechizo que más se adecuaba a su personalidad huidiza: el Index absconditus, con el que Lysandra Brifox consiguió localizar la tumba fluvial de Atila, tras años y años de búsqueda infructuosa por parte de los mortales.
Por desgracia, los cambios geológicos de los últimos tiempos han alterado el paisaje, haciendo que dicha sepultura volviera a perderse.
Para llevar a buen término el Index absconditus se necesita una aguja imantada que en algún momento haya tocado la persona a la que se desea encontrar y un libro de su propiedad que jamás haya leído.
Me dirigí a la torre del mago y rebusqué entre sus cosas.
Imanté la aguja de su reloj de sol y en los estantes superiores de su biblioteca hallé un volumen titulado: Tratado descriptivo de helechos sin propiedades mágicas .
Lo firmaba un tal Secundinus Arbori. Se trataba de un mamotreto de más de ochocientas páginas en el que se ponía especial énfasis endescribir helechos que no sanan, no sirven para hacer licores ni tinturas y no reaccionan al influjo de la luna.
El autor insistía (a lo largo de más de trescientas páginas) en el interés puramente botánico de estas plantas, alejándose de cualquier tipo de superstición o simbolismo.
Incluía apéndices a todo color de helechos infecundos, helechos desconfiados, helechos engañosos (porque parecen mágicos sin serlo) y helechos que podrían haber existido, de contar Britania con las necesarias condiciones climáticas para ello.
Me sorprendía que Merlín no lo hubiera utilizado ya para alimentar el fuego.
Coloqué el libro abierto en la mesa. Sobre él, a un codo de distancia, sujeté la aguja imantada.
Las páginas comenzaron a aletear, como sacudidas por una ráfaga de viento.
Pasaban de atrás hacia delante y al revés, sin aparente orden, hasta que al fin quedaron quietas en la cuatrocientas cincuenta y nueve.
La aguja vibró entre mis dedos, señalando la esquina superior derecha.
Observé con detenimiento la página. El pergamino parecía variar de grosor en esa parte.
Al tacto podía percibirse un contorno circular.
Mirándolo al trasluz se intuían unas letras que unidas formaban una frase: «Donde la luna lame las piedrasy los búhos no hablan».
Entonces supe dónde se encontraba exactamente Merlín, yfui a su encuentro.
El viejo roble parecía tan contrahecho y reseco como lo dejé en mi sueño.
La rama que fue su brazo izquierdo estaba más elevada que el resto.
Recordé que quedó paralizado de esa manera cuando intentó huir de mí.
Junto al tronco había un sarmiento retorcido que enraizaba en la tierra; el báculo que le servía de apoyo.
Caminé a su alrededor, observándolo con atención.
¿Cuánto de humano quedaba en ese roble? ¿Cuánto de árbol sería ahora Merlín?
¿Dónde se encontraría su rostro? ¿Sería esa grieta en la corteza su boca?
¿Y aquellas hendiduras sus ojos? ¿Podría verme?
Aproximé mi mano al espacio en el que supuse que estaría su mejilla.
—¿Merlín? —susurré, acariciándole delicadamente—. ¿Sigues ahí?
Sus hojas tremolaron, pese a que no soplaba ni una brizna de viento.
Y entonces sentí una vibración en las yemas de los dedos.
Se extendió por mi mano, mi brazo, mi pecho…
hasta alcanzar el último rincón de mi cuerpo.
El mundo se difuminaba, y creí estar bajo la lluvia.
Las gotas que chocaban contra mi piel encadenaban notas musicales.
El resultado era una melodía acuosa que desplazó mi voz interior para dejar espacio a las percepciones del roble.
Ya no tenía nombre; olvidé mi origen y cómo había llegado hasta allí.
Cada gota arrastraba un recuerdo que se depositaba en la tierra, se enfangaba y se ahogaba en los charcos.
Mi cuerpo era ahora tronco y ramas. Había columnas formadas por otros iguales a mí hasta donde alcanzaba la vista.
Me conocían. Los conocía. Los insectos me entraban y salían por los ojos y las orejas.
Un pájaro carpintero me forzó a abrir la boca para anidar en ella.
Ellos acompañaban el silencio y la oscuridad de mis noches; a cambio, yo era hogar y refugio.
Viví calurosos veranos. Llegaron otoños a espantarme las hojas.
Sombríos inviernos y primaveras tormentosas.
Sentí mis raíces anclándose a la tierra, absorbiendo las memorias que la melodía de gotas de lluvia acalló.
La fría humedad penetraba en mis xilemas, recorriéndome hasta llegar a las sedientas hojas.
Y luego llegó el recuerdo de un sueño ajeno. El sueño de Morgana… Morgana…
—¡Morgana! ¿Qué me has hecho? ¡¿Qué me has hecho?!
Los gritos de Merlín me sacaron del trance. Lo observé en silencio, aún aturdida.
—¿Qué me has hecho? —volvió a preguntar, esta vez casi en un susurro.