Morgana 27. Clamor del hijo olvidado
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27. Clamor del hijo olvidado

La muerte de Arturo Sir Thomas Malory

The Misfortunes of Arthur Thomas Hughes

Tras huir del Valle Sin Retorno, Lancelot estuvo vagando durante meses por los caminos de Britania, convertido en un espectro de sí mismo.

Se adentraba en las aldeas, murmurando palabras inconexas, despertando la caridad de las mujeres que le daban comida, compadecido por los hombres que le intuían un glorioso pasado por su porte distinguido.

Dormía en el bosque, bebía en los arroyos, luchaba con enemigos invisibles, mostrando destellos de lo que fue.

Había olvidado sus antiguas glorias, sus orígenes nobles, al hada que acunó su infancia y el tiempo que lo retuve en Ávalon.

Pero, bajo todas las capas que lo aislaban de la cordura, su corazón aún seguía latiendo por Ginebra.

El Lancelot que regresó a Camelot era distinto: barbado, con el cabello lleno de nudos de elfo, cubierto de harapos, mascullando incoherencias…

Cuando la reina lo vio, estuvo a punto de no reconocerlo; muy lejos quedaba aquel joven caballero del que se enamoró años atrás.

Ginebra estaba acostumbrada a ocultar sus emociones, así que contuvo el deseo de abrazarlo y se limitó a inclinar levemente la cabeza en señal desaludo.

Pero si alguien se hubiera tomado la molestia de observar sus ojos, se habría dado cuenta que de ellos brotaban lágrimas.

A nadie le extrañó que Ginebra se encargase personalmente de su cuidado.

Era de sobra conocido el mutuo afecto que se profesaban.

Aseó su cuerpo, cortó su cabello y le rasuró la barba que impedía contemplar la dulzura de su rostro.

Le limpió las heridas con agua de manzanilla, extendió sobre ellas ungüento de árnica y las cubrió con lino limpio.

Pero la reina sabía que solo cicatrizarían de dentro afuera, así que pasaba largas horas junto al lecho de su amado, vigilando su duermevela, leyéndole pasajes de la Biblia en los que hombres como el rey Nabucodonosor o el endemoniado gadareno habían recuperado el juicio por la gracia de Dios.

Al cabo de dos semanas, casi anocheciendo, el caballero salió de su letargo.

Ginebra estaba convencida de que fueron sus plegarias las responsables del milagro, pero la realidad era que a Lancelot lo curó el amor.

La primera palabra que pronunció al abrir los ojos fue su nombre.

Ella estaba tan emocionada que quiso abrazarlo, pero temió hacerle daño, así que, muy despacio, se recostó junto a él, posando la delicada manita en su pecho moreno.

Ese roce tierno y maternal dio paso a las caricias, y de ahí a las miradas, a los susurros, a los «te amo», compartiendo el aliento.

Ginebra no era virgen, pero como si lo fuera.

Había mantenido intacta su pureza en espera de poder entregarse algún día a la pasión con el que siempre fue el gran amor de su vida.

Antes de desposarse, sus damas se encargaron de ponerle en antecedentes de lo que iba a suceder en la noche de bodas.

Insistieron en la importancia de mostrar cierto entusiasmo, aunque no demasiado, para no despertar sospechas.

Pero ella se negó a fingir. El hecho de casarse con otro no significaba que olvidase sus verdaderos sentimientos.

Era la única manera que encontraba de serle fiel a Lancelot; amaba sin amar y sin simular amor.

En sus encuentros maritales con Arturo, su cuerpo estaba presente, tal y como se esperaba de ella, pero su mente viajaba lejos.

Así había acumulado hordas de deseo no satisfecho que se desbordaron ese día, ante la leve presión del cuerpo de Lancelot entre sus piernas.

Si alguna vez habéis amado de esta manera, sabréis que es inútil intentar contener toda esa intensidad. Una vez que Lancelot y Ginebra aceptaron que ya estaban perdidos, no les quedó otro remedio que buscar fórmulas para ocultar sus encuentros amorosos a los ojos del mundo.

Para su fortuna, cuando parecía que la paz se asentaba en el reino, Arturo recibió un demoledor mensaje del emperador romano Lucio Tiberio.

En él exigía el pago de un tributo por haber sido Britania, en el pasado, provincia del Imperio.

Aquello reclamó por completo la atención de la corte.

El rey y los nobles caballeros de la Mesa Redonda, heridos en el orgullo y vanagloriados por sus memorables gestas, decidieron plantar cara ante semejante insolencia; había llegado la hora de espantarse la apatía y volver a las armas.

Tras debatirlo concluyeron que, si alguien tenía que pagar tributos, debían ser los romanos al pueblo britano por el tiempo que ocuparon sus territorios.

Sin perder un segundo más en debates, comenzaron sus preparativos para emprender camino a la Galia, dispuestos a cercar Roma.

Pero no todos se hicieron a la mar para acompañar al rey. Un grupo de devotos caballeros, entre los que se encontraba Lancelot, decidió permanecer en Britania y seguir buscando el santo grial. 115

En Camelot también se quedó Mordred. Arturo lo nombró regente durante el tiempo que durase la campaña militar. Y como tal se comportó; al menos, en un principio.

Instalado en un trono prestado, Mordred tuvo tiempo de analizar con fría lucidez los entresijos de la corte.

Llegó a la conclusión de que Camelot era un tapiz engañoso; de lejos deslumbraba por el colorido de sus sedas, pero de cerca se podía apreciar que gran parte de los hilos estaban sueltos.

El reino que su padre edificó sobre inmaculados ideales se pudría macerado en silencios, adulaciones, resentimientos y celos.

Bajo las brillantes armaduras de los caballeros latían egos mellados y heridas mal cicatrizadas.

Se dio cuenta de que, prestándole una mínima atención, podría enfrentar a unos con otros sin demasiado esfuerzo.

Los pecados ajenos pondrían a prueba su propia virtud.

Cuando un reino tiene grietas, basta con una pequeña sacudida para que se venga abajo.

¿Usurpar el reino? ¿Es eso lo que pretendía?

No, él no usurparía nada. Él solo tomaría lo que le pertenecía por derecho.

Mordred sospechó de la relación que la reina y Lancelot mantenían, mucho antes de verlos juntos por primera vez.

Ella se delataba cuando aludían en su presencia al más querido de los caballeros.

No era Arturo el que hacía brillar los ojos de Ginebra.

Cuando Lancelot regresó a Camelot, pudo confirmarlo; el caballero se bebía los suspiros de la reina.

Aquello que los amantes trataban de esconder se convertiría en la mejor arma de Mordred.

Observaba con perversa atención los movimientos de ambos: los paseos por los rincones ocultos del jardín, las tardes que pasaban en la capilla, las horas en las que nadie les podía localizar, y también las excusas, los malentendidos, las justificaciones a sus ausencias…

Así llegó a tener un buen puñado de sutiles pruebas sobre sus hábitos, llenándose de frenesí cuando acertaba en la previsión del lugar y la hora en la que podría encontrarlos juntos.

Para Mordred, la relación entre el mejor amigo de su padre y la reina era el palpable ejemplo de la decadencia del reino.

Se hacía imprescindible un cambio. Así es como él lo veía.

Pero estaba seguro que no bastaría con su palabra.

Debía poner ante los ojos de los hombres que necesitaba a su favor la traición de la reina y Lancelot.

Para ello, Mordred preparó una emboscada.

Calculó el momento en el que los dos amantes pasarían la noche juntos.

A esas alturas conocía de sobra sus triquiñuelas.

Tras la cena, él se retiraba pronto. A los pocos minutos, ella fingía dolor de cabeza y se marchaba.

Aprovechaban las noches de tormenta, agradeciendo los bramidos del viento y el retumbar de los truenos que sofocaban los ecos de su amor.

La madrugada en la que los iban a desenmascarar, Mordred convocó a catorce hombres de Arturo.

Entre ellos estaba uno de los sobrinos del rey, sir Agravain, hijo de su hermana Ana y Lot de Lothian.

Todos juntos, marcharon por los corredores de piedra en mitad de la noche, rumbo a la cámara de la reina.

Llamaron a la puerta, pero Lancelot se negó a abrir, así que se vieron obligados a derribarla.

Entre tapices que narraban las grandes gestas de los caballeros de la Mesa Redonda, hallaron al que todos consideraban (hasta ese momento) el mejor de todos ellos.

Lancelot sin armadura, en paños menores y ardiente por el deseo.

A su lado, la reina Ginebra, más sorprendida que asustada, intentaba cubrirse el cuerpo con las sábanas.

La escena dejó pocas dudas acerca de la naturaleza de su relación.

Lo que sucedió un momento después fue más trágico que virtuoso.

Lancelot asesinó con sus propias manos a sir Colgrevaunce y se hizo con su espada.

Con un rápido movimiento, ensartó con ella al sobrino del rey y continuó batiéndose con los doce hombres que restaban.

Como no se había granjeado fama de diestro en los combates por capricho, todos sus oponentes fueron cayendo a sus pies, uno tras otro.

También hirió a Mordred, pero este logró huir antes de que le diera la estocada definitiva.

Mi hijo fue el único superviviente de esa aciaga noche.

El caballero que el rey Arturo más amaba fue el que más le traicionó. Lancelot abandonó Camelot y huyó, rumbo a su castillo, que desde aquel momento dejó de llamarse Gozosa Guarda para conocerse como Dolorosa Guarda, por todo lo que aún le quedaba por sufrir.